Capítulo 24 #2
—No. Pero me noto yo que no estoy normal. Una se conoce mejor que nadie. Y está haciendo mucho frío. Voy a estar más tranquila en casita.
—¿Sola?
—Con la gata, y tan ricamente. No te preocupes por mí. Por la tarde me iré un rato con mis amigas a tomar algo. Y ya está. No necesito más fiestas.
—Si es lo que quieres…
—Tú disfruta sin mí. Y ya te dejo que tengo que cambiar la arena de la gata.
Cuando colgué, me quedé pensativa.
Mi madre pasaría la Nochebuena en Menorca, con su gata y sus amigas, exactamente como quería. Mi padre estaría rodeado de Bea, Daniela, un ejército de elfos y tantas luces que seguramente podrían ver su terraza desde la otra punta de Madrid. Y yo tendría a Hugo conmigo.
Después de tantos años deseando que llegara enero cuanto antes, resultaba extraño descubrir que estaba contando los días para Navidad.
Y lo mejor de todo era que no necesitaba que aquellas fiestas fueran perfectas.
Por primera vez, no sentía que tuviera que preocuparme por cómo las pasarían los demás. Cada uno había decidido cómo quería vivir aquellas fiestas y yo también.
Me apetecía que llegaran.
Y había alguien más que esperaba aquellas fiestas con una ilusión especial.
El sábado 19 de diciembre, Inés me había invitado a comer a su casa y a ayudarla a montar el belén.
Cuando llegué, tenía las figuras extendidas sobre una mesita auxiliar y una caja de musgo artificial que, según me explicó, llevaba utilizando desde hacía tantos años que ya podía considerarse patrimonio familiar como la vajilla de la Cartuja que heredó de su bisabuela.
—Clarita, menos mal que has venido. A mi edad, ponerse de rodillas para colocar pastores es una temeridad.
—Pues no te pongas de rodillas.
—Descuida. Yo estas rodillas ya solo las doblo ante el Altísimo.
—Me parece muy razonable.
—Y pienso conservarlas en buen estado por si algún día me sale un novio.
Solté una carcajada.
—¡Inés!
—¿Qué? Nunca se sabe, hija. Yo todavía no he cerrado el quiosco.
Después de comer nos pusimos con el belén. Los pastores tenían lugares asignados, las ovejas debían mirar en una dirección determinada y uno de los Reyes Magos llevaba años llegando por un camino que, al parecer, no admitía modificaciones.
—El camino va por ahí, Clarita.
—¿Hacia la izquierda?
—Eso es, tesoro.
—Perfecto.
—Qué gusto que lo pilles a la primera. Hugo siempre quiere poner el camino mirando para Parla. No entiende que los belenes tienen sus tradiciones.
—Y sus normas urbanísticas, por lo que veo.
Inés soltó una carcajada.
—Pues sí.
—Yo te entiendo, Inés.
—Ya lo sé, Clarita. Por eso estamos juntas en esto. Por cierto, ¿esta tarde haces algo?
—Tengo unas cuantas series pendientes.
—¿Te gusta Raphael?
—¿Raphael, el cantante?
—No, hija, el arcángel. ¡Pues claro que el cantante!
—Sí, me gusta. ¿Por qué?
—Porque tengo dos entradas para verlo esta tarde y he pensado que podríamos ir juntas.
—¿Esta tarde? —repetí.
—Sí. Si estás cansada, llamo a alguna amiga. No te sientas obligada.
—¡Cómo no me va a apetecer! Claro que voy contigo.
—¡Estupendo! —celebró, dando una palmada—. Tú y yo, juntitas, haciendo equipo.
—¿Para ver a Raphael?
—Entre otras cosas, Clarita. Entre otras cosas.
Ella se limitó a sonreír y me entregó una oveja.
—Anda, coloca esta donde te he dicho, que nos van a dar las uvas.
Trabajamos durante un buen rato. Me contó anécdotas de Hugo cuando era pequeño, me preguntó por Aristeo y volvió a sacar el tema del concierto de Raphael con un entusiasmo que me hizo sospechar que llevaba días pensando en él.
—A ver si este hombre sigue teniendo la misma voz —comentó.
—Seguro que sí.
—Y si no, que cante más bajito. Yo pienso disfrutarlo igual.
Mientras colocaba una oveja junto al portal, me sorprendí sonriendo.
Recordé aquellas Navidades de mi infancia en las que había tenido que hacerme mayor demasiado pronto. Durante años, las fiestas habían sido un recordatorio de todo lo que nos faltaba.
Pero las cosas habían cambiado.
Mi padre y yo habíamos aprendido a hablarnos, a pedirnos perdón y a querernos sin el peso de todo lo que había ocurrido.
Y ahora él estaba enamorado de una mujer que lo hacía feliz.
Yo también estaba enamorada.
Aunque el hombre en cuestión viviera a seis horas de diferencia horaria y tuviera una preocupante tendencia a desordenarme la existencia.
—¿En qué piensas, Clarita? —preguntó Inés.
Levanté la vista.
—En que hacía mucho que no montaba un belén.
