NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Así que el ruso es el campeón, y el viejo de los ojos de perro de nieve es su dueño. Me suena. Husky, le llamaban ya entonces. Se me han presentado los dos solos, sin preguntar nada. Me lo guardo. Esta noche me guardo todo lo que me cae encima. Ya tiraré después lo que no sirva.

Yuri se pierde hacia los vestuarios, pero antes me lanza una última mirada. Se la devuelvo.

Rey le bufa por encima de mi hombro. Bajo y largo. Y el ruso, que acaba de ladrarle a un hombre que lo puede matar con una mano, aprieta el paso al oír a un gatito.

—Bien —le digo a Rey—. Vas aprendiendo a quién morder.

El foso es un infierno.

Una jaula de rejas altas en el centro, bajo un foco que deja todo lo demás a oscuras.

Alrededor, gradas de cualquier manera, hombres apretados, gritando con los billetes en el puño, el humo subiendo hacia un techo que no se ve.

En la jaula, dos tipos que ya no importan se están destrozando la cara.

A nadie le interesa quiénes son. Solo por cuál ha apostado.

Rastreo la penumbra hasta que lo encuentro.

Ahí. Una mesa apartada, rodeado de su corte. Los parásitos de siempre, los que orbitan alrededor del que reparte. Gordo, el traje tirándole de las costuras, el moño morado con las dos varillas, y la araña tejiéndole la tela encima de una cicatriz vieja de la mandíbula.

Nino Sanna.

Me ve antes de que llegue.

Levanta la vista, me localiza cruzando el sótano, y la cara le hace el recorrido completo en dos segundos. Primero me reconoce. Después calcula. Al final, el miedo.

Se levanta, despide a su corte con un gesto, y cuando llego a la mesa ya se ha puesto una máscara encima del susto. Le queda peor que el traje.

—Di Marco. —Abre los brazos—. Qué honor.

—Nino.

—Siéntate, siéntate. —Aparta el cenicero y me hace sitio, demasiado rápido—. Que le traigan algo al Don. ¿Qué tomas? Lo que sea. Invito yo.

—No bebo con gente que me tiene miedo. Les tiembla el pulso y me manchan los zapatos.

Se ríe. Una risa corta que se le muere en la garganta. Se sienta, enciende un puro, y al acercar la llama le tiemblan las manos un milímetro.

Dejo a Rey encima de la mesa.

El cachorro se estira, huele el puro, estornuda con toda el alma, se sacude y se sienta sobre las patas de atrás, mirando fijamente a Nino con esos ojos azules enormes. Nino mira al león. Mira al hombre que pasea un león por su sótano. Traga saliva.

—¿Eso es…?

—Un león. Sí.

—¿De verdad?

—Métele la mano y compruébalo.

No le mete la mano. Rey, aburrido de él, se tumba en la mesa, apoya la cabeza en mi antebrazo y suspira. Y de pronto hay un depredador durmiendo entre los dos en mitad de una negociación.

—Voy al grano. —Me recuesto en la silla—. Sé quién se ha llevado a mi mujer. Sé que ha sido Bulldog. Y sé que tú sabes dónde la tiene.

Nino le da una calada larga al puro. Se toma su tiempo. Echa el humo de lado, y cuando habla ya ha recuperado un poco de suelo, porque acaba de entender algo que le da poder.

Que lo necesito.

—Vaya. —Ladea la cabeza—. Así que es verdad. Corre un rumor, ¿sabes? Que al gran Di Marco le han quitado algo. Nadie se lo creía. A ese hombre no se le quita nada, decían, lo tiene todo bajo llave. —Otra calada—. Y aquí estás. Preguntándome a mí. En mi sótano. Así que es verdad.

—Es verdad. Y cuanto antes me des lo que he venido a buscar, antes me voy, y antes dejas de tener al hombre más peligroso de Italia sentado en tu mesa dejándote en ridículo delante de tu gente.

Aprieta la mandíbula debajo de la araña. Para el pie. A propósito. Tarde.

—Mira, Di Marco. —Se inclina y baja la voz, y ahora habla sin teatro—.

Te voy a hablar claro, porque te respeto.

Yo sé cosas. Es mi oficio. Pero de este asunto…

—Niega con la cabeza—. Ese hombre me mata.

Y no es una forma de hablar. Si le da la gana, me abre en canal a mí y a los míos, y se toma su tiempo.

Le soy leal porque seguir respirando depende de serle leal.

Así que lo que me pides no es información. Me pides que me suicide delante de ti.

Y ahí veo con qué estoy tratando. No es un cobarde. Es un hombre que ya ha hecho la cuenta, y en su cuenta callarse le sale más barato que hablar.

Lo que no sabe es que yo he hecho la mía antes de venir.

Sergio se ha pasado la tarde metido en la vida de este hombre.

Nino no le debe dinero a uno. Le debe a cuatro.

Ha puesto su casa, el local de su hermana y el coche de su amante a que su luchador le gana esta noche al ruso.

Si su chico cae, Nino no se despierta mañana con un problema.

Se despierta sin nada. Y en este mundo, un hombre sin nada que sabe demasiado, dura lo que un hielo en un vaso.

Así que la pregunta nunca ha sido si me va a vender a Bulldog. La pregunta es a qué precio. Y quiero que me lo diga él. Un hombre que pone su propio precio cree que está ganando. Un hombre que cree que está ganando se relaja. Y un hombre relajado habla.

Pero primero hay que mover el tablero.

