Capítulo 24
Las primeras semanas de diciembre descubrí que era posible echar de menos a alguien y seguir llevando una vida normal.
O, al menos, aparentarlo.
Me levantaba a la misma hora, iba a trabajar, contestaba correos, asistía a reuniones y procuraba no mirar el móvil cada vez que alguien cruzaba la puerta de mi despacho.
También había recuperado mis costumbres. Volví a correr cuando el tiempo lo permitía, hacía yoga y meditaba. Aunque esto último había adquirido cierta dificultad, porque mi mente se empeñaba en viajar a Nueva York en cuanto cerraba los ojos.
Al parecer, el desapego funcionaba estupendamente hasta que una se enamoraba.
En Aristeo, diciembre llegó acompañado de cierres de programas, informes y personas que descubrían, con una urgencia difícil de justificar, que necesitaban resolver antes de Navidad asuntos que llevaban pendientes desde septiembre.
Bea decía que aquello era lo normal.
—La gente se pone nerviosa cuando ve un calendario con pocos días —me explicó una mañana.
—Pues que no lo miren.
—Esa es la actitud que te ha convertido en una profesional tan querida.
—Soy muy querida.
—Por mí, desde luego.
Había cosas que no habían cambiado. Bea seguía entrando en mi despacho sin llamar, con un café que tenía que pagarle, mi padre continuaba preguntándome si comía bien y yo seguía teniendo la necesidad de organizarlo todo con una antelación que algunas personas consideraban excesiva.
La diferencia era que ahora, cuando llegaba a casa, había una lámpara gigantesca colgando del techo del salón.
Y un traje de Hugo Boss en mi armario que tenía guardado con cuidado, procurando no pensar demasiado en lo absurdo que resultaba que una prenda masculina pudiera emocionarme.
No siempre lo conseguía.
Hugo y yo hablábamos todos los días. A veces durante media hora; otras, apenas unos minutos robados entre sus reuniones y mis obligaciones.
La diferencia horaria no ayudaba.
Cuando yo estaba pensando en cenar, él todavía tenía media jornada por delante. Y cuando a él le apetecía contarme cómo le había ido el día, yo empezaba a plantearme si merecía la pena sacrificar horas de sueño por un hombre.
La respuesta solía ser afirmativa.
—Tienes mala cara, Cecé —me dijo una noche, al otro lado de la pantalla.
—Y a ti te ha salido un grano en la frente.
Hugo se tocó la frente y replicó divertido:
—Será de tanto como te extraño.
—Y haces cosas… —solté risueña.
—Alguna que otra sí.
—No me cuentes —le pedí.
—Venga, vete a dormir.
—Estoy esperando a que termines de hablar para hacerlo.
—Podemos despedirnos.
—No he dicho eso.
Sonrió y yo odié la facilidad con la que aquella sonrisa conseguía que se me olvidaran los seis mil kilómetros que nos separaban.
Me contó que había tenido varias reuniones, que estaba trabajando demasiado y que todavía le quedaban asuntos por resolver antes de viajar a Madrid.
—¿Qué asuntos?
—Cosas de ALDA.
—Qué respuesta tan detallada.
—Intento no aburrirte con mi trabajo.
—No me aburres. Me intrigas más bien.
—Confidencialidad, ya sabes.
—Qué rollo.
—Lo siento. No puedo decir nada más. Pero sí puedo decirte que te tengo unas ganas…
Después nos quedamos mirándonos unos segundos.
Era lo peor de las videollamadas. Había momentos en los que la conversación terminaba, pero ninguno de los dos quería ser el primero en despedirse.
—Y yo.
—Te echo de menos —dijo.
Me acomodé mejor en el sofá.
—Yo también.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para estar planteándome denunciarte por abandono de persona.
—Voy a volver. Un traje me espera.
—Y una lámpara.
—Cuida bien de los dos.
—El traje está perfectamente. La lámpara sigue siendo una amenaza para la integridad física de cualquiera que mida más de metro ochenta.
—Tendremos que hacer algo al respecto.
No le di importancia.
Por entonces, Hugo hacía comentarios que yo interpretaba como una manera de hablar de nuestro futuro sin concretar demasiado. Y, aunque no me gustaba reconocerlo, me bastaba con saber que lo había.
Una noche, mientras hablábamos de las vacaciones, me propuso pasar la Nochevieja juntos en Viena.
—¿Viena? —repetí.
—Austria. Está en Europa.
—Sé dónde está Viena, Hugo. Veo el concierto de Año Nuevo desde que tengo uso de razón.
—¿Te gustaría asistir?
—¿Me vas a llevar?
—Tendría que mover algunos hilos.
—¿Qué?
—No te prometo nada, Cecé. De momento, solo Viena. ¿Te apetece?
—Estuve allí reclutando gente para Aristeo, pero fue en primavera.
—Entonces no conoces Viena en Navidad. Te va a encantar. Las calles iluminadas, los mercados de invierno, los cafés históricos donde puedes pasarte la tarde tomando chocolate caliente y comiendo tartas…
—¿Tartas? Empieza por ahí, hombre.
Hugo se echó a reír.
—Podemos pasear por el centro, acercarnos a Schönbrunn y celebrar la Nochevieja bailando un vals.
—¿Un vals?
—Es una tradición. A medianoche la gente sale a bailar por las calles.
—Pues tenemos un problema, porque lo mío es el reguetón.
—Tendrás que aprender.
—Ningún problema. A partir de hoy me pongo unos vídeos y para Nochevieja lo tengo dominado.
—¿Así de fácil?
—¿Tú sabes bailarlo?
