Capítulo 16
El lunes llegué a Aristeo con un vestido de Miu Miu que no era mío, una sonrisa que no conseguía quitarme de la cara y la sensación de que el fin de semana había durado bastante menos de lo que me habría gustado.
Lo del vestido tenía una explicación. Era otro de los que Hugo había comprado en Madrid para llevárselos a Jacqueline cuando regresara a Nueva York.
Pero, al paso que íbamos, esa mujer iba a quedarse sin regalos.
Era el segundo que estrenaba.
El primero me había gustado mucho. El segundo me quedaba todavía mejor.
—¡Pero bueno! —exclamó Bea en cuanto me vio—. ¿Qué te ha pasado?
—Ya ves.
—Tienes una cara de felicidad que me da una envidia que te cagas.
—Gracias.
—Y ese vestido no te lo conozco.
Bajé la mirada.
—Es de Miu Miu.
—¿Otro?
Asentí.
—No me digas que es de los que Hugo compró para Jacqueline.
—Vale, no te lo digo.
—¡Tía! ¡Pero si ya estrenaste uno!
—Este me quedaba muy bien.
Bea me examinó con una expresión de absoluta incredulidad.
—Tú lo que quieres es que ese hombre regrese a Nueva York con las manos vacías.
—Que le compre otros.
—¡Claro! Como los regalan con las barras de pan.
Me eché a reír.
—No lo he hecho aposta. Ayer no pensaba quedarme en su casa y no tenía ropa para hoy.
—O sea, que fuiste a la ópera con su abuela y acabaste durmiendo con él.
—Sí.
—¿Y qué tal?
—Fenomenal.
—¿Fenomenal de verdad o fenomenal de esos que dices tú cuando no quieres contarme algo?
—Fenomenal de verdad.
Bea me cogió del brazo y me llevó hacia un lado del pasillo, apartándonos del ir y venir de los participantes.
—Cuenta.
Y le conté.
Le hablé de Inés, de sus gafas naranjas, de su abrigo rosa, de su manera de pedir una tarta de chocolate como si estuviera negociando la compra de una empresa y de las carcajadas que me había hecho soltar durante la merienda.
—Yo tengo que conocerla —dijo Bea.
—Es divertidísima.
—Y le caerías genial.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Bueno, me dijo que Hugo se pasa el día hablando de mí.
—¡Toma ya!
—Y que quiere que Hugo se quede en Madrid.
Bea abrió mucho los ojos.
—Uy.
—Lo echa de menos. Vive en Nueva York desde hace años y a ella le gustaría tenerlo cerca.
—Normal —replicó Bea.
—Lo mejor es que, cuando Hugo fue al baño, me dijo que necesitaba una aliada.
—¿Para qué?
—Para convencerlo de que vuelva a Madrid.
Bea me miró durante unos segundos.
—A ver si lo he entendido. Has conocido a la abuela de Hugo, le has encantado y ahora quiere reclutarte para conseguir que su nieto se quede aquí.
—Más o menos.
—Joder, tía. Pues todo genial, ¿no?
—Sí.
Y lo era.
Habíamos pasado un domingo maravilloso. Me había emocionado escuchar Las bodas de Fígaro en el Teatro Real, había congeniado con una mujer a la que Hugo adoraba y, después, habíamos terminado en su apartamento.
No tenía ninguna queja.
Ni siquiera de que aquella mañana hubiera tenido que levantarme antes de lo habitual para ir a mi casa a recoger el portátil y algunas cosas del trabajo.
—¿Y qué tal la noche? —preguntó Bea.
—Muy bien.
—Qué nivel de detalle.
—No voy a darte más detalles en el pasillo.
—Vale, vale. Ya me hago una idea. Por la cara que traes, supongo que no os dedicasteis a comentar la escenografía de Mozart.
—La escenografía no era de Mozart.
—Pues mira, ya sé una cosa más —soltó entre risas—. Oye, hablando de otro asunto —dijo de pronto—. Mira quién viene por ahí.
