No me vuelvas loca Capítulo 22
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Capítulo 22

Me desperté con una mano apoyada en la cintura y la agradable sensación de no tener ninguna obligación que cumplir.

Era sábado.

No tenía que levantarme a las siete, revisar correos, comprobar horarios ni perseguir a ningún profesor por los pasillos de Aristeo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, tampoco tenía que preocuparme por Hugo Alda.

Bueno, eso último era discutible, porque lo tenía durmiendo a mi lado y había descubierto que aquel hombre podía convertirse en una preocupación de dimensiones considerables.

Me giré despacio para mirarlo.

Dormía boca abajo, con un brazo debajo de la almohada y el pelo ligeramente revuelto. Había dejado de parecerme aquel empresario insoportable que había recogido en Barajas hacía menos de un mes y se había convertido en alguien cuya presencia me resultaba tan necesaria como el café de las mañanas.

Aquello tenía bastante mérito.

Y también me daba muchísimo vértigo.

—Como sigas mirándome así, voy a empezar a cobrarte —murmuró sin abrir los ojos.

—¿Estabas despierto?

—Desde que has empezado a examinarme.

—No te estaba examinando.

Abrió un ojo.

—¿Entonces?

—Comprobaba que siguieras respirando.

—Qué romántica eres, Cecé.

—Muchísimo. Ahora vuelve a dormir.

En lugar de obedecer, me rodeó con un brazo y me atrajo hacia él.

—Buenos días, guapísima.

—Buenos días, cañonazo.

Me besó.

Y durante un rato bastante largo se me olvidó que teníamos una reserva para comer a las dos.

Cuando finalmente conseguimos levantarnos, Hugo se preparó un café mientras yo me duchaba. Después se duchó él y yo aproveché para cambiarme de ropa tres veces.

No porque quisiera impresionarlo.

Por supuesto que no.

Simplemente, no sabía dónde íbamos y me parecía razonable contemplar distintas posibilidades.

—¿No podrías darme una pista de adónde vamos? —le pregunté cuando me vio aparecer con el tercer conjunto.

—No sería una sorpresa.

—Llevo más de veinte minutos cambiándome.

—Me gustas con todo.

—Eso no me ayuda. ¿Con qué estaba mejor?

—El segundo vestido me gustaba.

—Me veía como un botijo con hombreras.

Hugo me miró de arriba abajo.

—Clara.

—¿Qué?

—No digas tonterías.

—No son tonterías. Es una apreciación estética.

—Pues tu apreciación estética está equivocada.

Me acerqué para arreglarle el cuello del jersey.

—¿Vamos a algún sitio elegante?

—Vamos a comer.

—Como al final me lleves al Burger King te mato.

—Caliente, caliente.

—¡Eres desesperante!

—Y tú estás preciosa hasta cuando se te marcan las arrugas del ceño.

Me dio un beso en la frente y cogió las llaves.

Decidí quedarme con el tercer conjunto.

La sorpresa resultó ser un restaurante de Chamberí.

Uno de esos sitios donde la decoración parecía escogida por alguien con mucho gusto y bastante más dinero del que yo tenía en mi cuenta corriente.

La comida estuvo estupenda.

El servicio, impecable.

Y la compañía…

Bueno, la compañía era un problema, porque cada vez que Hugo me sonreía al otro lado de la mesa me daban ganas de pedirle al camarero que nos encerrara allí hasta después de Navidad.

Hablamos de muchas cosas. De nuestras familias, de Aristeo, de lo que haríamos para diciembre y hasta de un libro que había empezado a leer y que, según él, le había volado la cabeza.

No hablamos de despedidas.

Fue un acuerdo tácito.

Cuando salimos del restaurante, el cielo estaba despejado y hacía ese frío madrileño de finales de noviembre que te ponía colorete gratis.

—¿Te apetece dar una vuelta? —quiso saber Hugo.

