Capítulo 20
El lunes por la tarde, cuando Hugo terminó su última sesión del día, yo seguía en mi despacho intentando concentrarme en un correo que llevaba diez minutos leyendo sin enterarme de absolutamente nada.
Tenía una excusa.
Mi mejor amiga se había acostado con mi padre sobre el mostrador de la ferretería.
Bueno, en realidad no sabía exactamente qué había pasado allí, porque Bea se había negado a darme detalles. Y yo tampoco los quería. Bastante tenía con haber descubierto que Román Cid llevaba semanas haciendo algo más que arreglarle muebles.
—¿Interrumpo?
Levanté la cabeza.
Hugo estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa suya que, tres semanas atrás, me habría parecido una provocación y ahora me daba ganas de lanzarme a su cuello.
—Depende. ¿Vienes a cambiarme algún horario?
—Hoy no.
—¿A proponer una actividad que no estaba prevista?
—Tampoco.
—¿A decirme que necesitas algo para mañana?
—Cecé, ¿puedo entrar o sigo pasando el control de seguridad?
Me reí.
—Pasa.
Se acercó a la mesa y se inclinó para darme un beso.
—¿Qué tal el día?
—Movidito.
—¿Mucho trabajo?
—Como siempre.
Me miró con curiosidad, pero no insistió.
—Esta noche quiero invitarte a cenar.
—¿Otra vez a Charrúa?
—Ya te llevaré otro día.
—Me encantó y pensé que querrías amortizar el contacto.
—Esta vez he elegido otro sitio.
—¿Cuál?
—Es una sorpresa.
Suspiré y torcí un poco el morro.
—Hugo, sabes perfectamente que no me gustan las sorpresas.
—Y, sin embargo, tu ponente favorito te las da constantemente.
—¿Quién ha dicho que seas mi ponente favorito? —repliqué entornando la mirada.
—Mi abuela.
—Ah, si ha sido tu abuela, entonces me callo. Tu abuela es una mujer sabia.
—¿Entonces vienes?
—¿Tengo alternativa? —pregunté mordaz.
—Por supuesto. Puedes quedarte en casa viendo la serie esa que llevamos a la mitad.
—¿La serie truño? ¿Me vas a dejar en casa viendo ese bodrio?
—¡Pues entonces vente!
—¡Me has convencido! —exclamé.
—A las nueve, ¿te parece?
—Perfecto.
—Tengo una reunión antes, pero estaré allí puntual.
—Nos vemos allí.
Cuando salió del despacho, me quedé unos segundos mirando la puerta.
El lunes siguiente Hugo ya no estaría en la Fundación Aristeo.
Y yo volvería a mi vida de siempre sin que nadie apareciera para desbaratarme el día.
Eso era algo que debía alegrarme, pero no lo hizo.
Luego, me quedé trabajando hasta las ocho y media. No pasé por casa a cambiarme. Me retoqué el maquillaje en el baño del trabajo y me cogí un taxi hasta el restaurante.
Un restaurante en el barrio de las Salesas que no conocía y que era precioso.
Tenía una iluminación cálida, mesas discretas y ese ambiente íntimo que conseguía que las conversaciones ajenas quedaran reducidas a un murmullo.
—Joder, Hugo. ¡Qué bonito!
Sonrió mientras me ayudaba a quitarme el abrigo.
—Me alegro de que te guste.
—¿Cómo lo has encontrado? Soy de Madrid y no tenía ni idea de su existencia. ¿Cuándo has reservado?
—Tengo mis contactos.
—¿Otra vez?
—Siempre.
—¿Siempre consigues lo que te dé la gana?
—No siempre.
Me miró de una manera tan intensa que decidí que lo mejor era no seguir con el tema.
Nos sentamos y el camarero nos entregó las cartas.
Era un italiano de cocina contemporánea, con una carta breve que me hizo dudar entre varios platos.
