Capítulo 23
Y el domingo amaneció gris.
No llovía, pero el cielo tenía ese aspecto de estar considerando seriamente la posibilidad.
Desayunamos sin prisas.
Después Hugo hizo un par de llamadas y yo me instalé en el sofá con un libro que encontré sobre la mesa.
Leí tres páginas.
O, mejor dicho, pasé tres páginas.
No habría sabido explicar qué ocurría en ninguna de ellas.
Hugo apareció con el teléfono en la mano.
—¿Qué tal el libro?
—Estupendo.
—¿De qué va?
Miré la portada.
—De cosas.
Se echó a reír.
—Muy interesante.
—Muchísimo. Lo recomiendo.
Dejó el teléfono y se sentó a mi lado.
—Ven aquí.
Me acomodé contra él.
Pasamos un rato así, hablando de cualquier tontería, hasta que Hugo miró el reloj.
—Debería empezar a preparar la maleta.
Y aquellas palabras consiguieron que el domingo dejara de parecerme un domingo cualquiera.
Lo acompañé al dormitorio.
Hugo abrió la maleta sobre la cama y comenzó a sacar ropa del armario.
Tenía una manera bastante eficiente de doblar las camisas, algo que me pareció fascinante.
—Lo haces demasiado bien —comenté.
—¿El qué?
—Preparar maletas.
—Viajo mucho.
—Ya lo veo.
—¿Quieres ayudarme?
—¿Y privarte de demostrar tus habilidades? Jamás.
Me senté en el borde de la cama mientras él continuaba.
Fue guardando camisas, pantalones, jerséis y algunos objetos personales.
De vez en cuando me preguntaba por alguna cosa que no encontraba y yo le indicaba dónde estaba.
Era una escena doméstica absolutamente normal y, precisamente por eso, me resultaba tan difícil.
Me había acostumbrado a tenerlo cerca. A escucharlo reír. A encontrar sus mensajes en el móvil. A que apareciera en mi despacho con cualquier excusa. Y ahora estaba viendo cómo guardaba su vida en una maleta para llevársela a otro continente.
—¿Qué pasa? —preguntó de pronto.
Levanté la mirada.
—Nada.
—Cecé.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa.
Sonreí.
—A mí también.
Hugo dejó una camisa sobre la cama y se acercó.
—Voy a llamarte.
—Ya lo sé.
—Mucho.
—Eso espero.
—Y tú vas a llamarme a mí.
—Cuando no estés ocupado dirigiendo el mundo.
—Solo una pequeña parte.
Lo abracé por la cintura.
—Te voy a echar muchísimo de menos.
—Yo también.
Me besó en la frente.
Nos quedamos abrazados unos segundos.
Después me aparté y señalé la maleta.
—Venga. Termina, que a este paso mañana por la noche aún no has acabado de hacer la maleta.
Volvió al armario.
Sacó una chaqueta, la examinó y la dejó sobre una silla.
Después cogió el traje Hugo Boss.
Mi traje.
Bueno, técnicamente, el traje que yo había comprado para Arman y que había terminado llevando Hugo.
La vida daba unas vueltas bastante curiosas.
—Este no me lo llevo —anunció.
—¿Por qué?
—Voy a dejarlo aquí.
—¿Aquí, en el apartamento?
—No. En tu casa. Porque te lo vas a llevar.
Lo miré.
—¿Para qué?
—Para cuando vuelva.
Me quedé unos segundos en silencio.
—¿Y si tardas mucho?
—No voy a tardar tanto. Estaré de vuelta para Nochebuena.
—Hugo, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—¿Qué vamos a hacer después de Navidad?
Dejó de doblar una camisa y me miró.
—¿A qué te refieres?
—A nosotros. Tú tienes tu vida en Nueva York y yo la tengo aquí. No podemos pasarnos la vida contando los días que faltan para volver a vernos.
—No vamos a hacerlo.
—Lo dices muy convencido.
—Porque lo estoy.
—¿Y tienes alguna solución?
Sonrió ligeramente.
—Estoy trabajando en ello.
—¿En ello?
—En nosotros, Cecé.
Lo miré, intentando averiguar cuánto había detrás de aquellas palabras.
—¿Y no piensas darme más detalles?
—Todavía no.
—Odio las sorpresas.
—Lo sé.
—Y odio todavía más que me dejes con la intriga.
Se acercó y me besó.
—Confía en mí.
—Eso hago, Hugo. Aunque me lo estás poniendo bastante difícil.
—Vamos paso a paso. De momento, nos volveremos a ver en Navidad.
—No tardes más que eso, porque mira que los trajes Hugo Boss tienen buena salida en Wallapop.
—Ni se te ocurra.
—Podría recuperar parte de la inversión.
—Cecé.
—Es broma.
—Más te vale.
Cogí la chaqueta y la sostuve delante de mí.
Todavía recordaba el día que la había comprado y lo poco que se parecía mi vida actual a la que imaginaba entonces.
—¿Sabes una cosa? —dije.
—¿Qué?
—Creo que este traje ha tenido mucha suerte.
Hugo me miró divertido.
—¿Por qué?
—Porque ha acabado encontrando al hombre adecuado.
Su expresión cambió.
Dejó lo que estaba haciendo y se acercó para besarme.
—Me alegro de que lo conservaras.
—Yo también.
Apoyé la frente contra su pecho.
Y, por primera vez desde que había empezado a preparar la maleta, sentí una pequeña esperanza.
No sabía cómo íbamos a organizarnos viviendo a miles de kilómetros.