—Sí. Hemos comido demasiado.

—Tú has dicho que no querías postre —me recordó.

—Y tú has pedido uno.

—Para compartir.

—Que me he comido casi entero. El helado me gusta demasiado.

—¿Más o menos que yo? —preguntó Hugo.

—Yo creo que estáis a la par.

—Pues tú me gustas más que el pulpo.

—¡Lo tuyo es adicción! —exclamé divertida.

—Exacto.

Él sonrió y seguimos caminando.

No sabía si había utilizado lo de la adicción sin pensar o si pretendía provocarme, pero decidí no investigar. Últimamente, mi corazón ya tenía suficiente trabajo.

Paseamos por varias calles de Chamberí, sin un destino concreto.

A Hugo le gustaba detenerse ante los edificios antiguos. Levantaba la mirada hacia los balcones, se fijaba en las magníficas puertas de madera tallada de los portales y comentaba detalles arquitectónicos que a mí me habrían pasado completamente inadvertidos.

—Mira ese edificio —dijo, señalando uno de fachada clara y balcones de hierro.

—Muy bonito.

—¿Te imaginas cómo serán los pisos?

—Carísimos.

—Me refiero por dentro.

—Pues supongo que tendrán habitaciones, cocina, baños… Lo habitual.

—Imagina con un poco de gracia.

—Es que yo soy una mujer práctica.

—Pero puedes imaginarte un salón con cortinas de lunares —habló muy serio.

—Poder puedo, pero no sueño con salones con cortinas de lunares —repliqué riendo.

—¿No te gustaría llegar a casa y pensar que estás en la Feria de Sevilla? —me preguntó con esa mirada gamberra de cuando me vacilaba.

—No me ha dado por ahí.

Nos detuvimos delante de otro edificio y volvió a ponerse serio:

—Me gustan estos pisos antiguos —comentó—. Los techos altos, los balcones, las habitaciones grandes…

—A mí también. Siempre me ha gustado Chamberí.

—¿Te gustaría vivir aquí?

Solté una carcajada.

—Si me toca la lotería.

—¿Tanto te gusta?

—Muchísimo. De momento estoy a gusto en mi casa.

—Aunque sea pequeña.

—Es pequeña, pero tiene todo lo que necesito.

Hugo arqueó una ceja.

—¿Todo?

—Bueno, casi todo.

—¿Qué le falta?

—Una lámpara.

Me miró como si acabara de comunicarle una urgencia de vida o muerte.

—¿Una lámpara?

—Sí. Para el salón. Llevo meses queriendo cambiar la que tengo y nunca encuentro el momento. He visto algunas en IKEA que me vendrían fenomenal.

—¡Vamos a comprarla!

Me detuve y lo miré como si se hubiera vuelto loco.

—¿Ahora?

—¿Por qué no?

—Porque estamos paseando por Chamberí.

—Y podemos dejar de pasear.

—Hugo, es nuestro último sábado juntos.

Hugo se acercó a mí, me acarició la mejilla helada y replicó:

—Quiero pasar el día contigo sin pensar en nada más.

Aquello me dejó sin argumentos durante unos segundos. Una situación bastante poco frecuente para mí.

—Además —añadió—, nunca he ido a IKEA contigo.

—¿Y eso es algo que tienes pendiente en la vida?

—Una de tantas.

—Uf. Un sábado por la tarde en Ikea. No sabes dónde te estás metiendo.

—Soy un hombre valiente.

—Ya veremos cuánto te dura.

—Seré fuerte. Todo sea por atesorar recuerdos bonitos y muy intensos.

Dos horas después, Hugo Alda estaba en IKEA de La Gavia examinando una lámpara de techo con la concentración de un ingeniero encargado de poner un satélite en órbita.

Yo había encontrado tres modelos bastante discretos.

Los tres me gustaban.

Los tres tenían un precio razonable.

Y los tres habían sido descartados por el señor Alda.

