No me vuelvas loca Capítulo 21
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Capítulo 21

Mi padre hacía los mejores macarrones del mundo.

Lo digo con conocimiento de causa, porque llevaba un montón de años comiéndolos y, a pesar de haber probado pasta en restaurantes italianos donde te cobraban dieciocho euros por cuatro espirales y una hoja de albahaca, seguía sin encontrar nada que pudiera hacerles sombra.

Tenían tomate, carne picada y queso rallado. Ningún ingrediente secreto, ninguna receta heredada de una bisabuela napolitana y, desde luego, ninguna pretensión gastronómica.

Pero eran los macarrones de mi padre.

Y eso los convertía en algo especial.

Sobre todo porque fue el primer plato que cocinó cuando comenzó a salir de la depresión.

Hasta entonces, había sido yo quien se ocupaba de preparar la comida, muchas veces siguiendo las instrucciones que mi madre me daba por teléfono.

Tenía diez años y había llegado a pedirles a los Reyes Magos un robot de cocina.

Por eso, el día que mi padre volvió a ponerse delante de una cazuela y me dijo que me sentara, que él se encargaba de todo, sentí que algo empezaba a cambiar.

Desde entonces, aquellos macarrones se convirtieron en nuestro plato. El suyo y el mío.

Cuando el martes llegué a su casa, el olor ya había invadido el rellano.

Abrí con mis llaves y lo encontré en la cocina, removiendo la cazuela con una cuchara de madera.

—Hola, papá.

—¡Clarita! Justo a tiempo.

Me dio un beso en la mejilla y volvió a ocuparse de la comida.

—¿Has hecho mucha cantidad?

—La de siempre.

Me asomé a la cazuela.

—O sea, para alimentar a una familia de seis.

—Tú repites.

—Porque me obligas.

—Porque están buenos.

No podía discutirle aquello.

Puse la mesa mientras él terminaba de preparar la comida. Era una costumbre tan antigua que ni siquiera necesitábamos ponernos de acuerdo. Mi padre cocinaba, yo sacaba los platos y después discutíamos sobre quién tenía que recoger.

Normalmente ganaba él.

O eso creía.

Nos sentamos y me sirvió una ración que habría hecho llorar de emoción a cualquier corredor de maratones.

—Papá, no voy a cruzar los Pirineos andando.

—Come, anda.

Probé el primer bocado.

Estaban buenísimos, como siempre.

—Bueno —dije después de tragar—. ¿Qué querías contarme?

Mi padre dejó el tenedor.

—¿No puedo invitar a mi hija a comer sin tener que contarle nada?

—Puedes. Pero cuando me llamas un lunes para invitarme a macarrones un martes, sospecho que hay algo más que una oferta gastronómica.

—Siempre has sido muy lista.

—Y tú muy poco discreto.

Se limpió la boca con la servilleta.

—Quería hablarte de Beatriz.

Lo dijo sin rodeos.

Dejé el tenedor sobre el plato.

—Ah.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Ah?

—Sí. Ah.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga? ¿Me levanto y te aplaudo?

—No, mujer. Pero esperaba alguna pregunta.

—Ya me lo ha contado todo ella.

—Lo sé, pero a lo mejor quieres preguntarme algo a mí.

—¿Estás contento?

Su expresión apenas cambió. Esbozó una sonrisa pequeña, de esas que no necesitan exhibirse para resultar evidentes.

—Mucho.

Lo miré unos segundos.

—Pues me alegro, papá.

—¿De verdad?

—De verdad.

Asintió, visiblemente aliviado.

—Beatriz es una mujer estupenda.

—¡Yo la vi antes! No tienes que convencerme de nada.

—Es inteligente, divertida, tiene mucho carácter…

—Eso último también lo sé. ¡Fue mi jefa!

—Y me hace reír.

Me quedé mirándolo. Había algo en la manera en que lo decía que me resultó inesperadamente conmovedor. Hacía mucho tiempo que no lo escuchaba hablar así de alguien.

—Me gusta verte así —admití.

—Y a mí me gusta que te lleves tan bien con ella.

—Hombre, papá. Bea es mi mejor amiga.

—No quiero que nuestra relación afecte a vuestra amistad.

—La situación es un poco peculiar. Pero mientras no me quites a mi amiga, todo va a estar bien.

Se echó a reír.

—No te la voy a quitar.

—Más te vale. Que una cosa es compartirla y otra que ya no la vuelva a ver el pelo.

Mi padre soltó una carcajada. Después se quedó callado un momento y dijo:

—Eso no va a pasar jamás. Una de las cosas que más me gustan de Bea es lo mucho que te quiere.

Aquello me desarmó un poco.

—Yo también la quiero mucho.

—Lo sé. Y me gusta que tengas a alguien así en tu vida.

Bajé la mirada al plato.

—La tengo.

Mi padre cogió el vaso de agua, pero no llegó a beber.

—Clara, hay otra cosa de la que quería hablar contigo.

Levanté los ojos.

—Dime.

—De nosotros.

—¿Qué pasa con nosotros?

Mi padre respiró hondo, se lo pensó un poco y luego respondió:

—Que hay cosas que no hice bien cuando eras pequeña. Después de que tu madre y yo nos separáramos, pasé una época muy mala. Qué te voy a contar.

Pues sí. Qué me iba a contar.

Había visto a mi padre pasar días enteros sin apenas levantarse del sofá. Lo había visto perder peso, dejar de interesarse por cosas que antes le entusiasmaban y esforzarse por aparentar una normalidad que no existía.

También había aprendido demasiado pronto a no pedirle determinadas cosas.

—Estaba enfermo —continuó—. Pero eso no cambia que tú necesitaras un padre y que yo muchas veces no estuviera como tenía que estar.

Noté una presión en el pecho.

