Capítulo 18
El jueves y el viernes Hugo siguió con sus reuniones, comidas de negocios y compromisos varios. Yo había renunciado a preguntarle con quién se veía y para qué, porque cada vez que lo hacía acababa sintiéndome como una inspectora de Hacienda a punto de solicitarle las facturas.
Además, me había prometido el fin de semana entero.
Y Hugo Alda tenía una virtud que empezaba a gustarme tanto como sus besos: cumplía lo que prometía.
El viernes tuvo varios afterworks y me avisó de que no sabía a qué hora terminaría. Le dije que no se preocupara, que yo aprovecharía para adelantar trabajo y cenar tranquilamente.
A las diez y cinco sonó el timbre.
Cuando abrí, me encontré a Hugo con el abrigo puesto, el pelo algo despeinado y dos bolsas de comida para llevar.
—Servicio de cenas a domicilio —anunció.
—No he pedido nada.
—Entonces me he equivocado de apartamento.
Hizo ademán de marcharse.
—Espera. ¿Qué traes?
—Comida tailandesa.
—Pasa. ¡Has acertado!
Me dio un beso antes de dejar las bolsas en la cocina.
—Te dije que el fin de semana era tuyo, Cecé.
—Todavía es viernes.
—Estoy haciendo horas extras.
Cenamos en el sofá, compartimos un postre que él había comprado supuestamente para mí y acabamos acostándonos bastante más tarde de lo que recomendaba cualquier especialista en higiene del sueño.
El sábado 21 de noviembre me desperté sin que sonara el despertador.
Aquello ya era una novedad. La segunda fue descubrir que tenía un brazo masculino rodeándome la cintura y una pierna que pesaba lo mismo que una puerta sobre las mías.
Hugo dormía a mi espalda.
Me giré con cuidado para mirarlo. Tenía el pelo revuelto, la barba de un par de días y una expresión de absoluta tranquilidad.
Era bastante injusto que un hombre pudiera estar tan guapo sin hacer ningún esfuerzo, mientras que yo tenía que tener unas pintas horribles con los pelos enredados y el rímel corrido.
—Me estás mirando —murmuró sin abrir los ojos.
—Estoy comprobando si respiras.
—¿Y?
—De momento, sí.
Me estrechó contra él.
—Entonces vuelve a dormirte.
—Son casi las diez.
—Una hora estupenda para seguir en la cama.
—Yo los sábados suelo aprovechar la mañana.
—Yo también.
Noté sus labios en mi cuello.
—Tenemos conceptos distintos de aprovechar.
—El mío es mejor.
Me reí y traté de incorporarme, pero me sujetó por la cintura.
—¿Adónde vas, Cecé?
—A preparar café.
—No.
—¿Cómo que no?
—He reservado todo el fin de semana para ti. No pienso empezar perdiéndote por culpa de una cafetera.
—Hugo, la cafetera está en la cocina. No me voy a Nueva Zelanda.
—Me da igual. Quédate cinco minutos más.
Me acomodé otra vez entre sus brazos.
Cinco minutos, pensé.
Y fue entonces cuando comprendí que había cometido un error de cálculo. Porque Hugo Alda no tenía la menor intención de respetar los plazos cuando se trataba de salir de mi cama.
Una hora después seguíamos allí.
Este hombre iba a matarme.
Y yo tan feliz.
—Bueno, señor Alda —dije, apoyando la barbilla sobre su pecho—. ¿Qué sorpresa me tienes preparada para este fin de semana? ¿Un viaje a París?
—Algo mejor.
—¿Venecia?
—Mucho mejor.
—¿Un hotel de cinco estrellas con spa?
—Vamos al supermercado.
Levanté la cabeza.
—¿Perdona?
—Al supermercado.
—¿Y eso es mejor que Venecia?
—Depende. ¿En Venecia tienes que compartir conmigo la elección de un detergente?
—No necesariamente.
—Entonces gana el supermercado.
Lo miré, intentando averiguar si hablaba en serio.
—¿Ese es tu gran plan?
—Comprar, volver a casa, cocinar juntos y pasar el día sin mirar el reloj. Como una pareja normal.
—Qué poco ambicioso para un empresario internacional.
—Soy un hombre sencillo.
—Eres un empresario de éxito. Tendrías que ejercer.
—¿De qué, Cecé? Tengo unos gustos muy modestos. Por ejemplo, ahora mismo solo quiero besarte y que no me obligues a levantarme.
Lo hizo antes de que pudiera contestar.
—Además —añadió cuando me dejó recuperar el aliento—, me apetece hacer cosas normales contigo.
—¿Cosas normales?
—Sí. Algo tan maravillosamente normal como buscar el conservante E250 en los paquetes de pavo.
Me quedé mirándolo.
Era lo último que esperaba para aquel fin de semana. Yo había pensado en una escapada romántica a una capital europea, una reserva en algún restaurante imposible o cualquier otro plan propio de un hombre que parecía vivir entre aeropuertos y reuniones.
Pero la idea de ir al supermercado con Hugo, llenar un carro y volver a mi casa para preparar la comida me hizo una ilusión que no habría sabido explicar.
Durante unas horas podríamos comportarnos como una pareja que llevaba toda la vida junta, aunque yo no tuviera ni idea de lo que iba a ocurrir con nosotros cuando terminara noviembre.
—Vale —acepté—. Pero tenemos que levantarnos.
—Cinco minutos más.
—Eso dijiste hace una hora.
—Y funcionó —dijo mirándome con una sonrisa lobuna.
Nos metimos juntos en la ducha y salimos de casa cerca del mediodía.
Hugo se empeñó en llevar el carro y yo cometí el error de dejarlo solo durante treinta segundos en el pasillo de los aperitivos.
