CAPÍTULO 1 #3
—Mis hombres intentaron quitártelo mientras dormías —dice—. Con jabón. Con aceite. Uno quería cortarte el dedo.
Dejo de respirar. Escondo la mano debajo del brazo sin darme cuenta.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque se lo prohibí. Te quiero entera. —Se encoge de hombros—. De momento.
Ese «de momento» me baja por la espalda.
Y por debajo, muy dentro, me llega otra cosa. La voz de Darío en el coche, con la luz del salpicadero en media cara. Mientras me quieras, no sale.
Le habrán echado jabón. Aceite. Habrán tirado entre dos.
Y no ha salido.
Me muerdo el carrillo por dentro para que no se me note en la cara.
—¿Dónde crees que estás? —pregunta.
La pregunta me para en seco, porque es la misma que llevo haciéndome toda la mañana.
—En una casa de campo tuya, con muy mala calefacción y peor gusto —digo, recuperándome—.
En algún sitio de Italia, me imagino, porque tus hombres son más sicilianos que un cannolo.
En un castillo que te has comprado para hacerte el interesante.
Los hombres como tú siempre necesitáis vivir en un sitio que dé miedo. Es una inseguridad. Deberías mirártelo.
—No estás en Italia.
—Ah, ¿no? —Me encojo de hombros, aunque me pongo tensa—.
Pues Suiza. Austria. Uno de esos sitios con nieve donde los ricos esconden el dinero y a las novias de sus enemigos.
Me da igual. Donde sea, hay una carretera.
Al final de la carretera hay un pueblo. En el pueblo hay gente.
Y a la gente se le pide ayuda. Así que tu montañita no te va a…
—Estás en el Himalaya.
Me callo.
No porque quiera. La boca se cierra sola.
—En el Himalaya —repite, sin subir el tono.
Y ahí es donde todo empieza a dar vueltas—.
Cerca del Everest. En una montaña de al lado que en los mapas ni tiene nombre.
A una altura donde el helicóptero que te trajo tuvo que subir despacio, porque el aire ya casi no aguanta las aspas.
—Baja el tobillo y se inclina un poco—. ¿Sabes qué hay entre esta piedra en la que estás haciendo chistes y la carretera más cercana?
No contesto. No puedo.
—Días. —Muy suave—. Días andando, con equipo, con guías, con oxígeno, por pasos de hielo donde se muere gente entrenada que ha pagado una fortuna por intentarlo.
No hay carretera. No hay pueblo. No hay ningún sitio por donde tu hombre pueda aparecer a doscientos por hora.
Aquí solo se llega volando. Y solo vuela quien yo digo, cuando yo digo.
—Me mira—. La persona más cercana que no trabaja para mí está a tres días de hielo de esa ventana. Y no sabe que existes.
El suelo se mueve.
Hasta ahora, debajo de la rabia y de los chistes del perro, había una idea sosteniéndome sin que yo me diera ni cuenta. Que Darío iba a venir. Que era cuestión de aguantar. Que en algún momento se abriría la puerta y sería él, quejándose de lo lejos que había tenido que conducir.
Este hombre acaba de coger esa idea con dos dedos y me la ha enseñado por lo que es. Un mapa. Y en el mapa hay días de hielo entre Darío y yo.
—Mientes —digo. Y me sale flojo. Y odio que me salga flojo.
—¿Para qué? —Ahora sí sonríe, y ya no es la sonrisa de antes—.
Mentir es para cuando tienes algo que perder.
Te digo la verdad porque en tu caso la verdad hace más daño.
Llevas media hora haciéndote la valiente subida a un chiste.
Ser valiente es muy fácil cuando crees que alguien viene a por ti.
—Se echa hacia atrás—. Ahora que sabes que no viene nadie, vamos a ver cuánto te dura.
—Darío me va a encontrar.
Lo digo sin dudar. No me lo creo entero, pero lo digo entero, porque hay cosas que se dicen en voz alta para que se las crea el resto del cuerpo.
—No.
