No me vuelvas loca Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

El camarero retiró los platos y nos ofreció la carta de postres. Hugo propuso compartir un tiramisú y acepté, aunque tenía la cabeza en otra parte.

Había otra cuestión que llevaba demasiado tiempo rondándome la cabeza.

Y aquella noche, después de todo lo que acabábamos de decirnos, necesitaba aclararla como fuera.

—Hugo…

—Dime.

—Quiero preguntarte algo sobre Jacqueline —le dije en cuanto el camarero se fue.

No apartó la mirada.

—Pregunta.

—Sé que es importante para ti. Y no pretendo que deje de serlo.

—Ajá.

—Pero vas a volver a Nueva York, vivís prácticamente en la misma calle, habláis continuamente y…

—¿Y?

—Y estuvisteis cuatro años juntos.

Hugo sonrió ligeramente.

—Hay algo que debería haberte explicado hace tiempo.

Fruncí el ceño.

—Miedo me da.

—Tranquila. Lo que tenía que haberte contado es que Jacqui nunca fue mi novia de verdad.

Me quedé mirándolo alucinada:

—¿Perdona?

—Nuestra relación no era lo que tú crees.

—¿Y qué era? Porque me dijiste que habíais estado juntos cuatro años.

—Y era verdad, en cierto modo.

—Hugo, como sigas hablando así voy a necesitar que me dibujes un esquema.

Soltó una carcajada.

Después se puso serio.

—Jacqui es lesbiana.

Me quedé ojiplática.

—¿Cómo?

—Es lesbiana. Y durante mucho tiempo tuvo miedo de contárselo a su familia.

Me quedé callada.

—Sus padres son muy conservadores. Ella estaba convencida de que, si se enteraban, la rechazarían. Un día surgió una situación incómoda con su familia. La pillaron de la mano con una novia y ella mintió. Dijo que era una amiga y al poco me pidió que me hiciera pasar por su novio.

—¿Y tú seguiste el juego?

—Sí. Es mi mejor amiga. Mejor dicho, es más que eso. Es como una hermana. Estaba muy agobiada. No sabes cómo es su familia. La abuela es la única con la mente abierta, pero los demás son ultraconservadores.

—Ya tenían que serlo… ¿De verdad que estuvisteis fingiendo durante cuatro años?

—Al principio ninguno imaginó que duraría tanto.

Abrí mucho los ojos.

—¡Cuatro años, Hugo!

—Ya sé que parece una locura.

—¿Y nadie sospechó nada?

—Su abuela. La abuela se coscó desde el primer día. Pero no dijo nunca nada.

—¿Y qué hacíais? ¿Os presentabais en las reuniones familiares cogidos de la mano?

—A veces.

—Madre mía.

—Pero no vivíamos juntos ni teníamos una relación sentimental. Éramos amigos. Cada uno hacía su vida.

—¿Y tú salías con otras mujeres?

—Claro.

—¿Y Jacqui con otras mujeres?

—También.

Me recosté en la silla.

—Estoy flipando.

Cogí una cucharadita de tiramisú mientras intentaba asimilar lo que acababa de contarme. Necesitaba reorganizar mentalmente los cuatro años de noviazgo que acababan de convertirse en cuatro años de representación teatral.

—Jacqui no se sentía preparada para contárselo a su familia. Yo la quería muchísimo —contó Hugo, encogiéndose de hombros.

—Bueno, algo sí te costaría. Cuatro años no son cuatro fines de semana.

—Su familia son unos carcas, pero luego estaba Carmen. Y yo por Carmen doy la vida. Adoro a esa mujer. Es otra abuela para mí.

—Y supongo que tú un nieto.

—Así es. La quiero y la admiro. Es una mujer extraordinaria.

Lo observé unos segundos.

De pronto empezaban a encajar muchas cosas.

Las llamadas.

La familiaridad con la que hablaba de Jacqueline.