Al final, nos decidimos por una burrata con tomates confitados para compartir.
Yo pedí unos raviolis de ricotta y espinacas con mantequilla de salvia y Hugo, un risotto de setas.
También encargó una botella de vino tinto italiano.
—¿Qué celebramos? —pregunté.
—Que estamos en la última semana del programa.
—Eso no sé si es motivo de celebración.
—Hace tres semanas habrías organizado una fiesta.
—Con fuegos artificiales.
—Y una pancarta de despedida.
—Enorme.
—Ahora parece que no tienes tantas ganas de que me vaya.
Lo miré, chasqué la lengua y reconocí:
—Ninguna.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Yo tampoco quiero irme.
Aquello me produjo una tristeza inesperada.
Llevábamos semanas haciendo bromas sobre su regreso a Nueva York, pero hasta entonces había conseguido mantener aquella fecha en un rincón de mi cabeza.
Ahora el treinta de noviembre estaba demasiado cerca.
—Se me ha pasado volando —reconocí.
—A mí también.
—Y eso que el primer día pensé que no iba a soportarte.
—¿Solo el primero? —replicó con una sonrisa burlona.
—Bueno, los siguientes tampoco fueron fáciles.
—La que te cayó encima conmigo.
—Llegaste sin maleta, me cambiaste el ejercicio inaugural y empezaste a llamarme Cecé.
—Un comienzo prometedor.
—Para ti. Yo estuve a punto de solicitar una baja.
—Y hasta me llamaste Huaaaaaal —recordó entre risas.
—¡Ni me lo recuerdes!
—¿Por qué no seguiste llamándome así?
—Porque quería darte por saco y lo único que conseguía era que te partieras la caja.
—Joder, qué tiempos.
—Parece que fue hace un montón.
—Es cierto. Y ahora míranos.
—Ahora me encanta que me llames Cecé.
Lo miré.
Tenía una facilidad pasmosa para desenvolverse en cualquier situación. Hasta para pedir una botella parecía estar disfrutando de la vida.
Estaba sentado frente a mí, con una camisa blanca que le sentaba muy bien y sonriendo como si no hubiera nada más importante que nuestra conversación.
Hugo también tenía esa virtud: te hacía sentir como si tú fueras lo único que le interesara en ese momento.
Como si todo lo demás le importara una mierda.
Luego, alargó la mano sobre la mesa y cogió la mía.
—¿Sabes una cosa? Yo tampoco esperaba que ocurriera esto —dijo.
—¿El qué?
—Enamorarme de ti.
Me quedé paralizada. De todas las cosas que Hugo podía haberme dicho, aquella era la única para la que no estaba preparada.
—¿Qué has dicho?
—Que estoy enamorado de ti, Clara.
Noté que se me aceleraba el corazón.
No era que no lo hubiera sospechado. Había visto cómo me miraba, cómo me buscaba, cómo se preocupaba por mí.
Pero escuchárselo decir era otra cosa.
—¿Estás enamorado de mí?
—Irremediablemente.
Dejé la copa sobre la mesa con muchísimo cuidado. Menos mal, porque tenía los dedos tan torpes que estuve a punto de tirarla.
—Joder —farfullé.
Hugo soltó una carcajada.
—Qué respuesta tan romántica. Ha sonado a que te he hecho una putada.
—Es que me has pillado desprevenida.
—Puedo repetirlo.
—No hace falta —me apresuré a decir.
—Estoy enamorado de ti.
—¡Hugo!
Soltó una carcajada y yo también, aunque tenía un nudo en la garganta.
—Nunca pensé que me pasaría esto —añadió—. Vine a Madrid a participar en un programa. Tenía previsto trabajar, ver a mi familia y regresar a Nueva York. Nada más.
—Y aparecí yo.
—Ya me gustaste por videollamada, pero cuando te vi en el aeropuerto supe que me la ibas a liar.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Pues, si te digo la verdad, yo pensé lo mismo.