—Nino. —Me inclino yo también y bajo la voz hasta que solo quedamos él, yo y un león dormido—.

Escúchame, que esto también es hablar claro.

Bulldog te mata si hablas. Correcto. Pero hay una cosa que a lo mejor no has metido en la cuenta.

Yo también te mato si no hablas. Y la única diferencia entre él y yo, la única que te importa esta noche, es que él no está en esta silla.

Y no se va a enterar de lo que me digas hasta que sea tarde, si es que se entera.

Yo estoy aquí. Delante de ti. Con las manos todavía limpias.

Traga.

—Así que la pregunta no es si te matan. Es quién, y cuándo. Él, más adelante, si se entera, que a lo mejor no se entera. O yo, esta noche, seguro. —Me encojo de hombros—. Yo apostaría por el «a lo mejor». Pero tú sabrás. Tú eres el que sabe cosas.

Nino lleva toda la vida nadando en agua sucia. Y hace lo que hacen los tiburones cuando huelen que la presa también tiene dientes: deja de defenderse y se pone a negociar.

Justo lo que yo quería.

—Bueno. —Da una calada, y en los ojos le aparece la codicia, que en un hombre así siempre acaba ganándole al miedo—.

Bueno, Di Marco. Digamos, solo digamos, que yo supiera algo.

Que a lo mejor sí y a lo mejor no. Digamos que sí.

—Ahora la sonrisa es de verdad. Acaba de darse cuenta de que tiene en las manos lo que el Don de la Camorra necesita—.

Entonces esto ya no es una amenaza. Es un negocio.

Y en un negocio las dos partes ponen y las dos partes se llevan.

—Habla.

—Te digo dónde está Bulldog. Dónde está tu mujer. Esta noche, con detalles. Pero tiene precio, Don. Y no es pequeño.

—Pon la cifra.

—No es solo dinero. —Levanta un dedo. Lo disfruta, el desgraciado. Disfruta de tenerme un segundo en su terreno—. El dinero es lo fácil. Quiero dinero, sí, mucho. Pero lo que quiero de verdad, lo que no me puede dar nadie más que tú, es otra cosa.

—¿Qué?

Se echa hacia atrás. Mira la jaula, donde se acaba el combate y uno de los dos ya no se levanta. Después me mira a mí y suelta lo que lleva masticando desde que me ha visto cruzar el sótano.

—Que subas.

Silencio.

—¿Que suba adónde?

—Ahí. —Señala la jaula con el puro—. Esta noche. Por mí.

Me lo quedo mirando. Y él, crecido, se explica, porque lleva años esperando tener a alguien de mi tamaño donde cree que me tiene ahora.

—Déjame que te lo cuente bien, que es mejor de lo que parece.

—Se inclina, con el puro entre los dedos—.

Esta noche pierdo. Mi luchador sube contra el ruso de Husky y pierde, y con él pierdo yo una fortuna y, peor, pierdo la cara.

Husky se queda de amo de este sótano y yo fuera del juego, de rodillas. Ese es mi futuro dentro de una hora.

Calada.

—A no ser que suba otro. Alguien que destroce al ruso delante de todo el mundo.

Alguien que, con solo escribir su nombre en la pizarra, triplique las apuestas.

—Sonríe, y la araña se le estira—. Alguien como tú.

El que nunca perdió aquí abajo. El que se fue porque le dio la gana y vuelve una noche, de la nada.

¿Sabes lo que significa eso para mí? El dinero también.

Pero sobre todo, que todo este sótano va a ver al gran Darío Di Marco subir a una jaula por mí.

En mi cuadra. Y desde esa noche dejo de ser Nino, el que perdió contra Husky.

Paso a ser Nino, el que tiene al Don de la Camorra en su cuadra.

Ahí lo veo entero.

No me pide una pelea. Me pide una foto.

Me pide prestado el apellido para subir de categoría.

Lo gracioso es que se cree que la idea es suya.

—Eres más listo de lo que pareces.

—Toda la vida en agua sucia, Don. El que no es listo se ahoga el primer día.

—Y más miserable.

—También. —Sonríe—. Pero te lo pongo fácil.

Subes, ganas, porque vas a ganar, aquí abajo nadie ha visto pelear a nadie como peleabas tú.

Yo me llevo los aplausos, las apuestas y la fama.

Tú te llevas lo que has venido a buscar.

Ganamos los dos. Es el negocio más limpio que te van a ofrecer en tu vida. En el sitio más sucio.

Me echo hacia atrás y le doy vueltas al whisky que no me he bebido, sudando sobre la madera.

Antes de contestar, necesito una cosa. Un hombre no vende su cara por humo.

—Nino. Antes de decirte sí o no, quiero oír el sitio. El de verdad. No una región. No un país. El punto en el mapa. ¿Lo tienes, o me estás vendiendo aire para subirme a tu jaula y luego encogerte de hombros?

Y ahí hace algo que no me gusta.

Duda.

Aparta la mirada un segundo hacia la jaula, da una calada que no necesita, y cuando vuelve a mirarme tiene la cara del que quiere cobrar sin entregar.

—El sitio lo tengo —dice—. Palabra. Pero te lo digo encima de la jaula, o después. Antes no. Porque si te lo digo antes, ¿qué me asegura que subes?

—Mi palabra.

—Con todo el respeto, Don, tu palabra no me sirve de garantía si, al segundo de oír el sitio, decides que ya no me necesitas y me partes el cuello.