NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

DARÍO

Me he pasado el día entero esperando a que se hiciera de noche.

Freno delante del Power Club sin ningún cuidado, con el morro del coche casi besando la pared.

Antes de bajar, me acomodo a Rey contra el pecho.

El cachorro se coloca solo: mete el hocico en el hueco de mi codo y suelta un suspiro de bicho satisfecho.

Le da igual que yo no haya dormido, ni comido, ni soltado el aire de verdad desde que encontré un coche rosa mal aparcado en un zoológico vacío.

Pesa poco. Todavía. Es una bola de nieve con las patas demasiado gordas, y ahora mismo es lo único del planeta que puedo mirar sin que se me revuelva el estómago.

Me lo he traído porque no he sabido dejarlo. Y porque me digo, con la parte de mí que se cuenta mentiras útiles, que un león no se cría en una caseta de jardín. Se cría oliendo lo que va a ser suyo.

Y lo que va a ser suyo esta noche huele a esto: a tabaco viejo, a cerveza secada mil veces sobre la misma madera, a linimento, a sudor, y a sangre que alguien ha limpiado con un trapo y pocas ganas.

Conozco este olor. Pasé aquí dos años. Tenía diecinueve, y la muerte de mi padre todavía en las manos.

Necesitaba un sitio donde vaciar la rabia, y este agujero me la compraba a cambio de dejarme romper caras ajenas en un sótano.

Yo se la vendía barata. A los diecinueve uno no sabe lo que vale nada.

Empujo la puerta.

Primero me golpea la música. Rock viejo, reventado. Después la luz, amarilla y sucia, de la que no favorece a nadie. Encaja. Aquí no baja nadie a quien le importe verse bien.

Después llega el silencio.

No de golpe. Por filas. Las cabezas se giran, me reconocen y se callan, una detrás de otra, de la puerta hacia el fondo.

El de la entrada. La mesa de al lado. La barra entera.

En diez segundos se ha callado medio salón, y la música sigue sonando sola por encima de un montón de hombres que de repente no se acuerdan de lo que estaban diciendo.

—Mierda —murmura un viejo a mi derecha, con el vaso a medio camino de la boca—. Ha vuelto. Di Marco ha vuelto.

—Y tú me sigues debiendo cuatrocientos euros desde hace nueve años, Pino —le digo sin pararme—. Tranquilo. Esta noche no he venido a cobrar.

Pino deja el vaso en la mesa sin terminar de subirlo.

Se apartan. Me abren un pasillo en mitad del salón sin que yo pida nada, y lo cruzo sin prisa. Llevo días sin sentir nada que no sea el hueco. El miedo ajeno, aunque sea barato, aunque venga de estos desgraciados, es lo más parecido al calor que voy a encontrar hoy.

Al fondo, entre las fotos de los luchadores de moda, sigue colgada la mía. Más joven. El trofeo en una mano y medio millón en la otra. Ese dinero lo tiré desde un puente esa misma madrugada. El dinero nunca fue lo importante. Lo importante era que todos supieran quién muerde más fuerte.

Llego a la barra. Dejo a Rey en la madera, entre un cenicero y una mancha que prefiero no mirar de cerca, y le rasco la cabeza.

Esa bola de pelo, que no levanta un palmo, suelta un bufido. Corto, ronco, de gatito con delirios de grandeza. Y los tres tipos más cercanos se quedan helados con los vasos en el aire, sin saber si mirar al animal o al hombre que lo pasea por un antro de peleas ilegales.

Rey estira una pata, tantea el cenicero, lo empuja dos centímetros y se queda mirando cómo rueda. Muy concentrado. Acaba de descubrir la física.

—No te distraigas —le digo bajito—. Estamos trabajando.

—Mira tú por dónde. El diablo bajando al barro.

La voz llega desde detrás de la barra, junto con un vaso de whisky que aterriza delante de mí sin que yo lo haya pedido.

La camarera es pequeña, casi frágil. Pelo rubio en dos coletas, labios rojos. Brazos y cuello llenos de tatuajes malos, de los que se hacen en una cocina con una amiga y una botella barata. Cuando sonríe, le brillan dos mariposas de metal incrustadas en los colmillos.

—Estás igual —dice. Apoya los codos en la barra y la cara en las manos, y me mide de arriba abajo con un descaro que hace años me habría hecho gracia—. No. Mejor. Eres como el vino, guapo. Te haces viejo y un día vales una fortuna.

—El vino bueno.

—¿Qué?

—El que mejora con los años es el bueno. El barato se avinagra. Si me vas a echar flores, échalas bien.

—Uy. —Se lleva una mano al pecho, herida de mentira—. Sigues siendo un encanto. Ya me acuerdo de por qué me gustabas.

Y entonces baja los ojos a la barra y hace lo que hace todo el mundo esta noche. Se olvida de mí.

Rey acaba de bostezar. Un bostezo enorme para un bicho tan pequeño, con toda la boca abierta, los dientes de leche al aire y la lengua rosa enroscada. A la camarera se le derrite la cara entera. La dura de los colmillos de mariposa, deshecha en dos segundos por un gato grande.

—Ay. —Sube la voz tres tonos—. Ay, no. ¿Y esto? ¿Esto qué es? ¿Es de verdad?

—Es de verdad.

—¿Lo puedo tocar?

—No.

—Solo la patita.

—Ni la patita.

—Es que mira cómo estira la patita, Di Marco. Me lo está pidiendo. —Ya tiene la mano a medio camino, los dedos abiertos hacia el cachorro—. Mira qué ojitos. ¿Cómo se llama?

