CAPÍTULO 5
VICTORIA
No sé dónde estoy.
Eso es lo primero. Antes que el frío, antes que el suelo duro contra la mejilla, antes que el sabor a metal y a algo dulce y podrido que tengo en la boca: no sé dónde estoy.
No sé cuánto llevo aquí. No sé qué día es, ni qué hora, ni si es de día o de noche.
Casi no hay luz. Solo una claridad gris que entra por algún sitio que no veo, que no ilumina nada y lo único que consigue es que la oscuridad tenga textura.
Estoy en el suelo. Eso sí lo sé. Un suelo de piedra, mojado, que me hiela el costado entero, la cara y la mano que tengo debajo del cuerpo y que no siento.
Estoy hecha un ovillo, con las rodillas contra el pecho, y no me acuerdo de haberme puesto así.
Me acuerdo de una biblioteca caliente. De un móvil.
De una rayita. De un dedo a un milímetro de un botón.
Después, un frasco frío contra la boca. Después, esto.
Un sótano.
Es más pequeño que la habitación de arriba.
Mucho más. Lo sé sin verlo del todo, por cómo me suena la respiración: vuelve enseguida, rebotando cerca, en paredes que están a un paso.
Y hace más frío que arriba. Un frío distinto.
Húmedo. De sitio bajo tierra, donde el sol no ha entrado nunca y no piensa empezar ahora.
Tengo la boca tan seca que la lengua se me pega al paladar, y al despegarla hace ruido. Los labios, partidos. Cuando trago, la garganta me raspa con los restos del jarabe, y el dulce falso me vuelve a subir a la nariz y me dan arcadas. No vomito. No tengo nada que vomitar.
Intento incorporarme y el mundo se va.
No hacia la derecha, como las otras veces.
Se va entero. La piedra, la oscuridad, mi propio cuerpo, todo se despega, gira y vuelve mal colocado, y me tengo que quedar muy quieta, con las dos manos en el suelo mojado, esperando a que las cosas vuelvan a su sitio.
No vuelven del todo. Se quedan un poco torcidas.
Alguien ha desmontado el mundo y lo ha vuelto a montar con prisa, con las piezas casi bien. Pero no.
Y tengo calor. Eso es lo que no tiene sentido.
Estoy tirada en una piedra helada, en un sótano helado, en una montaña helada, y tengo calor.
Me sale de la tripa, el mismo calor espeso del frasco, y me sube por el pecho hasta la cara, y la cara me arde mientras los pies se me congelan.
Las dos cosas a la vez, sin ponerse de acuerdo.
—Bueno —digo, y la voz me suena rara, lejos, la de otra persona metida en mi garganta—. Bueno. Esto es la droga. Esto es lo que te ha metido. Estás drogada, Victoria. Lo que veas a partir de ahora, no te lo creas. ¿Me oyes? No te lo creas.
Me lo digo en voz alta porque necesito oírme. Por dentro se pierde. Se lo traga la niebla. En voz alta por lo menos hay una voz, aunque sea la mía, aunque suene a otra.
—No es real —repito—. Tú aguanta. Cuenta. Uno. Dos.
Entonces la pared se mueve.
No es que la pared se mueva. Es lo que sale de ella.
Al principio pienso que es agua. Un hilo de humedad bajando por una junta, de esos que he visto arriba, las lágrimas viejas de la piedra.
Pero el hilo se mueve mal. Se mueve solo.
Baja, se para, cambia de dirección, sube un poco.
Me quedo mirándolo con el corazón en la garganta.
Y cuando entra en la poca claridad que hay, lo veo.
Es una serpiente.
Delgada, negra, saliendo de una grieta. La pared la está pariendo.
Se desliza por la piedra hacia el suelo.
Hacia mí. Detrás sale otra. De otra grieta, otra más.
Y de pronto la pared entera está viva, llena de cosas negras que salen de las juntas y bajan.
Y no solo serpientes. Hay cosas más pequeñas.
Patas. Muchísimas patas. Bichos que salen a chorros de las grietas y corren por la piedra, por el suelo, hacia mí, y suben, noto que suben, los noto en los tobillos, en las piernas, por debajo de la ropa, con esas patitas…
—NO.
Me sacudo entera. Me levanto de golpe, o lo intento, y me caigo, y me arrastro hacia atrás hasta que la espalda me choca con la pared de enfrente. Me sacudo las piernas con las dos manos, frenética, quitándome los bichos.
Y no hay bichos.
No hay nada. Las manos me recorren las piernas y no tocan nada, solo tela mojada y piel fría. Me obligo a mirar de verdad, a mirar bien, y la pared de enfrente está quieta.
Quieta. Piedra. Nada saliendo de ella.
Pero la piel sigue notándolos. Eso es lo peor. Los ojos ya no los ven, y la piel sigue notando las patitas, mil cosquillas diminutas subiendo por detrás de las rodillas, por los brazos, por la nuca. Me rasco. Me rasco hasta hacerme marcas. Y no se van, porque no están fuera.
Están en mi cabeza.
—No es real. —Me estoy meciendo, adelante y atrás, con las rodillas contra el pecho, y no me doy cuenta de que me mezo hasta que ya llevo un rato—.
No es real, Victoria. Es la droga. La droga hace esto.
