No me vuelvas loca Capítulo 17
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Capítulo 17

El martes Hugo tuvo su comida de negocios.

No sabía con quién había quedado para comer ni en qué restaurante. Me había comentado que aprovecharía el descanso del programa para reunirse con unos posibles colaboradores y que por la noche tenía una cena en Segovia.

Yo me dediqué a ponerme al día con una cantidad de trabajo que parecía multiplicarse cada vez que abría el correo electrónico.

A media tarde recibí un mensaje suyo.

HUGO: ¿Cómo va mi coordinadora favorita?

CLARA: Coordinando.

HUGO: Qué respuesta tan profesional.

CLARA: Estoy trabajando.

HUGO: Yo también. Pero saco tiempo para echarte de menos.

Yo también lo echaba de menos, pero no iba a decírselo. No quería parecer una arrastrada.

CLARA: Pues trabaja más.

HUGO: Qué mujer tan cruel.

CLARA: Y eficiente.

HUGO: Sobre todo eficiente.

Guardé el teléfono con una sonrisa.

Un rato después volvió a escribirme. Tenía otra reunión antes de salir hacia Segovia y no sabía a qué hora terminaría.

Le contesté que no se preocupara.

Y no me preocupé.

O eso intenté.

Cené, vi un rato la televisión y me metí en la cama antes de las once.

Dormí de un tirón.

Bueno, casi.

Me desperté una vez, al darme la vuelta y encontrar la otra mitad de la cama vacía.

Me pareció ridículo.

Hacía dos semanas que conocía a aquel hombre.

Dos semanas.

Y ya estaba echando de menos que me robara el edredón.

Luego, cogí el móvil para ver si me había escrito y tenía un mensaje:

HUGO: Ya estoy en casa, Cecé. Te mando un beso donde tú quieras.

Al principio me sacaba de quicio que me llamara Cecé. Ahora, en cambio, me gustaba muchísimo. Sobre todo cuando lo decía él.

Madre mía. Lo echaba tanto de menos que coloqué el móvil en su lado de la cama.

No era normal.

Al menos para mí no lo era.

Aquello me tenía tan agobiada que el miércoles, durante un descanso, entré en el despacho de Bea.

Estaba delante del ordenador, concentradísima.

—¿Tienes un momento?

—Para ti, siempre.

Levantó la vista.

—Uy.

—¿Qué?

—Como Marta te haya vuelto a tocar las narices…

—No es Marta.

—¿Entonces?

Me senté frente a ella.

—Es Hugo. No sé, Bea. Lo noto más frío.

—Ah. ¿Y qué ha hecho?

—Es que lleva dos días con comidas, cenas y reuniones.

—Tiene una empresa, Clara.

—Ya lo sé.

—Una empresa de verdad. No una de esas que consisten en subir fotos de desayunos a Instagram.

—No hace falta que me lo recuerdes.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Me encogí de hombros.

—Antes parecía que no podía pasar una noche sin mí.

—¿Y ahora?

—Pues ahora tiene otras cosas que hacer.

Bea se recostó en la silla.

—¿Y cuando está contigo cómo se comporta?

—Igual que siempre.

—¿Te llama?

—Durante el día.

—¿Te escribe?

—Sí. Siempre me escribe antes de dormir.

—¿Te dice que quiere verte?

—Me dice que me echa de menos.

—Entonces no está más frío, nena. Está más ocupado.

Suspiré.

—Supongo.

—Clara, lleváis dos semanas juntos. No puedes pretender que abandone sus obligaciones porque te hayas acostumbrado a dormir abrazada a él.

—No me he acostumbrado a nada.

Bea levantó las cejas.

—No, qué va.

—¿Y si está empezando a perder el interés?

—Está haciendo lo que debe. Lo preocupante sería que estuviera llamándote a todas horas y no se despegara de ti. Esos son los tíos que hay que vigilar de cerca. O los que no cumplen con lo que dicen. Ni te escriben por la noche, ni te llevan a la ópera con su abuela.

Me quedé un momento en silencio.

—Es que no sé qué me pasa.

Bea suavizó la expresión.

—Te gusta mucho.

—Sí.

—Y estás empezando a pensar en lo que ocurrirá cuando se vaya.

No contesté.

Porque aquello era exactamente lo que me pasaba.

No me preocupaba que Hugo tuviera una cena de trabajo.

Me preocupaba lo mucho que me había gustado tenerlo cerca durante aquellos días.

Y lo poco que faltaba para que regresara a Nueva York.

—Oye —dijo Bea—. ¿Y tú le has dicho que también lo echas de menos?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tengo quince años.

—Pues con esa respuesta lo pareces.

Le tiré una bola de papel que había sobre su mesa.

La esquivó.

—¡Eso es violencia laboral! —exclamó.

Me levanté riéndome.

—Me voy a trabajar.

—Eso. Y deja de buscar problemas donde no los hay.

Salí de su despacho bastante más tranquila.

No porque Bea hubiera resuelto nada, sino porque había conseguido que me escuchara a mí misma.

Y la verdad era que estaba haciendo el gilipollas.

A última hora de la tarde, Hugo se acercó a mi mesa.

—¿Qué planes tienes esta noche?

Lo miré por encima del ordenador.

—¿Por qué? ¿Se ha cancelado alguna reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas?

—No. Pero me gustaría cenar contigo.

