CAPÍTULO 2 #2
Dentro hay un cachorro de león. Blanco entero.
Las patas demasiado gordas para el cuerpo, una cabeza redonda que todavía no ha decidido en qué se va a convertir.
Está pegado al fondo, temblando, con los ojos azules muy abiertos, y me mira entre los barrotes con un miedo que conozco. Es el mismo que llevo yo y no enseño.
Y lo entiendo todo de golpe.
Un mono. Un león blanco. A la una de la mañana. Solo hay una persona en el mundo capaz de organizar semejante estupidez, y esa persona aparca convencida de que las líneas blancas son una sugerencia.
Era para mí. Ha venido de noche, a escondidas, a comprarme un cachorro de león porque lleva meses buscando lo único del planeta capaz de sorprenderme. Y lo ha encontrado. Claro que lo ha encontrado.
Y por venir a buscármelo, se la han llevado.
Saco la pistola sin decidirlo y le apunto a la bola de pelo blanco.
Es su culpa. Eso dice la parte rota. Si no fuera por este bicho, ella estaría en casa, dormida en diagonal, quitándome el setenta por ciento de la cama.
Le apunto entre los dos ojos azules.
No puedo.
El dedo no me obedece, y tardo un segundo entero en entender por qué.
Ella lo ha tocado. Esta cosa que tiembla es lo último que han tocado sus manos antes de que se la llevaran.
Seguro que le ha metido los dedos entre los barrotes.
Seguro que le ha hablado con esa vocecita aguda y ridícula que les pone a todos los animales, a Copito, a las palomas, a mí cuando estoy dormido y cree que no la oigo.
No le puedo pegar un tiro a lo último que ha tocado ella.
Guardo la pistola.
—Tú no tienes la culpa —le digo. La voz me sale rara—. Tú tienes la misma enfermedad que ella. Meterte donde nadie te llama.
Marco un número que no he marcado nunca y que nunca he borrado. En mi oficio, los números de los viejos peligrosos no se borran.
Jean.
Tres tonos. Al cuarto contesta. No dice «pronto». Dice mi nombre.
—Darío Di Marco. —Voz pastosa de sueño y, aun así, la autoridad intacta—. A estas horas solo llaman los muertos y los que van a serlo. ¿De qué grupo eres esta noche?
—Jean.
—Habla. A mi edad, la curiosidad es lo único que me mantiene despierto.
—Una pregunta corta. —Me apoyo en el coche rosa—. ¿Dónde está tu hijo?
Silencio. El de un hombre que pesa cada palabra antes de gastarla.
—Mi hijo ya es mayorcito —dice al fin—. Hace mucho que no le pregunto dónde mea.
—No te he preguntado dónde mea. Te he preguntado dónde está.
—Y yo te he contestado que no lo sé. —Le oigo encender un puro. Una calada larga—. ¿Sabes cuál es tu problema, ragazzo? Que eres joven. Y los jóvenes creen que el mundo les debe una respuesta rápida para cada pregunta. A veces la respuesta es que te jodas y esperes.
—Esta noche tu hijo ha entrado en un zoológico cerrado a las afueras de Roma. Le ha pegado un tiro a una embarazada y se ha llevado a mi prometida. —Digo sin subir la voz—. Y tú no sabes nada.
Otra calada. Cuando vuelve a hablar, la voz le ha cambiado. Lisa. De piedra. Por fin está al teléfono el Jean de verdad, no el de las cenas.
—Te lo voy a decir una vez. —Ya no le queda ni gota de sueño—.
No te voy a decir dónde está mi hijo. Ni esta noche, ni mañana, ni con una pistola en la boca.
Un hombre que entrega a su sangre no es un hombre, es un cadáver que todavía respira.
Eso primero. Y segundo: si mi hijo ha hecho lo que dices, ha hecho un buen trabajo.
Y yo, que soy su padre, estoy orgulloso.
Me río.
De verdad. Bajo, con la garganta, apoyado en el coche rosa de mi mujer en un zoológico vacío. Sé que me oye. Sé lo que significa. Hablamos el mismo idioma desde hace demasiado tiempo.
—Orgulloso. —Me despego del coche—. Qué bonito.
Un padre orgulloso de un hijo que le hace la guerra a embarazadas y a mujeres desarmadas porque de frente, conmigo, no se atreve.
Díselo de mi parte, Jean: un buen trabajo es venir a mi puerta.
Lo de tu hijo es lo que hace el que sabe que, en una habitación conmigo, le duro menos que un cigarro.
—Cuidado.
—No. Cuidado tú. —Ahora soy yo el que baja la voz—.
Te cuento cómo va a ir, para que a tu edad no te pille por sorpresa.
Primero encuentro a mi mujer. Me da igual el país, el agujero o el fin del mundo.
La saco, la llevo a casa y me aseguro de que duerma.
Eso primero. Y cuando la tenga a salvo, empieza lo tuyo.
—Darío…
—No he terminado. —Esta noche no le he dado medio segundo a nadie—.
Voy a ir a por tu hijo. Y no lo voy a matar rápido, porque rápido se mata a un enemigo que uno respeta.
Lo voy a desmontar con paciencia. Y te lo voy a ir mandando a Palermo.
Una parte por semana. Con lazo. Para que tengas tiempo de irlas colocando sobre la mesa del comedor y volver a montar, pieza a pieza, al niño del que tan orgulloso estás esta noche.
Silencio.
