No me vuelvas loca Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Lo curioso es que llevaba años sin pensar en aquello de esa manera. Sé que mi padre estaba enfermo. Sé que no podía con su vida. He hablado muchísimo de todo eso en terapia. Pero el sábado…

Me detuve.

—¿Qué pasó el sábado?

—Cuando os encontramos en la Plaza Mayor, vi a mi padre con Daniela.

—Sí.

—Y estaba tan feliz, Bea. Le había comprado aquel peluche enorme, la llevaba de la mano, se reía con ella… No sé. Durante un momento me dio una punzada aquí dentro.

Me señalé el pecho.

Bea no dijo nada.

—Daniela tiene diez años. Los mismos que tenía yo cuando mis padres se divorciaron. Y la vi tan despreocupada, tan feliz con su capibara, que pensé que era la niña que yo no había podido ser.

—Ay, Clara… —musitó Bea, con los ojos vidriosos.

—Y me sentí fatal por pensarlo. Porque me encanta ver a mi padre así. No sabes cuánto. Después de todo lo que pasó, verlo disfrutar de la vida me hace feliz. Pero durante un segundo quise ser Daniela. Quise tener diez años y preocuparme únicamente de si me compraban un peluche.

Bea bajó la mirada.

—No tienes que sentirte mal por eso.

—Ya lo sé. Pero me sorprendió. Creía que lo tenía todo mucho más colocado.

—Una cosa no quita la otra.

—Eso me dijo Hugo.

—¿Se lo contaste?

—Sí. Cuando nos despedimos de vosotros, me notó rara y acabé contándoselo.

—¿Y qué hizo?

—Primero me escuchó. Sin interrumpirme, sin decirme que tenía que superar nada, sin intentar explicarme por qué mi padre había actuado así. Simplemente me escuchó. Y después me compró un oso de peluche.

—¿Un oso?

—Bizco. Espantosamente bizco. Un ojo mira a Cuenca y el otro a Guadalajara.

Bea soltó una carcajada.

—Joder, Clara. Ese hombre vale su peso en oro.

—Le dije que tenía treinta y cuatro años y que no necesitaba un peluche.

—¿Y?

—Me recordó que la niña de diez que llevo dentro quizá sí lo necesitaba.

Bea se quedó mirándome.

—Es un amor.

—Ya. Y ahora tengo un oso bizco.

—¿Y dónde está?

—En mi casa.

—¿Me lo enseñarás?

—Por supuesto. Aunque no sé si debería dejarte conocerlo. Tiene una mirada bastante inquietante.

Nos reímos y luego Bea comentó:

—Me alegro muchísimo, Clara. Hay hombres que, cuando les cuentas algo así, se ponen nerviosos, intentan arreglarte la vida en tres frases o te sueltan alguna estupidez. Y él va y te compra un oso bizco.

—Uno espantosamente bizco.

—Mejor todavía.

—Fue un gesto muy bonito —dije—. No sé cómo explicártelo. No cambió lo que pasó, claro. Pero fue como si aquella niña hubiera recibido por fin un regalo que llevaba muchos años esperando.

—Yo siento que ver a Daniela con tu padre te removiera todo aquello. Sé lo mal que lo pasaste.

—Pues sí.

—Tu padre también sufrió muchísimo.

—Por supuesto. Nunca he pensado lo contrario.

—Y ahora está tan bien…

—Ya ves. Me encanta verlo feliz.

Bea empezó a darle vueltas al vaso de café entre las manos.

—Oye, Clara…

—Dime.

—¿Y a ti qué te parecería que tu padre tuviera pareja?

La miré con el ceño fruncido y repetí:

—¿Pareja?

—Sí. Una novia.

—Pues estupendo. ¿Por qué?

—No sé. Como siempre ha estado solo desde el divorcio…

—Precisamente. Ya va siendo hora de que alguien lo aguante.

Bea sonrió, pero había algo raro en su expresión.

—¿Y si la relación fuera seria?

—Pues mejor para él.

—¿Y si algún día esa mujer se convirtiera en tu madrastra?

Solté una carcajada.

—¿Mi madrastra? Bea, por favor. Tengo treinta y cuatro años. A estas alturas, como mucho, sería la señora con la que sale mi padre.

