NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

VICTORIA

Han pasado tres días. Los he contado.

No por el sol, que aquí no sale, ni por el reloj, que tampoco hay.

Los he contado por las veces que Genoveva ha entrado a traerme comida y a llevarse la que no me como: tres desayunos y tres cenas.

Una mujer que lleva la cuenta de sus comidas es una mujer que todavía no ha perdido la cabeza del todo, y a estas alturas eso es un logro del que pienso presumir cuando salga de aquí.

Tres días, y ya sé cosas.

Sé que Genoveva entra sin llamar, siempre, con la confianza de la dueña de la casa.

Sé que refunfuña en un siciliano de pueblo tan cerrado que ni la nonna lo entendería entero, y que lo poco que pillo son quejas.

Sé que cocina de maravilla y que le da rabia que yo se lo diga.

Sé que ella no le llama Bulldog: le llama Valentino, como si todavía le limpiara los mocos.

Y sé, porque me lo dijo ella con esa boca torcida que tiene, que no me fíe de los días buenos.

—A ese hombre lo conozco desde que era un niño —me soltó ayer, mientras recogía uno por uno los cristales del vaso que tiré la primera noche, con esas rodillas que le crujen—.

Y te voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie que haya pasado por esa puerta, porque los otros no volvieron a salir y contigo, no sé por qué, me da por hablar.

No le tengas miedo cuando grita. Cuando grita, todavía le importas.

Tenle miedo el día que baje tranquilo. Tranquilo y sonriendo.

Ese día ya ha decidido algo, y tú no vas a querer saber qué.

Hoy ha bajado tranquilo.

Lo sé antes de verlo, por cómo se abre la puerta: sin ruido. En este sitio las puertas solo chirrían cuando quieren asustarte, y esta no ha chirriado. Es su manera de avisar de que el que entra viene de buen humor. Según el evangelio de Genoveva, la peor noticia que me pueden dar.

Ahí está. Apoyado en el marco con un hombro y las manos en los bolsillos.

Ya no lleva el pantalón de chándal de las otras veces.

Lleva una camisa negra, buena, con las mangas dobladas hasta el codo, la tinta del antebrazo al aire, el pelo gris peinado hacia atrás y el aro del labio brillando bajo la bombilla mala.

Le hago el inventario de siempre. Mirar es lo otro que se me da bien, aparte de hablar. Y el inventario me sale contradictorio, que es lo que pasa con todo lo que tiene que ver con este hombre.

Es guapo. Eso no lo voy a negar aunque me arranquen la lengua.

No porque me guste, que me da asco físico, sino porque es un dato, y los datos son los datos.

Tiene la belleza de las estatuas de los museos: perfecto, frío, gris, vacío.

De esas que miras, piensas «qué bien hecha está», y a los dos segundos ya te has ido a otra sala, porque una estatua no te da conversación.

Y es ridículo. Las dos cosas a la vez, que es lo peor.

Un hombre que se ha peinado, que se ha puesto una camisa buena, que se ha tomado la molestia de ponerse guapo para bajar a la celda de una mujer que tiene secuestrada en una montaña.

Eso es patético. Se ha arreglado. Para mí.

Para su prisionera. Y no sabe que cuanto más se arregla, más pena me da.

Un señor vestido de gala para una fiesta a la que no lo ha invitado nadie.

—Ponte esto —dice.

Me tira algo y lo cojo por reflejo. Un vestido verde oscuro, largo, de una tela que pesa lo que pesa la ropa cara, con las etiquetas puestas.

Miro el vestido. Lo miro a él. Vuelvo a mirar el vestido.

Lo dejo caer al suelo.

—No.

—¿Perdona?

—Que no. —Me cruzo de brazos—. No me pongo eso.

—Vamos a cenar.

—No tengo hambre.

Mentira. Tengo un hambre de tres días, pero antes me muero que regalárselo.

—Y aunque la tuviera, no cenaría contigo ni aunque fueras el último ser humano de esta montaña, que técnicamente casi lo eres, así que imagínate el nivel de desesperación.

No se enfada. Ese es el problema. Genoveva tenía razón: no se enfada. Se despega del marco sin prisa, da un paso dentro y sonríe.

—A ver si nos entendemos, zarigüeya. —Habla bajo—.

No te estoy pidiendo opinión. Te estoy informando.

Vas a cenar conmigo. Ahora. Puedes bajar por tu propio pie, con ese vestido o con la ropa que llevas, que huele a tres días puesta, porque son tres días.

O puedo llamar al viejo, y bajas dormida, y cenas cuando te despiertes, que será dentro de dos días y con un dolor de cabeza que no le deseo a nadie. Tú eliges. Pero cenas conmigo.

Ahí está la trampa. Y la veo, porque no soy tonta. Soy torpe, que es distinto.

Si me niego, me droga. Otra vez. Y una noche drogada es una noche en la que no miro, no aprendo y no le sumo nada al mapa que llevo tres días montándome en la cabeza.

Una cena, por horrible que sea, es una hora fuera de esta habitación.

Una hora en otras partes del castillo. Una hora de información.

Así que voy a bajar. Pero el vestido se puede ir a la mierda.

—Bajo —digo—. Con lo que llevo.

—El vestido…

—El vestido te lo metes donde te quepa. —Le doy una patadita al bulto verde—.

