Capítulo 18 #2
—Supongo que por mis padres. Desde que se divorciaron, la Navidad siempre significaba que faltaba alguien.
Hugo dejó de recoger.
—¿Cómo os organizabais?
—La Nochebuena solía pasarla con mi madre. Venía a Madrid y nos reuníamos con unos familiares. Y Nochevieja y Reyes los pasaba con mi padre. Pero, estuviera donde estuviera, siempre echaba de menos al que no estaba.
—Ya. Sé lo que es.
—Cuando eres pequeña te dicen que la Navidad es estar todos juntos.
Lo ves en las pelis, en la publicidad, en las novelas…
Y mi familia jamás iba a estar junta otra vez.
Si me divertía con mi madre, pensaba en mi padre, que estaba solo.
Y cuando estaba con él, me preguntaba qué estaría haciendo mi madre.
—Yo es que lo que hacía era ir a ver a uno o a otro.
—Ah, ¿sí?
—Mis padres vivían muy cerca. Así que cenaba con mi padre y después me iba a casa de mi abuela, donde estaba mi madre, a comer el turrón. O viceversa.
—Contado así suena hasta divertido.
—Mi abuela, cuando me veía aparecer, siempre decía: «Ya está aquí el zascandil». Ir de aquí para allá fue la mejor manera que encontré para sobrellevar aquello. Supongo que por eso nunca dejó de gustarme la Navidad. Gracias a mis idas y venidas, todos seguimos juntos de alguna forma.
—Qué suerte que tengas buenos recuerdos a pesar de todo. Yo no. Es más, tengo un recuerdo bastante malo de una mañana de Reyes.
—¿Cuál?
—¿Te acuerdas de que te conté que a los diez años pedí un robot de cocina?
—Claro.
—Pues aquel año descubrí quiénes eran los Reyes Magos.
—¿Por el robot?
—Por mi padre. Me lo entregó sin envolver y me dijo: «Perdóname, Clarita, pero no he tenido fuerzas ni para envolverlo».
Hugo frunció ligeramente el ceño.
—Y tú todavía creías en los Reyes.
—Como una tonta.
—Como una niña de diez años, Clara.
Asentí.
—Fue una tontería, pero me quedé helada. No por el regalo, que lo había pedido yo, sino porque entendí de golpe que los Reyes eran los padres. Y el mío estaba tan mal que ni siquiera había podido envolver una caja.
Me quedé callada.
—Él tenía una depresión —añadí—. No era culpa suya. Ahora lo sé y lo tengo más que trabajado. Pero en aquel momento…
—En aquel momento tenías diez años.
—Exacto.
Hugo se acercó y me besó en la frente.
—Pues vamos a ver las luces.
—¿Después de lo que te acabo de contar? —repliqué retirándome las lágrimas del rostro.
—Con más razón. A lo mejor este año consigues algún recuerdo navideño que no incluya un electrodoméstico.
Solté una carcajada.
—Eres idiota.
—Y todavía no has visto lo loco que me vuelvo comprando adornos…
De nuevo me hizo reír.
¿Y qué podía hacer yo?
¿Resistirme?
Imposible.
Me convenció y nos fuimos a ver las luces.
Madrid estaba abarrotado.
A medida que nos acercábamos al centro, las calles se llenaban de familias, parejas y grupos de amigos que parecían llevar once meses esperando aquel momento.
El espíritu navideño se había apoderado de Madrid y, a juzgar por la cantidad de gente, nadie estaba dispuesto a perdérselo, aunque tuviera que contemplar las luces subido a los hombros de un desconocido.
Hugo caminaba a mi lado con una mano entrelazada con la mía y la otra en el bolsillo del abrigo.
—Hay que tener mucha personalidad para salir de casa con un gorro de cascabeles —comentó al cruzarnos con un señor que llevaba uno.
—Te estás riendo de ese señor —le reproché, risueña.
—Estoy admirando su valentía.
—Pues a mí me parece estupendo que la gente se divierta.
—Entonces no tendrás inconveniente en ponerte uno —me soltó divertido.
—¡Ni lo sueñes!
