No me vuelvas loca Capítulo 25
94%

Capítulo 25

El veinticuatro de diciembre, a las seis menos diez de la tarde, yo llevaba veinte minutos mirando el reloj.

Había encendido las luces del árbol, colocado unos bombones sobre la mesa y comprobado tres veces que mi móvil tenía batería. También había ordenado el salón, aunque estaba perfectamente recogido desde la noche anterior.

Hugo me había escrito al aterrizar en Barajas y después, cuando subió al taxi.

HUGO : Estoy llegando, Cecé.

Eso había sido hacía veintisiete minutos.

Me acerqué a la ventana, como si desde mi piso de Pacífico pudiera controlar el tráfico de toda la ciudad, y volví a consultar el teléfono.

Nada.

Estaba a punto de escribirle cuando sonó el timbre.

Abrí la puerta sin molestarme en preguntar quién era.

—¡Por fin!

Hugo estaba al otro lado, con su abrigo oscuro, una sonrisa enorme y una maleta en cada mano.

—¡Hola a ti también!

No le dejé decir nada más. Me lancé a sus brazos y lo besé con tantas ganas que casi lo tiré al suelo.

Él soltó las maletas, me estrechó contra su cuerpo y nos besamos de película.

—Vaya recibimiento —murmuró con su boca pegada a la mía y un poco despeluchado de lo apasionado que fue el beso.

—Te he echado muchísimo de menos.

—Yo también, Cecé.

Me rodeó el cuello con un brazo y nos devoramos las bocas mientras le quitaba el abrigo.

Volví a besarlo. Y otra vez. Le atrapé el labio inferior, busqué su lengua, sentí su calor y su erección presionando contra mí.

Dios.

Yo no podía más ya.

Ni él tampoco.

Llevábamos veinticuatro días separados y solo queríamos recuperar el tiempo perdido.

—¿Me dejas entrar? —preguntó, riéndose contra mis labios.

—Depende. ¿Piensas volver a marcharte?

—Hoy no.

—Entonces pasa.

Se agachó para coger las maletas y fue en ese momento cuando descubrí que detrás de él había otras tres.

Me quedé perpleja.

—¿Son todas tuyas?

—Sí.

—Pero ¿cómo?

Hugo miró hacia el rellano y se encogió de hombros.

—Mi equipaje.

—Ya veo que es tu equipaje. ¿Por qué hay cinco maletas?

—Porque no me cabía todo en cuatro.

Lo observé, esperando que se echara a reír.

No lo hizo.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—Todavía no lo sé.

—¿Y has traído cinco maletas?

—En Navidad hay muchos compromisos, Cecé. Cenas, comidas, actividades sociales…

—¿Actividades sociales? ¿Qué llevas ahí dentro? ¿Un esmoquin para cada día?

—También zapatos. Tengo un cuarenta y siete de pie. Ocupan mucho espacio.

—¡Ah, bueno! Entonces está todo explicado.

Entre los dos conseguimos meter las maletas y, al pasar junto al sofá, se golpeó la cabeza con la pantalla de nuestra enorme lámpara de IKEA.

—¡Joder!

Me tapé la boca.

—¿Estás bien?

—Esta lámpara intenta asesinarme.

—Te advertí que era demasiado grande.

—Y yo sigo pensando que el problema es el tamaño del salón.

—Lo mejor va a ser que te compres un casco.

Hugo se frotó la cabeza, dejó las maletas y me atrajo hacia él.

—Ven aquí.

—¿Qué?

—Que todavía no te he dado un abrazo en condiciones.

Lo rodeé por la cintura y apoyé la mejilla contra su pecho.

Durante unos segundos no dijimos nada.

Me pareció increíble lo mucho que había echado de menos algo tan sencillo.

—Ya estás aquí —musité.

Me besó el pelo.

—Ya estoy aquí. Y solo necesito una ducha. ¿Vienes?

Levanté la cabeza.

—¿Contigo?

—No, Cecé. Con las cinco maletas.

