CAPÍTULO 4 #2
—Eres más lista de lo que pareces.
—No. —Lo miro fijo, porque esta la tengo clarísima—.
No soy más lista de lo que parezco. Soy exactamente igual de lista.
Lo que pasa es que parezco torpe, porque tiro vasos, me caigo por las escaleras y hablo demasiado, y la gente confunde torpe con tonta.
Son cosas distintas. Yo soy torpe con las manos y con los pies.
Con la cabeza no se me cae nada. —Otro bocado—.
Apúntatelo. Es lo más útil que me vas a sacar esta noche, y encima te lo regalo.
Se echa hacia atrás en la silla y me mira. Y por primera vez en toda la noche, la sonrisa que pone no es de secuestrador. Es otra. La de alguien que acaba de encontrar una cosa que no esperaba y todavía no sabe si le gusta o le molesta.
—Bien —dice—. Cambio de tema, entonces.
—Cambia. Pero si vuelves a meter a Darío por medio, me levanto y me voy a mi celda, que se está más calentito que en tu compañía. Y mira que en mi celda se congelan hasta las ideas.
Aquí es donde, por fin, cojo yo el mando de la cena.
Llevo tres días guardándome cosas y una hora aguantándole el numerito, y hay algo que le quiero decir desde que se ha sentado enfrente. Ahora que sé que las cosas le llegan, que tiene ese músculo, sé exactamente dónde apretar.
—¿Te puedo hacer yo una pregunta?
—Depende.
—¿Tú qué quieres ser de mayor?
El tenedor se para a medio camino.
—¿Qué?
—Que qué quieres ser. En la vida. Cuál es el plan. —Me acomodo en la silla, porque esto lo voy a disfrutar—. Porque estos tres días, aparte de mirar el techo, no ha habido mucho que hacer, y he estado pensando. Y he llegado a una conclusión sobre ti que te va a doler. Así que agárrate.
—Ilumíname.
Lo dice con sorna. Pero deja el tenedor en el plato. Y eso quiere decir que está escuchando.
—Tú quieres ser Don. —Palabra por palabra, para que le entre bien—. Como tu padre. Quieres sentarte en esa silla algún día y que la gente te tenga el mismo miedo que le tiene a él. Ese es el plan de tu vida. El sueño. Ser el grande de verdad. El que manda.
No dice nada. El músculo de la mandíbula habla por él.
—Y no vas a llegar.
Silencio.
—¿Eh?
—Que no vas a llegar. Nunca. —Cojo el pan y le doy un mordisco, porque quiero que vea lo tranquila que estoy mientras se lo digo—. Y te voy a explicar por qué. Llevo tres días comparándote en mi cabeza con un hombre que sí es Don, y la diferencia es tan grande que da hasta pena.
—Cuidado con lo que dices, zarigüeya.
—No. Cuidado tú con lo que has hecho. —Subo un poco el tono, porque ya no hay vuelta atrás—.
¿Sabes lo que hace Darío cuando alguien le toca algo suyo?
Va a por él. En persona. A cara descubierta.
Le han metido una bala a tres centímetros del corazón y se ha vuelto a levantar para ir a por el siguiente.
Porque un Don da la cara. Un Don no se esconde.
—Yo no me esc…
—Tú me has secuestrado a mí. —Lo corto, porque esta parte es mía y la digo entera—.
A mí. A una mujer de cincuenta y seis kilos que tira vasos y se cae por las escaleras.
Has cruzado medio mundo, te has gastado una fortuna en helicópteros, has montado un castillo en un congelador, has movido hombres…
para robarle la novia a otro mientras él estaba ocupado.
Y después, cuando esa mujer de cincuenta y seis kilos te planta cara en un pasillo, ¿qué haces?
La drogas. La duermes. Porque no sabes qué hacer con ella despierta.
Ya no le queda sonrisa en ninguna parte de la cara.
—Eso no es ser Don, Bulldog. —Lo digo bajando la voz, que es peor.
Eso lo he aprendido de Darío—. Eso es ser un cobarde.
Un Don no le hace la guerra a una mujer dormida.
Un Don no droga lo que no sabe controlar despierto.
Un Don tiene huevos para pelear de frente con su enemigo.
Y tú, en vez de ir a por Darío, que es tu enemigo, has venido a por mí, que soy lo que él quiere.
Eso te retrata entero. No eres su rival.
Eres el niño que, como no le puede ganar al mayor en el recreo, le esconde la mochila.
Se levanta, con las dos manos apoyadas en la mesa. Y durante un segundo veo que Genoveva tenía razón otra vez. Que cuando este hombre está tranquilo es peor. Que le acabo de romper la tranquilidad. Y que a lo mejor eso no es tan buena noticia como me parecía hace un momento.
Pero ya lo he dicho, y no me arrepiento. Voy a rematarlo. Si me voy a morir en esta montaña, me muero habiéndole dicho a la cara lo que es.
—Y hay una cosa más. —Levanto la cara hacia él—.
La que de verdad no soportas. Que da igual lo que me hagas.
Da igual que me drogues, que me pegues, que me mates.
Porque él va a venir. Lo sabes. Por eso me has escondido tan lejos.
Le tienes tanto miedo que ni en la punta del mundo te sientes a salvo.
Y ese miedo, Bulldog, es la prueba de que él ya es lo que tú no vas a ser nunca.
Silencio.
