CAPÍTULO 4 #4
Entra el viejo. El de la cara partida en dos, con su maletín. Y esta vez no trae una jeringuilla.
Trae un frasco pequeño, de cristal oscuro. Y algo más, envuelto en un paño, que no llego a ver.
—No. —Empiezo a retroceder, y la espalda me choca con la estantería, y no hay adónde ir. En este sitio nunca hay adónde ir—. No. No, por favor, otra vez no. Por favor.
—Sujétala.
Otro par de manos me coge por detrás. Uno de sus hombres. No lo veo. Solo siento los brazos cerrándose sobre los míos. Pataleo, me retuerzo, grito, y sirve exactamente para lo que ha servido siempre en esta montaña. Para nada.
—Por favor. —Estoy llorando, y me da una rabia horrible llorar delante de él, pero no puedo parar—. Por favor. No quiero. No quiero dormir. No sé qué es eso. Por favor, no.
Bulldog se agacha delante de mí mientras el hombre me sujeta y el viejo destapa el frasco. Me coge la mandíbula con dos dedos y aprieta. Yo aprieto los dientes con toda la fuerza que me queda.
—Abre —dice.
—No…
—Abre la boca, zarigüeya. Perdón. Ya no eres zarigüeya. —Ladea la cabeza, y lo dice casi con dulzura, que es lo peor—. Abre la boca, Victoria. O te la abre él. Y su método es peor que el mío, te lo prometo.
Aprieto los dientes. Sacudo la cabeza. Lloro y digo que no, que no, que no, con los labios sellados. Lo que entre por esta boca me va a arrancar de mí otra vez, más hondo, más lejos. Y esta vez no sé adónde, ni por cuánto tiempo.
El viejo me pone dos dedos en las mejillas. Aprieta. Y la boca se me abre sola, traidora, contra todo lo que soy.
Siento el borde frío del cristal en los labios.
Lo último que pienso, antes de saber qué es, qué me va a hacer, cuánto va a durar, dónde ni cómo me voy a despertar, es que he estado a un milímetro.
Un milímetro del botón.
Un milímetro de que él supiera dónde estoy.
Un milímetro de todo.
Una mano me echa la cabeza hacia atrás. El frasco se inclina. Y el líquido me cae en la lengua.
Es espeso. Eso es lo primero, antes que el sabor: que no corre.
Se arrastra. Un jarabe tibio que se me pega al paladar y a los dientes y se niega a bajar.
Después llega el sabor, y es peor de lo que esperaba.
Dulce por encima, un dulce falso de caramelo de farmacia.
Y por debajo, un amargo que no se acaba nunca, que se me mete por los lados de la lengua y me sube a la nariz.
Intento escupirlo. Junto todo lo que me queda en la garganta y empujo hacia fuera, y la mitad me resbala por la comisura, por los dedos del viejo, por el cuello.
—Tápale la nariz —dice Bulldog, sin levantar la voz.
Unos dedos me cierran la nariz. El viejo me sujeta la mandíbula cerrada con la palma, sin violencia, con su paciencia de años, y me quedo con la boca llena de esa cosa y sin ningún sitio por donde respirar.
Aguanto.
Aguanto con los ojos abiertos clavados en los de Bulldog, que están a un palmo, grises, quietos, esperando.
Cuento. Uno. Dos. Tres. Llego a diecinueve.
Aguanto hasta que me arde el pecho, hasta que veo borroso por los bordes, hasta que el cuerpo, que es un traidor y siempre elige vivir, decide por mí.
Trago.
Lo siento bajar. Todo el camino. Un hilo caliente por la garganta, por detrás del esternón, hasta el estómago, donde se queda quieto un segundo.
Y después se abre. No es el frío de la jeringuilla de la primera vez.
Es calor. Un calor que se extiende desde el centro del cuerpo hacia las costillas, hacia los hombros, hacia la punta de los dedos.
Lento. Espeso. El mismo jarabe, pero ahora por dentro.
Me sueltan la nariz. Respiro, y el aire entra fácil. Demasiado fácil. Y eso me asusta más que no poder respirar.
—Ya está —dice Bulldog, y se pone de pie—. ¿Ves qué fácil, Victoria? Cuando no peleas, todo dura menos.
Quiero contestarle. Tengo la frase entera, la tengo montada en la cabeza, algo sobre su madre y sobre sus perros, y la mando hacia la boca. Y la boca no la recibe. La lengua está ahí, la noto, pero pesa lo que una piedra mojada y no se mueve cuando le digo que se mueva.
Los brazos del hombre que me sujetaba se aflojan, y no me caigo.
Eso es lo raro. Me suelta y no me caigo, porque ya no hay nada en mí que quiera caerse ni que quiera quedarse de pie.
Me quedo apoyada en la estantería, sentada en la alfombra sin acordarme de haberme sentado, con las manos abiertas sobre las rodillas, mirándolas.
Son mis manos. Sé que son mis manos. Pero están muy lejos, al final de un pasillo larguísimo, y para moverlas tendría que mandarles un mensaje que no sé si les llega.
Los colores se ponen raros. El rojo de la alfombra se vuelve más rojo, casi líquido, y el fuego de la chimenea deja de ser fuego y se convierte en una cosa que respira.
Uno de los bulldogs se acerca y me huele la mano, y su cara arrugada se estira hacia los lados, enorme, amable, monstruosa.
Y yo pienso, con una claridad absurda, que tengo que acordarme de contárselo a Darío, porque se va a reír.
Darío.
Me agarro a eso. A la palabra. La repito por dentro, porque por fuera ya no puedo. Darío. Everest. Darío. Everest. Una montaña al lado. Un castillo. Helicóptero. Las mismas cuatro cosas, en el mismo orden, una y otra vez. Las cuentas de un rosario que se me resbalan entre los dedos.
Oigo un ruido metálico, cerca. El paño del viejo abriéndose. Algo que tintinea contra algo. No consigo girar la cabeza para ver qué es.
—¿Cuánto? —pregunta Bulldog, lejos, al otro lado del pasillo.
—Depende de ella.
Darío. Everest. Darío.
El techo de la biblioteca empieza a bajar hacia mí, sin ruido.
Las estanterías se inclinan. Los libros me miran con los lomos.
Y el calor me llega por fin a la cabeza y se me mete detrás de los ojos, y todo lo que hay detrás de mis ojos empieza a derretirse.
Y lo primero que se derrite son las palabras.
Darío. Ev…
Busco la segunda palabra y no está.
Sé que estaba. Sé que era importante, que era lo más importante que tenía, que la tenía cogida con las dos manos hace un segundo. Busco en el sitio donde la guardé y encuentro el hueco. Con la forma exacta de una palabra. Todavía tibio.
Y la palabra ya no.
Darío, pienso. Eso sí. Eso todavía.
Me agarro a su nombre con lo último que me queda. Con los dientes. Con las uñas. Con todo. Mientras el calor me sube por encima de la cabeza y me cubre entera.
Y lo último que oigo, antes de que se apague todo, es a Bulldog, muy cerca de mi oído, susurrando con esa voz de día bueno:
—Dulces sueños, Victoria. Mañana me cuentas de qué te acuerdas.