No me vuelvas loca Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—¡Qué decepción! Ya me veía pidiéndoles El tamborilero.

—Mi abuela me contó cómo cantaste a grito pelado.

—Qué conciertazo. Volvimos afónicas. Y en cuanto a los elfos… ¿Podrías contratarlos para el año que viene?

—Depende. ¿Cuántos elfos?

—Los que hagan falta.

—¡Hecho!

—Así me gusta. Un hombre que sabe comprometerse.

Hugo soltó una carcajada y me cogió de la mano.

—Anda, ven. Que tengo algo que enseñarte.

—¿El qué? No puedo más con la intriga. ¿Qué hacemos aquí?

—Ven.

Hacía un frío tremendo y el vaho se nos escapaba de la boca cada vez que hablábamos.

Caminamos hasta un edificio de oficinas. Hugo saludó al vigilante de seguridad, que lo reconoció inmediatamente, y me condujo hasta un ascensor.

—Hugo, me estoy poniendo nerviosa.

—Un minuto.

Subimos varias plantas y, cuando se abrieron las puertas, apareció ante nosotros una recepción amplia, todavía sin terminar de amueblar.

En una pared destacaba un nombre que conocía demasiado bien.

ALDA.

Me quedé patidifusa.

—¿Qué es esto?

Hugo me observaba con una sonrisa que empezaba a resultarme demasiado sospechosa.

—La nueva sede europea de la compañía.

Miré a mi alrededor. Había despachos acristalados, una sala de reuniones y grandes ventanales desde los que se veía Madrid iluminado.

—Pero ¿desde cuándo?

—Llevamos meses trabajando en ello.

Entonces recordé algo.

—Espera. ¿Estas son las oficinas donde te vio Marta?

—Sí.

—¡Y tú me dijiste que eran cosas de ALDA!

—Y lo eran.

—¡Hugo!

Se echó a reír.

—No te mentí.

—Omitiste aproximadamente el noventa y nueve por ciento de la información.

—No podía decirte nada hasta que fuera una realidad.

Me acerqué a uno de los ventanales. Entonces caí en la cuenta de otra cosa:

—Espera un momento. ¿Te acuerdas de aquel ejercicio de Aristeo? ¿El de la empresa tecnológica que había crecido demasiado rápido?

—Perfectamente.

—¿Tenía algo que ver con todo esto?

—Digamos que algunos de los problemas que planteé los conocía bastante bien.

Me volví hacia él.

—¡Hugo! ¿Y no dijiste nada?

—Era un ejercicio, Cecé. No una rueda de prensa.

Negué con la cabeza.

—¡Increíble! Y yo preocupada porque Marta te había visto entrar en un edificio de oficinas.

—Reconocerás que la explicación era bastante menos emocionante que las teorías que te montaste.

—No te creas. Esto empieza a parecerme bastante emocionante.

Hugo se acercó.

—Pues todavía no te he contado lo mejor.

Me crucé de brazos.

—Adelante. ¡Sorpréndeme!

—Voy a dirigir la expansión europea desde Madrid.

—Bueno, tendrás que venir bastante.

—Sí.

—Supongo que pasarás aquí algunas semanas y luego volverás a Nueva York.

—No exactamente.

—¿Cómo que no exactamente?

Hugo me cogió de las manos.

—Cecé, voy a trasladar mi base a Madrid.

Tardé unos segundos en comprenderlo.

—¿Tu base?

—Mi vida habitual. Mi casa. Mi despacho. Todo eso.

—Pero tú vives en Nueva York.

—Vivía.

Me quedé mirándolo.

—¿Me estás diciendo que vas a quedarte aquí?

—Eso intento decirte.

—La empresa sigue allí. No voy a cerrar Nueva York, por supuesto. Albert se queda al frente de la actividad diaria y yo seguiré viajando cuando haga falta.

—¿Albert Font?

—El mismo.

—¿El que te dice cuándo te equivocas?

—Y el que me da los coscorrones cuando me los merezco.

Solté una carcajada, aunque empezaba a notar un nudo en la garganta.

—¿Y estás seguro?