—Rey.

—Rey. —Lo dice despacio, saboreándolo—. Hola, Rey. Hola, precioso.

Le habla con esa vocecita aguda y ridícula. La misma que le pone Victoria a todo lo que respira. Tengo que apretar la mandíbula.

—Un dedo —dice—. Un dedito. No se va a enterar.

Rey, que ha heredado la confianza ciega de la mujer que lo eligió, se estira hacia la mano, la huele y le da un lametón en el dedo antes de que me dé tiempo a abrir la boca.

La camarera suelta un gritito.

—¡Me ha lamido! ¡Di Marco, me ha lamido! ¿Lo has visto?

—Lo he visto. Tiene un gusto pésimo. Lame a cualquiera.

—Eres un amargado. —Le rasca la garganta, y el cachorro cierra los ojos y estira el cuello. El traidor se ha olvidado por completo de que estamos trabajando—. ¿Tiene sed? Seguro que tiene sed. Espérate.

Se agacha, saca un cuenco de metal de debajo de la barra, lo llena en el grifo y se lo pone delante con un cuidado que no le he visto poner a nada en este basurero. Rey mete el hocico y bebe, salpicando, torpe, feliz. Ella lo mira beber con las dos manos en el pecho. En misa.

—Es lo más bonito que ha entrado en este antro en diez años —dice, sin levantar la vista—. Tú incluido.

—Hm.

Le doy un segundo. La dejo rascarle las orejas y hablarle en tonto.

Después se acaba el segundo.

—Estela —digo.

Levanta la cabeza, sorprendida de que me acuerde. No tiene por qué saber que me acuerdo del nombre de todos los que me han servido una copa alguna vez. Los que sirven copas son los que más escuchan.

—Ya que estás tan cariñosa con mi león, te vas a ganar la propina. ¿Dónde encuentro a Nino?

Se le apaga un poco la sonrisa.

—¿A Nino? —Se endereza y se seca las manos en el pantalón—. ¿Qué quiere el Don de la Camorra con un pez pequeño como Nino?

—Eso no te toca saberlo. Lo que te toca saber es que pregunto yo, que llevo días con un humor que no le deseo a nadie que me caiga bien, y que tú, con lo del agua, me acabas de caer un poco bien. No lo estropees.

Se pasa la lengua por un colmillo. Calcula. Decide, con buen ojo para el negocio, que la información se cobra mejor de lo que se guarda.

—Hoy no está en su banqueta. Hoy hay velada. Está abajo, en el sótano, animando a uno de los suyos que esta noche va a perder una millonada contra el campeón. Así que te lo vas a encontrar con un humor de perros.

—Mejor. La gente de mal humor habla más.

—Gordo. Una araña tatuada en la mandíbula, aquí. —Se toca la cara—. Y un moño morado con dos varillas de acero clavadas. No tiene pérdida. Es el único del sótano que se cree elegante.

Rey le suelta un último ronroneo desde mis brazos, ella se derrite otra vez, y me voy dejándola así, embobada con un depredador de nueve kilos, hacia la escalera que baja al infierno.

Con cada escalón de metal, el mundo cambia.

La música de arriba se apaga. La sustituye otro ruido. Un rugido que no es de animal. Es de doscientos hombres juntos oliendo sangre y disfrutando de lo que huelen. Sube por la escalera pegado al calor, y el calor también sube: húmedo, espeso, cargado de aliento y de billetes cambiando de mano.

Rey levanta la cabeza contra mi pecho. No es miedo. Pone las orejas tiesas, tensa el cuerpo entero y olfatea el aire por primera vez en su vida con una atención total. Se está aprendiendo el olor de la violencia.

Y a mí me alegra. Que no está bien. Me da igual.

—Eso es —le digo mientras bajo—. Huélelo. Así huele el mundo de verdad. Cuanto antes lo aprendas, menos miedo te va a dar.

Al pie de la escalera, un armario con piernas me tapa el paso buscando la salida. Ruso, por la cara y por el tamaño. Más músculo que cráneo. Anda convencido de que el suelo es suyo porque ha tumbado a cuatro desgraciados en una jaula.

No me aparto. Le meto el hombro al cruzarnos, con todo el peso, y lo mando de lado contra la pared.

—¡Eh! —Se gira. El acento le sale del mismo tamaño que el cuello—. ¡Pide perdón o te subo yo al ring y te bajan en camilla!

Me paro. Me giro sin prisa, dándole todo el tiempo del mundo para arrepentirse. Lo miro de arriba abajo, calculando por dónde empezaría si valiera la pena.

No vale. Es un mosquito en un velatorio.

—Súbeme tú —le digo— y el mes que viene meas por una sonda.

Lo veo procesarlo. Lo veo llegar, despacio, al momento exacto en que el cerebro le avisa de que lo que tiene delante no es una presa. Y antes de que cometa el error de su vida, sale de la penumbra un viejo de ojos claros, casi blancos, y lo coge del brazo con un pánico que le hace temblar la mano.

—¡Yuri! ¡Basta!

El viejo me mira. Me mira la cara y después las manos, para saber cuánto tiempo le queda.

—Me ha empujado. —Yuri se lo sacude de encima—. ¿Este quién se cree?

El viejo no discute. Lo empuja escalera arriba, lejos de mí, y cuando cree que ya no le oigo, le sisea:

—¡Ese es Di Marco, animal! ¡Di Marco! ¡Aprende a cerrar la boca! ¡Me vas a hacer ganar millones y no voy a dejar que te maten por idiota antes de subir!