CAPÍTULO 2
DARÍO
HACE TRES DÍAS
Reviento la barrera del aparcamiento con el morro del coche.
Freno atravesado en la explanada, con el motor rugiendo todavía, y lo primero que encuentro es su coche.
El Lamborghini rosa. Se lo regalé porque le hacía ilusión y porque me divertía la cara de la gente al ver al hombre más peligroso del centro de Italia sentado al lado de un chicle con ruedas.
Está torcido, montado sobre dos plazas, con el culo fuera.
Es la única manera que tiene de aparcar.
Ocho meses intentando enseñarle a meter un coche entre dos líneas. Ocho meses.
La puerta del conductor está abierta de par en par. La luz de dentro encendida. Y ese pitido que hacen los coches cuando te dejas la puerta abierta, sonando para nadie desde hace no sé cuánto.
Me bajo antes de que el mío termine de pararse.
Un zoológico cerrado de noche es de los sitios más feos que existen, y yo he pisado unos cuantos.
Taquillas apagadas. Farolas apagadas. Charcos de la lluvia de hace un rato.
Bichos moviéndose detrás de las vallas, algo grande respirando a mi derecha, un pájaro que chilla una vez y se calla de golpe.
Y por encima de todo, el pitido de su puerta.
Marcándome el tiempo. Contándome los segundos que llevo sin ella.
Me acerco sin correr. Es lo último que me pide el cuerpo, y por eso lo hago. El que llega corriendo pisa lo que no debe.
En el asiento del copiloto está su bolso, abierto, con las cosas medio caídas. El móvil dentro. Apagado. En el asfalto, junto a la rueda, una sandalia.
Una.
Esa sandalia me cuenta más que todo lo demás. Nadie se deja un zapato si le da tiempo a llevárselo.
El aire acondicionado sigue encendido, soplándole a un asiento vacío. Ella siempre lo pone así. Yo siempre se lo bajo. Llevamos ocho meses discutiendo la temperatura de cada coche en el que nos subimos.
Durante un segundo, se me quiere romper algo.
No le dejo. El hombre que se rompe ahora no la encuentra. La va a encontrar el otro, el que llevo diecisiete años alimentando por si algún día hacía falta. Esta noche hace falta. Esta noche le quito la cadena y le digo que la cena es suya.
Santiago se baja del copiloto con la carpeta D&V apretada contra el pecho. Detrás frenan los demás. Ocho coches, diez. La moto de Roni. Nadie pregunta nada.
—Escuchadme. —Una vez. Seco—. Sé quién ha sido.
No busco quién. Busco dónde. Así que no quiero a nadie de rodillas mirando huellas en el barro, que esto no es una serie de policías.
Os abrís. Salidas, carreteras secundarias, caminos de tierra, cualquier sitio por donde se pueda sacar un convoy.
Veinte kilómetros. Si algo se mueve, no lo tocáis. Me llamáis, y voy yo.
—¿Y si no hay nada, Don? —pregunta Enzo.
—Si no hay nada, es que se la han llevado lejos y rápido. Y entonces esto se pone mucho más feo para todos. Empezando por mí. Moveos.
El zoológico se llena de linternas.
Me quedo solo delante del coche rosa, con el pitido metido en el cráneo, y hago lo que llevo evitando desde que he cruzado la barrera.
Me miro la muñeca.
Verde.
Suelto el aire. Todo el de los últimos ocho minutos, de golpe. Verde es un corazón latiendo al otro lado. Verde es viva. Y aterrada.
Lo primero me mantiene de pie. Lo segundo me lo guardo para cobrárselo entero a quien corresponda.
—Tú aguanta ahí —le digo a la pulsera, en voz baja. Un imbécil hablándole a una joya en un aparcamiento vacío—. Ni se te ocurra apagarte.
Las aspas me llegan antes que la voz.
El helicóptero baja sobre la explanada levantando agua de los charcos, y antes de que los patines toquen el suelo ya salta Giuseppe, agachado, con el brazo malo en cabestrillo y una cara que no le veía desde que enterramos a su madre.
—¿Dónde están? —grita por encima del ruido.
—No lo sé.
Decirlo en voz alta me cuesta más que todo lo que he hecho esta noche. Y esta noche he quemado Roma.
—Su coche está aquí. Ellas no.
Pierde el color de la cara.
—La cadena. —Saca el móvil con la mano buena—. Dame un segundo.
Lo maneja con el pulgar, torpe.
—Aquí. —Gira la pantalla—. Detrás. Pasado el laberinto. No se mueve.
Corremos. Él con el brazo pegado al pecho. Yo delante, saltando vallas, con los animales despertándose y protestando a nuestro paso. Hay una parte de mí, pequeña y cobarde, que no quiere llegar. Las señales que no se mueven nunca me han traído buenas noticias.
Rodeamos el edificio de los reptiles y salimos a la hierba que hay detrás, en el camino que baja hacia el aparcamiento.
Hay un bulto en el césped.
No es Victoria. Es rubia.
Lleva un jersey rosa.
—¡MARÍA!
Es Giuseppe. No le he oído gritar así en la vida. Ni con dos balas dentro, ni con la casa de sus padres ardiendo. Se tira al suelo, se olvida del brazo, se olvida de todo, y le pone la mano buena en la cara.
Llego detrás y le busco el pulso en el cuello. Está. Rápido, fino, a destiempo. Pero está. La mancha se le extiende por el hombro derecho, negra sobre el rosa. Una bala alta, lejos del centro. De las que matan despacio si nadie las tapa. Le pongo la mano encima y aprieto.