Solté una carcajada, pero se me cortó cuando me besó. Esta vez no hubo prisas. Sus manos recorrieron mi espalda y me apretaron contra él hasta que terminé agarrándome a su camisa.

—Voy a arrugártela —murmuré.

Le desabroché el primer botón.

—Mejor quítamela.

Lo cogí de la mano y tiré de él hacia el baño.

Nos quitamos la ropa y nos metimos en la ducha sin dejar de besarnos.

El agua apenas había empezado a calentarse cuando Hugo me levantó la barbilla y volvió a besarme. Le rodeé el cuello con los brazos y noté cómo sonreía contra mi boca.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté.

—Que no me has dejado ni quitarme el reloj.

—Quítatelo.

Lo dejó sobre el lavabo, se puso un condón y regresó a mis brazos.

Bajo el agua caliente, sus besos descendieron por mi cuello y mis pechos mientras yo le acariciaba la espalda. Me hizo retroceder hasta los azulejos y se detuvo un instante para mirarme.

—¿Todo bien?

—Estupendamente. Aunque tienes el codo encima del grifo.

Un chorro de agua fría nos cayó sobre la cabeza.

—¡Hugo!

—¡Joder!

Nos apartamos entre carcajadas. Él corrigió la temperatura y volvió a acercarse, apartándome el pelo mojado de la cara.

—Ahora sí.

Lo besé antes de que pudiera añadir nada.

Esta vez fui yo quien lo empujó contra la pared. Hugo soltó una risa sorprendida, me abrazó por la cintura y me atrajo hacia él. Nos quedamos allí, entre besos, caricias y el agua resbalándonos por la piel, hasta que el mundo exterior dejó de tener importancia.

Entonces Hugo me hizo girar suavemente hasta dejarme de nuevo contra los azulejos. Me levantó una pierna, se deslizó dentro de mí y ahogó mi grito con un beso.

La pared estaba fría contra mi espalda. El agua caliente nos resbalaba por los hombros, pero apenas era consciente de ella.

Hugo me besó con una impaciencia que no le había visto nunca. Le hundí los dedos en el pelo, acercándolo todavía más, y él dejó escapar un sonido ronco junto a mi oído.

—Clara…

—Ni se te ocurra parar.

Me miró apenas un segundo.

Después volvió a besarme.

No hubo ternura pausada ni palabras bonitas. Solo aquella necesidad de estar juntos, las respiraciones agitadas y las manos que parecían empeñadas en recuperar de golpe todo el tiempo que habíamos pasado separados.

Me aferré a sus hombros mientras él me sostenía contra la pared. Cerré los ojos y me dejé llevar, sin pensar en nada más.

Solo quería sentirlo y hubo un momento en que necesité más. Lo miré y me lo dio. Me lo hizo con urgencia, duro, exigente… hasta que nos corrimos los dos casi a la vez.

Cuando salimos, el espejo estaba completamente empañado.

Me envolví en una toalla y musité todavía con la respiración acelerada:

—¡Madre mía, debo tener las losetas marcadas en la espalda!

Hugo apareció detrás de mí, secándose el pelo con otra.

—¡Qué polvazo! —replicó besándome en el cuello.

Solté un suspiro de pura felicidad y consulté la hora en su reloj.

—¿Has visto la hora que es? ¡Tenemos que arreglarnos!

—Yo solo tengo que ponerme un traje.

—Yo un vestido y además peinarme y maquillarme.

Me abrazó por detrás y me susurró al oído:

—Estás preciosa así.

—No pienso plantarme en casa de mi padre envuelta en una toalla.

—Y con la marca de las losetas.

—Eres muy malo.

Se echó a reír y salió del baño.

—Voy a buscar mi Hugo Boss.

—Lo siento. Lo vendí en Wallapop —comenté con una cara de guasa que no había quien se lo creyera.

—Espero que sacaras un buen precio.

—Doce euros. Tenía muchas arrugas.

Se echó a reír.

