Capítulo 25 #3
—Como me pregunten qué hacíamos aquí, les digo que estabas explicándome cómo funciona un taladro percutor.
—¡Clara, por Dios! ¡Qué malpensada eres!
Me volví.
—¡Ya, sí, la malpensada soy yo…! ¡Menuda madrastra viciosa y pervertida que tengo!
Seguíamos riéndonos cuando regresamos al salón.
Mi padre nos miró con curiosidad.
—¿De qué os reís?
—De nada —respondí inmediatamente.
—De herramientas —aclaró Bea.
Cogí un polvorón, lo aplasté, lo abrí y se lo metí directamente en la boca.
Pero Bea ni aun así calló y soltó con la boca llena:
—Del taladro percutor…
Estuvimos un rato más con ellos y luego a eso de las once de la noche nos fuimos a casa de Inés.
Hugo llamó al timbre y, apenas unos segundos después, la puerta se abrió de par en par.
—¡Ya está aquí el zascandil! —gritó Inés, que iba vestida con un traje de chaqueta de lentejuelas doradas.
—¡Abuela!
Inés se lanzó a besar a su nieto y le dio como quince besos en cada mejilla:
—¡Ay, hijo mío! ¡Qué ganas tenía de verte!
Y después se volvió hacia mí, me abrazó y también me cubrió de besos:
—¡Y mi Clarita! ¡Pero qué guapa vienes!
—Tú más. Tú siempre más.
Llevaba el pelo recogido en un moño tirante y lucía unos pendientes enormes y un collar que debía de pesar medio kilo.
—Es Nochebuena, hija. Hay que estar a la altura.
Nos hizo pasar.
El salón estaba lleno de familia y amigos que disfrutaban del champán y del turrón.
Inés me presentó a todos…
—Chicos, ¡os presento a Clara, la novia de mi zascandil favorito!
Hugo empezó a saludar a unos y a otros. Estuvimos un buen rato hablando con su madre y su hermana Maribel, que me cayeron fenomenal, hasta que Inés me agarró discretamente del brazo y me dijo:
—Ven un momento, Clarita.
Me llevó hacia un rincón del pasillo.
—Bueno. Pues ya está.
—¿Ya está qué? —farfullé.
—¡Que lo hemos conseguido, hija! No hay nada como trabajar en equipo.
La miré desconcertada.
—¿De qué estás hablando?
—Llevo semanas comiéndole la oreja a mi nieto para que se quede en Madrid. Que si aquí se vive estupendamente, que si en Nueva York hace un frío que pela, que si el cocido, que si las torrijas… ¡De todo le he dicho!
Solté una carcajada.
—¡Lo has logrado!
—Lo hemos logrado. Juntitas.
—Pero si yo no he hecho nada.
Inés me miró con una ternura que me desarmó.
—Claro que sí, hija. Has hecho lo mismo que yo.
—¿El qué?
—Quererlo. Quererlo mucho.
No supe qué contestar.
Ella me acarició la mejilla y después recuperó su expresión traviesa.
—Y ahora vamos, que no quiero que mi nieto piense que estamos conspirando a sus espaldas.
—¡Pero si eso es lo único que haces desde que te conozco!
—Pues por eso. Hay que disimular.
Cuando volvimos al salón, Hugo nos miró con suspicacia.
—¿Qué tramáis vosotras dos?
—Nada —respondió su abuela.
—No me lo creo.
—¡Calla y bebe champán! —dijo Inés, tras pasarle una copa y luego otra a mí.
Inés se fue después a hablar con unas amigas.
Hugo me rodeó la cintura con un brazo.
—Esto es lo que hay.
Lo miré y sonreí.
—Todo muy bien.
Un rato después, sacó dos paquetes de una bolsa.
—Por cierto, Cecé. Esto es para ti.
—¿Más regalos?
—De parte de Jacqui y Carmen.
Me quedé sorprendida.
—¿Para mí?
—Les he hablado tanto de ti que ya te consideran de la familia. Las dos tienen muchas ganas de conocerte.