Seguí la dirección de sus ojos.
Marta avanzaba por el pasillo con una carpeta bajo el brazo y el móvil en la mano.
—Ni se te ocurra decirle —le advertí al ver la cara que acababa de poner.
—¿El qué?
—Lo que estés pensando.
—Solo voy a saludarla.
—No tienes ninguna necesidad.
—Clara, cariño, es una participante del programa. ¿Desde cuándo no puedo ser educada?
Aquella pregunta, viniendo de Bea, no me tranquilizó en absoluto.
—Bea…
Pero ya era tarde.
—¡Marta! —la llamó con una sonrisa enorme.
Marta levantó la cabeza.
—Hola.
—Uy, ahora que te veo de cerca, ¡si yo te conozco!
Marta se detuvo.
—Ah, ¿sí?
—Sí, mujer. Tu marido jugaba al pádel con mi ex, José Luis. Nos presentaron una vez.
Marta la observó detenidamente.
—Pues no te recuerdo.
—Fue hace unos años.
—Ah, claro. ¿Te has operado la nariz?
Me quedé inmóvil.
Bea parpadeó.
—No.
—Pues te ha quedado fenomenal. Ya me dirás quién es el cirujano.
—Que no me he operado.
—¿De verdad? Es que estás muy cambiada —replicó Marta, mirándola de arriba abajo.
—Será que entonces era rubia.
—Ah, puede ser. ¿Y qué suplementos tomas?
—¿Suplementos?
—Sí, para la piel. Porque la tienes estupenda y a tu edad ya se necesita ayudita —soltó la muy cabrona.
Sin ser consciente de quién tenía enfrente.
—No necesito ayuditas. Produzco colágeno de lo feliz que soy.
—Pues qué suerte.
Marta sonrió solo para mostrar los dientes.
Bea también.
Y yo, que conocía bastante mejor a Bea, comprendí que estábamos a punto de tener un problema.
—Oye, Marta —dijo mi amiga—, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—Si tuvieras que pelearte con un animal, ¿a cuál crees que podrías vencer?
Marta frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Que si estuvieras frente a un animal y tuvieras que defenderte, ¿a cuál crees que podrías ganar?
—Pues no sé.
—Piénsalo.
—¿Un gato?
—¿Un gato? —repitió Bea, interesadísima.
—Sí. Uno pequeño.
—Ah.
—¿Por qué?
—Por nada. Curiosidad.
Marta nos miró alternativamente.
—¿Y tú?
—Yo no me pelearía con ningún animal —respondió Bea—. Los amo a todos.
—Pues vaya pregunta —bufó Marta.
—Ya ves. Era por saber hasta dónde llegaba tu valentía.
—¿Y? —replicó Marta, mosqueadísima.
—Hasta un gato pequeño —contestó Bea.
Y, sin darle oportunidad de contestar, me cogió del brazo.
—Bueno, Marta, que tengas una buena mañana.
Nos alejamos antes de que yo pudiera decidir si reírme o estrangularla.
—¿Se puede saber a qué ha venido eso? —pregunté en voz baja.
—¿El qué?
—¡Lo del animal!
—Quería conocerla un poco mejor.
—¿Preguntándole si podría ganar a un gato?
—Ha elegido uno pequeño. Y así hemos confirmado que tiene valor para intentar tirarse a tu hombre, pero no para contárselo al suyo.
Me tapé la boca para no reírme.
—Estás fatal.
—Y ella es una maleducada.
—No tenías que haberle dicho nada.
—Quería protegerte. Así ni se le va a pasar por la cabeza seguir tirándole la caña a tu Hugo.
—No es mi Hugo. Y sé defenderme sola.
—Lo sé. Pero eso no significa que yo tenga que quedarme mirando. Y más cuando esa lagarta me ha insinuado que estoy operada y suplementada. Será cabrona.
—Bea, por favor.
—¿Qué? ¿No puedo decir lagarta?