Un silencio largo y espeso. El fuego crepitando. La nieve cayendo al otro lado del cristal. Y este hombre gris de pie, con las manos en la mesa, mirándome con unos ojos vacíos. Dos charcos de agua parada.
Muy despacio, se endereza. Se abrocha un botón de la camisa.
Y sonríe.
—Tienes razón —dice.
Eso no me lo esperaba.
—¿Qué?
—Que tienes razón. En todo. —Rodea la mesa con toda la calma del mundo, y a mí el corazón me va a mil, porque un enemigo que te da la razón asusta mucho más que uno que te la quita—.
Le tengo miedo. Te he escondido lejos porque le tengo miedo.
Y no doy la cara como él. Todo cierto. —Se para a mi lado y baja la voz—.
Pero te has equivocado en una cosa, zarigüeya. En la más importante.
—¿En cuál?
—En que da igual lo que te haga. —Me coge la cara con dos dedos y me obliga a levantarla.
De cerca, sus ojos están todavía más vacíos—.
No da igual. Ese es tu error. Tú crees que, como él va a venir, lo que pase mientras tanto no cuenta.
Y cuenta. Cuenta todo. Porque cuando llegue, si llega, lo que se va a encontrar no vas a ser tú.
Va a ser lo que yo haya decidido dejarle.
Y eso, preciosa, lo controlo yo. Entero.
Me suelta la cara, se aparta y le hace un gesto a la puerta del fondo.
—Genoveva. Recoge. Se ha acabado la cena.
Y aquí tomo la decisión más tonta y más valiente de la noche. Las dos cosas a la vez, para variar.
Genoveva entra a recoger. Él se queda de pie mirando el fuego, medio de espaldas a mí. La cena se acaba. Cuando se acabe me sube a la celda, y con ella se acaba la única hora que tengo fuera de esas cuatro paredes.
Y toda la noche lo he visto mirar hacia la puerta del fondo.
—¿Puedo ir al baño?
Se gira.
—Genoveva te acompaña.
—Genoveva tiene ochenta años y las rodillas hechas polvo, que se las he oído crujir recogiendo cristales.
No la voy a hacer subir y bajar escaleras por culpa de mi vejiga.
—Me levanto—. Y no me voy a escapar, que ya lo hemos hablado quince veces.
No hay adónde. Everest. Helicópteros. Solo vuela quien tú digas. Me lo sé mejor que el padrenuestro.
Se lo piensa. Lo veo pensárselo. Y ahí entra todo lo que me ha dicho Genoveva y todo lo que he aprendido en tres días.
Hoy es un día tranquilo. En los días tranquilos se confía.
Y un hombre que me acaba de decir a la cara que me controla entera se cree tan por encima de mí que ni se le pasa por la cabeza que yo pueda hacer nada.
—El baño está al fondo, a la derecha —dice—. Vuelves rápido. Cinco minutos.
—Cinco minutos.
Salgo del comedor con el corazón en la garganta. Me acabo de comprar cinco minutos de castillo para mí sola justo después de llamarlo cobarde a la cara. Que es exactamente lo que hago yo siempre: insultar a alguien y pedirle un favor en la misma frase.
El baño está a la derecha.
Yo giro a la izquierda.
Porque toda la cena lo he visto mirar hacia ahí. Hacia algo que le importa. Y lo que le importa a un hombre así es lo que me sirve a mí.
Voy rápido, pegada a la pared, con los zapatos que me ha traído Genoveva en la mano, porque hacen ruido. El pasillo de este lado es distinto. Más corto. Más cuidado. Con una alfombra que se traga mis pasos. Al final, una puerta entreabierta.
Por la rendija sale luz. Calor. Olor a fuego, a cuero, a papel viejo. La única habitación caliente de todo este congelador. No me hace falta que nadie me diga de quién es.
Empujo.
Es una biblioteca, o algo parecido. Estanterías del suelo al techo, libros con el lomo gastado de tanto leerlos, una chimenea encendida, una alfombra gruesa color vino y un sillón de cuero con una manta por encima.
Su cuarto. El sitio donde este hombre se calienta mientras a los demás nos tiene tiritando.
Hay dos cosas que no me esperaba.
La primera son los perros.
Dos bulldogs gordos y arrugados, tirados delante del fuego. Dos cojines que respiran. En cuanto entro, los dos levantan la cabeza a la vez, con cara de que les han cortado la siesta, y uno suelta un gruñido grave, largo, de los que salen del fondo del pecho.
Me quedo clavada en la puerta.
Y lo entiendo. Bulldog. Los perros. Por eso. Yo pensando que se había puesto el nombre para dar miedo, y resulta que se lo ha puesto por dos perros gordos que roncan delante de una chimenea. El hombre más peligroso de esta montaña se llama como sus mascotas.
Me daría la risa si uno de los dos no se estuviera levantando en este momento y viniendo hacia mí, gruñendo, con ese contoneo de bulldog que sería adorable si no viniera con esa intención.
—Hola —susurro, y levanto las manos muy despacio—. Hola. Buenos chicos. Perros guapos. Perros que no le van a contar a su dueño que he estado aquí, ¿verdad? Porque somos amigos. Lo vamos a ser. Dadme un segundo.
El perro se para a un metro. Sigue gruñendo.
Y yo hago lo único que sé hacer con todo lo que se pone difícil, con las personas, con los animales, con la vida entera. Le hablo.