—Y cuando esté completo —sigo—, te sientas delante con un puro, ese mismo, le miras la cara con la que me midió en la cena, y te preguntas si valía la pena sentarse en la silla de mi mujer.
—Estás amenazando a un hombre que ha enterrado a más gente de la que tú has conocido en tu vida.
—Ahora sí, el hielo le llega al fondo—. Una guerra con mi familia no dura una noche, ragazzo.
Dura años. Se te van a morir hombres que quieres.
Se te va a acabar el dinero que crees que no se acaba.
Y una mañana te vas a despertar sin acordarte de por qué empezaste.
—Yo sí sé por qué empiezo. —Miro la pulsera verde—.
Esa es toda la diferencia, Jean. Tú has hecho tus guerras por dinero, por territorio, por orgullo.
Cosas que se olvidan. Yo voy a hacer esta por una sola cosa, y esa no se me va a olvidar ninguna mañana.
Tú tienes ochenta y un años. Yo, veintisiete.
Tú vas a hacer esta guerra cansado. Yo la voy a hacer enamorado. Adivina cuál de los dos se agota antes.
Le oigo respirar al otro lado. Largo. Hondo. Un león viejo oliendo a otro.
—Eras un buen chico —dice al fin.
—Y lo sigo siendo. —Miro el coche vacío, la sandalia, el aire soplando para nadie—. Pero esta noche me han quitado la única razón que tenía para disimularlo. Buonanotte, Jean. Dale recuerdos a tu hijo. Los míos todavía no. Esos se los doy yo en mano.
Cuelgo antes de que conteste. La última palabra es lo único que me llevo de esta noche, y no se la regalo.
PRESENTE
Han pasado tres días.
Los tres días caben en una lista, porque el dolor yo lo convierto en listas. El dolor no se puede cargar entero. Una lista se tacha.
Esa noche no se movía nada en veinte kilómetros.
Se la llevaron lejos y rápido. De los aeródromos privados de la región despegaron once aviones esa madrugada.
He descartado nueve. Me quedan dos, y en uno de los dos iba mi mujer.
Sergio lleva tres días con los ojos rojos delante de tres pantallas, cruzando planes de vuelo.
Tengo hombres en cuatro países. Tengo una guerra con media Palermo que todavía no he empezado.
Le he puesto precio a la cabeza de Bulldog.
Tan alto que media Europa lleva tres días sin dormir.
He amenazado a un funcionario, he comprado a otro y he sacado a un tercero de la cama a las cuatro de la mañana con una pistola para que me abriera un registro de vuelos.
He llamado a todo el que me debe un favor y a todo el que me debe la vida, que son más.
—Bulldog. El hijo de Jean. ¿Quién sabe algo?
—Nada, Don, lo siento.
—De ese no le sé decir, Don. Ese chico es una tumba.
—De Bulldog no habla nadie.
Cada «nada» es una puerta en la cara. Ese hombre no ha dejado hilos. Nadie ha hablado de más en ningún bar. En mi mundo, un enemigo sin hilos es lo más parecido a un fantasma.
Y en la muñeca, una pulsera que sigue verde. La miro cada pocos minutos. Me tomo el pulso a través de ella.
Ella sigue en algún sitio, y yo sigo sin saber dónde. Esa es la tortura de verdad, la que no se cuenta: la parte más rápida, más lista y más peligrosa de mí no es lo bastante rápida. Por primera vez en mi vida el tiempo no trabaja para mí. Y el tiempo era lo único mío que nadie me podía quitar.
Hasta anoche.
Hasta la llamada que ya ni conté.
—Don. —Marcello. Un viejo que lleva el puerto de Nápoles y ha visto pasar tres generaciones de hijos de puta por su muelle—. De Bulldog no le sé decir nada. Pero tengo un nombre.
Me quedé muy quieto.
—Dime.
—Nino Sanna. Uno de los suyos. De los de dentro, de los que saben.
Tiene un defecto que a los hombres de Bulldog les suele costar la vida, pero él lo lleva bien porque es listo: es un animal de costumbres.
—Le oí toser—. Va todos los días al mismo sitio.
Un pub viejo, de los que ya no quedan, en la parte de atrás del Trastevere.
El mismo al que iba usted de adolescente, Don, antes de ser lo que es.
La misma banqueta, a la misma hora. Bebiendo lo mismo.
—¿Todos los días?
—Menos los sábados. Los sábados no aparece. No me pregunte por qué. —Un silencio de viejo que ya sabe lo que viene—. Si alguien le puede decir dónde está su chica, Don, es ese.
—¿Qué día es hoy, Marcello?
—Martes ya, Don. Son las dos.
—Entonces hoy está en su banqueta.
—Hoy está en su banqueta.
Un nombre y una puerta. No es ella. Pero es la primera punta del ovillo. Y yo, con una punta, deshago lo que sea.
Bajo al salón y me los encuentro a los tres.
Roni, Santiago y Enzo, alrededor de la mesa baja, con un mapa desplegado y unas caras de funeral que les llegan al suelo.
—A ver. —Me apoyo en el marco—. Contadme algo que no me hunda más.
—Estamos en eso, Don —dice Roni. Tiene el termo delante. Este hombre se llevaría un termo a su propio entierro—. Hemos hecho una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una lista de sitios donde podría estar la señorita. —Gira el mapa hacia mí—. Sitios altos, fríos, aislados. Enzo dice Suiza. Santiago dice Rusia. Yo digo que hay que pensar con la cabeza de un hombre rico que quiere esconder a alguien.
—¿Y cómo piensa un hombre rico?