—Ah.

—Y que te quedaras a dormir en mi casa.

Intenté no demostrar demasiado entusiasmo.

—Tendría que pasar por la mía.

—Te acompaño.

—¿Y no tienes ninguna cena de trabajo?

—Hoy no.

—¿Ninguna comida pendiente?

—Ya he comido.

—¿Ninguna reunión con inversores, ministros o jefes de Estado?

—Con una jefa de Estado sí.

—¿Quién?

—Tú. Y espero que me concedas una audiencia privada.

Me moría de ganas de decirle que sí, pero seguí haciéndome la interesante:

—Me lo voy a pensar.

—Poco, por favor, que te he echado demasiado de menos.

Aquella respuesta me produjo una alegría que me pareció bastante desproporcionada.

Alegría que, por supuesto, fue interior.

Él no se coscó de nada.

Y, cuando un rato después salimos juntos de Aristeo, tuve que reconocer que Bea quizá había acertado.

Hugo no parecía más frío.

De hecho, llevaba una mano apoyada en mi cintura mientras caminábamos hacia el metro y me estaba contando que había encontrado un restaurante al que quería llevarme.

Lo escuché hablar de la comida, de lo bien que se cenaba allí y de un plato que, según él, tenía que probar.

No parecía un hombre que estuviera intentando alejarse de mí.

Parecía uno que estaba haciendo planes.

Y eso me gustaba muchísimo.

Y más todavía que en el ascensor de mi casa se volviera a desatar la locura.

Lo hicimos en el sofá, luego cogí mis cosas y nos fuimos a su casa.

En su apartamento cenamos algo sencillo.

Hugo había comprado comida preparada y la calentamos mientras discutíamos sobre si aquello podía considerarse cocinar.

—Por supuesto que sí —defendió.

—Lo único que has hecho ha sido encender el horno.

—Y he calculado los tiempos.

—Venían escritos en la caja.

—No menosprecies mi capacidad para interpretar instrucciones. Te recuerdo que tengo una empresa con empleados en varios países.

—Pues cuando abras una sucursal en Italia, no les cuentes lo de esta lasaña.

—Italia está descartada —replicó.

Y no le di ninguna importancia.

Me fui a cambiarme de ropa y me puse una camiseta suya.

Aunque ya tenía algunas cosas mías en su casa: ropa interior, calcetines, una bufanda, varias carpetas…

Poca cosa, pero, aunque aún me resistiera a reconocerlo, con el tiempo que pasaba allí, aquello empezaba a parecerse demasiado a tener un segundo domicilio.

Cuando regresé al salón, Hugo estaba hablando por teléfono.

Me hizo un gesto cariñoso al verme y señaló el móvil, indicando que terminaría enseguida.

Fui a la cocina a buscar agua.

No tenía ninguna intención de escuchar la conversación, pero su voz llegaba perfectamente desde el salón.

—Sí, he tenido las reuniones.

Hubo una pausa.

—Bastante bien. Mejor de lo que esperaba.

Abrí el frigorífico.

—No, todavía no. Quiero revisar los números antes de decidir nada.

Saqué una botella.

—Madrid sigue siendo una posibilidad.

Me detuve un instante.

¿Madrid?

Hugo escuchó durante unos segundos.

—Lo sé. Pero prefiero hacerlo bien.

No oí nada más porque se alejó hacia el otro extremo del salón.

Me serví un vaso de agua.

No tenía nada de extraño que hablara de Madrid. Llevaba dos semanas aquí, conocía a mucha gente y su empresa trabajaba con clientes de distintos países.

Además, yo no entendía demasiado de los asuntos de ALDA.

Cuando regresé al salón, Hugo acababa de colgar.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí. Cosas de trabajo.

—Últimamente tienes muchas cosas de trabajo.

—Es una mala costumbre que tengo desde que fundé una empresa.

—Deberías corregirla. Tu abuela se alegraría.

—¿Ya estáis conspirando contra mí?

Dejó el teléfono sobre la mesa y se acercó a mí.

—No te creas tan importante.

—Pues tú sí.

—Pero tendrás tus prioridades.

Me rodeó la cintura.

—Ahora solo tengo una.

—Eso es muy poco serio.

—Poquísimo.

Me besó.

Y yo, que llevaba dos días preocupándome por su supuesta falta de interés, descubrí que no había perdido absolutamente nada de él.

Ni de sus ganas de besarme.

Ni de su facilidad para conseguir que me olvidara de lo que estaba pensando.

Aquella noche tampoco hablamos de lo que pasaría después de noviembre.

Pero, cuando nos metimos en la cama, Hugo me abrazó y me preguntó qué quería hacer el fin de semana.

—¿El fin de semana?

—Sí. He pensado que podríamos pasar juntos el fin de semana.

—¿No tienes ninguna reunión?

—De momento, no.

—¿Y ninguna cena con amigos?

—¿Quieres que me ponga a levantar el teléfono?

—Solo pregunto.

—Quiero pasar el finde contigo. Si tú quieres, claro.

Apoyé la cabeza en su pecho.

—Quiero.

Me besó el pelo.

Y pensé que, mientras yo llevaba dos días preguntándome si empezaba a cansarse de mí, él acababa de proponerme pasar todo el fin de semana juntos.

Bea tenía razón: no había ningún problema.

O sí.

Porque me estaba pillando por momentos…