NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 6
15%

CAPÍTULO 6

VICTORIA

La puerta se abre sin chirriar.

Ya sé lo que significa eso. Genoveva me lo dejó grabado el primer día, con su boca torcida: tenle miedo al día que baje tranquilo.

Y el que entra baja tranquilísimo. Con una linterna apagada en la mano, un jersey de cuello alto gris marengo y un abrigo de lana echado sobre los hombros, sin meter los brazos en las mangas.

Como los señores de las películas de mafia de los domingos, que se ponen el abrigo así para que se vea que no les hace falta.

Desde el suelo, con la mejilla pegada a la piedra, lo único que pienso es que hasta para venir a verme al sótano se ha conjuntado.

Enciende la linterna. Me da en la cara. Cierro los ojos.

—Mírate —dice.

Busco una respuesta. De verdad que la busco.

Llevo veinticuatro años con un cajón en la cabeza lleno de respuestas, un cajón que no se ha vaciado ni en el entierro de mi padre, ni el día que me echaron del primer trabajo, ni la noche que Darío me dijo a qué se dedicaba con la misma cara con la que otros te dicen que son fontaneros.

Abro el cajón. Está vacío.

Eso me asusta más que las serpientes de la pared. Las serpientes ya sé que eran mentira. El cajón vacío es verdad.

—¿Nada? —Baja el haz al suelo, a mis pies, y se agacha delante de mí con los codos en las rodillas—. ¿La que me dio una conferencia sobre el honor en una cena de tres platos? ¿Ni un chiste de perros?

Nada.

Él chasquea la lengua. Se sienta en el suelo, a mi lado, con la espalda contra la pared.

Un hombre con un abrigo de lana de dos mil euros sentado en un charco de sótano.

Se lo va a manchar entero. Y me doy cuenta de que esa idea, el abrigo manchado, es lo primero que me hace un poco de ilusión en no sé cuántas horas.

—¿Sabes cuánto llevas en esta montaña?

No lo sé. Él lo sabe. Por eso pregunta.

—Tres días. Tres. Ni una semana. —Apaga la linterna, y nos quedamos con la claridad gris de las rendijas—. He visto a hombres que habían matado a gente aguantar semanas sin ponerse así. Y tú, tres días. Hablándole a la pared. Abrazando el aire. Es casi tierno. Vuelves a ser zarigüeya.

—Vete.

Me sale un hilo. Pero me sale.

—¿Que me vaya? —Se ríe por la nariz—. Estás en mi sótano. En mi montaña. Y me echas. —Me da un golpecito con el hombro, como si fuéramos dos amigos en un banco del parque—. Así me gusta. No te me vayas del todo, zarigüeya. No me dejes sin nada con lo que jugar.

Jugar.

Esa palabra me tira de algo. Del último hilo que me queda. Me incorporo apoyando las manos en la piedra, y la cabeza me da una vuelta entera antes de quedarse quieta.

—Si has bajado a hacer terapia —le digo, con la voz rasposa—, cobro por horas. Y la primera sesión ya te la puedo resumir: tu padre no te quiso. Siguiente paciente.

Se le quita la sonrisa. Un segundo. Lo justo para que yo lo vea. Después se la vuelve a poner. Rápido. Con práctica.

—Ahí está —dice—. Pensaba que te había roto con la última dosis.

—Me has roto un poco. —Me encojo de hombros, y me duele todo—. Pero soy de Hospitalet. Allí venimos de serie con piezas de repuesto.

Se queda mirándome. Y después, muy suave, casi con pena, que es la voz que más asco me da de todas las que tiene:

—¿Y sabes qué es lo curioso, Victoria? Que la culpa de esto no es mía.

—Ya empezamos.

—Yo solo he abierto la puerta. La droga, el frío, el sótano, eso es el decorado.

Lo que te ha roto lo pusiste tú. Hace mucho.

El día que decidiste enamorarte de un sociópata.

—Se inclina hacia mí, sin tocarme. Solo acerca la voz—.

¿Qué hombre sano deja a su mujer sola en un zoológico a la una de la mañana mientras él quema media Roma por venganza?

¿Qué hombre normal le regala a su novia un anillo con cuchillas?

Elegiste a uno que vive en la sangre. Y ahora la estás pagando tú, en mi sótano.

Eso no te lo he hecho yo, zarigüeya. Eso te lo has traído puesto de casa.

Y ahí sí. Ahí me sale todo.

—Mira, Bulldog de mi vida, o como te llame tu madre…

—Me pongo de rodillas para quedar a su altura—.

Darío es un sociópata, sí. Lo sé desde la primera noche.

Es un sociópata que me compra los yogures de fresa que me gustan aunque le parezcan comida de bebé, que me deja dormir en diagonal y que una vez se tiró a un río helado porque yo había dicho en broma que un hombre de verdad no tiene frío.

Ese es mi sociópata. El tuyo te secuestra a las novias de los demás y las droga para que no le contesten.

No me vengas a vender que es lo mismo, que no soy tonta.

La culpa de que yo esté aquí abrazando el aire es tuya. Entera. Sin IVA.

Silencio.

Suelta algo por la nariz que podría ser risa o podría ser rabia. Con él nunca sé. Se pone de pie de un solo movimiento y se sacude el abrigo. Efectivamente, mojado entero por detrás.

Lo disfruto mucho. Por dentro. En silencio.