—Completamente. Europa lleva tiempo siendo el siguiente paso para ALDA. La decisión empresarial estaba prácticamente tomada antes de que yo viniera a Aristeo.

—Pero…

—Pero entonces te conocí.

Bajé la mirada hacia nuestras manos.

—Hugo…

—Y descubrí que, además de tener motivos profesionales para instalarme aquí, tenía uno personal bastante importante.

Levanté los ojos.

—¿Yo?

—No conozco a ninguna otra mujer capaz de organizarme una recogida en Barajas como si fuera una operación militar.

Me eché a reír.

—¡Eres bobo!

—Y, sin embargo, te has enamorado de mí.

—Eso todavía no sé cómo ha pasado.

Me acarició la mejilla.

—No quiero que pienses que estoy renunciando a mi vida por ti, Clara. No es eso. Tengo una empresa que dirigir y seguiré teniendo que viajar. Pero puedo hacerlo desde aquí. Y quiero hacerlo desde aquí.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Hoy.

—Ya. Después de dejar cinco maletas en mi casa.

—Me pareció un detalle bastante revelador.

—¡Serás…!

Me besó antes de que pudiera terminar.

Cuando nos separamos, señaló los ventanales.

—Hay otra cosa.

—¿Otra?

—He estado viendo casas por internet.

Abrí mucho los ojos.

—¿Casas?

—Pisos, para ser exactos. Hay uno en Chamberí que me gusta especialmente. Es grande, tiene mucha luz y un salón donde cabría esa lámpara monstruosa que compramos en IKEA.

—¡Nuestra lámpara no es monstruosa!

—Me ha golpeado dos veces en menos de un mes.

—Porque eres demasiado alto.

—También tiene habitaciones de sobra para tus libros.

Lo miré en silencio.

—¿Has comprado un piso?

—No. Quiero que lo veamos juntos.

—¿Juntos?

—Si te apetece.

Me costaba encontrar las palabras.

—Hugo, yo tengo mi casa, mi trabajo…

—Lo sé. Y no tienes que decidir nada hoy. Ni mudarte mañana. Solo quiero que sepas que, cuando pienso en mi futuro, tú estás en él.

Sentí que se me humedecían los ojos.

—Eso ha sido muy bonito.

—Puedo estropearlo con un comentario sobre la lámpara.

—Ni se te ocurra.

Me abrazó y apoyé las manos sobre las solapas de su traje.

—Te quiero, Cecé —murmuró.

Levanté la cabeza.

Nos habíamos dicho muchas cosas durante aquel mes. Que estábamos enamorados, que nos echábamos de menos, que queríamos estar juntos. Pero aquellas dos palabras, dichas así, en mitad de una oficina todavía vacía, consiguieron dejarme sin aliento.

—Yo también te quiero, Hugo.

Sonrió con esa sonrisa suya que me mataba.

—Menos mal.

—¿Menos mal? —repetí alzando una ceja.

—Sí. Porque tengo muchas ganas de empezar una vida contigo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Y si resulta que soy insoportable?

—Eso ya lo sé, Cecé.

—¡Oye!

—Y aun así, aquí estoy. Con cinco maletas.

Solté una carcajada, lo abracé por el cuello y esta vez tardamos bastante en separarnos.

Cuando llegamos a casa de mi padre, la terraza parecía la sucursal madrileña de Laponia.

Había luces en la barandilla, una estrella enorme que debía de verse desde la calle de enfrente y un reno iluminado en la puerta.

—Madre mía —murmuré.

—Daniela mola —comentó Hugo.

—Daniela ha encontrado a un patrocinador con una ferretería.

Llamé al timbre.

Mi padre abrió la puerta con un gorro de Papá Noel.

Me quedé mirándolo.

—Papá.

—¡Feliz Navidad!

Detrás de él apareció Daniela, riéndose.

—¡Se lo he puesto yo!

—Y me ha prohibido quitármelo hasta después de cenar —explicó mi padre.

—¡Hasta mañana! —lo corrigió ella.

—Eso te lo acabas de inventar.

