NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA CAPÍTULO 1
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NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA

NO PUEDO RENUNCIAR A ELLA

Por IRINA DIANA NICOLAU

© inepub.com

CAPÍTULO 1

VICTORIA

Lo primero que hago al abrir los ojos es buscar a Copito con el pie.

Lo hago todas las mañanas sin pensar: estiro la pierna hacia el fondo de la cama, hacia el bulto caliente que duerme pegado a mis tobillos, y le doy un empujoncito con el talón para que gruña y me deje un sitio que no le pienso devolver.

Estiro la pierna. No hay bulto.

Hay sábana. Áspera. Después más sábana áspera. Y al final, un frío que me sube por la pierna desde una cama que no se acaba nunca.

Tampoco huele a mi casa. La nariz se entera antes que yo, siempre, porque es la chivata del cuerpo y le encanta dar malas noticias.

No huele a Darío. No huele al suavizante de Anna.

Huele a piedra mojada y a sitio cerrado.

Huele a frío, que yo no sabía que el frío tuviera olor, y resulta que sí, y que es asqueroso.

Abro los ojos del todo.

El techo no es un techo. Es una bóveda de piedra gris que sube y sube hasta juntarse en el centro, tan alta que la luz no llega arriba. De la piedra cuelga una cadena negra, y de la cadena, una rueda de hierro llena de velas gastadas.

Una lámpara de velas. En el siglo veintiuno.

O esto es un castillo, o es uno de esos restaurantes medievales de despedida de soltera donde te dan la pierna de pollo sin cubiertos. Y no veo a ningún camarero vestido de bufón.

Paredes de piedra con manchas de humedad.

Una chimenea en la que yo cabría de pie, con las brasas de anoche todavía naranjas.

Dos sillones de madera oscura con el respaldo altísimo, de esos en los que se sienta el malo de la película para acariciar un gato.

Un ventanal estrecho. Y un silencio que no es el de una casa dormida, que siempre cruje un poco, sino uno espeso, de piedra gruesa, de que fuera no hay nada que pueda sonar.

Me incorporo y la cabeza me pesa. No es sueño. Es algodón mojado metido detrás de los ojos. La habitación se me inclina hacia la derecha, se lo piensa y vuelve a su sitio. Trago, y la saliva me sabe a moneda.

Y hay algo peor que el peso: no sé cuánto he dormido.

No es que no me acuerde de anoche. Es que no sé cuántas noches caben entre anoche y ahora. Una. Cinco. El cuerpo siempre te lo dice aunque no te enteres, y el mío ha dejado de decírmelo. Me han quitado el tiempo y me han dejado el hueco.

Me llevo la mano a la nuca, por costumbre, y suelto un quejido.

Me duele. Me duele de dos maneras distintas. Por encima, un escozor fino, de piel recién estrenada: el tatuaje. Ágape, con un infinito en la ge y su nombre escondido dentro. Por debajo, un bulto duro, del tamaño de un huevo de codorniz, que late. Ahí es donde me dieron.

Justo encima. De todos los centímetros de mi cuerpo, ese.

Me tiembla la boca. La aprieto.

Entonces me miro.

Llevo la blusa desgarrada por tres sitios, con el barro del laberinto seco hasta la mitad de los muslos.

Tengo una mano vendada con un trapo que no he puesto yo, donde me abrí la palma con el alambre de la valla.

Me duele el hombro izquierdo al moverlo, el que Álex me sacó de un tirón.

La mejilla también, por dentro, donde me pegó.

Y tengo las manos sucias de otra cosa.

Marrón oscuro. Seco. Metido en las líneas de los nudillos, debajo de las uñas, en el borde del anillo. La blusa tiene dos huellas de manos a la altura del pecho, donde me las limpié sin darme cuenta.

No es mía. Sé perfectamente de quién es.

María en el césped. El disparo. María boca arriba con los ojos abiertos y las dos manos yéndose a la barriga, antes que a la herida, antes que a nada. Y yo con las mías hundidas en su hombro, apretando, gritando a un parque vacío.

Me tapo la boca.

No sé si está viva. Lo único que tengo de ella es esto, metido en las uñas.

Me miro las manos para no seguir pensando, y ahí está el anillo.

Sigue en mi dedo.

Me agarro a él con los ojos, porque es lo único de esta habitación que viene de mi vida. La prueba de que fuera de esta piedra existe un sitio con un hombre que es mío.

Después me acuerdo de las cuchillas.

Le doy la vuelta con el pulgar, rápido, buscando el borde del engaste, el punto por donde salieron las tres hojas. Aprieto. Nada. Lo giro, paso la uña por la ranura. El engaste está liso, cerrado, mudo.

Lo usé anoche. Las tres hojas, enteras, en el cuello de un hombre que me llamaba conejita. Y no sé si se recargan, porque no se lo pregunté. Estaba ocupada llorando de amor en un McLaren.

No me arrepiento. Lo volvería a hacer mil veces. Pero me miro la mano y entiendo el chiste: la única arma que tenía la gasté la noche antes de necesitarla de verdad.

—Bueno —digo en voz alta, porque el silencio ya me está empezando a comer—. Piensa, Victoria. Piensa.

Y como el silencio no contesta, suelto la tontería.

—Darío.

La palabra sube a la bóveda, y yo espero de verdad. Cuando lo llamo desde el baño y tarda porque está con el móvil, yo sé que va a contestar, que siempre contesta, que solo hay que darle un segundo.

Le doy el segundo.

Nada.