Cuando regresé, había metido dos bolsas de patatas fritas, aceitunas, una caja de bombones y unos cacahuetes con una cantidad de especias que habría servido para repoblar el desierto del Sáhara.
—¿Qué es todo esto?
—Provisiones.
—Venimos a comprar los ingredientes para la comida.
—Y hay que sobrevivir hasta que esté preparada.
Saqué los bombones.
—Estos no estaban en la lista.
—¿Tenemos una lista?
—Sí.
—Entonces deberías habérmela enseñado antes de nombrarme responsable del carro.
Volví a dejar los bombones en su sitio.
Hugo los recuperó.
—Negociemos.
—¿El qué?
—Yo acepto la marca de lonchas de pavo que tú elijas y tú aceptas los bombones.
—No necesito tu aprobación para comprar pavo.
—Estás siendo muy dura en esta negociación.
Al final compramos los bombones.
También unas flores que Hugo añadió al carro mientras yo elegía tomates.
—¿Y esto?
—Para tu casa.
—Tengo flores.
—Estas son más bonitas.
—Las otras me las compré ayer.
—Entonces ahora tienes el doble. ¿Ves qué fácil es mejorar una situación?
Terminamos pasando por caja con bastantes más cosas de las previstas.
Mientras colocábamos la compra en las bolsas, Hugo observó la cinta transportadora.
—Creo que se nos ha ido un poco de las manos.
—A ti. Se te ha ido a ti. Como gestiones así los gastos de tu empresa…
—Para eso tengo un director financiero —replicó Hugo, risueño.
—Pues deberías haberlo traído.
—No te quejes, Cecé. Hemos hecho una compra muy equilibrada.
—Llevamos tres tipos de chocolate.
—Y brócoli. Que, por cierto, tampoco estaba tan caro como decía mi abuela.
—Es que aquí tienen muchas ofertas. Por eso vengo —dije alzando las cejas.
—Ya me parecía raro que no tuvieras estudiado hasta el supermercado.
—No lo tengo estudiado.
—Cecé, seguro que sabes qué día reponen los yogures.
—Los martes.
De regreso a casa, caminamos cargados con las bolsas y hablando de auténticas estupideces. Discutimos sobre si los aguacates maduraban por voluntad propia o para fastidiar al consumidor y sobre si algún día pasarían de moda los plumíferos que nos hacían parecer el muñeco de Michelin.
Me sorprendió lo fácil que resultaba estar con él cuando no había ningún sitio al que llegar.
Ya en casa, guardamos la compra entre los dos. En mi cocina repartimos las tareas. Hugo se ofreció voluntario para cortar la cebolla, aunque cinco minutos después estaba llorando como si acabaran de comunicarle una desgracia familiar.
—¿Seguro que esto es legal? —farfulló, secándose los ojos con el antebrazo.
—Llevas cortada media cebolla.
—Pues debe de ser una variedad especialmente agresiva.
—¿Quieres que termine yo?
—No. Tengo una reputación que mantener.
—¿La de hombre incapaz de cortar una cebolla?
—La de hombre que no abandona ante las dificultades.
Estábamos preparando albóndigas en salsa, una receta que yo había aprendido a hacer siendo pequeña.
—¿Y quién te enseñó? —preguntó Hugo mientras se lavaba las manos.
—Mi madre. Por teléfono.
—¿Por teléfono?
—Sí. Yo tenía diez años y mi padre no sabía cocinar. Mi madre me iba diciendo lo que tenía que hacer y yo seguía sus instrucciones.
—¿No te lo hacía el robot?
—No es lo mismo. Las albóndigas salen mejor en sartén y luego a la salsa. En el robot quedan bien, pero así están mucho más ricas. Lo que sí puede hacer es picar la cebolla.
—Me lo dices ahora.
—¿Ya las tienes?
—No recuerdo cuándo fue la última vez que lloré tanto.
—De niña aprovechaba que picaba cebolla para llorar.
—¿No te permitías llorar? —inquirió Hugo, que de pronto se puso serio.
—Ni por la noche. No quería que mi padre me viera y se pusiera peor.
—Joder, Clara.
—Ya pasó —dije, entregándole un bol—. Ahora te toca hacer las albóndigas.
—Siento mucho todo aquello.
—Gracias. Estoy bien. Vamos a seguir con las albóndigas.
Hugo decidió no seguir metiendo el dedo en la herida, y no supo cuánto se lo agradecí.
—Vale. ¿Hay alguna técnica especial?
—Que sean redondas.
Observó la primera que había preparado.
—Esta tiene una forma más conceptual.
—Parece una patata —solté risueña.
—La cocina también es arte, Cecé.
—Pues procura que las demás sean menos abstractas.
Hugo era así.
No sé cómo se lo montaba, pero siempre acababa haciéndome reír.
Comimos bastante tarde, con una botella de vino que Hugo había elegido y las flores nuevas en el centro de la mesa.
Las albóndigas quedaron estupendas, incluso las que tenían formas geométricas desconocidas.
—Esta tarde podríamos salir a ver las luces de Navidad —propuso Hugo mientras recogíamos los platos.
—¿Las luces?
—Sí. Me han dicho que las encienden hoy.
—¿A ti te gusta la Navidad? —le pregunté temiéndome lo peor.
—Muchísimo. ¿A ti no?
Hice una mueca.
—No especialmente.
—¿Qué es lo que más detestas? ¿Los árboles, las luces, los villancicos, los mercados?
—Los villancicos me parecen una forma de tortura que todavía no está recogida en el Código Penal.
—¿Y todo lo demás?
—No sé. Nunca he sido muy navideña.
—¿Por algo en particular?
Me quedé unos segundos mirando mi copa.