NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Tengo tres segundos para retroceder, volver a mi cuarto y hacer como que esto no ha pasado.

Hago lo contrario. Porque es lo mío. A mí el miedo no me cierra la boca. Me la abre de par en par.

Me despego de la puerta. Bajo las manos. Me planto en mitad del pasillo con la barbilla alta, como si los hubiera citado yo.

—Buenas.

Los dos me miran. El de la derecha es grande, con barba y cara de no haber dormido bien en toda su vida. El de la izquierda es más joven, más flaco, con una cicatriz que le parte el labio por la mitad.

—Ya que estáis aquí. —Me cruzo de brazos, porque cruzarme de brazos me hace sentir menos descalza—. ¿Alguno me puede decir por dónde se sale de esta maravilla? Llevo un rato dando vueltas y esto tiene menos carteles que un parking de Ikea.

El grande levanta una ceja. El joven abre la boca y la vuelve a cerrar.

—Ah, ¿ahora no habláis? Porque en la escalera ibais de charla. —Señalo al grande—. Tú le contabas algo de tu cuñada y una comunión. Y que sepas que tu cuñada tiene toda la razón: a una comunión no se va en chándal. Eso no se discute. No sé ni por qué lo estáis discutiendo.

El grande se queda de piedra. El joven gira la cabeza hacia él muy despacio y le dice, bajito, en italiano:

—Capisce.

—¡Claro que capisco! —Levanto las manos—.

Soy medio italiana por matrimonio. O lo voy a ser.

Tengo el anillo y todo, mirad. —Lo enseño.

Brilla en la penumbra y los dos lo miran por puro reflejo—.

Así que no habléis de mí en tercera persona delante de mí, que es de muy mala educación y encima me entero de todo.

El joven cierra la boca de golpe.

—A ver. —Doy un paso—. Os lo voy a plantear en plan civilizado.

Esto es un trabajo, lo entiendo. Nadie se levanta un lunes con ilusión por vigilar a una señora metida en un congelador.

Es un puesto de mierda. Y aquí arriba no hay ni cobertura, así que ni el móvil.

Os compadezco. De corazón. —Me llevo la mano al pecho—.

Pero yo tengo cosas que hacer. Un perro al que dar de comer.

Una boda. Y un prometido que ahora mismo está poniendo Italia patas arriba para encontrarme.

Y cuando os encuentre, que os va a encontrar, vais a querer ser los guardias simpáticos.

Los que le dijeron a la señora dónde estaba la puerta.

Así que os lo repito con una sonrisa: ¿la puerta?

El grande suspira y le dice al joven, sin bajar la voz, porque ya sabe que lo entiendo y ya le da igual:

—È quella che parla. Quella dell'avviso.

—¿Qué aviso? —Levanto un dedo—. ¿Os han mandado un aviso sobre mí? Porque como ponga «cuidado, habla mucho», me ofendo. Hablo lo normal. Hablo lo que hablaría cualquiera secuestrada con hipotermia. Es más, estoy siendo de una contención admirable.

—Torna in camera —dice el grande. Y me mira para que no haya dudas—. Pórtate bien.

—«Pórtate bien». —Suelto una risa histérica—.

¿«Pórtate bien»? Del uno al diez, eso es lo más ofensivo que me han dicho hoy.

A mí no me dice «pórtate bien» ni mi madre, que para algo me parió.

Así que no. No me voy a portar bien. Voy a ser una pesadilla.

Voy a ser el peor turno de vuestra carrera. Voy a…

El grande da un paso hacia mí.

Y ahí se me acaba el aire de valiente y me sube el de verdad, el frío. Hago lo único que me queda.

Corro.

Me giro y salgo disparada hacia el otro lado del pasillo, resbalando, sin saber adónde voy.

Lejos. Oigo una maldición detrás, y unas botas.

La piedra me quema las plantas de los pies y me da igual.

Llego al final. Una puerta: cerrada. Otra: cerrada.

Las botas se acercan sin ninguna prisa, porque saben que no hay adónde ir. Y esa calma es lo peor de todo.

Me giro. El grande está a diez metros. Viene andando.

Acorralada contra una puerta, hago lo que me enseñó Darío una tarde en el jardín, entre risas, sin saber que un día iba a hacer falta de verdad.

Le meto la rodilla entre las piernas.

O lo intento. El grande gira la cadera medio palmo y mi rodilla le da en el muslo, en puro músculo, que es lo mismo que darle una patada a un tronco. Antes de que pueda hacer nada me tiene cogida de los dos brazos. Sin apretar. Ni siquiera está enfadado. Está harto.

—Ferma —dice.

—¡NI FERMA NI NADA! —Le doy patadas descalza y me hago más daño yo que él—. ¡Suéltame! ¡Cobarde! ¡A que solo no te atreves! ¡A que…!

—Lasciala.

La voz viene del fondo del pasillo. Baja. Tranquila. No sube ni un poco. Y aun así corta el aire de un portazo.

El grande me suelta al instante y da un paso atrás.

Me giro, con el pelo en la cara y el pecho subiendo y bajando.

Y ahí está.

Bulldog.

Viene por el otro extremo del pasillo sin ninguna prisa, y en lo que tarda en llegar me da tiempo a mirarlo entero.

No es alto. Eso ya lo sabía de la cena: Darío le saca una cabeza.

Pero de pie, descalzo, ocupa más sitio del que le toca.

Lleva un pantalón de chándal negro caído en la cadera, y nada más.

