Capítulo 22 #2
—Por si se estaba refiriendo a alguna acrobacia en la cama. No quiero saber. Oye, ¿puedes abrir el cajón aquel del recibidor? A ver si va a estar ahí…
Hugo rebuscó en el cajón inferior donde guardaba las pilas, las velas y todas esas cosas que nunca sabía dónde meter.
—¿Por qué tienes esto aquí? —preguntó Hugo, levantando el cargador de un teléfono que llevaba años sin utilizar.
—Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—No lo sé. Pero el día que lo necesite, lo encontraré.
—O sea que eres organizada… hasta que necesitas encontrar un destornillador. ¿Quizá este?
Le quité el destornillador de un manotazo de la rabia que me dio.
Al cabo de un rato, y después de cortar la corriente y seguir las instrucciones, conseguimos dejar la lámpara instalada.
Nos apartamos para contemplarla.
Era preciosa.
Y enorme.
La pantalla de papel parecía flotar sobre la mesa del salón, aunque ocupaba tanto espacio visual que casi daba la impresión de que habíamos instalado un pequeño planeta.
—¿Qué te parece? —preguntó Hugo.
—Que me encanta.
—Lo sabía.
—Y que me has arruinado el salón.
—Eso también lo sabía. Pero un nuevo mundo se levanta sobre ti.
Le di un golpe suave en el brazo.
—¡Hugo!
Se echó a reír y dio un paso hacia la mesa.
Entonces ocurrió.
Un golpe seco en la cabeza con el aro de bambú de la parte inferior.
—¡Ay, joder! —se lamentó Hugo.
Se llevó una mano a la cabeza.
Yo abrí mucho los ojos.
—¡Te lo dije!
—¿Eso es lo primero que vas a decirme?
—¡Te dije que era demasiado grande!
—Me he dado un golpe, Cecé.
—¿Estás bien?
—Creo que sí.
Me acerqué y le aparté el pelo para examinarle la cabeza.
—A ver.
—No hace falta.
—Estate quieto.
Le examiné la zona donde se había golpeado.
No parecía tener nada importante.
—No tienes sangre.
—Estupendo.
—Ni un chichón.
—Todavía mejor.
—Menos mal que no es de metal.
—Gracias por tranquilizarme.
Lo miré muy seria.
—Esta lámpara es un peligro público.
Hugo levantó los ojos hacia ella.
—Habrá que buscarle un sitio más grande.
—O reducirte veinte centímetros.
—Eso va a ser complicado.
Me rodeó la cintura y me acercó a él.
—¿Te gusta?
Miré la lámpara.
Después lo miré a él.
—Muchísimo.
—Entonces ha merecido la pena.
—Díselo a tu cráneo.
Me besó.
Y pensé que, si alguien me hubiera contado a principios de noviembre que acabaría pasando mi último sábado con Hugo Alda en IKEA, comprando una lámpara gigantesca y examinándole la cabeza en mitad del salón, le habría recomendado que se tomara unas vacaciones.
Sin embargo, allí estaba.
Y era feliz.
Ridículamente feliz.
Cenamos en mi casa debajo de la lámpara y luego nos fuimos al apartamento de Hugo cuando ya era bastante tarde.
Queríamos despertar el domingo allí. Era lo mejor para que él preparara sus cosas para el viaje.
Dejé el bolso sobre una silla, me quité los zapatos y fui directamente al dormitorio.
—Estoy agotada —anuncié, dejándome caer sobre la cama.
Hugo apareció detrás de mí.
—Pues duerme.
Empezó a desabrocharse la camisa.
Lo observé desde la almohada y solo pude pensar en lo bueno que estaba.
—¿Qué haces?
—Quitarme la ropa, Cecé. Es una costumbre que tengo antes de acostarme.
—Ya lo veo.
Se desabrochó otro botón.
—¿Algún problema?
—Ninguno. Pero como sigas así, no respondo de mis actos.
—Entonces voy a procurar no tardar mucho.
—¡Ni se te ocurra darte prisa!
Se quedó mirándome.
Después terminó de desabrocharse la camisa con una lentitud que me pareció completamente deliberada.
—¿Así está mejor?
—Eres un provocador.
—Estoy desnudándome en mi dormitorio.
—Con premeditación y alevosía.
Soltó una carcajada.
Yo me incorporé sobre los codos.
—Ven aquí.
—¿No estabas agotada?
—He recuperado las fuerzas.
—Qué capacidad de recuperación.
—Hugo.
—¿Sí?
—Como me obligues a levantarme, te vas a arrepentir.
Se acercó a la cama.
Lo agarré de la camisa abierta y tiré de él hasta que quedó inclinado sobre mí.
—Buenas noches —susurré.
—Todavía es pronto.
—Mejor.
Lo besé.
Al principio sonrió contra mis labios, pero dejó de hacerlo cuando le rodeé el cuello con los brazos y lo atraje un poco más.
Me encantaba besarlo.
Me encantaba su manera de responder, la facilidad con la que conseguía que se me olvidaran las preocupaciones y aquella costumbre suya de detenerse un instante para mirarme como si quisiera asegurarse de que yo estaba tan feliz como él.
Le acaricié la nuca.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si fueras a decir algo importante.
—Estaba pensando que eres preciosa.
—Ah.
—¿Te molesta?
—Muchísimo. Sigue.
Se rio y volvió a besarme.
Y aquello se desató.
Acabamos sin ropa. Pero aquella noche fui yo quien lo buscó una y otra vez. Quería sentirlo cerca, besarlo sin mirar el reloj y disfrutar de esa intimidad que habíamos construido casi sin darnos cuenta.