—¡Y yo también!
—Eso tiene fácil solución. Van a venir a Madrid en primavera o también podemos ir nosotros a Nueva York cuando nos apetezca.
Miré los paquetes de regalos, emocionada.
—No tenías que…
—Yo no he hecho nada. Reclámaselo a ellas.
Inés se acercó inmediatamente.
—¿Qué es eso? ¿Regalos? ¡Abridlos, que quiero verlo todo!
—Abuela, son de Carmen y Jacqui.
—Ellas también han empujado, pim, pim, pam, pam. Equipo también.
—¿Qué dices, abuela?
—¡Tonterías mías! Voy a tomarme un Baileys de chocolate.
Nos quedamos a solas otra vez. Hugo buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Me volví hacia él.
—Me gusta tu familia.
—No puedo hacerme con otra.
Miré a nuestro alrededor.
Inés acababa de tirarse al suelo para jugar con sus bisnietos Mario y Javi, que, a esas alturas de la noche, ya habían roto tres bolas del árbol y dos copas. Y, lejos de enfadarse, su bisabuela se reía con ellos como si tuviera cinco años.
A nuestro alrededor, la familia y los amigos de Inés hablaban, cantaban villancicos, bailaban y se reían a carcajadas. Alguien había subido el volumen de la música, otros brindaban y nadie parecía tener la menor intención de dar por terminada la noche.
Había una alegría contagiosa en aquella casa. De esas que no se pueden organizar ni preparar con antelación, por mucho empeño que una ponga.
Y comprendí por qué, cuando era pequeño, salía corriendo cada Navidad para llegar cuanto antes a casa de su abuela.
Yo habría hecho exactamente lo mismo.
De hecho, aquella noche también había terminado allí, casi sin darme cuenta, y no podía estar más contenta.
Porque entre las risas, los villancicos, las copas rotas y aquellos dos pequeños salvajes, me sentía parte de todo aquello.
Y me encantaba.
Luego pensé en mi padre con aquel gorro ridículo, en Daniela muerta de risa, en Bea y su maldito taladro percutor.
En mi madre que acababa de escribirme que había pasado una noche tan a gusto cenando con su gata.
En las cinco maletas que nos esperaban en mi piso y en un piso de Chamberí que todavía no había visto.
Y en el hombre que tenía sentado a mi lado.
—Estoy feliz —le dije.
Hugo me acarició los nudillos con el pulgar.
—Yo también.
Me acerqué para besarlo.
—Feliz Navidad, Hugo.
—Feliz Navidad, Cecé.
Entonces Inés nos señaló desde el otro extremo del salón.
—¡Vosotros dos! ¡Menos besitos y a coger las panderetas que ahora vamos con el villancico grupal! Lo grabo todos los años y lo subo a mi Insta. Es una tradición de siglos, Clarita —me explicó.
Hugo apoyó la frente contra la mía y se echó a reír.
—¿Ves lo que me espera viviendo en Madrid?
—Todavía estás a tiempo de volver a Nueva York.
—Ni hablar.
—Pues tendrás que acostumbrarte.
—¿A mi abuela?
—A tu abuela, a mi padre, a Daniela, a Bea…
—¿Y a ti?
—A mí también. Aunque yo soy lo peor de todo.
Hugo sonrió y me acarició la mejilla.
—Tú eres lo mejor de todo, Cecé.
Lo miré a los ojos y le rodeé el cuello con los brazos.
—No vas a librarte de mí.
—Ni quiero. Porque voy a quererte todos los días de mi vida. Y a volverte un poco loca también.
—¿Un poco solo?
Me besó despacio, mientras a nuestro alrededor seguían sonando las risas y la música.
Y allí, abrazada a Hugo, rodeada de todas aquellas personas a las que quería, comprendí que no necesitaba saber qué nos esperaba mañana.
Por primera vez en mi vida, no tenía ninguna prisa por averiguarlo.
Porque lo único que quería era vivirlo. Con él.