Pero había dicho «cuando vuelva».
Y yo necesitaba creer en aquellas dos palabras.
Pasamos el resto del domingo juntos.
Comimos en el apartamento, vimos una película que ninguno de los dos siguió demasiado y hablamos de las cosas que haríamos cuando pudiéramos volver a vernos.
Por la noche, Hugo dejó preparada la documentación del viaje, comprobó el horario del vuelo y puso una alarma.
Yo lo observaba desde la cama.
—¿Has revisado el pasaporte? —pregunté.
—Sí.
—¿Y el billete?
—También.
—¿El cargador?
—En la mochila.
—¿La cartera?
Se volvió hacia mí.
—Cecé.
—¿Qué?
—¿Quieres organizarme la salida de emergencia del edificio también?
—No sería mala idea.
Sonrió.
Después apagó la luz y se acostó a mi lado.
Me abrazó por detrás.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Permanecí despierta un rato, sintiendo el calor de su cuerpo junto al mío.
No quería ponerme triste.
No quería estropear nuestra última noche pensando en todo lo que iba a echarlo de menos.
Así que me giré entre sus brazos y lo besé.
Hugo me acarició la mejilla.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Seguro?
—Solo quería darte otro beso.
Sonrió en la oscuridad.
—Puedes darme todos los que quieras.
Y eso hice. Aquella noche volvimos a hacer el amor.
Después nos quedamos abrazados, sin hablar, disfrutando de una intimidad que ya empezaba a resultarme demasiado necesaria.
Hugo me acariciaba la espalda y yo escuchaba su respiración, intentando no pensar que al día siguiente aquella cama estaría vacía.
Pero lo pensé.
Y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Me giré para darle la espalda, con la esperanza de que no se diera cuenta.
Pero Hugo me abrazó por detrás y me besó en el hombro. No dijo nada. Y se lo agradecí.
Horas después sonó la alarma demasiado pronto.
Hugo se levantó para ducharse mientras yo permanecía unos minutos más en la cama, mirando el techo.
Después me obligué a levantarme.
No iba a despedirlo con cara de funeral.
Me lo había prometido.
Cuando salió del baño, ya estaba preparando café.
—Buenos días, Cecé.
—Buenos días.
—¿Has dormido bien?
—A tu lado siempre duermo bien.
Desayunamos.
Hugo terminó de vestirse, comprobó por última vez la documentación y cerró la maleta.
Yo me puse el abrigo y cogí el traje enfundado.
—¿Adónde vas? —preguntó.
—A acompañarte abajo.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
No discutió.
Bajamos juntos.
Hugo había pedido un taxi para ir a Barajas y yo tenía que estar en Aristeo a las nueve. Ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por cumplir con sus obligaciones.
—Bueno —dije, mirándolo en el portal—. Pues ya está.
—Pues ya está —repitió.
—Tres semanas.
—Tres semanas y tres días.
—No me corrijas en un momento tan delicado, Alda.
Sonrió y me rodeó la cintura.
—Te llamaré cuando llegue.
—Y antes de embarcar.
—Y antes de embarcar.
—Y si hay algún retraso…
—También te llamaré.
—Vale.
Me cogió las manos y me miró.
—¿Algo más, Cecé?
—Sí. Que no te olvides de mí en cuanto aterrices en Nueva York.
—Va a ser complicado.
—¿Por qué?
—Porque llevo un mes intentando sacarte de mi cabeza y no lo he conseguido.
Aquello me hizo sonreír, aunque tenía un nudo en la garganta.
—Pues sigue intentándolo. A ver si tienes suerte —bromeé.
—No quiero tenerla. Nos vemos pronto.
Asentí.
Me besó. Un beso largo, de esos que te hacen olvidar durante unos segundos dónde estás.
Después apoyó su frente contra la mía.
—Cuídate mucho.
—Tú también.
Lo abracé con fuerza, consciente de que, cuando me separara de él, ya no podría volver a hacerlo hasta Navidad.
—Y no trabajes tanto.
—Mira quién habla.
—Yo puedo dar consejos que no sigo. Es una de mis muchas virtudes.
Se echó a reír.
Después me dio otro beso, más breve, y me soltó.
—Vete, Cecé. Vas a llegar tarde.
—Tú no pierdas el avión.
—Lo intentaré.
Me alejé unos pasos y me volví.
Seguía allí, junto a su maleta, mirándome.
Le lancé un beso con la mano.
Él fingió atraparlo y guardárselo en el bolsillo de la chaqueta.
En ese momento llegó el taxi.
Lo vi subir al coche.
Antes de cerrar la puerta, me dedicó una última sonrisa.
Yo levanté la mano.
El coche arrancó.
Y me quedé allí, en la acera, hasta que desapareció al doblar la esquina.
Me obligué a darme la vuelta y continué caminando hacia Aristeo.
Tenía correos que responder, reuniones pendientes y un montón de trabajo acumulado. Mi vida seguía exactamente donde la había dejado antes de conocer a Hugo Alda.
O eso habría querido creer.
Porque en mi salón colgaba una lámpara gigantesca que jamás habría comprado por iniciativa propia. Y pronto tendría en mi armario un traje de Hugo Boss esperando a que su dueño regresara.
Lo peor era que todavía no había llegado a Aristeo y ya lo echaba de menos.
Hugo Alda había llegado a Madrid para desorganizarme la existencia.
Y lo había conseguido.
Ahora solo tenía que averiguar cómo iba a sobrevivir tres semanas sin él.