NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

—Yo también tengo un perro, ¿sabéis? —Me agacho hasta quedar a su altura—.

Se llama Copito. Es pequeño, tonto, y se hace pis de la emoción cuando llego a casa.

Ahora mismo está muy lejos, esperándome, sin tener ni idea de dónde estoy.

Y vosotros no tenéis ni idea de que vuestro dueño es un secuestrador.

Así que, en el fondo, estamos los tres en el mismo lío: queriendo a alguien que nos ha metido en un problema.

La diferencia es que el mío es bueno y el vuestro es una piedra con patas.

Pero no os culpo. Uno no elige a quién quiere. Ojalá.

El perro deja de gruñir.

No sé si por lo que le he dicho, que lo dudo, o por el tono, que es lo único que entienden. Pero deja de gruñir, me huele la mano y me da un lametón. El otro, desde la alfombra, decide que si su hermano no me come, para qué molestarse, y vuelve a apoyar la cabeza.

—Buenos chicos —les susurro, rascándoles la cabeza arrugada—. Sois unos traidores facilísimos y os quiero por eso.

Entonces veo la segunda cosa.

En la mesa, al lado del sillón, medio tapado por un libro abierto boca abajo, hay un móvil.

Todo se para.

Un móvil. Ahí. A tres metros. Encima de una mesa, tirado de cualquier manera. Lo único que le he pedido al universo cada noche desde que me trajeron.

Durante un segundo no me lo creo. Pienso que es una trampa. Que lo ha dejado ahí a propósito, que es demasiado fácil, que en cuanto lo toque va a saltar algo o va a aparecer él riéndose. Las cosas no son tan fáciles. Nadie deja un móvil al alcance de la mujer que lleva tres días muriéndose por uno.

Y entonces me acuerdo de lo que me acaba de decir en la cena.

«Eso lo controlo yo. Entero». De lo seguro que está.

De lo por encima de mí que se cree. Y lo entiendo.

No es una trampa. Es soberbia. Está tan convencido de que no puedo hacer nada, tan seguro de que su montaña es una jaula perfecta, que ha dejado de cuidar las cosas pequeñas.

¿Para qué esconderle el móvil a una mujer que está a tres días de hielo de cualquier ayuda? ¿A quién va a llamar? ¿Qué va a hacer?

Va a mandarle a Darío el nombre de una montaña. Eso va a hacer.

Me santiguo. Con el corazón reventándome, cruzo la habitación en cuatro pasos, esquivando a los perros, y cojo el teléfono.

Bloqueado.

Claro que está bloqueado. Una pantalla negra que se enciende al tocarla y me pide un código de cuatro números. Me quedo mirando los cuatro huecos vacíos con ganas de llorar. He llegado hasta aquí, tengo el móvil en la mano, y no paso de la primera pantalla.

Piensa, Victoria. Rápido. Tienes cinco minutos y ya has gastado dos.

Un hombre que en el mundo solo quiere a dos cosas, y las dos muerden. Los perros. Se ha puesto el nombre por ellos. Un hombre que usa a sus perros hasta para llamarse a sí mismo los usa para todo.

Miro a los perros. Miro los collares. En el del más cercano cuelga una chapita de metal. Le doy la vuelta con dos dedos que tiemblan: un nombre, Killer, y, debajo, en letra pequeña, una fecha.

Pruebo el día y el mes.

Mal.

El móvil vibra. Error. Y sé, porque todos los móviles son iguales, que me quedan pocos intentos antes de que se bloquee del todo. El sudor me baja por la espalda a pesar del frío que hace en todas partes menos aquí.

El otro collar. La otra chapita. Otro nombre, Nerón, y, debajo, cuatro números.

Los pruebo.

La pantalla se abre.

Me tengo que tapar la boca con la mano para no gritar.

Está abierto. El móvil está abierto. La pantalla se llena de iconos, y de fondo hay una foto de los dos perros sentados en la nieve, cómo no. Y yo estoy dentro. Estoy dentro. Y me tiemblan tanto las manos que casi lo tiro al suelo.

Rápido. Lo siguiente. Se acaba el tiempo.

Cobertura.

Miro arriba, en la esquina, y no hay. Claro que no hay. Estamos en la punta del mundo, qué cobertura va a haber. Las rayitas vacías, tachadas. «Sin servicio». Y el estómago me da un vuelco, porque de qué me sirve un móvil abierto si no puede salir nada de él.

Pero él lo usa. Este móvil es suyo, este cuarto es suyo, y un hombre que dirige una organización desde una montaña tiene que hablar con el mundo de alguna manera. Tiene que haber cobertura en algún punto. Un rincón. Una ventana. Algo.

La ventana.

Cruzo hasta el ventanal, el más grande que he visto en todo el castillo, y pego el móvil al cristal, arriba, estirando el brazo todo lo que da. Y miro la esquina de la pantalla sin respirar.

Nada. Sin servicio.

Muevo el brazo. A la izquierda. A la derecha. Más arriba. Me pongo de puntillas, con el móvil aplastado contra el cristal helado, moviéndolo centímetro a centímetro, buscando, rezándole a la Virgen de la medalla de mi abuela y a cualquier santo que tenga cobertura en el Himalaya.

Aparece.

Una rayita. Una sola. Parpadeando, muriéndose y volviendo a nacer cada dos segundos. La cobertura más agonizante de la historia de la humanidad. Pero es una rayita. Donde hace un segundo no había nada.

