NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Y eso, esta noche, en este salón, es lo más parecido a ganar algo que voy a tener.

Subo a por la pistola buena, y en el pasillo me lo encuentro.

Copito.

Está sentado delante de la puerta de nuestro cuarto. Muy derecho. Muy pequeño. Anna dice que lleva ahí casi los tres días. Come mal. Va de habitación en habitación metiendo el hocico por debajo de las puertas, y cuando no la encuentra en ninguna, vuelve a sentarse delante de esta.

Me ve. Levanta la oreja que tiene de pie y mueve la cola un segundo. Después mira detrás de mí, al pasillo vacío.

No me está viendo a mí. Está viendo que ella no viene.

Baja la cola. Suelta un lloriqueo bajito.

Me agacho.

—Ya. —Le rasco detrás de la oreja, y él me apoya la cabeza en la mano, rendido, buscando algo que se parezca a ella y encontrándome a mí—. Ya lo sé. Yo también la busco. Somos dos.

Este perro ni me cae bien. Es de ella. Me muerde los zapatos caros, me roba el sitio en la cama y me mira mal cuando la abrazo, convencido de que el que sobra soy yo.

Pero a las cinco de la mañana es la única otra criatura de esta casa a la que le falta exactamente lo mismo que a mí. Esta noche, eso nos hace casi familia.

—Escúchame, bicho. —Le levanto la cara con dos dedos—.

Tu madre no está. Se la han llevado, y no ha sido culpa tuya.

Ni de ella. Ha sido mía, por no estar donde tenía que estar.

Pero te la traigo. Me da igual dónde esté y a cuánta gente tenga que enterrar por el camino.

Y cuando vuelva, tú vas a estar aquí, en su puerta, gordo, tonto y entero, para que lo primero que vea al entrar seas tú.

Ese es tu trabajo. Esperarla. El mío es traerla.

Copito me lame la cara. Ha entendido la mitad. La que importa. Y se vuelve a sentar delante de la puerta.

Me levanto y me trago lo que se me ha subido a la garganta. No hay tiempo para eso.

Salgo al jardín cuando empieza a clarear.

No he dormido y no voy a dormir. Dentro de unas horas hay un hombre esperándome en una banqueta del Trastevere sin saberlo.

Pero antes tengo que hacer una cosa.

En la caseta de la esquina, la que era del jardinero, está el cachorro. Me lo traje del zoológico aquella noche porque no supe dejarlo allí. Lleva tres días comiéndose la carne que le baja Anna y esperando a una mujer que no ha vuelto.

Abro la puerta. Ya no tiembla. En tres días hasta ha crecido. Levanta la cabeza redonda, me mira con esos ojos azules, estira una pata y suelta un ruido que no llega a rugido.

Me agacho.

—A ver. Tú y yo tenemos que hablar de tu situación.

—Le rasco detrás de la oreja. Cierra los ojos y se me apoya en la mano con todo el peso de su cuerpo tonto y confiado—.

Tú eras un regalo. Mi regalo de cumpleaños, resulta, porque hace un rato me he enterado de que hoy cumplo años.

Fíjate qué detalle. Ibas a venir con lazo.

En vez de eso, me han dejado un aparcamiento vacío, un coche mal aparcado y a ti.

Así que eres lo único de esa noche que no está roto, muerto o a medio mundo de distancia.

Me lame la muñeca. Justo encima de la pulsera verde.

—Que quede clara una cosa. —Le sujeto la cara con las dos manos y le hablo de hombre a hombre, porque los animales me dan igual y este me está empezando a caer bien, que es peor—.

Yo no quería un león. No he pedido un león en mi vida.

Tengo una casa, un negocio, una guerra con media Italia y una mujer secuestrada a saber dónde.

Lo último que necesito es un depredador de doscientos kilos meándome las alfombras. Esto no es cariño. Esto es…

No termino.

El cachorro me bosteza en la cara, con un aliento a carne cruda, sin ningún interés en mi discurso. Exactamente lo que haría ella. Yo le soltaría dos minutos de sermón, ella bostezaría en mitad, me diría que soy insoportable, que me calle y que le rasque la barriga al bicho.

Y ahí me rompo.

Un segundo. Uno. Pierdo la voz a mitad de la frase y tengo que parar, y me quedo agachado en una caseta de jardín al amanecer, con un cachorro de león entre las manos, sin poder decir «esto es logística» porque tengo un nudo en la garganta que no me deja.

Cierro los ojos. Respiro. Cuento hasta cinco.

Al cinco vuelvo a ser el que era.

—Esto es logística —termino. La voz otra vez de piedra—.

No te voy a dejar aquí. Porque cuando la encuentre, y la voy a encontrar, va a preguntar por ti.

No primero. Te aviso desde ya. Primero va a preguntar por el perro, porque a ese lo quiere más que a mí, más que a ti y probablemente más que a su madre.

Pero después del perro, pregunta por ti.

Y yo pienso tener respuesta para las dos preguntas.

Lo cojo en brazos. Pesa más de lo que parece. Huele a animal, a paja y, muy por debajo de todo, todavía, a ella.

—Necesitas un nombre —le digo, cruzando el jardín con él pegado al pecho—. Uno de verdad.

Me paro en mitad del jardín, con el cielo poniéndose gris por el este y mi mujer aguantando en algún sitio del mundo, y lo miro a los ojos.

—Rey. —Me gusta cómo suena—. Te llamas Rey.

Porque ella es mi reina, aunque todavía no se lo haya dicho, aunque esté durmiendo en un sitio horrible pensando que a lo mejor no llego.

Y una reina necesita a alguien que le guarde el trono mientras no está.

Ese eres tú. Le guardas el sitio, y cuando vuelva se lo devuelves, y os hacéis los tontos juntos, que en eso sois expertos los dos.

Rey vuelve a bostezar. Enorme. Con toda la boca y esos dientes de leche que algún día van a dar mucho miedo y ahora no dan ninguno.

—Muy bien —le digo—. Me alegra que estemos de acuerdo.

Subo la escalera con él en brazos y lo dejo en el suelo del pasillo, delante de nuestra puerta, al lado del perro.

Copito lo mira. Rey mira a Copito. Copito le enseña los dientes. Rey se tumba encima de su cola.

Los dejo así. Un perro tonto y un león de nueve kilos haciendo guardia en la puerta de una mujer que no está.

Cada uno con lo suyo.

Bajo al coche con una guerra en el pecho, una cadena rota en el bolsillo y una pulsera verde en la muñeca que me dice, cada pocos minutos, que todavía hay hacia dónde correr.

Aguanta, nena.

Ya voy.