NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Las serpientes las aguanto. A Álex muerto lo aguanto.

El frío, el hambre, no saber qué hora es, todo eso lo aguanto.

Pero una puerta. Una salida. Que mi propia cabeza me enseñe una salida, que me haga cruzar el sótano hacia ella, que me deje tocar el pomo, y que sea mentira.

Que mi cabeza, lo único que me quedaba de mi lado, la que llevaba tres días diciéndome que aguantara, que mirara, que montara el mapa, que fuera lista…

que esa misma cabeza me esté mintiendo ahora.

Enseñándome puertas que no existen. Dándome esperanza para quitármela.

Eso no lo aguanto.

Lloro.

Me sale del fondo, a golpes, con los hombros sacudiéndose y la cara escondida entre las rodillas, y no puedo parar, y no intento parar, porque ya no me queda con qué.

Lloro por mi madre, que no sabe dónde estoy.

Lloro por Copito, que estará esperándome sentado delante de una puerta.

Lloro por María, que no sé si está viva.

Lloro porque tengo frío y hambre y miedo y estoy sola en un agujero bajo tierra en la punta del mundo, viendo cosas que no existen, mintiéndome a mí misma con puertas de mentira.

Lloro porque he estado a un milímetro, a un milímetro del botón, y no le he dado.

Y ahora nadie sabe dónde estoy. Nadie lo va a saber nunca.

Y me voy a morir aquí, sola, en este sótano, hablándole a las paredes.

—Ayúdame —digo, y no sé a quién—. Por favor. Que alguien me ayude. Por favor. No puedo más. De verdad, no puedo más. Estoy tan cansada. Estoy tan cansada de ser valiente. Ya no quiero ser valiente. Solo quiero irme a casa.

—Nena.

Levanto la cabeza.

Está ahí.

Darío.

De pie en mitad del sótano, con una luz alrededor que no sé de dónde sale, que lo ilumina a él y deja todo lo demás en sombra. Lleva su chaqueta, y tiene la cara de siempre: la de cabrón tranquilo que acaba de poner el mundo patas arriba. Me está mirando. Y me sonríe de medio lado.

—Has venido. —Me levanto, y las piernas me sostienen, porque de pronto ya no tengo frío, de pronto todo está bien—. Has venido. Sabía que ibas a venir. Se lo he dicho a todos. A Bulldog, a los guardias, a Genoveva. Les he dicho que ibas a venir y no me han creído, y has venido.

—Claro que he venido. —Se acerca y me abre los brazos—. ¿Cuándo no he venido yo a por ti?

Me tiro a sus brazos y me sostiene. Y huele a él.

Huele a nuestra casa, a nuestra cama, a todo lo que llevo días sin oler.

Me aprieta contra el pecho y me pone la mano en la nuca, que es lo que hace siempre, y noto el calor de su mano, el peso exacto de su mano.

Y lloro contra su camisa y le digo cosas sin sentido.

Que lo he pasado muy mal. Que tenía mucho miedo.

Que había serpientes en las paredes. Que he visto a Álex.

Que casi le mando un mensaje, pero me han pillado.

Que no me deje sola nunca más. Nunca más. Por favor.

—Ya está —dice contra mi pelo—. Ya está, nena. Ya estoy aquí. Se acabó. Nos vamos a casa. Copito te está esperando. Y hay una sorpresa. ¿Te acuerdas de tu regalo de cumpleaños para mí? Pues resulta que…

—Vámonos —le digo, agarrada a él—. Vámonos ya. No quiero estar aquí ni un segundo más. Sácame de aquí, Darío. Por favor. Sácame.

—Te saco. —Me coge la cara con las dos manos, me la levanta y me mira. Tiene los ojos de siempre, uno azul y uno verde, y me pasa el pulgar por la mejilla, secándome las lágrimas—. Te saco ahora mismo. Solo tienes que hacer una cosa por mí.

—Lo que sea.

—Abre los ojos, nena.

—Los tengo abiertos.

—No. —Sonríe, y la sonrisa se le empieza a poner triste—. No los tienes. Ábrelos. Ábrelos de verdad.

—Darío…

—Ábrelos, Victoria.

Los abro.

No hay nadie.

No hay luz. No hay chaqueta. No hay olor a casa, ni a nuestra cama, ni a él.

No hay manos en mi cara. No hay ojos, uno azul y uno verde.

No hay nada. Estoy sola, de rodillas, en mitad de un sótano de piedra, con los brazos cerrados alrededor de un cuerpo que no está, apretando contra el pecho una nada fría y húmeda.

Estaba abrazando el aire.

Llevo no sé cuánto tiempo abrazando el aire.

Bajo los brazos. Despacio. Ya no hay nada que soltar.

Me quedo mirando el sitio donde estaba él. Donde no había nadie. Donde no hay nadie. Y la voz me sale muy baja, muy rota. Un hilo.

—No eras real.

Me contesto yo misma, porque no hay nadie más que lo haga:

—No. No era real.

—Pero va a venir.

—Sí. Va a venir. El de verdad. Ese no era el de verdad. El de verdad va a venir.

—¿Y si no viene?

—Va a venir, Victoria.

—¿Y si no?

—Cállate.

Me quedo ahí, meciéndome, hablando sola en un sótano. La parte de mí que se rinde discutiendo con la parte de mí que aguanta.

Me vuelvo a clavar las uñas en el brazo. En el mismo sitio, donde ya duele. Y aprieto hasta que ese dolor pequeño y limpio es lo único que hay en el mundo.

—Esto es real —susurro—. Esto duele. Y el dolor es real.

Y si el dolor es real es que sigo aquí. Y si sigo aquí es que sigo viva.

Y si sigo viva es que todavía puede venir.

No dejes que te rompa, Victoria. ¿Me oyes?

No dejes que esto te rompa. Aguanta. Es lo único que sabes hacer.

Aguantar. Se te da bien. Llevas toda la vida practicando. Aguanta un poco más.

Me hago un ovillo en el suelo, contra la pared, con la mejilla en la piedra mojada y las uñas en el brazo para no soltarme de lo real.

Y cierro los ojos. Aunque cerrar los ojos da miedo.

Aunque detrás de los ojos están las serpientes, y Álex, y las puertas de mentira, y él.

Sobre todo él. Él es el que más miedo da.

Porque él es lo que quiero, y lo que quiero es lo que más duele.

En algún momento, entre una alucinación y otra, entre una lágrima y la siguiente, sin querer, agotada de aguantar, me duermo.

O me desmayo.

O me voy a otro sitio.

Ya no sé la diferencia.

Y lo último que pienso antes de irme no es nada valiente. No es «voy a salir de esta». No es «aguanta». Es algo pequeño, tonto y mío. Lo último que me queda cuando ya no me queda nada.

Que ojalá, cuando venga el de verdad, huela a él.

Que ojalá el Darío de verdad, el que algún día va a abrir esa puerta, huela exactamente a lo mismo que el de mentira que me acaba de abrazar.

Porque si huele a eso, voy a saber que es él.

Y si no, no me lo voy a creer. Y voy a seguir esperando al que huele bien, aunque me pase el resto de la vida en este sótano abrazando el aire.