—Esta —dijo Hugo, señalando una cuarta.

Levanté la cabeza.

Era una lámpara de papel de arroz y bambú, con una pantalla redonda de sesenta y siete centímetros de diámetro.

—¿Cómo se llama? —pregunté, mirando la etiqueta para ver el precio.

—TAGGTOFS/HAVSDJUP.

—¿Perdona?

—TAGGTOFS/HAVSDJUP —repitió Hugo, haciendo un esfuerzo por pronunciarlo.

—Es ideal —ironicé—. No me cabe en el salón y tampoco voy a ser capaz de decir cómo se llama.

—Yo es que tuve una novia sueca.

—No debiste hablar mucho con ella a tenor de tu pronunciación.

—Duró poco. Pero ¿de verdad que no te gusta la lámpara?

La miré otra vez.

Era enorme.

No grande.

Enorme.

Una lámpara que habría quedado estupendamente en un salón de cuarenta metros cuadrados.

El mío tenía bastantes menos.

—Ni hablar.

—¿Por qué?

—Porque no cabe.

—¡Claro que cabe! —insistió él.

—Hugo, mi salón es pequeño.

—Pero el techo tiene una altura normal.

—El techo sí. Lo que no tengo es espacio para organizar una conferencia debajo de la lámpara.

—Es bonita.

—Es gigantesca.

—Tiene personalidad.

—Tiene más personalidad que algunos de mis exnovios, pero eso no significa que quiera llevármela a casa.

—¿Estás comparando la lámpara con Arman? —comentó burlón.

Hugo volvió a mirarla intentando contener la carcajada.

—¡No voy a comprar esa lámpara!

—Yo me la llevaría.

—Porque tú no tienes que vivir debajo.

—No la veo tan aparatosa.

—Como la pongamos encima de la mesa, voy a tener que agacharme para pasar.

—Se puede regular la altura.

—¿Y si la regulamos hasta el techo? —se me ocurrió, porque la verdad era que la lámpara me gustaba.

—Entonces pierde parte de la gracia.

Lo miré con los brazos cruzados.

—Venga, no dudes más. Yo te la regalo.

—¿Y si me la regalas va a encoger? —repliqué, entre risas—. Y no es por el precio —aclaré—. Es barata. Pero yo busco algo más pequeño. Mira, esta es perfecta —insistí, señalando una más pequeña.

—Es muy sosa.

—Es una lámpara, Hugo. No tiene que ganar un concurso a Miss Simpatía.

—La grande quedaría mejor.

—¿En qué casa?

Me miró con una expresión que no supe interpretar.

—En una con un salón más amplio.

—Pues cuando me toque la lotería, volvemos a por ella.

—¿Y si te la regalo ahora?

—¿Para guardarla debajo de la cama?

—Para disfrutarla mientras tanto.

Negué con la cabeza.

—¿Tú eres tonto? ¿Cómo voy a disfrutar con este armatoste en mi salón?

—La lámpara te gusta. De hecho, es la que más te gusta.

La miré otra vez y tuve que reconocer que era preciosa, con aquella pantalla de papel que dejaba pasar una luz suave y cálida.

Y también completamente desproporcionada.

—Es demasiado grande —repetí, ya con menos convicción.

Hugo sonrió.

—Hazme caso, Cecé.

—Esa frase suele preceder a una catástrofe.

—Compra la grande.

Lo miré una última vez. Después miré la lámpara y cometí el error de hacerle caso.

Instalarla resultó bastante más complicado de lo que habíamos previsto.

Primero tuvimos que quitar la anterior. Después descubrir que uno de los tornillos no quería colaborar. Luego buscar una herramienta que yo estaba convencida de tener…

—Al final va a ser más rápido llamar a mi padre. Aunque Bea me ha escrito hace un rato y estaban haciendo dominadas. No he querido ni preguntar…

—¿Por qué?