Capítulo 21 #2
—Ya. Es que todavía estoy adaptándome a que mi padre y mi mejor amiga intercambien información sobre mí.
—No intercambiamos información sobre ti.
La miré.
—¿En serio?
—Bueno, alguna cosa comentamos.
—Me imagino.
—¿Y qué tal estás tú?
Aquella pregunta me hizo sonreír.
—Bien. Creo que necesitábamos hablar de algunas cosas.
Bea asintió sin pedirme detalles.
Se lo agradecí.
—Y, por cierto, ya le he contado que estoy con Hugo.
Abrió mucho los ojos.
—¿Se lo has dicho?
—Sí. Bueno, me ha preguntado y se lo he confirmado.
—¿Y qué ha dicho?
—Que ya era hora.
Bea se echó a reír.
—Normal. Después de ver cómo te miraba en aquella comida.
—Sí, gracias. Ya me ha quedado claro que todo el mundo sabía lo que estaba pasando menos yo.
—No todo el mundo.
—¿Quién no?
Bea se quedó pensando.
—Patricio, pero porque todavía no estaba en nuestras vidas.
—Qué consuelo.
Seguimos riéndonos hasta que alguien llamó a la puerta para preguntarme por los certificados del viernes.
Y volvimos al trabajo.
Porque en Aristeo una podía reconciliarse con su padre, enamorarse de un empresario y descubrir que su mejor amiga iba camino de convertirse en su madrastra, pero los certificados tenían que estar preparados.
A ser posible, sin equivocarse en una coma.
Terminé todo lo que tenía pendiente y esa noche la pasé con Hugo.
Y qué noche.
Cada momento a su lado me hacía más consciente de lo poco que nos quedaba. Porque, aunque intentaba disfrutar de él sin pensar en el lunes, no podía evitar imaginar cómo sería mi vida cuando se marchara. Y cuanto más feliz era con Hugo, más miedo me daba tener que acostumbrarme a su ausencia.
Desayunamos juntos en casa y nos fuimos a trabajar de la mano.
Si el paraíso existía, tenía que parecerse bastante a aquello.
Y no estaba exagerando.
Estaba enamorada como una perra.
No puedo decir otra cosa.
Me sentía flotar, aunque a ratos tenía que bajar a la tierra.
Como sucedió el jueves por la mañana, cuando Marta se acercó a mí mientras estaba comprobando la distribución de los asientos para la clausura.
—Clara, una pregunta.
—Dime.
—¿Ayer por la tarde había alguna actividad del programa por la zona de Cuzco?
Levanté la mirada.
—No. ¿Por qué?
—Porque vi a Hugo entrando en un edificio de oficinas cerca de la Castellana.
—¿Dónde exactamente?
Me dio la dirección.
—¿Estás segura de que era él?
Marta sonrió.
—Bastante. No es un hombre que pase precisamente desapercibido.
En eso no podía discutirle nada.
—Pues no sé qué estaría haciendo —respondí.
—Sería alguna cosa suya, particular. Bueno, te dejo, que llego tarde.
Y se marchó encantada de haberme dejado aquel regalito envenenado.
Yo volví a lo mío, aunque me costó bastante más concentrarme.
Sabía que Hugo tenía una comida de negocios y varias clases aquella tarde, así que no esperaba verlo hasta bastante más tarde. Sin embargo, aprovechó un descanso entre sesiones para pasarse por mi despacho.
—Buenas tardes, Cecé. ¿Qué tal va todo?
Hugo me dio un beso en el cuello y sonreí como una boba. Y, como sabía que enseguida tenía que volver a clase, aproveché para preguntárselo.
—Bien. Oye, una cosa… Me han comentado que ayer te vieron entrando en un edificio de oficinas.
Se detuvo delante de mi mesa.
—Me paso el día entrando en edificios de oficinas.
—Bueno, me lo han comentado…
—Qué observadora es la gente.
—Marta, concretamente.
—Ah.