Ni camiseta, ni zapatos, ni calcetines, en un sitio donde se congela el aliento.

Es ancho y seco a la vez, todo músculo largo, de los que se mueven mucho y comen poco.

La tinta le sube por un costado hasta el hombro.

Lleva un aro de metal en la esquina del labio de abajo.

Y luego está el color.

El pelo gris. Los ojos grises. Todo él del mismo gris. Y no es gris de viejo, porque no es viejo. Es gris de nieve pisada. De agua quieta. De cielo cinco minutos antes de la tormenta.

Les dice a sus hombres algo corto, sin mirarlos, con los ojos clavados en mí. Los dos se van pasillo abajo, rápidos y sin ruido.

—Dentro —me dice. Y señala con la cabeza la puerta de mi cuarto, que se ha quedado abierta al fondo—. Tú y yo vamos a hablar.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te llevo yo. Y sin la educación de mis hombres.

Lo dice tan tranquilo que me lo creo.

Así que ando. Delante de él, por el pasillo, con él descalzo detrás, hasta la habitación. En cuanto entro, cierra la puerta, se apoya en ella con el hombro, mete las manos en los bolsillos y se queda mirando cómo me pongo en el centro del cuarto. Esperando a que empiece la función.

Pues va a empezar. Pero la empiezo yo.

—Bueno. —Me cruzo de brazos—. Ya que vamos a hablar, preséntate en condiciones, que en la cena no hubo tiempo. Yo sé que eres «el hijo de». Eso lo dejaste clarísimo sentándote en mi silla y bebiéndote mi copa. Pero nombre no me diste.

—Me llaman Bulldog.

Me lo quedo mirando.

—¿Bulldog?

—Bulldog.

—¿Como el perro?

—Como el perro.

Y me río.

Me río sola, fuerte, una carcajada de verdad que rebota en la bóveda, porque de todas las cosas que me esperaba, esa no estaba en la lista.

—Perdón. —Me tapo la boca—. Perdón, de verdad.

Es que no me lo esperaba. Bulldog. —Se me vuelve a escapar—.

O sea que hay un señor adulto, con hombres a su cargo y una montaña entera, que un día se sentó y pensó: «¿Qué apodo va a sembrar el terror en el corazón de mis enemigos?

». Y de todo el reino animal, de TODO, eligió al perro de la cara aplastada.

El que ronca. El que se ahoga si hace calor.

No contesta. Me deja seguir.

Error. A mí dame cuerda y me ahorco, pero antes me lo paso en grande.

—Es que hay perros y perros, cielo. —Me paseo por el cuarto, descalza, moviendo las manos—.

Si te pones «Dóberman», vale, te lo compro.

«Rottweiler», respeto. ¿Pero Bulldog? El bulldog es el perro que se compra la gente que quiere un perro fiero y acaba con uno que babea en el sofá.

Es el perro de los dibujos que siempre pierde contra el gato. Le has dejado el nombre bueno al gato.

—¿Has terminado?

—Ni de lejos. —Me giro hacia él—. Porque ahora que lo pienso, te pega. Te pega muchísimo. Un bulldog también es gris, y va por la vida con cara de mala leche aunque no le pase nada. Acertaron de lleno. —Ladeo la cabeza—. ¿Roncas? Dime que roncas. Necesito que ronques para que mi día tenga sentido.

Apoyado en la puerta, hace algo que no me espero.

Sonríe. Poco. Se le mueve el aro del labio.

—Me dijeron que hablabas mucho —dice—. Se quedaron cortos.

—Todo el mundo se queda corto conmigo. Es mi cruz.

—Me dejo caer en uno de los sillones, cruzo las piernas y le señalo el otro con la mano.

La señora de la casa recibiendo visitas—.

Siéntate, que ahí plantado en la puerta pareces un armario ropero.

Y ya que estamos, ¿me explicas lo del pantalón?

Porque llevas toda la conversación medio desnudo y descalzo en un sitio a la temperatura de la pescadería, y no sé si quieres impresionarme con el pectoral o si de verdad no tienes frío.

Las dos cosas me preocupan, por motivos distintos.

—No tengo frío.

—Qué suerte. Yo tengo los pies morados. —Los levanto para que los vea—. Unos calcetines. A la invitada. Quedar bien cuesta poco, Bulldog. Hasta los malos de las películas de sobremesa le prestan una rebeca a la secuestrada.

Se despega de la puerta. Cruza el cuarto sin prisa. Se sienta en el otro sillón, enfrente, y apoya un tobillo en la rodilla.

Durante un segundo somos dos personas sentadas junto al fuego, casi charlando.

Eso me asusta más que el frío.

—Eres graciosa —dice—. No es ironía. Hacía tiempo que no me reía.

—Ya. Con esa cara no me extraña.

—Por eso me caes bien. —Entrelaza las manos en el regazo—.

Así que te voy a dar algo que no le doy a casi nadie.

Un rato. Para que sueltes todo lo que tengas que soltar.

Lo del perro, lo del pantalón, lo que quieras.

Porque cuando se te acabe la cuerda, vamos a hablar en serio.

Y esa parte te va a gustar bastante menos.

—Uy, qué miedo. —Pongo los ojos en blanco—. Pareces el de la teletienda justo antes de decir el precio. A ver, sorpréndeme. ¿Qué me vas a hacer? ¿Matarme de aburrimiento? Porque vas por muy buen camino.

Baja los ojos a mi mano.

Al anillo.