Me has dicho que podía bajar con esto. Lo has dicho tú, con tu boca.

Así que bajo con esto. ¿Que huelo mal? Perfecto.

Que aproveche la cena con una mujer que huele a tres días de secuestro, a ver si se te quita el hambre y me devuelves antes a mi cuarto.

Me mira un segundo largo. Por un momento pienso que la he fastidiado. Que ahora llama al viejo y me duermo y ya está.

Pero no. Se ríe. Corto, por la nariz, sin ganas. Pero se ríe.

—Como quieras —dice—. Baja apestando. Me da igual.

Se da la vuelta y sale, y me deja la puerta abierta para que lo siga. De perrito faldero.

Lo sigo, sí. Pero no de perrito. Lo sigo con la cabeza bien alta, en mi papel de mujer que va a cenar con su enemigo con toda la intención de arruinarle la velada.

El comedor no es el de los muebles tapados con sábanas.

Es otro, más pequeño, con la chimenea encendida y una mesa para dos con mantel de verdad y velas, porque aquí la luz va y viene y las velas no fallan nunca.

Huele a comida buena, y el estómago me traiciona con un rugido que retumba en la piedra.

Él lo oye. Claro que lo oye. Y sonríe. Y yo lo mataría.

Me aparta la silla él mismo para que me siente. Toda la ceremonia de una primera cita.

—Qué detalle —digo, sentándome—. Modales de secuestrador. No sabía que existía la categoría.

—Siéntate y calla.

—Ah, ahí está. El de verdad. Me tenías preocupada con lo de la camisa y el peinado. Pensaba que te habías ablandado.

Se sienta enfrente y sirve vino en las dos copas.

—No voy a beber —digo.

—No tiene nada.

—Eso mismo diría alguien que le ha echado algo al vino.

—Empujo la copa dos centímetros lejos de mí—.

Mira, te voy a explicar cómo funciona esto, porque veo que no lo tienes claro.

La confianza se gana. Y tú, para ganártela, has hecho lo siguiente: secuestrarme, drogarme, amenazarme y pegarle un tiro en el hombro a mi mejor amiga, embarazada, delante de mí.

Así que perdona si no me lanzo a brindar contigo.

Durante un segundo aprieta la mandíbula. Ese músculo. El que se le mueve cuando algo le llega. Es la tercera vez que se lo veo, y me lo guardo, porque las cosas que le llegan a un hombre así son las que me van a hacer falta.

—Come —dice.

Como. Porque tengo hambre, porque está buenísimo y porque, si me van a matar en esta montaña, prefiero que sea con la barriga llena. La dignidad no alimenta.

Pero mientras como, miro. Para eso he venido.

Dos puertas: la de entrada y otra al fondo, entornada, por la que Genoveva entra y sale con los platos.

La ventana: la misma noche negra, la misma nieve cayendo.

Y lo miro a él, sobre todo a él, porque un hombre relajado en su casa enseña lo que un hombre en guardia esconde.

Y enseña una cosa. Me la guardo entera.

Cada poco mira hacia la puerta del fondo. No a Genoveva. Más allá. Hacia algo que hay en esa dirección y que lo llama. Lo comprueba con los ojos cada pocos minutos sin darse cuenta. Ha dejado algo importante en otra habitación y no puede evitar ir a buscarlo con la mirada.

Información. La archivo.

—¿Cómo lo conociste? —pregunta a mitad de la cena, cortando la carne tan tranquilo.

—¿A quién?

—A Di Marco.

Lo suelta de pasada. Sin darle importancia.

Y casi me pilla, porque ya iba a abrir la boca para contestar por puro reflejo de mujer que habla demasiado.

Pero me freno. Le he visto la cara. Ese punto de interés de más.

Esa quietud que tiene cuando la respuesta le importa.

Y lo entiendo, con un segundo de retraso, pero lo entiendo.

Me echo a reír.

Me río de verdad, con la boca llena, y suelto el ronquido. El de cerdito. El que llevo toda la vida intentando que no se me escape delante de nadie importante. Me tengo que tapar con la servilleta para no escupirle la carne en la camisa buena.

Él me mira reírme sin entender. O entendiéndolo perfectamente y odiando que yo también lo entienda.

—¿Qué es tan gracioso?

—Tú. —Me limpio la boca—. Que me estás sacando información. Muy sutil, ¿eh? «Come, bebe, ay, qué cena tan agradable, por cierto, cuéntame la vida entera del hombre que intento destruir». —Le doy un trago al agua, porque el vino no lo toco—. Casi cuela. Con otra, a lo mejor cuela. Conmigo no.

—No sé de qué hablas.

—Sabes perfectamente de qué hablo. Llevas toda la cena con el numerito del anfitrión encantador para que baje la guardia y sacarme cosas de Darío.

Cómo lo conocí, cómo funciona, con quién habla, qué sabe, qué no sabe.

—Ladeo la cabeza, copiándole el gesto que me hace él a mí, para que le moleste más—.

Y te lo agradezco, de verdad. Es lo más entretenido que me ha pasado en tres días.

Pero te ahorro el trabajo: no te voy a decir nada.

Ni una coma. Ni aunque me drogues, ni aunque me dejes sin comer, ni aunque me tengas aquí hasta que se derrita esta montaña de mierda.