Diez minutos después llevaba una diadema con dos renos de muelles que se balanceaban cada vez que movía la cabeza.
Hugo había elegido para sí un gorro de Papá Noel.
—Parecemos dos personas que han perdido una apuesta en la cena de empresa —le dije.
—Yo creo que estamos guapísimos.
—¿No irás a hacernos una foto?
Hugo sacó el móvil y le faltó tiempo para hacernos varias fotos.
Él salía haciendo el payaso y yo muerta de la risa.
Nos reímos tanto que tuve que sujetarme a su brazo.
Cuando se encendieron las luces, una exclamación recorrió la calle.
Levanté la cabeza.
Sobre nosotros brillaban cientos de pequeñas bombillas que transformaban Madrid en una ciudad distinta. Los edificios parecían más cálidos, los escaparates resplandecían y hasta el ruido del tráfico quedaba disimulado por las voces de la gente.
Hugo me rodeó los hombros.
—¿Qué te parece?
—Que Madrid está preciosa.
—¿Ves? La Navidad tiene sus cosas bonitas.
—No te vengas arriba. Sigo teniendo una opinión muy negativa de los villancicos.
Caminamos despacio, sin más objetivo que disfrutar del ambiente. Nos detuvimos ante varios escaparates y acabamos entrando en la Plaza Mayor.
Los puestos del mercado navideño estaban iluminados y olía a castañas asadas. Había figuras para belenes, adornos, gorros, espumillón y objetos cuya utilidad resultaba imposible determinar.
Hugo se detuvo ante una colección de figuritas.
—Necesitamos un belén.
—No necesitamos un belén.
—Podemos empezar por el Niño Jesús.
—¿Y dónde piensas ponerlo?
—En tu salón —respondió él sin dudarlo.
—Mi salón ya tiene suficientes habitantes.
—¿Cuáles?
—Mis plantas. Y tú, últimamente, que consumes más recursos.
Se echó a reír.
Fue entonces cuando los vi.
Mi padre caminaba unos metros más adelante, de la mano de Daniela. La niña llevaba un enorme peluche de capibara abrazado contra el pecho y hablaba sin parar. Él se inclinaba hacia ella para escucharla y se reía de algo que acababa de decirle.
A su lado iba Bea.
Los tres parecían estar pasándoselo estupendamente.
Me detuve sin darme cuenta.
—¿Qué pasa? —preguntó Hugo.
—Mi padre.
—¿Dónde?
Se lo señalé.
Durante unos segundos me quedé observándolos. Mi padre tenía una sonrisa enorme y Daniela tiraba de su mano para llevarlo hacia otro puesto.
Lo vi como me habría gustado verle cuando era niña.
—¡Papá! —lo llamé.
Los tres se volvieron.
—¡Clara! —exclamó Bea, sorprendida.
Daniela vino corriendo hacia nosotros.
—¡Mira lo que me han comprado!
Levantó el capibara hasta colocármela prácticamente delante de la nariz.
—¡Es enorme!
—Se llama Patricio.
—¿Patricio, el capibara?
—Sí. ¿A que es precioso?
—Precioso. Y muy bien alimentado.
Mi padre se acercó y me dio un beso.
—¡Qué casualidad, hija!
—Eso digo yo. ¿Qué hacéis vosotros aquí?
—Pues mira, Bea y Daniela pasaron por la ferretería y me dijeron que venían a ver las luces. Como tenía ganas de dar una vuelta, dejé a la chica al frente de la tienda y me vine con ellas.
—¿Y tú? —preguntó Bea, mirando a Hugo—. ¿Has conseguido que Clara deje de ser un Grinch por unas horas?
—Me ha costado, pero aquí estamos.
—No os acostumbréis —advertí—. Ha sido una salida excepcional.
Daniela enseñó el capibara a Hugo, que se interesó muchísimo por el peluche:
—¿Y Patricio necesita algún cuidado especial?
—Dormir conmigo.
—Una responsabilidad importante.
—Y que no lo metan en la lavadora.
—Eso también me parece razonable.
Mi padre soltó una carcajada.
Lo miré.