Lo miré.
—¿Qué hacías allí?
—Cosas de ALDA.
Esperé a ver si añadía algo más y pregunté:
—¿Cosas de ALDA?
—Así es.
—Qué explicación tan completa.
—Gracias —replicó juguetón.
—No era un cumplido —aclaré por si no se había dado cuenta.
Se acercó a mí y me dio un beso.
—Ya lo sé, Cecé.
—¿No me vas a contar nada más?
—Ahora mismo, no.
Lo observé unos segundos.
Hugo seguía sonriendo, pero había algo en su respuesta que me hizo comprender que no estaba tomándome el pelo.
—¿Es confidencial? —supuse.
—De momento, sí.
—Vale —resoplé.
No me encantaba quedarme con la curiosidad, pero entendía que hubiera asuntos de su empresa que no pudiera contarme.
—¿Vale?
—Sí. Aunque me parece fatal que me hayas acostumbrado a tus explicaciones interminables y ahora me despaches con tres palabras.
—Puedo darte cuatro.
—No te esfuerces, anda.
Se rio y me rodeó la cintura.
—¿Cómo llevas lo del viernes?
—Todo preparado.
—¿Todo?
—Hugo, llevo preparando esta clausura desde antes de que tú perdieras la maleta en Barajas.
—No la perdí yo.
—Es verdad.
Me estrechó contra él y me besó con una intensidad que me pilló desprevenida.
Durante unos segundos se me olvidaron el edificio, los certificados y hasta la distribución de los asientos.
Después apoyó la frente contra la mía.
—Se está acabando el mes, Cecé.
Se me encogió algo por dentro.
—Ya.
—Ha pasado rápido.
—Depende. Los primeros días fueron bastante largos.
—¿De verdad que fue para tanto?
—Me cambiaste la agenda unas cuarenta veces.
—Treinta y ocho.
—¡Encima las contaste!
Se echó a reír.
Yo también.
Pero cuando volvió a besarme, ya no me hizo tanta gracia pensar en el lunes.
Esa noche también la pasamos juntos.
Y el viernes llegó el último día del programa.
A las ocho de la mañana estaba en Aristeo comprobando por tercera vez que todo estuviera en su sitio.
Los certificados, las carpetas, el equipo de sonido, el agua, la disposición de las sillas y hasta las flores que alguien había decidido colocar junto al atril.
Todo.
Absolutamente todo.
Excepto mis ganas de que terminara.
Resultaba curioso.
Llevaba un mes deseando que Hugo Alda cumpliera su agenda, no improvisara actividades y llegara puntual a los compromisos.
Y ahora que estábamos a punto de conseguirlo, habría pagado por disponer de otras cuatro semanas.
Hugo apareció cuando faltaban diez minutos para comenzar.
—Buenos días, Cecé.
Consulté el reloj.
—Llegas pronto.
—Quería darte una alegría.
—Pues casi me da algo.
Se acercó y bajó la voz.
—¿Estás nerviosa?
—No.
—¿Seguro?
—Vale. Un poco.
Me apretó la mano discretamente.
—Va a salir bien.
Y salió.
Los participantes hicieron sus últimas intervenciones, se entregaron los certificados y llegó el momento de la clausura.
El presidente de la fundación subió al atril.
Agradeció a los asistentes su participación, destacó el nivel del programa y dedicó unas palabras especialmente elogiosas a Hugo.
Yo escuchaba desde un lateral, orgullosa de él.
Y, de pronto, el presidente pronunció mi nombre.
—Antes de terminar, quiero hacer un reconocimiento especial a Clara Cid.
Levanté la cabeza.
¿Perdón?
—Quienes trabajamos en esta fundación sabemos que detrás de un programa de estas características hay meses de preparación, coordinación y esfuerzo. Y buena parte del éxito de esta edición se debe al extraordinario trabajo de Clara.
Noté que me ardían las mejillas.