—Sí.
—Pues estupendo. Si me equivoco, me llevas tú. Y si no consigo aprenderlo, bailamos reguetón.
—¿En Viena?
—¿Hay alguna ley que lo prohíba?
—Que yo sepa, no.
—Pues asunto resuelto. Nos vamos a Viena.
—¿Así que aceptas?
—A ver, Hugo, me estás ofreciendo pasar la Nochevieja contigo, en una ciudad preciosa, comiendo tartas y bailando. Tampoco soy idiota.
—Me alegra que lo tengas tan claro.
—Eso sí, lo del concierto de Año Nuevo no se me olvida.
—Ya me he dado cuenta.
—Tú mueve los hilos. Yo voy buscando los vídeos de vals.
No llegamos a organizarlo todo aquella noche. Yo quería comprobar fechas, vuelos y un par de detalles que Hugo consideró innecesarios.
—Cecé, faltan semanas.
—Precisamente.
—No cambies nunca.
—No te preocupes. No está entre mis planes.
Cuando colgamos, me quedé un rato mirando la pantalla apagada.
Había pasado años convencida de que mi vida estaba bien tal como era. Y lo estaba. Tenía un trabajo que me gustaba, personas a las que quería y una tranquilidad que me había costado mucho conseguir.
Pero Hugo había llegado para demostrarme que una vida podía estar bien y, aun así, admitir algo más.
Incluso cuando ese algo estaba temporalmente en Nueva York.
A mediados de diciembre, mi padre me llamó para preguntarme por la Nochebuena.
—Mamá aún no me ha dicho nada, pero creo que se quedará en Menorca como estos últimos años.
—Pues, si al final no viene, te vienes a casa. Como siempre. ¿Y te importa que se apunten Bea y Daniela?
—¿Y a ti te importaría que se viniera Hugo?
—¡Genial! Cuantos más seamos, mejor. ¿Has pensado qué quieres para cenar?
—Lo que queráis vosotros, papá.
Se hizo un silencio.
—¿Estás enferma?
—¿Por qué?
—Porque llevas toda la vida opinando sobre los menús.
—He decidido madurar.
—Pues avísame cuando se te pase.
Mi padre estaba contento. Se le notaba en la voz, en la manera de hablar de Bea y de Daniela, en esos pequeños comentarios que antes apenas hacía.
Me contó que Bea había propuesto preparar varias cosas entre todos y además:
—A Daniela le ha dado por decorar la casa. Quiere poner un belén con clics de Playmobil, un árbol de dos metros, espumillón por todas partes, soldados del Cascanueces, elfos y no sé cuántas cosas más.
—Vamos, que quiere convertir tu casa en un Cortylandia.
—Más o menos.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que sí, claro. A la niña le hace mucha ilusión.
—¿Y a ti?
Mi padre tardó un instante en contestar.
—Pues también, hija. La verdad es que sí.
Durante años, nuestras decoraciones navideñas se habían limitado a un árbol pequeño que sacábamos del trastero por pura obligación y cuatro adornos que habían conocido tiempos mejores.
Si alguien entraba en casa, podía pensar que estábamos celebrando la Navidad o que nos habíamos olvidado de recoger la decoración del año anterior.
—Pues ya iba siendo hora de que en esa casa pareciera Navidad de verdad, papá.
—¿No te parece demasiado?
—Qué va. Y dile a Daniela que no escatime.
Y sonreí porque me hizo feliz imaginar a mi padre rodeado de elfos, soldados del Cascanueces y un árbol que seguramente tendría que esquivar para llegar al sofá.
—También quiere poner un montón de luces en la terraza —añadió mi padre—. Dice que tienen que verse desde la calle.
—Pues que se vean.
—¿A ti no te importa?
Había algo en su voz que me hizo comprender que no me estaba preguntando por las luces.
—Papá, llevamos demasiados años sin ponerlas. ¿No crees que ya va siendo hora de que esa casa brille un poco?
Mi padre tardó unos segundos en contestar.
—Sí, hija. Yo creo que sí.
—Pues dile a Daniela que no se corte un pelo. ¡Que decore a tope de Navidad!
—Gracias, Clarita. ¿Sabes? A mí me hace también mucha ilusión. Ayer compré un montón de turrón y polvorones. Y voy a encargar un cordero en un sitio bueno. No le digas nada a Bea.
—No, tranquilo. Ni una palabra —repliqué, pensando en la de veces que le diría lo mismo a Bea.
Y sonreí feliz de que, después de tantos años, aquella casa volviera a llenarse de vida.
Dos días después llamó mi madre desde Menorca.
Primero me explicó que llevaba una semana con una sensación rara en el cuerpo, como si estuviera incubando algo, y a continuación, que el lavavajillas había empezado a hacer un ruido que no le gustaba nada.
—¿Y has llamado a un técnico?
—Todavía no. Quería ver si se arreglaba solo.
—Mamá, los lavavajillas no suelen tomar esa clase de iniciativas.
—Pues este antes no hacía ruido.
—Eso no significa que vaya a dejar de hacerlo por voluntad propia.
Resopló y, después de preguntarme por el trabajo y escuchar mi respuesta durante aproximadamente veinte segundos, llegó al motivo de la llamada.
—Este año no voy a bajar a Madrid por Navidad.
No me sorprendió demasiado. Mi madre llevaba tiempo diciendo que no le apetecía viajar, y entre unas cosas y otras había terminado por convencerse de que estaba mejor en Menorca.
—¿Estás segura?
—Sí, hija. Estoy rarilla. No sé si será covid o gripe.
—¿Te has hecho la prueba?