NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—Por fin dices algo inteligente. Entonces dame algo. Un trozo. Porque yo tampoco me subo a una jaula por la palabra de un hombre que se mea en la silla cuando me siento delante.

Se pasa la lengua por los labios. Calcula. Si no me da nada, me voy. O peor: me quedo y se lo saco a golpes. Si me lo da todo, pierde la garantía.

Así que hace lo que hace un tiburón. Me tira un trozo de carne. El justo para que siga en el agua.

—Está lejos —dice, bajando la voz—. Muy lejos. No es Italia. Ni siquiera es Europa.

—Eso no es nada. Eso me lo imagino solo.

—Está alto.

—¿Alto?

—Alto. —Le brilla el ojo. Sabe que la palabra siguiente vale una fortuna—. En una montaña.

Me lo quedo mirando.

—Una montaña.

—Una montaña.

—Nino. —Me inclino sobre la mesa—. Dime que estás de broma.

He bajado a este agujero, te he aguantado el circo, te he despreciado el whisky y me he sentado con un león encima de la mesa para que me des un sitio al que ir.

Y me dices «una montaña». Hay miles de montañas.

¿Qué hago con eso? ¿Me las subo todas de rodillas hasta dar con ella?

—No es una montaña cualquiera. —Baja la voz hasta dejarla en un hilo. Nadie más en todo el sótano nos puede oír. Y por fin lo suelta entero—. El Everest, Di Marco. Al lado del Everest. Una de las de al lado, que en los mapas ni tiene nombre. Ahí la tiene.

El sótano se apaga.

No es una forma de hablar. El rugido de doscientos hombres desaparece. Dos segundos. Tres. No oigo a la gente, ni la música de arriba, ni al que acaba de caer en la jaula entre gritos. Solo esa palabra, flotando encima de la mesa.

El Everest.

Yo esperaba una ciudad. Un puerto, una finca en Cerdeña, un pueblo escondido en los Alpes.

Cualquiera de los mil agujeros que se compra un hombre con dinero para esconder a alguien.

Esperaba un sitio al que se llega. Un sitio al que pudiera ir esta misma noche, en avión, en coche, andando si hacía falta, y estar delante de una puerta antes del amanecer.

Y me está diciendo el techo del mundo.

La ha escondido en el único rincón de la Tierra pensado para que yo no pueda ir.

Me sube por la columna algo que no sentía desde muy crío, desde antes de aprender a apagar al animal.

La desesperación de verdad. La pura. La que te aprieta el pecho hasta dejarte sin aire.

La de un hombre que, por primera vez en su vida, se choca contra una pared que no tiran ni su dinero, ni sus hombres, ni su apellido.

Me miro la muñeca sin querer.

Verde.

Viva. En el techo del mundo. Muerta de miedo. Y yo en un sótano, a medio planeta, con un gordo de moño morado que me mira de reojo esperando verme romper.

Eso me salva. Que me esté mirando.

Porque Nino no está mirando a un hombre enamorado. Está mirando al Don de la Camorra recibir un golpe, y espera ver dónde le duele para cobrarle más caro.

Así que no le doy nada. Ni un párpado. Ni un músculo. La desesperación me la trago entera y la mando abajo, al sótano, con el animal. Se la come sin protestar. Lleva días con hambre.

Arriba se queda el que piensa. Y el que piensa se ha quedado con una cosa.

«Que en los mapas ni tiene nombre».

Esa frase no es de Nino. Nino habla de cifras, de cuadras, de cuánto vale todo.

Nino no habla de mapas. Esa frase tiene otro dueño.

Uno al que le gusta oírse. Que elige las palabras para que duelan.

Nino la repite con el orgullo del que se la ha oído decir al original y se la ha aprendido de memoria para lucirla.

Así que Nino estaba en la habitación cuando Bulldog la dijo. No es un pez de sótano que ha oído un rumor en un bar. Es de los de dentro. De los que se sientan a la mesa del perro cuando el perro habla.

Eso quiere decir dos cosas. Que el resto del dato es bueno. Y que este gordo vale mucho más de lo que él cree. Y bastante más vivo que muerto.

Rey levanta la cabeza de mi antebrazo. Me mira y suelta un ruido bajo, casi una pregunta. Algo ha notado.

—Ya lo sé —le digo, sin apartar los ojos de Nino—. Ya lo sé.

Al otro lado de la mesa, Nino me observa con una calma nueva. Acaba de poner sobre el tablero la única carta que le faltaba. Se echa hacia atrás, vuelve a encender el puro y espera, convencido de que ha ganado.

—Ese es el trozo, Don —dice, soltando el humo—.

El continente y la montaña. Para que veas que no te vendo aire.

