CAPÍTULO 38 #5
Arranca a la primera, ruge, y salgo por la rampa, por el camino de grava, entre los olivos con las bombillas apagadas, por delante de la carpa vacía, de la mesita del notario, de las sillas torcidas y las rosas en el suelo.
Copito va sentado a mi lado, muy tieso, con el hocico pegado al cristal, mirando cómo se alejan las bombillas. No ladra. Él tampoco se despide.
Llego a la verja, que está cerrada. En la garita hay luz, y sale Chris, con el pinganillo y la chaqueta abierta. Me mira, mira el coche, me mira la cara a través del cristal, y no me pregunta nada. Se queda mirándome un momento largo, con los ojos negros que no parpadean, y aprieta el botón.
La verja se abre muy lenta, dándome tiempo a cambiar de idea. No cambio de idea. Piso el acelerador y salgo.
Entonces llegan las lágrimas. Las que no tenía. Salen todas de golpe en cuanto la verja se cierra en el retrovisor, como si hubieran estado esperando a que saliera de esa casa para dejarse caer. Me nublan la carretera, me caen por el cuello, por el escote del vestido de brillos que me puse para él.
Tengo el pecho cerrado, unas tenazas de hierro apretándome entre las costillas, y grito. Grito con todas mis fuerzas dentro del coche, con las ventanillas cerradas, a nadie, a la carretera negra, a los pinos, a la luna.
Grito porque soy idiota. Porque me creí a un mafioso. Porque me lo dijo el primer día, que yo no era su tipo, y me reí, y luego me creí lo contrario cuando me dijo lo contrario. Me creí lo bonito y me olvidé de lo primero.
Golpeo el volante una vez, dos, diez, con las palmas abiertas, hasta que me duelen las manos, y acelero. Le hablo a él como si fuera él el que va en el asiento de al lado y no el perro.
—Te lo di todo, Darío. —Me sale bajito, rota—.
Lo que me quedaba después de Álex. Lo poco que había conseguido salvar.
Te dejé entrar donde no había entrado nadie.
Te enseñé mis cicatrices. Te dejé cortarme la piel para borrar la de otro.
Te dejé verme vomitar, gritar, romperme.
Te di a mi madre. Te di a mi hijo. Te di lo único que me quedaba entero, que era creer que alguien me podía querer sin hacerme daño.
Me limpio la cara con la muñeca.
—Y tú lo has roto en un sofá. Encima de los papeles que firmaste por mí.
Solo se oye el motor.
—Hace unas horas me cogiste por la cadera y me dijiste que parara. Que te entendiera una vez en mi vida. —No me sale la voz entera—. Y te entendí. Subí a esperarte. A pedirte perdón. Bajé descalza para no hacer ruido. Para darte una sorpresa.
Lloro tanto que no veo la carretera.
—Y la sorpresa me la has dado tú.
Pongo la mano en el vientre, pequeño, duro, redondo.
—Lo siento, lenteja. Lo siento mucho. Te prometí una casa.
Te prometí un padre. Te prometí una abuela que te iba a enseñar a cantar mal.
Te prometí una madrina pesada que te iba a comprar una cuna con un lazo torcido.
—Me tiembla todo—. Y no tienes nada. Solo me tienes a mí. Y no sé si voy a ser suficiente.
Entonces lo noto otra vez debajo de la mano: el aleteo, muy pequeño, un pez dando la vuelta en el agua.
Y me rompo del todo.
Llego al cruce donde la carretera de la finca se acaba y empieza la grande, donde se acaba todo lo que era suyo. Freno y saco el móvil del bolso.
Catorce llamadas perdidas, y ninguna es suya. Son todas del mismo número, uno largo que no tengo guardado, que empieza por más siete. Rusia. Lev, o María, que han pasado los satélites. Ahora no.
Bajo la ventanilla y entra el aire de la noche, que huele a pino, a tierra, a verano.
Miro la foto que tengo de fondo: los dos en la piscina, él con gafas de sol besándome el hombro, yo riéndome con los ojos cerrados. Riéndome. Hace tres meses, antes de todo. María nos la hizo desde la tumbona, gritando «¡que os beséis, que no tengo todo el día!».
La pantalla se enciende otra vez en mi mano. El mismo número, el del más siete, llamando.
—Esta ha sido la última vez —le digo a la foto, por encima de la llamada que no cojo—. La última vez que me haces daño, Darío. La última.
Lo tiro por la ventanilla. Lo veo caer en el asfalto, rebotar y quedarse boca arriba, con la pantalla encendida, vibrando, con nuestra foto brillando en mitad de la carretera negra y un número de Rusia llamando encima de nuestras caras.
Piso el acelerador y la rueda le pasa por encima. Oigo el crujido: el cristal, la foto, nosotros.
Copito gime bajito, una vez. No miro por el retrovisor.
Me voy. Lejos de la finca, de los olivos, de la piscina, del despacho, del sofá, de mi vestido rojo en el suelo, de las estrellas de mi madre, de la cuna con el lazo torcido. Lejos de él.
Con la mano en el vientre y el corazón en el suelo de un pasillo, y una sola cosa en la cabeza, dando vueltas como las estrellas de plástico en el techo de mi madre.
Que esta noche, debajo de un olivo, el hombre que más he querido en mi vida lloró delante de mí por primera vez.
Me pidió que parara.
Intentó besarme.
Y le giré la cara.
Eso no me lo voy a perdonar nunca. Aunque él me haya roto. Aunque no lo vuelva a ver.
Porque fue la última vez.
Y no lo sabía.
Continuará…