—Bueno, pero imagínatelo.

—¿Qué quieres que imagine? ¿Que aparece una mujer en la ferretería y me dice que me vaya a mi cuarto sin cenar?

Bea se rio.

—Imagina a alguien que está frita de amor por tu padre.

—¿Sabes algo que yo no sé?

—Bueno…

Me incorporé en la silla.

—¡No me digas que mi padre tiene novia!

Bea abrió la boca, pero no llegó a decir nada.

—¡La tiene! —exclamé—. ¡La tiene y tú lo sabes!

—Clara…

—¿Quién es? ¿Una del gimnasio?

—No exactamente.

—¿Una clienta? ¿La que le compra los tornillos de acero inoxidable para hacer esculturas? Esa es rara la semana que no va a la tienda.

—Clara, escucha…

—¿La del perro? Hay una señora que va a la ferretería con un bichón maltés y siempre se queda hablando con él media hora.

—¡Que no!

—Pues dime quién es, mujer. Me estás poniendo nerviosa.

Bea respiró hondo y soltó a bocajarro:

—Soy yo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Que soy yo, Clara.

La observé sin comprender.

—¿Tú qué?

—La mujer con la que está saliendo tu padre.

Me quedé inmóvil.

La miré a ella.

Miré el café.

Volví a mirarla.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—Que tu padre y yo estamos juntos.

Durante unos segundos, mi cerebro se negó a procesar la información.

—¿Juntos de… juntos?

—Sí.

—¿Mi padre?

—Sí.

—¿Román?

—¿Cuántos padres tienes, Clara?

—¡No me vaciles ahora! —exclamé.

Bea se tapó la boca para disimular una sonrisa.

—No te estoy vacilando.

—¿Me estás diciendo que estás saliendo con mi padre?

—Eso intento decirte desde hace cinco minutos.

Me levanté de la silla.

—No puede ser.

—Pues es.

—¡Pero si eres Bea!

—Hasta donde yo sé, sí.

—¡Mi Bea!

—Tu Bea.

—¡Y él es mi padre!

—También lo sé.

Me llevé las manos a la cabeza.

—Joder. Joder, joder, joder.

—¿Estás enfadada?

—¡Estoy intentando comprender cómo he pasado de hablar de un oso bizco a descubrir que mi mejor amiga se acuesta con mi padre!

—Bueno, yo no he dicho nada de acostarnos…

—¡NO ME ACLARES ESO!

Bea se echó a reír.

—Perdona.

Volví a sentarme.

—A ver. Empieza por el principio.

—¿Por el principio de qué?

—¡De vuestra relación, Beatriz! ¡No del origen del universo!

Se acomodó en la silla y dejó escapar un suspiro.

—Tu padre me gustó desde el primer momento.

Abrí la boca.

—¿Desde el primer momento?

—Sí.

—¿Físicamente?

—Pues claro.

—¿Mi padre?

—Clara, tu padre es un hombre muy atractivo.

—¡Es mi padre!

—Para ti. Para mí es Román.

Me quedé mirándola, horrorizada.

—Esto va a requerir una cantidad de terapia que no puedo permitirme.

Bea soltó una carcajada y siguió contándome:

—Además, es divertido, inteligente, cariñoso…

—Y sabe distinguir un tornillo de rosca métrica de uno autorroscante. Un partidazo.

—Pues sí.

—Madre mía —farfullé.

—Pero no quería que pasara nada —continuó—. Al principio pensé que era una tontería. Una atracción y punto. Y luego empezamos a hablar más, a vernos en la ferretería, a coincidir…

—¿Y por eso te apuntaste a su gimnasio?

Bea levantó una ceja.

—Bueno…

—¡BEATRIZ!

—También quería hacer ejercicio.

—¡Tú querías hacer ejercicio horizontal con mi padre!

—Clara, por favor, que estamos en una institución educativa.

—¡Pues haberlo pensado antes de liarte con el padre de la coordinadora!

Nos miramos y acabamos riéndonos las dos.

—Lo cierto —continuó cuando conseguimos calmarnos— es que cuanto más lo conocía, más me gustaba. Y eso me daba miedo.