—¿Pensaste que te podías pillar por mí?
—¡Pensé que podías volverme loca!
Me acarició la mano.
—Tú me vuelves loco. Pero es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Tragué saliva.
Había momentos en los que Hugo conseguía desarmarme con una facilidad que me fastidiaba bastante.
—Tú también eres lo mejor.
Su expresión cambió.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Lo mejor de lo mejor?
—No te pases, tío.
El camarero apareció con los platos principales y tuvimos que separar las manos para hacerle sitio. Aquella interrupción me vino bien. Necesitaba unos segundos para asimilar que Hugo Alda acababa de decirme que estaba enamorado de mí.
—Vale. Me quedo con que soy lo mejor. A secas —dijo Hugo cuando nos quedamos solos otra vez.
—Y que conste también que esto no estaba en mis planes.
—¡Ni en los míos!
—Yo tenía una vida perfectamente organizada.
—La sigues teniendo.
—Ya no —aseguré negando con la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque hay un ponente que tiene la mala costumbre de meterse en mi cama.
Hugo se echó a reír.
—Y tú en la de él. Estamos empatados.
Se inclinó, me besó y durante unos segundos me permití olvidarme de todo lo demás.
Luego abrí los ojos, me acordé de la fecha en la que estábamos y murmuré:
—Hugo, el lunes te vas.
—Ni me lo recuerdes.
—Pero te vas a ir y no quiero otra relación a distancia.
—¿Crees que me agrada la idea de que estés a miles de kilómetros?
—Pero yo es que estoy vacunada. Pasé tres años con Arman organizando mi vida alrededor de vuelos, llamadas y despedidas. No quiero volver a hacerlo.
—Ni yo quiero que lo hagas.
—¿Entonces?
Hugo guardó silencio un instante.
—Quiero seguir contigo, Clara.
—Yo también.
—Y voy a volver por Navidad.
Levanté la mirada.
—¿Seguro?
—Sí. Ya tenía previsto pasar las fiestas con mi familia. Todavía tengo que concretar las fechas, pero volveré. Siempre vuelvo. Todos los años. Y este año sobre todo volveré por ti.
Aquello me alegró más de lo que quería reconocer.
—¿Y después? —pregunté tras beber un poco de agua.
—Después tendremos que encontrar la manera de vernos.
—Eso suena muy poco concreto.
—Porque ahora mismo no puedo decirte más. Tengo que cuadrar demasiadas cosas.
Suspiré.
—Qué mierda.
Pinché uno de los raviolis, pero no me lo llevé a la boca. De pronto había perdido el apetito. Hugo lo advirtió y dejó también los cubiertos.
—Tengo mi empresa en Nueva York. No puedo desaparecer de allí de un día para otro.
—Y yo tengo mi trabajo y mi vida aquí.
Me miró con seriedad.
—Tengo algunas ideas de cara al futuro. Pero no quiero prometerte nada que no sé si podré cumplir. Ni tampoco renunciar a nosotros porque dentro de una semana tenga que coger un avión.
Bajé los ojos hacia nuestras manos.
Me gustaba que no intentara convencerme con promesas imposibles.
Aunque una parte de mí habría agradecido muchísimo que sacara del bolsillo una solución perfectamente organizada, con fechas, horarios y billetes incluidos.
—Podemos intentarlo —dije finalmente.
—Eso quiero.
—Pero sin convertir mi vida en una sala de espera.
—Ni la mía.
Lo miré sin disimular la ansiedad:
—¿Y cómo lo hacemos?
—De momento, disfrutando de esta semana.
—Qué poco te gustan los planes —le reproché.
—Me gustan los que tienen sentido.
—¿Y este todavía no lo tiene?
—Tiene algo bastante importante.
—¿Qué? —quise saber.
—Que estamos juntos.
—Eso es verdad —admití.
Me besó la mano.
—Pues empecemos por ahí.