—Papá…

—Déjame terminar, hija.

Me callé.

—Durante mucho tiempo pensé que con trabajar, cuidar de ti y procurar que no te faltara nada estaba cumpliendo. Y supongo que hacía lo que podía. Pero ahora veo que me perdí muchas cosas.

Me miró con una tristeza que no recordaba haber visto nunca en sus ojos.

—Y tú también te las perdiste.

Tragué saliva.

Pensé en Daniela.

En la facilidad con la que mi padre jugaba con ella, en cómo le prestaba atención y en lo natural que le salía demostrarle cariño.

Me alegraba muchísimo verlo así.

Y, al mismo tiempo, había una parte de mí que no podía evitar pensar que Daniela estaba conociendo al padre que yo habría querido tener.

—El otro día, cuando te vi con Daniela… —empecé.

—Dime.

—Me dio mucha alegría. De verdad. Pero también sentí algo raro.

—¿Por qué?

Busqué las palabras.

—Porque durante un momento pensé que ella estaba teniendo una parte de ti que yo no tuve.

Mi padre bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Aquella respuesta me sorprendió.

No intentó justificarse ni decirme que estaba exagerando.

Simplemente lo reconoció.

—Me habría gustado ser ese padre contigo —añadió—. Y siento muchísimo no haberlo conseguido.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Sé que no fue culpa tuya estar enfermo.

—Pero sí es responsabilidad mía reconocer lo que te faltó —admitió con un nudo en la garganta—. Sé que muchas veces fuiste tú quien cuidó de mí cuando tendría que haber sido al revés.

Me quedé mirando el mantel.

Había hablado de aquello en terapia. Muchas veces. Había aprendido a comprender lo que ocurrió y a dejar de culpar a un hombre que bastante había sufrido ya.

Pero escucharlo de su boca era diferente.

—Yo también siento haber estado tan enfadada contigo durante algunos años —murmuré.

—Tenías derecho a estarlo.

—Ya, pero fui bastante borde.

—Y algunos días insoportable.

Lo miré haciéndome la indignada.

—¡Papá!

Se echó a reír.

Y yo acabé riéndome entre lágrimas.

Mi padre alargó una mano por encima de la mesa y cogió la mía.

—Estoy muy orgulloso de ti, Clara. De la mujer en la que te has convertido. Y te quiero muchísimo, aunque no siempre haya sabido demostrártelo.

Apreté sus dedos.

—Yo también te quiero.

Nos quedamos así unos segundos.

Después me limpié las mejillas con la servilleta.

—Bueno. Ya está bien, que se me están enfriando los macarrones.

—Pues come, hija —replicó mientras también se secaba las lágrimas.

Cogí el tenedor y le advertí:

—Y una cosa te digo: como a Daniela también le hagas macarrones, tendremos un problema.

Mi padre soltó una carcajada.

—Los tuyos son los tuyos.

—Eso espero.

Comimos un rato en silencio.

Hasta que mi padre volvió a hablar.

—Por cierto, ¿qué tal Hugo?

Levanté la cabeza.

—Bien.

—¿Sigue en Madrid?

—Hasta el lunes.

—Y si se va el lunes, supongo que lo echarás de menos.

Me entretuve ensartando un macarrón en una de las púas del tenedor, una maniobra bastante absurda.

—Sí.

—Es comprensible.

Dejé el tenedor, lo miré y le pregunté:

—¿Quieres preguntarme algo?

Mi padre sonrió.

—Ya te lo pregunté el día de la paella.

Recordé aquella comida y tuve ganas de esconderme debajo de la mesa.

—Ya.

—Y tú me dijiste que no había nada.

—Porque entonces no estábamos juntos.

—¿Y ahora?

Respiré hondo y no me quedó otra que admitirlo:

—Ahora sí.

Mi padre sonrió de oreja a oreja, agitó los puños y exclamó:

—¡Hombre! ¡Por fin!

—Tampoco hace falta celebrarlo como si hubiera ganado la Champions.

—Es que me gusta ese chico.

—Ya me di cuenta.

—Y creo que te quiere.

Sentí que me ponía roja como un tomate.

—Papá…

—¿Qué? ¿Tampoco puedo decir eso?

—Puedes. Pero déjame comer.

Mi padre volvió a servirme macarrones sin preguntarme, como toda la vida.

Y por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación de que algunas cosas entre nosotros estaban encontrando su sitio.

Esa noche dormí sola en casa.

Hugo tenía reuniones y una cena en la otra punta de la ciudad.

Y, aprovechando que estaba sola, me metí en la cama y me eché a llorar.

Lloré por la niña que había sido, por todo lo que había echado de menos y por las cosas que ya no podían cambiarse. Y también lloré porque, aunque llevaba semanas comportándome como si noviembre fuera a durar eternamente, estaba a punto de terminar.

Al día siguiente llegué a Aristeo con los ojos un poco hinchados y sintiéndome extrañamente en paz. Con mi padre, con la niña que había sido y hasta conmigo misma.

Bea apareció en mi despacho poco después de las nueve, con dos cafés en la mano y esa expresión suya de mujer que sabía cosas.

—Buenos días.

—Buenos días, Bea.

Cerró la puerta.

—Toma. Otro café que me debes. ¿Qué tal ayer?

Cogí el café y respondí:

—Muy bien.

—¿Sí?

—Sí, Bea. Muy bien.

Sonrió y se sentó frente a mí.

—¿Y esos ojos?

—Vale. He llorado, pero porque me di permiso para soltarlo todo.

—Joder, qué bueno es eso.

—Lo necesitaba. Y en cuanto a mi padre… hablamos bastante.

—Tu padre me dijo que hablasteis de cosas importantes.

—¿Ya habéis hablado?

—Hablamos mucho, Clara.