—¿Por qué?

—Porque contigo tengo una amistad que no quiero perder. Porque Daniela está por medio. Porque llevo dos años intentando recomponer mi vida después de José Luis. Y porque con tu padre no veía una aventura sin importancia.

Su expresión se volvió seria.

—Con él podía enamorarme de verdad.

La miré.

Por primera vez desde que había pronunciado aquellas palabras, dejé de pensar en que se trataba de mi padre y vi a mi amiga.

—¿Y Pedro? —pregunté.

Bea cerró los ojos un instante.

—Ay, Pedro.

—¡Eso digo yo! ¡Pedro! Se supone que te gustaba.

—Pensé que podía funcionar.

—Hablabas de él como si fuera a dejarte ingresada en traumatología.

—Porque me atraía. Pero era otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Una distracción. Una manera de convencerme de que no me estaba enamorando de Román.

—¿Te liaste con Pedro para olvidarte de mi padre?

—Dicho así suena fatal.

—¡Es que suena fatal de cualquier manera!

—Ya lo sé.

Se mordió el labio.

—Pero cuando Pedro me besó, me di cuenta de que estaba pensando en otro hombre.

—No me digas que…

—En tu padre.

Me dejé caer contra el respaldo.

—Necesito un café más fuerte.

—Por eso no seguí con Pedro. No era justo para él. Y tampoco iba a engañarme a mí misma.

—¿Y mi padre qué decía de todo esto?

—Tu padre no sabía lo de Pedro.

—Me refiero a lo vuestro.

—Que le gustaba mucho. Que quería conocerme mejor. Que no tenía ninguna prisa.

—Mi padre no tiene prisa para nada. Lleva veinte años diciendo que va a cambiar las cortinas del salón —repliqué encogiéndome de hombros.

—Pues conmigo se ha dado bastante prisa.

Me tapé los oídos.

—¡No quiero detalles!

—¡Pero si no he dicho nada!

—Te conozco. Eres capaz de describirme hasta el ángulo de inclinación.

Bea se rio tanto que tuvo que limpiarse una lágrima.

—Eres una exagerada.

—Y tú eres una pervertida que ha decidido arruinarme la estabilidad emocional un lunes por la mañana.

—Y bien que te estás riendo…

—¿Desde cuándo estáis juntos?

—Llevamos un tiempo quedando, pero lo nuestro empezó a cambiar de verdad aquel domingo que fui a comer a su casa.

La miré con los ojos entrecerrados.

—¿Qué domingo?

—Aquel en el que fuiste a casa de tu padre con Hugo.

—¿El que Daniela estaba con José Luis hasta las ocho?

—Ese.

Empecé a recordar conversaciones.

Las visitas a la ferretería.

Las herramientas.

El gimnasio.

Las llamadas.

Los muebles.

Mi padre apareciendo en casa de Bea con una naturalidad que yo había atribuido a su afición por arreglar cosas.

Y algo todavía peor.

Hugo.

Hugo había dicho que entre Bea y mi padre había chispitas.

Y yo me había reído de él.

Joder. Ahora iba a tener que darle la razón.

Y eso sí que me parecía imperdonable.

—Dios —murmuré—. He sido una imbécil.

—No digas eso.

—¡Pero si tenía todas las pistas delante!

—Tampoco queríamos que se notara.

—Eso ya lo veo. Os ha faltado contratar a un equipo de contraespionaje.

—Queríamos estar seguros antes de contártelo.

—¿Y qué pasó aquel domingo?

Bea sonrió.

—Comimos, estuvimos charlando y luego bajamos a la ferretería.

Me quedé mirándola.

—¿A la ferretería?

—Sí.

—¿Para qué?

—Bueno… le conté lo de Pedro. Y le conté lo que sentía por él.

—Bea.

—¿Qué?

—¿Qué hicisteis en la ferretería?

—Clara, no creo que quieras saberlo.

Me levanté de golpe.

—¡NO! ¡NO QUIERO SABERLO!

Bea se dobló de la risa.

—¡Pero si has preguntado tú!

—¡Porque pensaba que ibais a buscar una llave inglesa!