Capítulo 19
El lunes llegué a Aristeo con una conclusión que me parecía bastante preocupante: me había pasado el fin de semana haciendo cosas de pareja y no había sentido la menor necesidad de salir corriendo.
Había ido al supermercado con Hugo, había cocinado con él, había discutido sobre la composición química del fiambre de pavo y había acabado paseando por Madrid con una diadema de reno en la cabeza.
Yo.
Clara Cid.
La mujer que tenía organizados los cajones de la ropa interior por tamaños y colores y que consideraba una invasión del espacio personal que alguien cambiara de sitio el bote del café.
Y, sin embargo, allí estaba, sonriendo como una idiota mientras revisaba el calendario de actividades de la semana.
Lo peor era que no me había enamorado de ningún plan extraordinario. Ni de una cena en un restaurante carísimo, ni de un viaje sorpresa a París, ni de una habitación de hotel con vistas a un monumento.
Me había enamorado un poquito más de un hombre que había pasado diez minutos leyendo la etiqueta de un paquete de pavo para llevarme la contraria.
Aquello sí que era grave.
Estaba comprobando los horarios de las sesiones cuando Bea apareció en la puerta de mi despacho con dos cafés.
—Buenos días, criatura.
—Buenos días.
—Te he traído uno. Me debes uno con quince.
—¿No se supone que cuando alguien te trae un café es un detalle?
—El detalle es que no te he cobrado el transporte.
—¿El café no es el de la máquina que hay a la vuelta?
—Pero se gasta suela, nena.
Dejó el vaso sobre mi mesa, cerró la puerta y se acomodó frente a mí.
—Bueno, cuéntame. ¿Qué tal el fin de semana?
—Muy bien.
—¿Muy bien de muy bien o muy bien de no quiero dar explicaciones?
—Muy bien de verdad.
—Uy.
—¿Qué?
—Qué piel, nena.
—¿Qué le pasa a mi piel? —pregunté tocándome las mejillas.
—Mucho colágeno.
—¿Te vas a poner como Marta? No me he pinchado nada.
—Ni yo tampoco. Pero también me brilla, ¿a que sí?
Me fijé y tenía razón. Estaba radiante.
—Pues sí.
—Y estamos contentas. Y son las nueve de la mañana. A estas horas todavía no ha dado tiempo a encontrar motivos para estar contentas. Algo extraordinario ha tenido que ocurrir.
Me reí.
—A mí sí. ¿Y a ti?
—También —respondió, asintiendo.
—Empieza tú.
—Pues mira, todo comenzó fatal y acabó estupendamente.
—¿Qué pasó? —pregunté curiosa.
—El viernes, a última hora, me llamó José Luis para decirme que no podía quedarse con Daniela el fin de semana.
—¿No le tocaba a él?
—Sí, hija, sí. Pero le había surgido un compromiso ineludible.
—¿De trabajo?
Bea me miró por encima del vaso.
—De cintura para abajo, probablemente.
—¡Bea!
—¿Qué quieres que te diga? No espero otra cosa de él.
—¿Y qué hiciste?
—¿Qué iba a hacer? Le dije que me trajera a la niña. Yo encantada. Lo que me molestó fue que me avisara a última hora, como si una estuviera esperando en su casa con un cartel de «servicio de guardería disponible».
—Bueno, por lo menos pudiste pasar el fin de semana con Daniela.
—Claro. Y eso fue lo mejor. Pero espera, que la historia tiene segunda parte.
Se inclinó hacia delante con expresión conspiradora.
—El sábado por la mañana, mientras desayunábamos, Daniela me contó que su padre está saliendo con una mujer.
—Ah, ¿sí?
—Una tal Alicia.
—¿Y quién es Alicia?
—La dueña de una casa rural de Soria.
—¿Perdona?
—¿Te acuerdas de que José Luis se llevó a Daniela de vacaciones este verano?
—Sí.
—Pues estuvieron en una casa rural que organizaba actividades para los huéspedes. Talleres de cerámica, excursiones y esas cosas. La dueña se llama Alicia y es también ceramista. El padre y Daniela se apuntaron a hacer cerámica. Por lo visto, se hicieron muy amigos.
—¿Muy amigos?
—Amigos de los que se ponen especialmente simpáticos cuando la niña se va a hacer un cuenco de barro.
Solté una carcajada.
—¿Y cómo se ha enterado Daniela?
—Porque tiene diez años, dos orejas perfectamente operativas y una capacidad de observación que ya quisiera la Policía Nacional.
Yo no le he preguntado nada, ¿eh? Que conste.
Me lo contó ella solita. Que si papá habla mucho con Alicia, que si papá se ríe cuando Alicia le manda mensajes, que si el otro día escuchó no sé qué conversación…
—Madre mía.
—Yo me limité a escuchar. Bastante tiene la pobre con que sus padres estén separados como para convertirla en corresponsal de prensa rosa.
—¿Y crees que es algo serio?
—Pues mira, después de dos años yendo de una a otra, parece que ahora tiene una fija.
—¿Alicia?
—Alicia. A lo mejor por fin ha encontrado a alguien que le haga sentar la cabeza. Aunque, conociéndolo, lo mismo se ha creído Patrick Swayze por apuntarse a un curso de torno.
—Por favor, no me hagas imaginar a José Luis en Ghost .
—Pues yo ya lo he imaginado y te aseguro que no mejora la película.
Nos echamos a reír.
—En fin —continuó—, que viendo cómo se está comportando, lo confirmo: seguro que tuve más cuernos que el marido de Marta.
—¡Bea!
—¿Qué? Si es verdad. Aunque espero que, por lo menos, José Luis tenga la decencia de no ir contándolo en público.