No lo dice con maldad. Lo dice suave. Con paciencia. Los Reyes son los padres, bonita, ya tienes edad. Y por eso es mil veces peor.
—No te va a encontrar. ¿Sabes lo que eres tú en todo esto?
—Ilumíname.
—Una zarigüeya.
Me quedo con la boca abierta.
—¿Una qué?
—Una zarigüeya. No es una rata, antes de que te ofendas y me sueltes otro discurso.
Es un bicho que, cuando se asusta de verdad, cuando ya no puede más, se cae redondo y se hace el muerto.
No lo decide. Viene así de fábrica. —Me clava los ojos—.
Llevas media hora enseñándome los dientes.
Muy graciosa. Pero yo estoy esperando la otra parte.
La de caerte redonda. Porque siempre llega.
Y a ti te va a llegar antes de lo que crees.
—No cuentes con…
—Te voy a explicar una cosa más. —Se inclina hacia delante y baja la voz, y esa voz baja me obliga a quedarme quieta para oírla, y quedarme quieta es la trampa—.
Tú les plantas cara a mis hombres. Les gritas.
Les das patadas. Y ellos te cogen sin apretar y te traen de vuelta. ¿Sabes por qué te tratan tan bien?
No contesto.
—Porque eres mi invitada. Y a mi invitada no la toca nadie hasta que yo lo diga. Por eso ese hombre te ha cogido con tanto cuidado. Por respeto a mí. No a ti.
Me recorre con los ojos de arriba abajo. Despacio. No es un piropo. Es un inventario. Y me da más asco que cualquier grito.
—Eres preciosa. Ya lo eras en aquella cena, con el vestido rojo. Me encapriché, así de tonto. —Se encoge de hombros—. Pero que me gustes me da igual. Y eso es lo que quiero que entiendas antes de que acabe la mañana.
—No sé qué quieres que…
—Que cualquier día, el que me apetezca, entro por esa puerta y te tomo.
Sin pedirte nada. Sin que puedas hacer nada.
—Lo dice separando las palabras, una a una—.
Y cuando me canse, abro la puerta y dejo pasar a los de fuera.
A los que hoy te cogen con tanta educación.
Les digo que la invitada ya no es solo mía.
Y ellos llevan meses en esta montaña sin bajar, zarigüeya. Meses. Haz tú la cuenta de las ganas.
Tengo la boca seca.
—Así que ríete del nombre todo lo que quieras —dice—. Pero el día que dejes de divertirme entera, dejas de estar entera.
Y ahí empieza.
No lo decido. Nunca lo decido. El aire deja de entrar de golpe, en mitad de su última frase, porque el cuerpo ha entendido antes que yo lo que acaba de decir. Que este hombre no amenaza al aire. Calcula. Y lo que ha calculado es el precio de mi cuerpo y el día en que deja de valer.
Cojo aire y no llega.
No es que respire mal. Es que el aire se atasca a mitad de pecho, en un sitio donde no sirve, y cojo otro encima sin haber soltado el primero, y otro, hasta tener el pecho lleno de aire inútil y ni una gota del que necesito.
Detrás de las orejas arranca el pitido. Fino. Agudo. De tele vieja. Sube rápido y en cuatro segundos me tapa el mundo.
Se me duermen las manos. Empieza por la punta de los dedos y me sube por las muñecas. Las abro y las cierro, y no se va.
Me doblo hacia delante en el sillón, con las dos manos en el cuello, tirando de la blusa, intentando abrir desde fuera algo que está cerrado por dentro, donde las manos no llegan. El sillón, el fuego, la piedra, todo se me corre hacia un lado.
Él no se mueve.
Eso es lo peor. Yo me estoy muriendo, o me lo parece, que por dentro es lo mismo, y él sigue sentado enfrente con el tobillo en la rodilla, mirándome. No se levanta. No me dice que respire. No dice nada de lo que dice la gente.
Mira.
Y en algún momento, muy bajo, casi para él, con media sonrisa que le mueve el aro del labio:
—Ahí está la zarigüeya.