CAPÍTULO 2 #3
—Pues… —Roni mira a los otros dos buscando una ayuda que no llega—. En caro. Piensa en caro, Don.
—Eso lo he dicho yo —dice Enzo.
—Lo hemos dicho entre los tres —dice Santiago.
—Lo he dicho yo y vosotros habéis asentido, que no es lo mismo.
Miro el mapa. Le han puesto pósits amarillos con la letra de Santiago, que es letra de crío de ocho años. Lo apunta todo en la misma libreta desde que Giuseppe se lo mandó. Uno dice «¿¿¿Suiza???». Otro, «Rusia (frío)». Y hay un tercero en mitad del Atlántico, en pleno océano, que dice «¿isla?».
—Santiago.
—¿Don?
—Este pósit está en el mar.
—Ya. —Se rasca la nuca—. Es que he pensado que a lo mejor tiene una isla.
—En mitad del Atlántico.
—Una isla secreta.
—¿Y cómo llega una mujer a una isla secreta en mitad del Atlántico, Santiago? ¿Nadando?
—En barco, me imagino.
—Estáis despedidos los tres.
—Eso lo dice todos los días, Don —dice Enzo sin levantar la vista—. Ya no nos hace efecto.
Tiene razón. Y por un segundo, en mitad de todo, se me quiere escapar algo por la comisura. Estos tres desgraciados llevan tres días sin dormir pegando pósits en el océano por si acaso, y eso, a su manera imbécil, es lo más leal que ha pasado en esta casa en tres días.
—No estáis despedidos. —Me acerco a la mesa—. Pero quitad el del mar, que me saca de quicio.
Santiago lo despega con mucho cuidado. No vaya a ofenderse el pósit.
—Don. —Roni deja el termo. Se ha puesto serio—. A la señorita la vamos a encontrar. Se lo digo yo. Aquí no duerme nadie. Enzo lleva tres días sin ver a su madre, y eso, en Enzo, es cortarse un brazo.
—Es verdad —dice Enzo—. Mi madre cree que estoy muerto. Le he mandado un mensaje que decía «vivo, ocupado» y me ha contestado con un táper de berenjenas que me ha traído un primo. Están en su nevera, Don. Perdone.
—¿Habéis metido las berenjenas de tu madre en mi nevera?
—Están buenísimas —dice Santiago—. He probado una.
—Has probado seis —dice Roni.
—He probado las necesarias para confirmar que estaban buenas.
Ahí se me escapa. Por primera vez en tres días. Poco. Una vez, por la nariz.
Los tres levantan la cabeza a la vez. Tres perros que oyen las llaves en la puerta. Llevan tres días esperando ver a su Don hacer algo que no sea dar miedo.
Me dura un segundo. No me lo puedo permitir más.
—Escuchadme. Hay un hombre. Nino Sanna, en un pub del Trastevere. De ahí sale el hilo y voy a tirar yo. Vosotros os quedáis aquí con Sergio con los dos aviones. En el segundo en que uno de los dos dé un destino, me llamáis. Esté donde esté.
—¿Va solo? —pregunta Enzo.
—Voy solo.
—Don, con todo respeto, deje que le acompañe alguien.
—Para apretar a un borracho en un pub no necesito escolta. Necesito que aquí no se caiga nada mientras no estoy. Eso es lo vuestro. Sostenedme la casa.
—Se la sostenemos —dice Roni—. Con las manos si hace falta.
Le creo. Con su termo, sus pósits en el mar y las berenjenas en mi nevera, a estos tres les creo. Que es más de lo que puedo decir de casi todo el mundo.
Giuseppe está en el sillón que no usa nadie, en la penumbra, con un vaso vacío.
Ha vuelto esta noche de la clínica. En cuanto le veo la cara sé que esto va a ser peor que todo lo de estos tres días junto. Porque llevo tres días ahogándome en lo mío, en aviones y planes de vuelo, y ni una vez le he preguntado por lo suyo.
—¿Cómo está María?
Levanta la vista sin prisa y me sonríe con la boca torcida.
Esa sonrisa es lo peor que me ha hecho nadie en tres días. Es la nuestra. La que ponemos los dos justo antes de decir algo que mata.
—Viva —dice—. El hombro está bien. Entró limpio, salió limpio. Le va a quedar una cicatriz fea y el brazo tonto una temporada. Pero viva.
—¿Y?
Porque hay un «y». Siempre lo hay. Y que tarde tanto en soltarlo es el aviso.
Deja el vaso en la mesa con un cuidado que da más miedo que si lo estrellara.
—Hemos perdido al niño, Darío.
La casa entera se queda sin aire.
—En la clínica. —Bajito. Mirando la alfombra, porque mientras lo dice no me puede mirar a mí—.
Yo tenía la mano en el hombro, tapando la bala, que era lo que había que hacer.
Y a mitad del vuelo le cambió el dolor. Se le fue del hombro y le bajó.
Y yo no tenía más manos, hermano. Tenía una.
La otra la tengo rota. Y la que tenía estaba ocupada salvándola a ella.
Llegamos a la clínica y se puso de parto.
Era demasiado pronto. Lo sacaron vivo y no aguantó.
No digo nada. No hay nada que decir.
—Ya teníamos nombre. —Se le parte la voz por la mitad y la sujeta como puede—.
Le habíamos pintado la habitación. La del fondo.
La pintamos un domingo, peleándonos por el color, porque ella quería un azul y yo quería otro azul, y al final era el mismo azul.
Dos horas discutiendo por dos azules iguales.
Y llora. Delante de mí, sin taparse. Giuseppe, que cuando María le dijo que estaba embarazada soltó una lágrima y le pareció un escándalo.