El resto —se toca la sien— lo tengo aquí.

El punto exacto. La casa. Cómo se sube. Quién vuela.

Cuándo vuela. Todo. Y es tuyo esta noche, con detalles, en cuanto subas a esa jaula y me hagas rico y me hagas leyenda.

Me tiende la mano por encima de la mesa. Por encima del león.

—¿Tenemos trato?

Me quedo mirando esa mano.

Una parte de mí, la más rápida, la que lleva media vida sobreviviendo, me dice que le rompa la muñeca aquí mismo y le saque el resto a golpes. Tengo prisa. Victoria está en una montaña de hielo y no me sobra un minuto para el teatro de este payaso.

Otra parte, la que piensa, me recuerda que un dato arrancado a golpes vale menos que un dato pagado. Que si le rompo la cara, a lo mejor me da un sitio falso por puro rencor, y pierdo la única pista que tengo. Y con ella la noche. Y con la noche, a lo mejor, a ella.

Y hay una tercera. La peor. La que no le confieso a nadie.

La que lleva días sin poder descargar el infierno, matando fantasmas por teléfono, gritando en un zoológico vacío.

Esa, al oír la palabra «jaula» y ver al ruso calentando, ha sentido algo demasiado parecido al alivio.

Porque yo el dolor no sé llorarlo. Sé repartirlo.

Y ahí arriba hay un imbécil de veinticinco años al que puedo darle, delante de doscientas personas y con permiso, todo lo que no le puedo dar a Bulldog.

Veintiocho años cumplo hoy. Y lo voy a celebrar en una jaula.

Pero no decide ninguna de las tres. Decide la cuarta. La que nadie en este sótano sabe que tengo, porque los que la conocieron están muertos.

La cuarta mira el tablero entero. Y ve esto.

Nino cree que me compra el apellido por una noche.

Lo que está haciendo en realidad es poner su vida en mis manos delante de doscientos testigos.

Mañana, cuando todo el hampa de Roma sepa que el Don de la Camorra ha peleado para Nino Sanna, alguien se lo va a contar a Bulldog.

Y Bulldog, que no es imbécil, se va a preguntar qué le ha pagado Nino al Don para que el Don se arrodille en su sótano.

Y solo hay una cosa en el mundo por la que yo me arrodillaría.

Nino acaba de firmar su sentencia con Bulldog sin darse cuenta. Y desde el momento en que yo me suba a esa jaula, el único hombre de la Tierra al que le va a interesar mantenerlo vivo voy a ser yo.

Le voy a dar su leyenda. Y con la leyenda, una correa.

Ni siquiera tengo que mentirle. Solo dejar que siga creyendo que ha ganado.

Miro la jaula, donde están sacando a rastras al que ha perdido. Miro el verde de mi muñeca. En algún sitio al otro lado del mundo, en una montaña de hielo, hay una mujer que esta noche se ha dormido pensando que a lo mejor no llego.

Llego, nena. Aunque tenga que subir de rodillas.

Le estrecho la mano. Húmeda, blanda. La mano de un hombre que acaba de hacer el mejor negocio de su vida y el último que va a hacer por su cuenta.

—Trato —le digo—. Con una condición.

—La que quieras, Don.

—Mi apuesta la hace Estela, la de arriba. Todo lo que llevo encima, a mi nombre, a que tumbo al ruso antes del segundo asalto. —Me levanto, me quito el reloj y lo dejo en la mesa, al lado de Rey—. Tú te llevas la fama, Nino. El dinero de esta noche me lo llevo yo.

Se le congela la sonrisa a medio camino.

—Eso no es lo que…

—Y el resto del dato me lo das ahora. Al oído.

Antes de que me quite la camisa. —Me inclino y apoyo las dos manos en la mesa—.

Porque si subo y el sitio es falso, el ruso va a ser lo de menos.

Pero si subo y el sitio es bueno, vas a tener tu leyenda, vas a tener tu cuadra y vas a tener una cosa que hoy no tienes y que vale más que todo eso junto.

—¿Qué?

—A mí. Cuidándote la espalda cuando Bulldog se entere. Que se va a enterar, Nino. Mañana a estas horas lo sabe toda Roma. Así que piensa rápido, que el ruso ya está calentando y yo me estoy quedando frío.

Lo veo hacer la cuenta otra vez. La de verdad. La que no ha hecho antes. Lo veo llegar al final y entender que no hay ninguna salida en la que no acabe siendo mío.

Traga. Se inclina.

Y me lo dice al oído.

Mientras me lo dice, Rey se despierta, bosteza encima de la mesa con toda la boca abierta y le enseña a Nino, uno por uno, todos los dientes que algún día va a tener.