Aquella frase de que con ella todo había sido fácil.

Y lo que Inés me había dicho sobre su relación.

Que lo de Jacqueline no computaba.

¡Joder, pues claro que no computaba!

—¿Y qué pasó hace tres meses? —pregunté.

—Jacqui se enamoró hasta las trancas de Olivia. Una chica que conoció esquiando. Está loca de amor. Y harta de fingir…

—¿Y se lo contó a sus padres?

—Sí. Les presentó a su pareja y les explicó que lo nuestro fue un paripé.

—Dios... ¿Y cómo reaccionaron?

—Les costó entenderlo. Sobre todo, descubrir que su hija había tenido tanto miedo de contarles la verdad. Pero acabaron aceptándolo.

—¿Y a ti te echaron de la familia por cómplice?

—Todo lo contrario. Creo que ahora me quieren todavía más.

—Normal. ¡Si has sido el novio perfecto durante cuatro años! —bromeé.

—Les gusta que Jacqui tenga un amigo capaz de todo por ella.

—¿Y hasta dónde habrías llegado con la mentira?

Hugo se encogió de hombros.

—Si Jacqui hubiera necesitado que nos casáramos para sentirse protegida, probablemente habría aceptado.

Lo miré, sorprendida.

—¿En serio?

—En serio.

—Joder, Hugo.

—Pero no fue necesario. Y ahora está feliz con su pareja. Eso es lo importante.

Me quedé pensando.

Había pasado semanas imaginando a Jacqueline como una mujer perfecta con la que Hugo había mantenido una relación tan maravillosa que ni siquiera la ruptura había conseguido separarlos.

Y ahora descubría que lo extraordinario no había sido su noviazgo.

Había sido su amistad.

—¿Por qué no me lo contaste antes?

Hugo suspiró.

—Porque no era una historia que me correspondiera contar. Jacqui había pasado años escondiendo una parte importante de su vida. Aunque ahora su familia lo sepa, sigo pensando que es ella quien debe decidir con quién comparte lo que le ocurrió.

Asentí despacio.

—Lo entiendo.

—Y también reconozco que podría haberte aclarado las cosas sin revelar nada de su vida privada.

—Pues sí, porque yo llevaba semanas imaginándome a una exnovia maravillosa con la que seguías hablando a todas horas. Y a la que comprabas vestidos de Miu Miu.

—Perdóname.

—Un poco de información no me habría venido mal.

—Tienes toda la razón, Cecé. Disculpa mi torpeza.

—Es que ahora comprendo muchas cosas —admití.

—¿Como cuáles?

—Que habléis tanto. Que os queráis tanto. Que su familia sea también la tuya.

—Jacqui es mi familia, Clara. Pero estoy enamorado de ti.

Y, por primera vez desde que había oído hablar de Jacqueline, lo sabía de verdad: Hugo estaba enamorado de mí.

Pero él todavía no sabía que yo también estaba enamorada. No se lo había dicho porque tenía miedo. Sin embargo, después de todo lo que acababa de contarme, no quería seguir escondiéndome detrás de mis temores.

—Y yo también de ti —repliqué.

—¿Sí?

—Como si tuviera quince años.

—¿En serio?

—Ni con quince me dio tan fuerte. Y, por cierto, esto de enamorarse debe ser contagioso.

—¿Qué?

—Tengo que darte una noticia.

Hugo levantó la mirada.

—¿Buena o mala?

—Sorprendente.

—Me tienes en ascuas.

—Beatriz está saliendo con mi padre —le solté sin más.

Hugo esbozó una sonrisa triunfante y replicó:

—Había chispitas.

Asentí con la cabeza y no me quedó más remedio que reconocer:

—Y no pocas.

Se echó a reír.

—Y eso que tú decías que de talento sabía muchísimo, pero que de amor estaba pez.

—No hace falta que me recuerdes mis propias palabras.

—Había chispitas, Cecé.