—¿Y a ti qué te importa si me rompo o no? —le pregunto, antes de pensarlo—. Me dijiste que te daba igual lo que me pasara.

No contesta. Un segundo. Dos. En un hombre que lo tiene todo calculado, dos segundos sin respuesta son una eternidad.

—Levántate —dice al fin, y me tiende la mano—. Vas a darte un baño, porque apestas, y no es un insulto, es un dato, como dices tú. Y esta noche duermes en mi habitación.

—Ni muerta.

—Hay calefacción. Hay una cama sin piedra debajo. Y hay libros. Si necesitas hablar con alguien por la noche, háblale a un libro, que te va a contestar más o menos lo mismo que la pared, pero por lo menos no te vas a sentir tan loca.

—Prefiero mis serpientes de mentira y mi muerto de mentira antes que dormir en cualquier sitio que tenga tu olor.

No se enfada. Asiente, despacio. Ni que le hubiera dicho que no quiero postre.

—Muy bien. Te quedas. Y como parece que el cuerpo se te está acostumbrando, le digo a Gabriel que te baje otra dosis. Un poco más cargada. No vaya a ser que la próxima vez que aparezca tu novio de mentira te dé por irte con él de verdad.

Y el mundo se viene abajo.

Las serpientes las aguanto. A Álex con el cuello abierto, lo aguanto. Lo que no aguanto es otro Darío de mentira. Otro abrazo que se deshace entre mis brazos. Eso no.

—Espera.

Ya está en la puerta. Se gira. La sonrisa ya la traía puesta antes de girarse, lo sé.

—Voy —digo, mirando al suelo—. Voy contigo. Pero sin dosis. Y quiero calcetines. Lo de los calcetines está pendiente desde el primer día y me lo vas a acabar debiendo con intereses.

—Eso lo decido yo, zarigüeya. Pero si te portas bien, a lo mejor no hace falta. —Me vuelve a tender la mano—. Y anda, por favor, que no te pienso cargar por todo el castillo.

No le doy la mano. Me levanto sola, agarrada a la pared, con las piernas haciendo lo que les da la gana. Tardo. Las rodillas me fallan dos veces. A la tercera, me quedo de pie.

Es una tontería. Lo sé. Pero es lo único que puedo elegir esta noche.

Al subir el primer escalón me miro por fin, y me veo el vestido verde puesto.

El que le tiré al suelo. El que le dije que se metiera donde le cupiera.

No me acuerdo de habérmelo puesto. Me acuerdo del frasco, del techo bajando, de la biblioteca. Y entre eso y el sótano, alguien me ha quitado la ropa y me ha metido en este vestido mientras yo no estaba. No sé quién. No sé cuántos.

Me agarro a la barandilla. Él, dos escalones más arriba, sigue mi mirada.

—Te queda bien, principessa —dice—. Te dije que lo ibas a llevar.

No le contesto. Si abro la boca, vomito. Y no le voy a dar el gusto de vomitarle en los zapatos. Bueno, sí se lo daría. Pero no tengo nada en el estómago.

El baño es de mármol gris con vetas blancas, tiene una bañera con patas de garra y unos grifos de bronce que en mi barrio se habrían llevado la primera noche.

—Diez minutos. —Me deja una toalla en el lavabo—. No hay ventanas con salida, así que ni lo pienses. Te veo la cabeza calculando desde aquí.

—Estoy calculando cuánto te ha costado el grifo.

—Más que tu piso.

—Mi piso no tenía ni grifo de agua caliente que funcionara. No es difícil.

Se va. Cierra.

Y por primera vez en tres días no hay nadie mirándome.

Me quito el vestido con unos dedos que no me hacen caso.

Tardo una eternidad con la cremallera de la espalda, porque no llego, porque los brazos no suben, porque ese vestido me lo han puesto dos manos que no son las mías y quitármelo sola es una guerra.

Al final la tela cede, cae al suelo, y le doy una patada hasta el rincón.

Abro el grifo. Sale caliente de verdad.

Me meto debajo, y el agua me toca la piel, y me rompo.

No poco a poco. De golpe. Con la frente pegada al azulejo y la boca abierta, sin ruido, porque el ruido se lo traga el agua.

Lloro por el sótano, por el frasco, por las manos que me han desnudado, por Álex con el cuello abierto contándome lo bien que estaba su sótano comparado con este.

Lloro un rato largo. No lo cronometro. Por una vez no cuento nada.

Después me froto. Los brazos, el cuello, las piernas. Con su gel. Que huele a madera y a dinero. Me froto hasta ponerme roja, y cuando ya escuece, me paro.

Porque mi madre siempre lo decía, con la zapatilla en la mano o sin ella: llorar se llora, nena, pero no se queda una a vivir ahí.

Y en ese momento, con el agua cayéndome por la cara, me acuerdo de la pulsera.

Darío tiene en la muñeca todo lo que yo siento.

Me lo contó en el coche la noche del anillo, con los ocho colores, uno detrás de otro.

Rosa, contenta. Rojo, eso mejor no lo pienso en el baño de un secuestrador.

Azul, enfadada. Negro, nerviosa. Gris, mala.

Amarillo, celosa. Naranja, cuando le miento, que eso me lo dijo mirándome a los ojos y casi me arranco el anillo con los dientes. Y verde.

Verde, miedo.

Tres días mandándole verde.