— ¡Menos mal que te encargué que lo cuidaras!

—Está en el armario, dentro de su funda. Ni una mota de polvo.

—Sabía que podía confiar en ti.

—Pero no te acostumbres. ¡Y procura no golpearte otra vez con la lámpara!

—¡Esa lámpara tiene los días contados, Cecé!

Me sequé el pelo, me hice un moño y me maquillé a toda velocidad. Y, cuando Hugo apareció de nuevo, con el traje perfectamente ajustado, tuve que reconocer que había merecido la pena conservarlo.

—¿Qué tal? —preguntó, abrochándose la chaqueta.

—Eres un cabronazo.

—¿Qué he hecho ahora?

—Estar demasiado bueno.

—Tú más.

—Espera a verme con el vestido infartante que me he comprado para esta ocasión. La idea era torturarte toda la noche y después acabar haciéndolo desesperados en cualquier parte.

—Está la noche para follar en la azotea de mi abuela… —bromeó Hugo.

—Espera y verás.

Volví con un vestido negro de terciopelo que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel.

Tenía un escote discreto por delante, pero la espalda quedaba completamente al descubierto, hasta un poco más arriba de la cintura.

Una abertura lateral dejaba ver buena parte de mi pierna cuando caminaba.

Me había puesto unos pendientes largos, unos zapatos de tacón fino y los labios rojos.

Hugo, que estaba consultando algo en el móvil, levantó la cabeza.

Y se quedó mirándome.

Primero a la cara. Después bajó la mirada lentamente hasta mis zapatos y volvió a subirla.

—Joder, Cecé.

Di una vuelta para enseñarle la espalda.

—¿Qué? ¿Te gusta?

—¿Me estás tomando el pelo?

—No sé. ¿Me favorece?

Dejó el móvil sobre la mesa.

—Como te acerques, no llegamos a cenar.

Sonreí, encantada con el resultado.

—Pues imagínate cómo estarías ahora si no hubiéramos pasado por la ducha.

—No me lo recuerdes.

Cogí el bolso y pasé por su lado, procurando que la abertura del vestido hiciera su trabajo.

—Venga, Alda. Que nos esperan.

—Eres una tentadora de la peor calaña.

—Y tú todavía no has visto lo mejor.

—¿Qué es lo mejor?

Me volví desde la puerta.

—Que debajo no llevo sujetador.

Hugo cerró los ojos un instante.

—Cecé, te juro que me estás poniendo muy difícil lo de llegar puntual.

Me besó en el cuello de un modo que me arrancó un gemido y cogió su abrigo.

—Venga, vamos.

Solté el aire que había estado conteniendo de puro deseo y le informé:

—Le he dicho a mi padre que llegaríamos sobre las nueve y media.

—Perfecto. Antes tenemos que pasar por un sitio.

—Hugo, vamos con el tiempo justo.

—Llegaremos a tiempo.

—¿A qué sitio necesitas ir? ¿No lo puedes dejar para más tarde?

—No. Tiene que ser ahora.

—¿Ahora? —pregunté, convencida de que me estaba tomando el pelo.

—Es una sorpresa.

—Acabas de llegar de Nueva York con cinco maletas y ya estás organizándome la tarde.

—Te he echado de menos, Cecé.

—Tanto que lo primero que haces nada más llegar es empezar con las sorpresitas.

—Ya sabes cómo soy —replicó encogiéndose de hombros.

Durante el trayecto intenté averiguar adónde íbamos.

Hugo no soltó prenda.

Cuando el taxi nos dejó cerca de la plaza de Cuzco, empecé a sospechar que aquella sorpresa tenía poco que ver con la Navidad.

—Qué chasco —comenté, mirando a mi alrededor—. Yo pensaba que habías contratado a un coro de elfos para cantarme villancicos.

—¿Un coro de elfos?

—Sí. Con sus gorritos, sus cascabeles y todo.

—Lo siento, Cecé. Se me disparaba el presupuesto.