—Su profesionalidad, su capacidad para resolver problemas y su compromiso con Aristeo merecen nuestro agradecimiento. Estamos muy orgullosos de contar con ella.
La sala empezó a aplaudir.
Yo me quedé quieta.
Bea, que estaba cerca de la primera fila, me dedicó una sonrisa enorme.
Y Hugo…
Hugo me miraba con una expresión que me hizo sentir todavía más emocionada.
Aplaudía como los demás, pero no apartaba los ojos de mí.
Tuve que hacer esfuerzos ímprobos para no ponerme a llorar.
Cuando terminó el acto, los participantes comenzaron a recoger sus cosas y a despedirse.
Hubo apretones de manos, felicitaciones y fotografías.
El presidente se acercó a darme la enhorabuena personalmente.
Bea me abrazó en cuanto tuvo ocasión.
—Te lo mereces, Clara.
—No me habían avisado de que iban a decir nada.
—Ya me he dado cuenta por tu cara.
—Podrían haberme preparado psicológicamente.
—Entonces habrías pasado tres días pensando en ello.
No le faltaba razón.
Hugo apareció a nuestro lado.
—Enhorabuena, Cecé.
—Gracias.
—Estoy muy orgulloso de ti.
Aquello me emocionó más de lo que esperaba.
—Bueno, tampoco te pongas así, que voy a acabar llorando.
—Pues llora.
—Ni hablar. Llevo máscara de pestañas.
Bea se echó a reír y nos dejó solos con la excusa de atender a unos participantes.
Hugo me cogió de la mano.
—Ha sido un programa estupendo.
—Gracias.
—Y una coordinadora bastante competente.
—¿Bastante?
—Muy competente.
—Mejor.
—Aunque un poco mandona.
—Tenía que serlo.
—Y obsesionada con los horarios.
—Como debe ser.
—Y con las carpetas.
—Como sigas, te retiro el certificado.
—No tengo certificado.
—Pues te hago uno para poder retirártelo.
Se rio y me atrajo hacia él.
—Voy a echar de menos esto.
La sonrisa se me quedó a medio camino.
—Yo también.
Nos miramos unos segundos.
Quedaban dos días.
Dos días antes de que Hugo regresara a Nueva York y yo tuviera que acostumbrarme a no verlo aparecer en mi despacho, a no escuchar su voz en los pasillos y a no recibir mensajes preguntándome dónde tenía que estar cuando llevaba la agenda entera en el móvil.
—Oye —dijo de pronto—. ¿Tienes planes para mañana?
—Depende.
—¿De qué?
—De si vas a obligarme a organizar algo.
—Pensaba invitarte a comer.
—¿Dónde?
—Es una sorpresa.
Lo miré con desconfianza.
—No me gustan las sorpresas.
—Ya lo sé.
—Y tampoco me gusta que improvises.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues haciéndolo?
—Porque, a pesar de todo, te has enamorado de mí.
Lo fulminé con la mirada.
—No sé cómo ha podido pasar.
—Yo tampoco, Cecé. Yo tampoco.
Y me besó.
Allí mismo, en uno de los pasillos de Aristeo, donde durante un mes había intentado mantenerlo todo bajo control.
Todo menos aquello.
Cuando nos separamos, Hugo me acarició la mejilla.
—Tenemos reserva a las dos de la tarde.
—¿Y qué tengo que ponerme?
—Lo que quieras. Estás guapa con cualquier cosa.
Se alejó riéndose antes de que pudiera replicarle.
Me quedé mirándolo.
El programa había terminado.
Había conseguido que Hugo Alda sobreviviera casi un mes en Madrid, cumpliera sus compromisos y dejara una impresión magnífica en la fundación.
Profesionalmente, había sido un éxito.
Personalmente…
Personalmente estaba enamorada hasta las trancas del hombre que el lunes tenía un avión a Nueva York.
Y eso no figuraba en ninguna de las cuarenta y dos carpetas que había preparado.
Ni siquiera en la mía.