Capítulo 19 #3
—Bueno, herramientas había… Y la pasión se desató sobre el mostrador.
—¡BEATRIZ!
Tuvo que apoyar una mano en la mesa para recuperar el aliento.
—Perdona, perdona.
—No vuelvo a entrar en esa ferretería. Voy a comprar los tornillos por internet.
—Y serás capaz…
—¡Es el negocio familiar! ¡Hay cosas que deberían ser sagradas!
Nos reímos durante un buen rato.
Cuando por fin conseguimos calmarnos, Bea me miró con una expresión distinta.
—Clara, hablando en serio… ¿Te molesta?
Me acomodé de nuevo en la silla.
—Me has dejado bastante descolocada, no te voy a engañar.
—Lo entiendo.
—Y me habría gustado que me lo contaras antes.
—También lo sé. Pero necesitaba estar segura. No quería hacerte pasar por una situación incómoda si al final no iba a ninguna parte.
—¿Y ahora estás segura?
Asintió.
—Me gusta mucho tu padre.
Lo dijo sin bromas, sin exageraciones y sin esa teatralidad que utilizaba cuando hablábamos de hombres.
Me conmovió más de lo que esperaba.
—¿Y él?
—Creo que también está muy ilusionado.
Sonreí.
—Pues ya era hora.
Bea me observó con cautela.
—¿De verdad no me odias?
—¿Por qué iba a odiarte?
—No sé. Porque soy tu amiga. Porque él es tu padre. Porque igual piensas que estoy invadiendo algo que no me corresponde.
Negué con la cabeza.
—Bea, mi padre lleva muchos años solo. Y tú has pasado lo tuyo con José Luis. Si os hacéis felices, ¿qué voy a tener yo en contra?
—¿Nada?
—Bueno, una cosa.
Se tensó.
—¿Cuál?
—Que a partir de ahora voy a tener que vigilar muchísimo lo que te cuento. No quiero que acabes comentando mis intimidades durante la cena con mi padre.
—¡Por favor! Yo jamás haría eso.
La miré fijamente.
—Beatriz.
—Bueno, vale. Tendré cuidado.
—¡Ni una palabra!
—Ni una palabra.
—Y tampoco quiero saber nada de la vuestra.
—Entendido.
—Ni alusiones.
—Vale.
—Ni dobles sentidos con herramientas —le advertí.
—Eso me lo pones más difícil.
Volvimos a reírnos.
Bea alargó una mano sobre la mesa y me cogió la mía.
—Hay algo más que quería decirte.
—Dime.
—El sábado, cuando vi a tu padre con Daniela, pensé en lo bien que se llevan. Se adoran, Clara. Tu padre tiene una paciencia infinita con ella. Le escucha todas sus historias, le hace bromas, se interesa por lo que le pasa en el colegio…
—Lo sé. Lo vi.
—Y cuando me has contado lo que sentiste en la Plaza Mayor… Me ha dado mucha pena pensar que tú no pudieras vivir aquello de la misma manera.
Bajé la mirada hacia nuestras manos.
—No fue culpa suya.
—Ya lo sé.
—Estaba enfermo, Bea. Y ahora está bien. Eso es lo importante.
—Pero tú también eras una niña.
Asentí despacio.
—Sí.
Durante unos segundos nos quedamos calladas.
—¿Sabes una cosa? —dije finalmente—. El sábado me di cuenta de que puedo alegrarme por él y, al mismo tiempo, sentir pena por aquella niña. No son cosas incompatibles.
—Claro que no.
—Y, además, aquella niña ya tiene un oso de peluche.
Bea sonrió.
—Uno bizco.
—Bizquísimo.
—Me alegro, Clara.
—Yo también.
Me apretó la mano.
—Y me hace muy feliz pensar que Román y Daniela se quieren tanto. No sabes cuánto significa eso para mí.
—Pues imagínate lo que significa para mí ver a mi padre así.
Bea se llevó la otra mano a los ojos.
—Joder, que me vas a hacer llorar.
—Ni se te ocurra. Luego se te corre el rímel y le vas a dar el gusto a Marta de verte como un mapache.
Se rio entre lágrimas y me preguntó:
—¿Entonces estamos bien?
—Estamos bien.
—¿Seguro? —insistió.
—Segurísimo.
Soltó el aire que parecía llevar reteniendo desde que había entrado en el despacho.
—Menos mal.
—Eso sí —añadí—, tengo que ir acostumbrándome a una idea bastante perturbadora.
—¿Cuál?
—Que mi mejor amiga puede convertirse en mi madrastra.
Bea se echó a reír.
—No digas tonterías.
—No, si lo digo en serio. ¿Tendré que pedirte permiso para salir? ¿Vas a castigarme sin televisión si llego tarde?
—Te voy a castigar sin vino.
—Eso ya sería maltrato.
—Y te voy a obligar a comer verdura.
—Eres una madrastra horrible.
—Todavía no soy tu madrastra.
—Menos mal.
Nos miramos sonriendo.
—Pero ¿sabes qué? —añadí.
—¿Qué?
—Que, de todas las madrastras que podrían haberme tocado, creo que eres la que más mola.
Bea se levantó y rodeó la mesa para abrazarme.
—Te quiero mucho, tía.
—Y yo a ti.
Nos quedamos abrazadas unos segundos.
Cuando se separó, se secó las mejillas con cuidado y dijo:
—Bueno. Tengo que irme, que llevo aquí un buen rato y luego dirán que no hago nada.
—Antes de que te vayas…
Se volvió.
—¿Qué?
—Una última pregunta.
—Dime.
—¿Y con Pedro qué vas a hacer? ¿Le mandamos una cesta de Navidad por haber intentado distraerte de mi padre?
—Eres una cabrona.
—Una cabrona que, por lo visto, ahora tiene madrastra.
Salió del despacho riéndose.
Me quedé sola, mirando la puerta cerrada.
Mi mejor amiga y mi padre.
Mi padre y mi mejor amiga.
Volví a imaginar a mi padre paseando por la Plaza Mayor con Daniela de la mano, riéndose mientras la niña le enseñaba aquel capibara descomunal.
Y pensé en la Clara de diez años, en la que había aprendido demasiado pronto a preocuparse por los demás.
Aquella niña había tenido que hacerse mayor antes de tiempo.
Pero la mujer en la que se había convertido podía permitirse algo que entonces le había resultado imposible: ver a su padre feliz sin sentir que tenía que hacerse cargo de su felicidad.
Él tenía su vida.
Yo tenía la mía.
Y, por primera vez en mucho tiempo, las dos parecían ir bastante bien.
Aunque seguía habiendo un pequeño problema.
A partir de aquel día, cada vez que entrara en la ferretería, iba a mirar el mostrador con unos ojos completamente distintos.
Y eso no había oso bizco que pudiera arreglarlo.