—No te vayas —le susurro. Sé perfectamente que no me oye—. No te vayas. No te vayas. Quédate conmigo, por favor, te lo pido, quédate.

Con la otra mano, sin mover ni un milímetro la que aplasta el móvil contra el cristal, abro los mensajes.

Aquí es donde el cuerpo casi me traiciona.

Me tiemblan tanto los dedos que no atino con las teclas.

Toco la que no es. La borro. Toco otra. La pantalla es pequeña, mis manos son un desastre, el brazo estirado se me congela contra el cristal, y la rayita va y viene, va y viene.

Cada vez que se va dejo de respirar. Cada vez que vuelve respiro.

Número nuevo.

El de Darío.

Gracias a Dios, gracias a esta cabeza tonta que se acuerda de todo, de la columna de los postres de una carta y de los céntimos del precio de un vino, me sé su número entero.

De memoria. Nunca lo he marcado: siempre lo he tenido guardado como «Ángel de las Tinieblas».

Pero lo he visto mil veces en mi pantalla cuando me llamaba, y ahí se me quedó grabado, que es lo que me pasa con todo.

Por primera vez en mi vida, la manía de acordarme de tonterías deja de ser una tontería.

Y antes del número, el prefijo. El más treinta y nueve. No sé de dónde es este teléfono, y si me olvido de esos tres caracteres, el mensaje se pierde en la otra punta del mundo buscando un número que allí no existe.

Escribo el número. Cifra por cifra. Lo compruebo dos veces. Tres. Si me equivoco en una sola, no le llega a él: le llega a un desconocido. Y no hay segunda oportunidad. No con esta rayita que se muere cada dos segundos.

El número está bien.

Ahora el mensaje.

Y entonces me doy cuenta de que no tengo que escribir nada. Que escribir es perder segundos, y cada letra que tecleo es una letra que la rayita me puede robar. Él no necesita que le cuente dónde estoy. Él necesita saberlo.

Le doy al clip. Ubicación. El mapa tarda una eternidad en cargar, un cuadrado gris que se piensa la vida, y por fin aparece un punto azul latiendo en mitad de una nada blanca, sin una carretera, sin un nombre. Yo. Ese punto soy yo.

Lo clavo.

Y debajo escribo una sola palabra. La única que hace falta. Él va a entender el resto.

«Victoria».

Nada más. Ni dónde, que eso ya lo dice el mapa. Ni quién, que eso lo habrá adivinado él antes que nadie. Ni ven a por mí, que va a venir igual. Lo que no sabe es esto.

Muevo el dedo hacia el botón de enviar.

La rayita parpadea y se va. Espero con el dedo en el aire, sin respirar. Espero a que vuelva.

Vuelve. Ahí está. Ha vuelto. Y bajo el dedo pensando que en cuanto apriete ya está, que ya me da igual lo que me hagan, porque él va a saberlo, va a venir, y da igual todo lo demás porque va a…

—¿Qué haces?

La voz viene de la puerta.

Mi dedo, a un milímetro de la pantalla, se queda congelado en el aire.

No me giro. No puedo. Si me giro pierdo el medio segundo, pierdo la rayita, lo pierdo todo. Así que hago lo único que puede hacer una mujer con el dedo a un milímetro de salvarse la vida.

Aprieto.

O lo intento.

En el mismo instante en que el dedo baja, una mano me coge la muñeca en el aire.

Y no me la coge fuerte. Eso es lo horrible. Me la coge con calma. Con una firmeza tranquila, paciente, y me la aparta del móvil con una facilidad que da más miedo que si me la rompiera.

Con la otra mano me quita el móvil de entre los dedos, sin la menor prisa.

Me quedo con el brazo todavía estirado hacia un cristal donde ya no hay nada, mirando cómo se lleva el móvil, cómo mira la pantalla, cómo lee el mensaje que no he llegado a mandar.

Lo lee entero. Sin prisa. Y le veo en la cara el momento exacto en que entiende lo cerca que he estado. El prefijo. El número. El mensaje. La rayita, que sigue parpadeando en la esquina, riéndose de los dos por igual.

No grita. Genoveva ha tenido razón hasta el final. No grita.

Sonríe.

Bloquea el móvil y se lo guarda en el bolsillo.

—El código de los perros. La rayita en la ventana.

El número de memoria, con prefijo y todo.

El mensaje perfecto, con el sitio incluido.

—Ladea la cabeza—. En la cena me has dicho que eras torpe, no tonta.

Y tenías razón. Retiro lo de zarigüeya. Una zarigüeya se hace la muerta.

Tú no te haces la muerta. Tú muerdes hasta el último segundo. Eso es otro animal.

—Por favor. —Me sale un hilo de voz. Toda la valentía de la cena se me ha ido con la rayita—. Por favor. No.

—¿No qué?

—Sé lo que vas a hacer. Me vas a drogar otra vez.

Se para. Me mira. La sonrisa crece. Y más fría.

—No —dice—. Drogarte era lo de las otras veces, y mira de qué me ha servido.

Te despiertas antes, sales, llegas hasta aquí, adivinas el código, encuentras la cobertura, y por poco no me mandas un mensaje que me habría costado la vida.

Ese cuerpo tuyo se come la droga en nada.

—Me recorre de arriba abajo, recalculando—.

Así que vamos a probar otra cosa. Algo más fuerte.

Algo que ni esa cabeza tan lista ni ese cuerpo tan rebelde puedan quemar tan rápido.

Le hace un gesto a la puerta.