—Estamos en Aristeo.
—Ah, perdona. Entonces, debo llamarla señora lagarta.
Solté una carcajada.
—Tenía que haberle dicho que me suplemento con el polvo de cuerno de su marido.
—¡Calla!
—Bueno, vamos a trabajar, que tenemos muchas cosas que hacer.
Y se marchó hacia su despacho con la satisfacción de quien acaba de cumplir una importante misión diplomática.
Aunque me quedé pensando que menos mal que Bea había decidido ser diplomática. No quería imaginarme cómo sería una declaración de guerra.
Después del episodio, la mañana transcurrió con bastante normalidad hasta que Marta decidió intervenir en una de las sesiones de Hugo.
Estaban trabajando sobre liderazgo y toma de decisiones. Hugo había planteado un caso práctico y los participantes discutían qué criterios debían tenerse en cuenta cuando los intereses personales podían entrar en conflicto con los de una organización.
Me encontraba al fondo del aula, comprobando que todo funcionara correctamente, cuando Marta levantó la mano.
—Hugo, tengo una pregunta.
—Adelante.
—¿Qué ocurre cuando una persona que tiene responsabilidades dentro de una organización mantiene una relación personal con alguien sobre quien debe tomar decisiones?
Hugo dejó el rotulador sobre la mesa.
—Depende de qué decisiones estemos hablando.
—Por ejemplo, cuando existe una relación entre alguien de la dirección y una persona que presta servicios para esa organización.
Sentí que se me calentaban las orejas.
No hizo falta que Marta me mirara para saber por dónde iba.
—En ese caso —respondió Hugo—, lo importante es determinar si existe un conflicto de intereses real y, si lo hay, establecer mecanismos para gestionarlo.
—¿Y si esa relación influye en el trato que recibe esa persona?
—Entonces habría que demostrarlo.
—Claro —insistió Marta—. Porque la profesionalidad debería estar por encima de las relaciones personales.
—Sin ninguna duda. ¿Tienes algún caso concreto en mente, Marta?
—No. Hablo en general.
—Perfecto. Entonces hablemos en general. Una relación personal no demuestra por sí sola que exista un trato de favor. Y un buen directivo debe saber distinguir entre los hechos y las suposiciones.
—Por supuesto.
—Porque, de lo contrario, corremos el riesgo de cuestionar la profesionalidad de alguien sin tener un solo dato que lo justifique. Y eso también es una falta de profesionalidad.
Marta apretó los labios.
—Solo era una pregunta.
—Y es una buena pregunta —contestó Hugo con una sonrisa—. Nos ha permitido abordar dos problemas en lugar de uno.
—¿Dos?
—Los conflictos de intereses y las acusaciones sin fundamento.
Marta bajó la mirada hacia sus apuntes.
—Bien —continuó Hugo—. Sigamos.
La sesión continuó y yo permanecí al fondo del aula, procurando mantener una expresión profesional.
Hugo no había levantado la voz ni había perdido la sonrisa. Yo conocía lo suficiente a Marta para saber que aquella respuesta la había pillado desprevenida.
Y, por una vez, no parecía tener nada más que añadir.
Al terminar, esperé a que los participantes salieran del aula.
Marta pasó junto a mí.
—Muy interesante la sesión de hoy, Clara.
—Me alegro de que te haya resultado útil.
—Sobre todo la parte de los conflictos de intereses.
Le sostuve la mirada.
—A mí me ha gustado especialmente la parte de no hacer acusaciones sin pruebas.
Su sonrisa se tensó ligeramente.
—Yo no he acusado a nadie.
—Entonces estamos de acuerdo.
Se marchó sin añadir nada más.
Yo recogí unas carpetas que habían quedado sobre una mesa.
—¿Todo bien? —preguntó Hugo a mi espalda.
—Perfectamente.
—¿Seguro?
Me volví.
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Porque has dicho «perfectamente» como si estuvieras a punto de despedir a alguien.