—¿Y te está gustando?
Observé el portal, las ovejas y aquel Rey Mago que no podía cambiar de camino.
—Sí. Mucho.
Inés me miró con una expresión que no supe interpretar del todo.
—Esto va bien, Clarita.
—¿El belén?
—También.
Entrecerré los ojos.
—Inés...
—¿Qué?
—¿Sabes algo que yo no sepa?
—Sé muchísimas cosas. Es una de las ventajas de tener mi edad.
—Me refiero a Hugo.
Cogió una figura y la colocó junto al portal.
—Hugo es un buen chico.
—Eso ya lo sé.
—Y tú eres una buena chica. ¿Qué puede salir mal?
Se rio y me dio una palmadita en la mano.
—Inés, no me digas esas cosas, que luego pasa algo.
—¡Qué manía tenéis los jóvenes de preocuparos por adelantado! Tú tranquila. Somos un equipo.
—¿Equipo para qué?
—Para que todo salga bien.
—Ah. ¿Tengo que hacer algo en concreto?
—No te preocupes, que bastante tienes ya con lo tuyo. Ya estoy yo ahí empujando, pim, pim, pam, pam.
—¿Cómo?
—Yo me entiendo.
—No pillo.
—Mejor.
—Pon esa palmerita ahí detrás y deja que suceda.
No conseguí sacarle nada más.
Vamos, que me quedé como estaba.
Cuando terminamos, Inés se apartó unos pasos para contemplar el resultado.
—Creo que nos va a salir bien la jugada —murmuró.
—¿Qué jugada?
—La del belén, hija. ¿Cuál va a ser?
La miré.
Ella sonrió con absoluta inocencia.
Decidí no insistir. Discutir con Inés era una batalla perdida, y yo tenía la sospecha de que aquella mujer llevaba toda la vida ganándolas.
Luego, me abrazó con mucho cariño y me dijo:
—Me alegro mucho de que estés aquí, Clarita.
Le devolví el abrazo.
—Yo también.
—Ya solo falta el otro. Qué poquito queda… —dijo frotándose las manos.
Y se fue a arreglar para el concierto.
Apareció veinte minutos después con un abrigo de peluche rojo, unos pendientes gigantes y un bolso dorado que habría podido utilizarse como señal luminosa en un aeropuerto.
—¡Inés! ¡Estás espectacular!
—Gracias, tesoro. A ciertas edades, una tiene que hacerse notar.
—Tú no vas a tener ningún problema.
—Es que yo siempre he sido de ocupar mi espacio, Clarita. Y cuantos más años cumplo, más espacio quiero.
Solté una carcajada.
—¡Di que sí!
—Además, una no puede ir a ver a Raphael vestida de cualquier manera.
La miré de arriba abajo.
—Desde luego. Vas como una reina.
—Como una reina, no, hija. Como una emperatriz. Que puestos a tener aspiraciones, vamos a tenerlas grandes.
—Me parece fenomenal.
Inés me hizo un gesto para que la siguiera y me dijo:
—Venga, que nos espera Raphael.
Bajamos juntas en el ascensor. Inés seguía hablando de Raphael, de lo mucho que le apetecía verlo y de lo bien que íbamos a pasarlo.
Yo la escuchaba sonriendo.
Y entonces comprendí algo que me emocionó más de lo que esperaba.
No estaba recuperando las Navidades que había perdido.
Estaba construyendo otras.
Con mi padre, con Bea y Daniela, con aquella mujer extraordinaria que hacía lo que le daba la gana, decía lo que pensaba y llevaba la vida con la misma autoridad con la que colocaba los pastores de su belén.
Y conmigo misma, que por fin podía disfrutar de todo aquello sin sentir que estaba traicionando ningún recuerdo.
El 23 de diciembre, Hugo me llamó cuando yo acababa de llegar a casa.
—¿Preparada para mañana, Cecé?
—Llevo preparada desde el día uno.
—Eso me da un poco de miedo.
—A mí me da miedo que pierdas el avión.
—No voy a perderlo.
—¡Ni se te ocurra!
Lo vi sonreír.
Tenía ganas de tocarle la cara, de abrazarlo y de escuchar su voz sin que saliera de un teléfono.
—Mañana nos vemos —dijo.
Aquellas tres palabras me provocaron una alegría tan sencilla que me quedé unos segundos sin contestar.
—Mañana nos vemos —repetí.
Después de despedirnos, dejé el móvil sobre la mesa y miré a mi alrededor.
Mi casa seguía siendo la misma. Mis muebles estaban en su sitio, los libros ocupaban las estanterías y la lámpara gigantesca continuaba dominando el salón con una autoridad que nadie le había concedido.
Hacía menos de dos meses que Hugo Alda había entrado en mi vida y ya me costaba recordar cómo era antes de conocerlo.
Pero lo que más me sorprendía no era echarlo de menos.
Era que, por primera vez en muchos años, tenía unas ganas enormes de que llegara la Navidad.
Y no solo porque él volviera.
Porque había dejado de pensar en todo lo que faltaba.
Y empezaba a disfrutar de todo lo que tenía.