Daniela se puso de puntillas para enderezarle el pompón y mi padre le dio un beso en la cabeza.

Los observé un instante.

Mi padre tenía una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

—Estás guapísimo, papá —le dije.

—No te burles de mí.

—Te lo digo en serio.

Me abrazó y después estrechó la mano de Hugo.

—¡Hombre! Ya tenemos aquí al neoyorquino.

—Feliz Navidad, Román.

—Pasa, pasa. Que se enfría el cordero.

Dentro había un árbol de casi dos metros, un belén de Playmobil, varios cascanueces y espumillón suficiente para decorar la Gran Vía.

Bea salió a recibirnos.

—¡Amiga!

Nos abrazamos.

—Tu hija ha hecho un trabajo extraordinario —le dije, señalando el salón.

—Y eso que he conseguido frenar algunas de sus ideas.

—¿Cuáles?

—Quería poner un Papá Noel que baila en el baño.

—Todavía estamos a tiempo —intervino Daniela.

—¡Ni hablar! —respondimos Bea y yo a la vez.

Nos echamos a reír.

La cena fue estupenda.

Mi padre había preparado un cordero que merecía una estrella Michelin y Daniela nos contó con todo lujo de detalles cómo había organizado la decoración. Hugo la escuchaba con una atención que a ella parecía encantarle.

En un momento dado, mi padre nos miró a los dos.

—Yo ya sabía que aquí había algo.

Dejé el tenedor.

—Papá, no empieces.

—Te voy a decir una cosa, hija. A mí este hombre me gusta mucho para ti. Después de Vicente o de Arman, este me parece un regalo de Navidad.

Hugo soltó una carcajada.

—Muchas gracias, Román.

—De nada, hijo. Y procura no estropearlo, que ya le he cogido cariño.

—Ya sé que eres cinturón negro de judo.

—Entonces sabes que no me gustaría tener que utilizarlo.

—Papá, ¿estás amenazando a mi novio en Nochebuena?

—¡Qué va, hija! Estamos hablando de deporte.

Hugo volvió a reírse.

—Pues yo, por si acaso, voy a portarme bien.

—Más te vale. Pero de momento, se os ve felices. Eso es lo importante.

Bea me guiñó un ojo por encima de su copa.

—Tu padre tiene razón.

—¿Tú también?

—Yo solo digo que tienes muy buen gusto, amiga.

—Y Hugo también —añadió Daniela.

Todos nos echamos a reír.

Al terminar la cena, Bea y yo nos levantamos para ir a buscar los turrones y los polvorones.

—Bueno, vamos al turrón —comentó Bea al entrar en la cocina.

—¿Qué quieres saber? —repliqué, aunque me imaginaba de lo que quería hablar.

—Pues, para empezar, ¿cómo vas de polvorones?

—¡Te quieres callar!

—Si no nos escuchan. Pero es que se te ve radiante.

—Tú también estás espectacular.

—Y no veas cómo tengo la papaya.

—¡BEA!

—Ja, ja, ja.

Abrí un armario.

—No quiero detalles, ¿eh?

—Tranquila, que no te los voy a dar. Pero ¿te acuerdas del arsenal que me preparé para lo de Pedro?

—Por desgracia.

—Pues le estoy dando un uso al “Deslizamiento Extremo” que no veas.

—¡Que no quiero saberlo! —exclamé tapándome los oídos.

—Solo te digo que tu padre me está dando candela para mí y para mi prima. ¡Tiene más resistencia que José Luis cuando tenía treinta años!

Me llevé las manos a la cara y exclamé en voz baja:

—¡BEATRIZ! ¡QUE ES MI PADRE!

—¿No ves que practica el pulso? Tiene unos brazos que lo aguantan todo. ¿Tú sabes el gusto que da estar debajo de ese pecho palomo?

—¡Por el amor de Dios!

—¡Y cómo maneja el taladro percutor, amiga!

—¡Se acabó! ¡Por Dios, para! Ya no voy a poder ver un taladro percutor sin pensar en mi padre.

Bea se dobló de la risa.

Cogí la bandeja de polvorones y me dirigí hacia la puerta.