—No puedo despedir a los participantes.
—Pues no estaría mal que pudieses. Y no le hagas ni caso a Marta.
Lo miré.
—¿Tan evidente ha sido?
—Bastante. Pero creo que le ha quedado claro que mi clase no es el lugar para sus problemas personales.
—Es que me molesta que ponga en duda mi profesionalidad.
—Lo sé. Y por eso le he contestado. No tienes que demostrarle nada a Marta.
—Gracias.
—No me las des. Además, si alguien está comprometiendo su profesionalidad con todo esto, no eres precisamente tú.
—¿Sabes que eres bastante bueno dando zascas con elegancia?
—Me pagan por ello.
—Pues espero que Aristeo esté amortizando la inversión.
—No te quejes, Cecé. Te estoy dando un trato excelente.
Solté una carcajada.
—¡Hugo!
—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo hacer bromas sobre el trato de favor?
Negué con la cabeza, todavía riéndome.
Luego seguimos cada uno a nuestras cosas.
Y a última hora de la tarde, mientras terminaba de responder unos correos, Hugo apareció junto a mi mesa.
—Cecé.
Levanté la vista.
—Dime.
—¿Te queda mucho?
—Cinco minutos. ¿Nos vamos?
Lo pregunté con tanta naturalidad que ni siquiera pensé en lo que estaba dando por hecho.
Hugo hizo una pequeña mueca.
—Esta noche no puedo.
Dejé de escribir.
—¿Cómo?
—Tengo una cena de trabajo.
—Ah.
—He quedado con unas personas y no sé a qué hora terminaré.
—Vale.
Esperé unos segundos.
—¿Y luego vienes a casa?
—Es en Las Rozas. Creo que será tarde. Mejor me quedo en mi apartamento.
—Claro.
Hugo se acercó y me acarició la mejilla.
—¿Te importa?
—No. ¿Por qué iba a importarme?
—Porque ayer lo pasamos muy bien y me apetecería repetir.
Aquello me gustó.
Bastante.
—Pues repite mañana.
—Mañana tengo una comida y luego una cena en Segovia.
—¿En Segovia?
—Sí.
—Hugo, ¿estás dando clase en Aristeo o te has presentado a las elecciones de la Cámara de Comercio?
Se echó a reír.
—Tengo algunos asuntos pendientes de ALDA.
—Ya veo.
—Te llamaré luego.
—No hace falta. Disfruta de tu cena.
—Es de trabajo, Cecé. No creo que vaya a disfrutar tanto como contigo.
Me besó en la mejilla y se marchó.
Resoplé y me quedé mirando la pantalla del ordenador.
Lo que acababa de ocurrir era perfectamente normal.
Hugo tenía una empresa. Una empresa importante, además. No podía dedicarme las veinticuatro horas del día por mucho que lleváramos varios días comportándonos como si el mundo se hubiera reducido a dos apartamentos y un cepillo de dientes.
Lo sabía.
Entonces, ¿por qué me había molestado?
Quizá porque, después de pasar casi todo el fin de semana juntos, había empezado a dar por hecho que aquella noche también dormiríamos en la misma cama.
Y descubrir que no iba a ser así me había producido una decepción absurda.
Apagué el ordenador.
No pensaba convertirme en una de esas mujeres que necesitan saber a todas horas dónde está el hombre con el que salen.
Además, yo tenía una vida perfectamente organizada antes de que Hugo Alda aterrizara en Madrid.
Una vida estupenda.
Con mis rutinas, mis horarios y mi cama entera para mí.
Aquella noche podía hacer lo que me diera la gana.
Lo primero que hice al llegar a casa fue mirar el móvil a ver si me había escrito.
Y me jodió más todavía.
Luego, a eso de las once, me escribió para darme las buenas noches y decirme que me echaba de menos.
Leí el mensaje unas cuantas veces y luego aparté el móvil porque me daba rabia estar así.
Como no había estado ni con quince años.