Capítulo 18 #3
Seguía riéndose cuando Daniela volvió a cogerlo de la mano para enseñarle algo en el puesto de al lado.
Sentí una punzada inesperada.
No era tristeza exactamente. Tampoco enfado.
Era algo antiguo que acababa de despertarse sin pedir permiso.
Charlamos unos minutos más. Bea me preguntó por el trabajo y mi padre comentó que nunca había visto la ciudad tan espectacular. Daniela anunció que quería un chocolate con churros y consiguió que los dos adultos aceptaran sin que tuviera que insistir ni tres veces.
—Bueno, nosotros seguimos —dijo Bea—. Que esta señorita tiene una agenda navideña muy exigente.
—¡Adiós, Clara! ¡Adiós, Hugo!
—Cuida de Patricio —le dije.
—¡Lo cuidaré!
Los vimos alejarse entre la multitud.
Mi padre llevaba a Daniela de la mano. Bea caminaba junto a ellos y los tres continuaron riéndose de algo que yo ya no podía escuchar.
Hugo me apretó suavemente los dedos.
—¿Estás bien?
—Sí.
Pero debió de notarme la voz, porque esperó.
Seguimos andando unos metros hasta que me detuve delante de un puesto de adornos.
—Es que… —empecé, sin saber muy bien cómo explicarlo—. Ver a mi padre con Daniela me ha dado una punzada aquí dentro.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Por qué?
—Porque durante un momento he pensado que Daniela es la niña que yo no pude ser.
Hugo se quedó mirándome.
—Y que conste que me alegro muchísimo de verlo así —continué—. De verdad. Mi padre pasó una época horrible. Tú sabes lo que le ocurrió después del divorcio. Estaba enfermo y apenas podía con su vida. No fue culpa suya.
—Lo sé.
—He hecho terapia, Hugo. He hablado de todo esto hasta aburrirme y creía que lo tenía perfectamente colocado. Pero lo he visto riéndose con Daniela, comprándole un peluche, paseando de su mano por la Plaza Mayor… Y, joder, por un segundo he querido ser ella.
Noté que se me humedecían los ojos.
—Tiene la misma edad que tenía yo cuando pasó todo aquello. Daniela puede preocuparse de qué peluche le gusta más. Yo estaba preocupada por si mi padre había comido.
Hugo me acarició la mano con el pulgar.
—No significa que no lo tengas superado.
—Ya. Pero fastidia.
—Claro que fastidia.
—Es que no quiero que parezca que le reprocho nada. Lo quiero muchísimo.
—Clara, puedes querer a tu padre, comprender lo que le pasó y seguir sintiendo pena por aquella niña. Una cosa no quita la otra.
Lo miré y fui absolutamente sincera con él:
—La niña tiene un cabreo ahora mismo que ni imaginas. Mejor que no la saque del sótano en el que la tengo encerrada.
Me reí y me limpié discretamente una lágrima.
Hugo me abrazó durante no sé cuánto tiempo, pero fue justo el tiempo que necesitaba y continuamos caminando.
Pensé que dejaríamos allí la conversación. Hugo no parecía tener intención de seguir haciéndome preguntas y yo se lo agradecí.
Pero, unos pasos después, se detuvo ante un puesto.
—Espera.
—¿Qué pasa?
—Tenemos un asunto pendiente.
—¿Qué asunto?
Señaló una hilera de peluches.
—Elige uno.
Lo miré, desconcertada.
—¿El qué?
—Un peluche, Cecé.
—Hugo, tengo treinta y cuatro años.
—Lo sé. También sé que sabes hacer albóndigas y que tienes opiniones muy firmes sobre los paquetes de pavo. Elige.
—No necesito un peluche.
—Pero la niña que tienes encerrada en ese cuartucho sí.
No añadió nada más.
Y fue precisamente eso lo que me desarmó.
No estaba intentando compensar lo que había pasado ni hacer como si un juguete pudiera cambiar mi infancia. Simplemente quería tener un detalle con esa parte de mí que estaba furiosa.
Miré los peluches.
Había perros, gatos, osos y un animal que no conseguí identificar ni después de darle dos vueltas.
Entonces vi uno pequeño, marrón, con una expresión bastante peculiar.
—Mira ese.
Hugo lo cogió.
Era un oso con un ojo mirando hacia Cuenca y el otro hacia la provincia de Guadalajara.
—Es horroroso —dije.
—Tiene carácter.
—Está bizco.
—Posee una visión muy amplia del mundo.
Solté una carcajada.
—Pobrecillo. Parece que está vigilando dos fronteras a la vez.
—Ideal para alguien que dirige una empresa internacional.
—No pensarás comprármelo.
—Por supuesto. Ya le he cogido cariño.
—Hugo…
—Además, sería cruel separarnos ahora.
Pagó el oso antes de que pudiera protestar y me lo entregó con una solemnidad absolutamente ridícula.
—Feliz Navidad, Cecé.
Lo abracé contra mi pecho.
—Gracias.
—¿Te gusta?
—Joder, Hugo. Me encanta —respondí quitándome las lágrimas del rostro.
—Me alegro. Porque creo que no tiene posibilidad de encontrar otra familia.
Me reí otra vez.
Y allí, en mitad de la Plaza Mayor, rodeada de luces, villancicos y cientos de personas, me descubrí sonriendo con un oso bizco entre los brazos.
No había dejado de tener treinta y cuatro años.
Pero, por un instante, la niña de diez también había tenido su regalo.
Por fin.
Hugo me pasó un brazo por los hombros y seguimos caminando.
Durante años había detestado la Navidad porque siempre me recordaba a alguien que no estaba. Aquella noche, en cambio, no dejaba de pensar en lo feliz que me hacía tenerlo a mi lado.
Y quizá por eso, cuando Hugo me besó bajo las luces, cerré los ojos y me permití olvidar que noviembre estaba a punto de terminar.