Se queja. El quejido me sienta bien. Un quejido es aire.
María abre los ojos. Y lo primero que hace, antes de mirar a Giuseppe, antes que nada, es bajar la mano libre a la barriga y dejarla ahí.
A la barriga. No al hombro.
Yo, que lo he visto todo, tengo que apartar la vista un segundo.
—Victoria —dice. Un hilo de voz, y lo gasta en el nombre de mi mujer en vez de en el suyo—. Se la ha llevado. El del pelo gris. Le ha pegado en la cabeza, Darío. Se ha caído redonda…
—No hables —le dice Giuseppe.
A medio metro, en la hierba mojada, brilla algo.
Lo cojo.
La cadena. La de oro blanco, con el colgante de la V y la D en diamantes. El cierre intacto. Lo que se ha roto es un eslabón, del tirón.
No se la ha quitado ella. Se la han arrancado. Y la han dejado aquí tirada, encima de la hierba, a la vista, para que la encontrara yo.
Me la meto en el puño. Aprieto hasta que el oro se me marca en la palma.
Después me levanto, porque esta noche alguien tiene que ser el hijo de puta, y ese siempre soy yo.
—Giuseppe. Llévatela.
Me mira sin entender.
—¿Qué?
—Al helicóptero. Ya. Ese hombro necesita algo más que mi mano, y aquí no hay nada. Súbela y vete.
—¿Y Victoria?
—De Victoria me encargo yo. —Me agacho a su altura y le hablo bajo, solo para él—. Lo de siempre, hermano. Tú salvas a la tuya. Yo a la mía. Si nos quedamos los dos, perdemos a las dos. Coge a María y no la sueltes hasta que un médico te diga que puedes.
Tiene los ojos mojados. No cae ni una lágrima. Es Giuseppe.
—Tráemela —dice, María ya medio en brazos—. Tráemela, Darío.
—Te la traigo.
Me lo creo mientras lo digo. El que no se cree lo que promete ha perdido antes de empezar.
Los veo alejarse hacia el helicóptero. En cuanto las aspas se los llevan, dejo de pensar en ellos.
Es lo peor que hago esta noche.
—Don.
Santiago. Embarrado hasta las rodillas, sin aire.
—Don, tiene que ver una cosa. En el laberinto. —Traga antes de seguir, y el trago me dice más que la frase—. Tiene que verlo usted.
—¿Es ella?
—No. —Rápido—. No es la señorita. Venga. Por favor.
Lo sigo. Un arco de piedra. Muros de seto de más de dos metros, negros, con flores blancas en la base que parecen huesecitos. Dos esquinas. Tres.
Ahí está.
En la gravilla, en un charco oscuro que ya ha dejado de crecer, hay un hombre boca arriba. La lluvia le ha mojado la cara. Me acerco y el mundo se para un segundo, porque conozco esa cara.
A esa cara le corté la lengua en una casa de piedra, a cuatro grados, creyendo que cerraba algo.
No era esta. Era la otra. La misma.
Álex.
Hace una hora, Russo me lo escupió con los dientes rojos, atado a una silla: que eran dos. Que el de la casa se llamaba Ice. Que el que yo quería seguía vivo, y que se había ido esa misma tarde adonde yo no estaba.
Pues aquí está. Donde yo no estaba.
Muerto del todo. Los ojos abiertos mirando un cielo que ya no ve. El cuello abierto por un tajo fino. Ningún hombre corta así. A su lado, en la gravilla, tres cositas de metal. Pequeñas. Curvas. Manchadas.
Las reconozco. Las mandé hacer yo. Las metí en el engaste de un anillo y se lo puse en el dedo a una mujer, y le dije que si alguien le ponía la mano encima cuando yo no estuviera, apuntara, dijera una palabra y le abriera la cara.
Diavolina.
Lo ha hecho. Mi diavolina.
Me agacho junto al cuerpo y me pasan dos cosas a la vez.
La primera es orgullo. Negro y feo. No se lo voy a contar a nadie.
Mi mujer, sola, con este animal encima, se ha acordado de la palabra, ha apuntado y le ha abierto el cuello a un tipo que le sacaba veinte kilos.
La chica que dormía con la luz del pasillo encendida.
Por culpa de este. Y una parte enferma de mí, en la peor noche de mi vida, se muere de orgullo.
La segunda me congela.
Álex está aquí muerto, y a ella se la han llevado igual. Así que Álex no era el que se la llevaba. Álex era el ruido. Lo han usado y lo han tirado en este laberinto. El papel del caramelo.
Le miro los ojos abiertos.
—Tanto esperar —le digo—. Y te ha durado un minuto.
No le digo nada más. A este no le debo ni la conversación.
Recojo las tres hojas de la gravilla, una por una, y me las guardo en el bolsillo del pecho, junto a la cadena. Son suyas. Algún día se las devuelvo limpias.
Vuelvo al coche rosa y apago el pitido de un manotazo. El silencio que queda es peor.
Ahí, medio en la sombra, están las dos jaulas que he mirado sin ver al llegar, cuando los ojos solo me buscaban una cosa.
Una está vacía. La puerta abierta. Por la paja y el tamaño, era de un mono. El primate ilegal del que me gritaba Giuseppe por el auricular hace una hora. Se ha ido. Ese, por lo menos, ha sabido salir.
La otra no está vacía.