—¿Y te molestaría que fuera en serio con Alicia?
Se encogió de hombros.
—¿Por qué iba a molestarme? Llevamos dos años separados. Que sea muy feliz. De verdad te lo digo.
La observé un instante.
Parecía sincera. No había amargura en su voz ni aquella necesidad de demostrar que estaba estupendamente que le había conocido durante los primeros meses de su separación.
—Pues me alegro de que lo lleves así.
—Hija, a estas alturas, lo único que quiero de José Luis es que cumpla con sus responsabilidades y no me cambie los fines de semana como quien modifica una reserva de restaurante.
—Eso estaría bien.
—Pero bueno, gracias a él tuve a Daniela conmigo. Y, al final, pasamos un sábado estupendo.
—Ya lo vi.
—Es verdad, que nos encontramos. Por cierto, ¿qué tal acabasteis Hugo y tú?
—Muy bien. Pero antes cuéntame, ¿qué hicisteis durante el día? —pregunté.
—Tu padre vino por la mañana a ayudarme a rematar unos detalles de la habitación de Daniela. ¿Te acuerdas del armario que estaba montando?
—Sí.
—Pues aquello parecía un puzle diseñado por alguien que odiaba a la humanidad. Menos mal que vino Román.
—Mi padre es capaz de montar una cocina entera hasta con un palillo de dientes.
—Y de decirte cuarenta veces que estás sujetando mal una tabla.
—Eso también.
—Comimos juntos y luego Daniela se empeñó en ir a ver las luces. Así que nos fuimos los tres al centro.
—Y acabasteis comprando un capibara del tamaño de una lavadora.
—Patricio —me corrigió Bea—. Se llama Patricio.
—Mis disculpas a Patricio.
—Daniela durmió abrazada a él. Esta mañana casi tenemos que pedirle un taxi aparte para llevarlo al colegio.
Me reí.
—Bueno, ¿y vosotros? —preguntó Bea—. ¿Qué hicisteis?
—Pues… fuimos a hacer la compra.
Se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—Al supermercado.
—Ya. Eso lo he entendido. ¿Pero qué hicisteis después?
—Cocinamos.
—¿En casa?
—Sí. En mi casa.
—¿Hugo Alda, el hombre que vive en Nueva York, dirige una empresa y se presenta en las cenas con trajes que cuestan más que mi lavadora, te organizó un sábado de supermercado?
—Sí.
—¿Y te gustó?
—Muchísimo.
Bea apoyó la espalda en la silla y me examinó como si acabara de comunicarle que había decidido ingresar en una secta.
—Esto es más grave de lo que pensaba.
—¿Por qué?
—Porque cuando una mujer empieza a disfrutar haciendo la compra con un hombre, ya no hay nada que hacer.
—¿Tú crees? —pregunté, risueña.
—¿Qué comprasteis?
—De todo. Hugo parecía un niño al que hubieran dejado suelto en una tienda de juguetes.
—¿Y tú?
—Yo intenté que no metiera en el carro cosas absurdas.
—¿Lo conseguiste?
—No.
—Normal.
—Discutimos sobre los ingredientes del fiambre, compró flores y acabamos haciendo albóndigas.
—¿Albóndigas?
—En salsa.
—¿Las tuyas?
Asentí y Bea sonrió.
—Las de mi madre —respondí.
—Pues eso ya son palabras mayores.
Lo eran.
Bea sabía por qué.
Se lo había contado hacía años, en una de aquellas conversaciones interminables que manteníamos cuando mi amistad con ella todavía no incluía confesiones sobre hombres que compraban flores en supermercados.
—Fue un sábado muy bonito —admití.
—Se te nota.
—Y no solo por las albóndigas. Es que… —Busqué las palabras—. Me gusta estar con él, Bea. Sin hacer nada especial. Me hace reír. Podemos pasar media hora discutiendo sobre una estupidez y me lo paso mejor que en muchos viajes que he hecho.
—Eso es buena señal.
—Y no siento que me invada.
—¿Cómo?
—Ya sabes cómo soy. Necesito mis rutinas, mi espacio, tenerlo todo más o menos bajo control. Siempre he pensado que convivir con alguien significaba renunciar a una parte de eso. Y con Hugo no me pasa. No necesito estar pendiente de lo que hace ni de lo que va a hacer después.
—Porque estás a gusto.
—Demasiado.
Bea sonrió de una manera que me hizo sospechar que estaba pensando algo que no se atrevía a decir.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Te conozco.
—Pues entonces ya sabes lo que pienso.
—Que estoy pilladísima.
—Hasta las trancas, tía.
—¡Gracias por la delicadeza! —exclamé.
—De nada. Para eso están las amigas.
Bebió un sorbo de café.
—¿Y lo de las luces? ¿También fue idea suya?
—Sí. Quería ir a ver el encendido.
—Qué bonito.
—Ya sabes que a mí la Navidad no me entusiasma.
—No nos dejas ni hacer el amigo invisible…
—Pues estuvimos hablando de eso. De por qué a él le gusta tanto y a mí tan poco.
Bea dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Y qué le contaste?
—Lo de siempre. Que, desde que mis padres se separaron, las Navidades eran un ir y venir de una casa a otra. Que cuando estaba con mi madre pensaba en mi padre y cuando estaba con mi padre me preocupaba por mi madre. Nunca conseguía disfrutar del todo.
—Normal, Clara.
—Y le conté lo del robot de cocina.
La expresión de Bea cambió.
—¿Lo de los Reyes?
Asentí.
—Sí.
—Qué duro. La primera vez que me lo contaste me partiste el corazón.
—Bueno, ya pasó.
—Ya sé que pasó. Pero fue muy triste.
Miré un momento hacia la ventana.