CAPÍTULO 1 #4
Y se ríe. Corto, por la nariz. Se ríe de mí mientras me ahogo en un sillón. Y eso es peor que el frío, peor que la nieve, peor que el mapa: ahogarme delante de alguien que se lo está pasando bien.
Tengo tanta rabia que casi duele más que el ahogo. Y saco aire de algún sitio, no sé de dónde, para escupirle tres trozos de palabra.
—Vete… a la… mierda.
Me sale roto. Él levanta una ceja.
—Todavía muerde. —Lo dice encantado—. Sin aire y todo.
La parte de mí que todavía funciona, la que cuenta, se agarra a lo único que le queda. La zarigüeya se cae redonda. Y él está ahí, esperando exactamente eso. Verme desmayada en el sillón para tener razón con el apodo.
No se lo voy a dar.
Cuento.
Es lo único que sé hacer. Aunque casi no me salga. Aunque el pitido tape los números. Uno. Dos. No me sale el tres. Vuelvo al uno. Uno. Dos. Los números se me caen y los recojo del suelo y los vuelvo a subir. Uno, dos. Uno, dos. Y meto una gota de aire en el uno y otra en el dos.
Poquísimo. Pero mío. Aire que he sacado yo, que no me ha dado él. Él no me ha dado nada. Él está enfrente mirándome ahogarme, y esa es toda su ayuda.
Se levanta. Suspira, harto, el suspiro de un hombre al que le están estropeando la mañana. Gira la cabeza hacia la puerta.
—Che noia —dice. Y no me lo dice a mí—. Traed al viejo. No tengo ganas de oírla así toda la tarde.
Pasos que se alejan rápido por la piedra.
Y en mitad de todo, una parte de mí se despierta aterrada de otra manera. Porque «traed al viejo» solo puede significar una cosa: me van a hacer algo. Y yo no voy a poder impedirlo, porque las manos no me responden.
El viejo entra rápido.
Lo veo mal, a trozos, entre el pelo que me cae en la cara y las lágrimas que no me dejan enfocar.
Pero lo veo lo suficiente para que se me quede grabado.
Es viejo de verdad. Lleva una bata que algún día fue blanca, con manchas que ya no sale ningún lavado.
Y tiene la cara partida en dos. La mitad derecha es la de un viejo normal, con su ceja y su ojo cansado.
La izquierda está quemada: tirante, brillante, de un rosa blanquecino que no se mueve cuando se mueve el resto.
Sin ceja. El ojo hundido en un remolino de cicatriz.
La comisura tirada hacia arriba en algo que parece una sonrisa y no lo es.
Se agacha delante de mí y abre un maletín. Le dice algo a Bulldog que no entiendo. Saca una cosa que reconozco antes de verla entera, por la forma y por el brillo del capuchón.
Una jeringuilla.
Pincha un frasquito. Tira del émbolo. El líquido sube, transparente.
—Per dormire —me dice, casi amable, mirándome con su mitad buena—. Tranquila.
Lo dice con tanta dulzura que me hace pelear.
—No. —Me sale deshecho—. No. No me pongáis nada. Por favor. No.
Intento apartarme. Arrastrarme por el sillón. Alejarme de esa aguja. El viejo me sujeta el brazo con las dos manos, sin violencia, con una paciencia de años. Tiro con todo lo que me queda, que no es nada. No me suelta. Yo no tengo fuerzas y él ha hecho esto mil veces.
—Necesito estar despierta —les digo. Al viejo. A Bulldog. A quien me oiga—. Por favor. Si me dormís no me entero de nada. Necesito estar despierta por si viene. Por si…
—No va a venir —dice Bulldog desde el otro sillón, aburrido, sin levantarse—. Te lo he explicado con mapa y todo. Duérmete. Descansamos los dos.
Un algodón frío en el pliegue del codo. Tiro del brazo y el viejo lo sujeta. Tengo su media cara muerta a un palmo de la mía, el ojo hundido mirándome sin mirarme. Huele a tabaco negro, a desinfectante, y por debajo, a algo dulzón en lo que no quiero pensar.
Dejo de pelear con el viejo, porque no sirve.
Y hago lo único que sí puedo hacer. Lo que llevo haciendo toda la mañana.
Le hablo a él.
—Darío —susurro.
Nada más.
El pinchazo. Y detrás del pinchazo, el frío subiéndome por el brazo, rápido, mucho más rápido que en las películas, donde a la gente le da tiempo a decir algo bonito. A mí no me da tiempo a nada. Los párpados caen solos. La habitación deja de girar de golpe. El pitido se apaga.
En el último segundo, con lo poquísimo que me queda despierto, hago la única cuenta que importa.
Everest. Me lo ha dicho él. Para hundirme. De lo seguro que está de que da igual. Helicóptero. Solo vuela quien él diga.
Un sitio.
Me ha dado un sitio.
Llevo toda la mañana sin saber ni en qué continente estoy, y este hombre, por el gusto de verme caer, me acaba de poner en la mano lo único que le pedía al cristal cuando escribí una D en el vaho.
Dónde. No sé cómo me va a servir. Ni cuándo.
Pero un sitio con nombre es algo que se puede decir.
Y lo que se puede decir, algún día, se puede hacer llegar.
Me duermo agarrada a eso. A un nombre. A una montaña. Con el frío subiéndome por el brazo y la cara de Bulldog borrándose en gris encima de mí.
Y con lo último de lo último pienso que a lo mejor ahora mismo, a medio mundo de distancia, él se está mirando la muñeca. Y la ve verde. Y sabe que sigo viva, y no sabe nada más.
Él con una pulsera. Yo con un nombre.
Es lo único que tenemos el uno del otro esta noche. Y me lo llevo conmigo hacia abajo, hacia el negro, apretado contra el pecho.