—Ya. —Me río sola. Me sale fatal—. Que no estás. Se me había olvidado.

Me lo imagino en el otro sillón, porque es peor no hacerlo. Con esa cara de asco elegante que pone en los sitios que no le gustan, que son casi todos. Le pongo hasta la voz. Llevo meses coleccionándole las frases.

—Ya sé lo que dirías. —Miro el sillón vacío—. Echarías un vistazo y me soltarías: «Nena, te pongo calefacción por suelo radiante en cada habitación y tú te dejas secuestrar en una nevera. Eso no es mala suerte. Es vocación».

La parte tonta de mí casi lo oye.

—Y yo te diría que no es momento de ser clasista, y tú me dirías que siempre es momento, que es lo único que te sale gratis.

Después mirarías la chimenea: «Por lo menos te han dejado fuego.

Más de lo que hiciste tú la noche que metiste tres mantas en la secadora y saltaron los plomos de toda la casa».

—Trago—. Una vez. Fue una vez. Y no me la vas a perdonar en la vida. Ni secuestrada.

Tengo los ojos mojados. Sigo, porque si me callo se acaba.

—Y me dirías que hablo sola. «Te secuestran y te montas un monólogo. Vas a agotar al secuestrador. Van a acabar pagando ellos para devolverte». —Me sorbo la nariz—. Pues a lo mejor esa es mi salida, cabrón. Hablar hasta que me devuelvan por salud mental.

Me río de verdad. Un segundo. Y la risa se me tuerce antes de acabar. Me la trago.

—Ven a por mí —le digo, ya sin voz—. Tómate tu tiempo, que esto es difícil hasta para ti. Pero ven. Y no me hagas el numerito de llegar tarde para darle emoción, que te conozco. Tráete a Copito. Y una manta.

Espero una última vez a que me conteste algo horrible.

No me contesta nadie. Y es lo más sola que he estado en mi vida.

Me levanto. Las piernas tiemblan pero aguantan. Voy hacia el ventanal.

Es alto y estrecho, con arco de piedra, y el cristal es grueso y viejo, lleno de burbujitas que deforman lo que hay detrás. Está helado.

Fuera solo hay blanco.

La cabeza me busca una calle, un muro, una farola, un árbol.

No encuentra nada. Encuentra nieve. Una ladera que baja y vuelve a subir.

Montañas detrás. Más montañas detrás de esas, cada vez más altas, cada vez más afiladas, con las puntas metidas en unas nubes que no son de lluvia. Son de estar muy arriba.

Ni un camino. Ni un poste. Ni una casa. Piedra, nieve y un cielo blanco sucio que no sabe si es mañana o tarde.

Le echo el aliento al cristal. Se empaña un círculo pequeño.

Escribo una D con el dedo. Si me viera mi madre, zapatillazo por guarra.

Y debajo, porque soy idiota, una V.

Se borran solas en cuatro segundos. La nieve sigue ahí detrás, igual de blanca. Ni se ha enterado.

El miedo me sube de golpe, entero, por el mismo camino que el frío. Y hago lo que hace mi cuerpo con el miedo desde que tengo uso de razón.

No me quedo quieta.

La puerta no tiene la llave echada.

Lo descubro porque tiro del pomo de hierro esperando que no ceda, para poder decirme que lo he intentado y sentarme a esperar con la dignidad de una mujer sensata. Y cede. La puerta se abre hacia dentro con un quejido de madera vieja.

Al otro lado, un pasillo. Vacío.

Aquí es donde una mujer sensata frena.

Salgo.

Pasillo largo, de piedra, techo abovedado, ventanitas por las que la luz de la nieve entra a rayas.

Antorchas apagadas en argollas de hierro, y entre una y otra, bombillas desnudas colgando de un cable grapado a la piedra de cualquier manera.

Castillo medieval con instalación eléctrica del chino. Muy bien.

Voy pegada a la pared, descalza, poniendo los pies con cuidado en el suelo helado, con el corazón tan fuerte que me da miedo que se oiga.

No tengo plan. Busco una escalera. Una puerta. Una ventana baja. Algo que vaya hacia abajo.

Al fondo veo una escalera de caracol y voy hacia ella con el corazón en la garganta, de pura esperanza idiota.

He recorrido medio pasillo cuando suben dos hombres.

Vienen hablando. Todavía no me han visto. Me meto en el hueco de una puerta, en la sombra, con la espalda pegada a la madera y las dos manos tapándome la boca.

Suben. Se acercan. Uno dice algo, el otro se ríe.

Y los entiendo.

Los entiendo perfectamente. Hablan italiano.

Y no el italiano de Roma, el que me sé de la perfumería y del Mercadona de allí, que no se llama Mercadona, se llama Conad, pero para mí siempre será el Mercadona.

Hablan con las erres arrastradas y las vocales abiertas.

Como hablaba Lucrecia en la cocina de la nonna.

Como hablaba la nonna cuando se enfadaba.

Sicilianos.

Me da un vuelco el estómago. Llevo toda la mañana creyéndome en el fin del mundo, y resulta que los que me vigilan son casi de casa. De la tierra de su abuela. Eso quiere decir que me van a entender cada palabra. Y todavía no sé si eso es buenísimo o malísimo.

Pasan a mi altura. El segundo gira la cabeza.

Me ve.

Se para en seco y le da un codazo al otro sin dejar de mirarme. Los dos se quedan plantados en mitad del pasillo, mirando a una mujer descalza, pegada a una puerta, con las manos en la boca.