En algún momento dejamos de hablar.
La habitación quedó en silencio, salvo por nuestras respiraciones y el ruido lejano del tráfico.
No había horarios, reuniones ni teléfonos reclamando nuestra atención.
Solo nosotros.
—Me gustas tanto… —dijo él.
Hugo estiró la mano, cogió un condón que estaba sobre la mesilla, se lo puso y se tumbó sobre mí.
Le rodeé el cuello con los brazos y lo atraje hacia mis labios. Me besó despacio al principio, con una ternura que me hizo cerrar los ojos, pero enseguida los dos perdimos aquella paciencia inicial.
—Hugo… —murmuré.
—Estoy aquí.
Lo sabía. Lo tenía tan cerca que podía sentir su respiración agitada contra mi mejilla, el calor de su piel y los latidos acelerados de su corazón.
Comenzamos a hacer el amor sin apartar los ojos el uno del otro. Se me escapó un grito y él se detuvo un instante para mirarme.
—¿Estás bien?
Asentí y le acaricié la cara.
—Estoy mejor que bien.
Sonrió antes de volver a besarme.
Recuerdo sus manos sujetándome con delicadeza, mis dedos recorriéndole la espalda y las pequeñas gotas de sudor que empezaron a aparecer en su frente. Recuerdo también que nos reímos cuando nuestros movimientos hicieron crujir la cama.
—Como la rompamos, la pagas tú —susurré.
—Me parece justo.
—Hugo…
—¿Qué?
—Bésame.
Y me besó.
Después nos dejamos llevar. Cambiamos de postura, nos buscamos de nuevo y seguimos haciendo el amor entre respiraciones agitadas, caricias y besos que parecían no terminar nunca. En algún momento acabé boca abajo, con Hugo a mi lado, apartándome el pelo de la nuca para besarme los hombros.
La habitación estaba cada vez más cálida. Tenía el pelo revuelto, las mejillas encendidas y la sensación de que aquella noche había dejado de existir cualquier cosa que no fuéramos nosotros.
Entonces Hugo se sentó en mitad de la cama y me tendió los brazos.
Me acerqué y me acomodé sobre sus piernas, frente a él, rodeándole la cintura con las mías.
Nos abrazamos y seguimos haciendo el amor sin dejar de mirarnos.
Hugo tenía la frente húmeda y respiraba deprisa. Me sujetaba por la cintura con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de aquel momento.
Y algo cambió.
Hasta entonces había habido pasión, deseo, impaciencia y esa alegría casi absurda que me producía estar con él. Pero en aquel instante, mientras lo abrazaba, sentí que toda aquella felicidad tenía una sombra. Una que ninguno de los dos quería nombrar.
Le acaricié el rostro.
Él cerró los ojos un segundo y apoyó la frente contra la mía.
Sentía los latidos de su corazón contra mi pecho. O quizá eran los míos. Los dos respirábamos tan deprisa que resultaba imposible distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro.
—Cecé… —susurró.
Abrí los ojos.
Hugo me miraba de una manera que nunca había visto en él.
Había algo profundamente emocionado en su expresión, una vulnerabilidad que me conmovió tanto como sus palabras de amor de unos días antes.
Y entonces lo comprendí.
Él también estaba pensando en el lunes.
En el avión.
En Nueva York.
En todo lo que estaba a punto de separarnos.
Quise decirle que no pensara en eso. Que todavía estábamos allí, juntos, y que no teníamos por qué estropear aquel momento adelantando una despedida que ninguno deseaba.
Pero no pude hablar.
Porque yo estaba pensando exactamente lo mismo.
Hugo me estrechó entre sus brazos y escondió un instante el rostro en mi cuello. Lo abracé con todas mis fuerzas.
Permanecimos así unos segundos, sin decir nada.
Cuando volvimos a mirarnos, tenía los ojos brillantes.
No sé si él vio lo mismo en los míos.
Creo que sí. Porque me acarició la mejilla con una ternura que casi me hizo llorar.
—Te voy a llevar conmigo siempre —murmuró.
Le pasé los dedos por el pelo.
—Y yo a ti.
Nos besamos otra vez, despacio, sin soltarnos.
No quería que terminara aquella noche. No quería levantarme de sus brazos ni volver a mirar el calendario. Quería quedarme allí, con él, en aquella habitación, y que el mundo siguiera girando sin nosotros.
Hugo me hizo recostarme suavemente hasta que volví a quedar boca arriba. Después se tumbó encima de mí, apoyándose en los brazos para no dejarme caer todo su peso.
Le rodeé el cuello y lo atraje hacia mis labios.
Seguimos así, cada vez más unidos, hasta que la emoción y el deseo terminaron por desbordarnos.
Luego, Hugo deslizó su mano hasta mi clítoris, lo estimuló con los dedos y ya no pude más.
Estallé de un modo tan intenso que él fue detrás de mí y se corrió abrazándome muy fuerte.
Un rato después, cuando estábamos abrazados bajo las sábanas, Hugo me dio un beso en la sien.
—¿Estás bien?
—Estoy todo lo bien que puede estar una chica que está colgada de un chico que se va a ir el lunes.
Apoyé la cabeza en su pecho.
—Pero que volverá para Navidad.
—Se me va a hacer largo.
—Pero todavía tenemos tiempo… Todavía tenemos esta noche y mañana todo el día.
Cerré los ojos.
Todo el día.
Me aferré a aquellas palabras porque todavía no quería pensar en el siguiente.
Al poco nos quedamos dormidos.