—El nombre no te lo digo. Es lo único que me queda de él y no lo voy a gastar en tu salón.
Pero lo teníamos. Lo elegimos una noche, a oscuras, ella con la mano en la barriga y yo con la oreja pegada a ver si se oía algo.
No se oía nada todavía. Le puse nombre a algo que no daba patadas.
Y ahora ese nombre no lo va a llevar nadie, y me lo voy a llevar yo a la tumba sin habérselo dicho a su dueño.
Traga. Se le vuelve a romper.
—Y bajaba yo. A las cuatro de la mañana, cuando le daban los antojos.
Bajaba a la cocina con el brazo así, protestando, preguntándole quién come pepinillos con turrón a esas horas.
Y bajaba igual. Todas las noches. —Se limpia la cara con la mano buena—.
Se han acabado. Y ni me enteré de cuál fue la última.
Eso es lo que no te cuenta nadie. Que no te enteras de cuándo es la última vez de las cosas. Solo lo sabes cuando ya no hay más.
Me quedo de pie en el marco. Por primera vez en mi vida no sé qué hacer con las manos.
Y entonces Giuseppe levanta la cabeza, me mira a través de las lágrimas y me remata.
—Feliz cumpleaños, por cierto.
—¿Qué?
—Que hoy es trece de abril, Darío. —Se sorbe la nariz—. Es tu cumpleaños. Veintiocho. Y en tres días no se ha acordado nadie. Ni tú, ni yo, ni nadie. Me he acordado ahora, contándote esto, y me ha parecido tan absurdo que te lo tenía que decir.
Me quedo clavado.
Es verdad. Trece de abril. La última noche que la tuve en la cama, sentada en el borde con los pies helados metidos entre mis piernas, me dijo que tenía una sorpresa para este día.
Que no me la iba a contar. Que me la iba a dar delante de todo el mundo, porque yo no sé poner cara de sorpresa y quería testigos.
La sorpresa duerme ahora en la caseta del jardín. No va a haber testigos. Y la mujer está en un agujero que no sé encontrar.
Era hoy. Era esto. Por esto salió de noche. Por esto se la llevaron.
Me cae encima el peso entero, todo junto. Un segundo. Tengo que apoyar la mano en el marco porque las piernas dudan.
Después lo aparto. No hay tiempo. El que se rompe ahora no la encuentra.
—Vaya regalo —consigo decir, más ronco de lo que quisiera—. Recuérdame que cuando la traiga le diga que el año que viene me compre una corbata. Que es lo que regala la gente normal.
Podría contar. Es lo que hago siempre. Podría apilarle a Bulldog todo lo que le voy a arrancar por esto, hueso a hueso, y convertir la habitación azul de un niño que no ha llegado a nacer en una campaña. En meses de guerra. En algo que hacer con las manos.
Hasta ahora esto era una cuenta entre Bulldog y yo. Ya no. Ahora hay un niño que no va a nacer, una habitación pintada para nadie y un hombre que bajaba a las cuatro de la mañana a por pepinillos y ya no tiene para quién bajar.
Se me mete una imagen y no se va: Giuseppe entrando un día en esa habitación con un rodillo y un bote de pintura blanca. A tapar el azul de un niño que tuvo nombre y no tuvo cara.
He tenido noches malas. Tengo una lista de noches malas, y hay entradas que no le he contado a nadie. Ninguna se parece al rodillo.
Pero esta noche no cuento.
Delante de mí no hay un enemigo. Está el hombre que me cargó tres kilómetros a la espalda con dos balas dentro sin quejarse una vez.
El que, cuando yo tenía siete años y mi padre me encerró por sucio, me pasó un trozo de bizcocho por debajo de la puerta sin decir nada y se quedó al otro lado hasta que dejé de llorar.
Así que cruzo el salón y hago lo que no he hecho nunca. Acercarme a otro hombre para algo que no sea matarlo.
Le abrazo.
No le digo que lo siento. «Lo siento» no devuelve un hijo. No le digo que lo voy a vengar. Esta noche la venganza le sobra. Solo le aguanto mientras se rompe contra mi pecho, y dejo que me empape la camisa.
Cuando por fin levanta la cabeza, se limpia la cara con rabia. No está acostumbrado.
—Te voy a ayudar a encontrarla —dice—. A Victoria. Mándame donde haga falta.
—No.
—Darío.
—Esta vez no, hermano. —Le cojo la nuca con la mano. Es lo que se hace en mi familia, la única que hemos tenido él y yo—. Esta vez te quedas.
—No me pidas eso.
—Te lo pido. Y te lo pido porque te quiero, que no te lo he dicho nunca y no te lo pienso repetir, así que apúntatelo.
—Le aprieto la nuca—. Ahí arriba hay una mujer que se ha despertado sin un hijo y con un agujero en el hombro.
Cuando abra bien los ojos, va a necesitar a un hombre al lado.
No a un soldado. Al que se peleaba por dos azules iguales.
Eso es lo más importante que hay que hacer esta noche, y no se lo puedo dar a nadie más. Porque nadie más sirve.
Se le vuelven a llenar los ojos.
—Si vas solo y te pasa algo…
—No me va a pasar nada. Soy demasiado hijo de puta para morirme. A estas alturas ya deberías saberlo. Me lo dices tú cada vez que te cabreas.
—Es verdad. Eres insoportable hasta para la muerte.
—Por eso sigo vivo. No me aguantan en el infierno ni una noche. Me devolverían al día siguiente con una queja por escrito.
Se ríe. Entre lágrimas, roto. Pero se ríe.