—Como vuelvas a decir chispitas, te tiro la copa de vino.

Se rio todavía más.

—¿Desde cuándo están juntos?

—Desde el domingo de la paella.

—Si es que se veía.

—Yo no vi nada. Yo hasta me creí que estaba pillada por Pedro, pero resulta que se forzó a liarse con él para sacarse a mi padre de la cabeza. Y no pudo.

—Lo del pulso fue muy cantoso.

—No me percaté de nada.

—Cuando se dieron la mano noté algo y luego estaban las miradas…

—Yo estaba a por uvas.

—Yo no.

—Vale, reconozco que de amor también sabes algo —reconocí.

Luego, bebí un sorbo de vino.

—¿Solo algo?

—Calla, que ahora viene lo peor.

—¿Hay algo peor?

—Me ha contado Bea esta mañana que después de la comida se fueron a la ferretería y en el mostrador…

Hugo puso una mueca muy graciosa y se partió de risa:

—¡Cecé!

—¡No me hagas repetirlo! Bastante tengo con saberlo.

Se rio tanto que tuvo que apartar la copa.

—Pues con lo cachas que está tu padre…

—No sigas. No quiero saber nada. Pero imagino que tendrá el mostrador bien atornillado al suelo.

Hugo se tronchó y luego se puso más serio para preguntarme:

—¿Y tú cómo estás con todo esto?

—Al principio fue un shock . Pero luego bien. Bea se merece ser feliz. Y mi padre también.

—Me alegro.

—Yo también. Además, se lleva de maravilla con Daniela. Aunque no voy a negarte que verlos juntos en la Plaza Mayor me removió muchas cosas. Ya sabes lo que sentí.

—Lo sé, Cecé. Y ¿sabes una cosa? Creo que aquella niña de diez años estaría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido.

Lo miré, emocionada.

—¿Tú crees?

—Estoy convencido. Has construido una vida de la que puedes sentirte orgullosa. Y estoy seguro de que tu padre también está muy orgulloso de ti.

—Eso espero —murmuré, con un nudo en la garganta—. Porque yo también estoy muy orgullosa de él.

Hugo me acarició los dedos por encima del mantel. El camarero retiró el plato del postre y dejó la cuenta discretamente a un lado de la mesa. Ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por marcharse.

Hugo estaba atento a todo lo que le contaba y pensé que había algo muy bonito en poder compartir aquellas cosas con él.

Lo de mi padre.

Lo de Bea.

Mis preocupaciones.

Mis tonterías.

Hugo me escuchaba, me hacía reír y, de vez en cuando, veía cosas que a mí se me escapaban.

Como las famosas chispitas.

—¿Sabes qué? —dijo de pronto.

—¿Qué?

—Que entre nosotros también había esas chispitas.

—Perdona, pero al principio lo que había eran ganas de estrangularte.

—Por tu parte.

—Evidentemente.

—Pero también había algo más.

—¿Y tú lo sabías? —pregunté extrañada.

—Lo sospechaba.

—Qué listo eres.

—Muchísimo.

—Y qué modesto.

Me cogió la mano.

—Lo que no sabía era que iba a enamorarme tanto de ti.

Sentí otra vez aquel calor en el pecho.

—Pues ya somos dos.

Nos quedamos mirándonos.

Fuera, Madrid seguía con su vida. Los coches circulaban, la gente caminaba abrigada y noviembre avanzaba hacia su final sin importarle demasiado que yo necesitara unos cuantos días más.

Hugo se inclinó para besarme.

—Vamos a disfrutar de lo que nos queda de semana, Cecé. Después veremos cómo nos organizamos.

—Vamos a intentarlo.

—Perfecto.

Y acepté aquello porque estaba enamorada de Hugo Alda.

Porque él estaba enamorado de mí.

Y porque, aunque todavía no supiéramos qué iba a ocurrir después del lunes, aquella noche estábamos juntos.

De momento, tendría que conformarme con eso.