No hay serpientes. No hay bichos. Es tu cabeza.
Es tu cabeza mintiéndote. No le hagas caso a tu cabeza.
Me río. Me sale una risa rota, horrible, sin ninguna gracia.
—Qué fuerte —le digo a la oscuridad—. Toda la vida mi madre diciéndome que me fíe de mi instinto, que me haga caso a mí misma, y resulta que la única noche que de verdad no me puedo fiar de mi propia cabeza es esta.
Justo esta. Enhorabuena, Victoria. Has encontrado el único momento de tu vida en que tu peor enemiga eres tú. Literalmente. En directo.
La risa se vuelve otra cosa antes de acabar, y me la trago. Llorar ahora es gastar agua que a lo mejor necesito. Aunque no sé para qué. Aunque aquí no haya nada para lo que necesitar nada.
No sé cuánto pasa.
Ese es el horror nuevo, el que nunca había sentido así: el tiempo se ha roto.
Cierro los ojos un segundo y cuando los abro no sé si ha pasado un segundo o una hora.
La claridad gris no cambia. No hay reloj.
No hay comidas que contar. No hay pasos fuera.
No hay nada que marque que el tiempo avanza.
Podría llevar aquí una hora. Un día. Tres.
Esa idea, la de que a lo mejor llevo días aquí abajo sin saberlo, me abre un agujero en el pecho más grande que las serpientes.
Los sonidos también se han roto. Una gota cae en algún rincón del sótano.
La oigo caer. La oigo otra vez. Y otra. Pero no son gotas nuevas.
Es la misma gota repitiéndose, rebotando dentro de mi cabeza, cada vez más lenta y más grave, hasta que deja de ser una gota y se convierte en un latido que no es el mío.
Y en ese agujero aparece Álex.
Está sentado enfrente, en el suelo, con la espalda contra la pared, en la misma postura que yo.
Con la ropa que llevaba aquella noche en el laberinto y el cuello todavía abierto, la sangre bajándole por el pecho.
Sentado tan tranquilo. Charlando. Como si el tajo que le hice yo no le molestara para nada.
—Te lo dije, conejita. —La voz le sale con ese gorgoteo del cuello abierto—. Te dije que al final me quedaba dentro de ti para siempre. Y aquí estoy. En tu cabeza. Ni muerto me voy.
—No estás aquí. —Me tiembla la voz—. Te maté. Te maté yo. En el laberinto. Estás muerto. Esto es la droga.
—¿Y qué más da que esté muerto? —Sonríe con los dientes rojos—.
Mírate. Te dije que vinieras conmigo. Te ofrecí una salida.
Un coche, una carretera, Francia en cuatro horas.
Dijiste que no. Y mira dónde estás. En un sótano.
Drogada. Viendo muertos. —Ladea la cabeza—.
Tú ya conoces los sótanos, conejita. Once días estuviste en el mío.
Pero el mío tenía calefacción. Y una lámpara pequeña, para que no durmieras a oscuras.
Eso lo sabía yo. De mí te escapaste. De esto no se escapa nadie.
—Cállate.
—Solo digo la verdad.
—¡QUE TE CALLES!
Le grito. Le grito a una pared vacía. Porque cuando parpadeo, Álex no está. No hay nadie enfrente. Solo piedra. Y me doy cuenta de que le acabo de gritar a nadie, y eso me asusta más que si estuviera de verdad.
—No es real. No es real. Álex está muerto. Lo maté yo. No está aquí. Es la droga. Vuelve, Victoria. Vuelve.
Me clavo las uñas en el brazo. Fuerte. Hasta que duele.
Porque el dolor es real. El dolor no se lo inventa la droga. Me clavo las uñas y aprieto, y el dolor me sube por el brazo, limpio, verdadero, y por un segundo la piedra vuelve a ser solo piedra, el sótano vuelve a ser solo un sótano y yo vuelvo a ser yo.
Solo un segundo. Pero ese segundo me lo quedo. Es lo que hago con todo. Lo guardo con las cosas que me van a hacer falta.
—Hay una puerta.
Lo digo en voz alta cuando la veo, y la veo de golpe, en la pared de la izquierda, donde antes no había nada. Una puerta de madera, con su pomo. Entreabierta, incluso, con una línea de luz cálida saliendo por la rendija. Luz de verdad. Luz amarilla de bombilla. No esta claridad gris de muerto.
Una puerta. Una salida.
Me levanto. Me tiemblan las piernas, pero me levanto, y cruzo el sótano hacia ella, tropezando, con las manos por delante. Llego. Toco el pomo. Y el pomo es frío, real, de metal, y tiro, y…
No hay puerta.
Tengo la mano apoyada en la pared. En la piedra. En la piedra desnuda y húmeda, sin pomo, sin madera, sin rendija, sin luz. Me quedo ahí, con la palma abierta contra la piedra, empujando una puerta que no existe. Y noto cómo cede algo, despacio, algo que llevaba mucho tiempo aguantando.
—No. —Empujo la pared con las dos manos—. No, no, no. Había una puerta. La he visto. Estaba aquí. Había luz. La he visto.
Pero no la había.
Me dejo resbalar por la pared hasta el suelo, con las dos manos todavía en la piedra. Y ahí es donde me rompo del todo. Ahí es donde dejo de pelear.