No me vuelvas loca Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Inés hizo un gesto con la mano.

—Ay, Jacqueline. Eso no computa.

La miré desconcertada.

—¿Cómo que no computa?

—Pues eso, hija. Que lo de Jacqueline era lo de Jacqueline.

—Ya, pero cuatro años son cuatro años.

—Sí, cuatro años. Y se quieren muchísimo. Jacqueline es como de la familia. Como la tía Petra.

—¿Cómo la tía Petra?

—Una tía a la que adoramos.

—Hugo me ha dicho que siguen hablando bastante.

—¡Y lo que hablarán! Es una chica estupenda.

Aquello no me aclaraba absolutamente nada.

—Pero usted dice que no cuenta…

—Túteame. Lo que digo es que a Hugo no lo había visto así.

—Ah.

Inés tomó un poco de tarta.

—Ni siquiera con aquella novia que acabó dejándolo por Jesús.

—¿Por Jesús? —repetí despistada.

—De Nazaret, hija. Se metió a monja.

Me quedé mirándola.

—Ah, es verdad. Sí. Me lo contó.

—Lo pasó fatal. Sufrió como un condenado. Y mira que mi nieto es guapo, pero contra el Altísimo no se puede competir.

—Pobre Hugo.

—Bueno, sobrevivió. Como puedes comprobar.

Se llevó otro trocito de tarta a la boca y me observó con una sonrisa.

—Aunque ahora que te conozco, hay una cosa que tengo clarísima.

—¿Cuál?

—Que tú tampoco te quedas corta.

—¿En qué?

—En lo coladita que estás.

—¿Yo?

—Hija, que no soy ciega. Miras a mi nieto como yo miro los piononos cuando paso por delante de la pastelería Viena Capellanes.

Me mordí el labio para no soltar una carcajada:

—¿Tanto se me nota?

—Muchísimo. Y eso que yo, cuando veo esos piononos, pierdo hasta la compostura.

—Bueno, Hugo me gusta mucho —admití.

—A ver si entre las dos conseguimos que pase más tiempo en Madrid.

—Eso depende de él.

—Pero si empujamos en la misma dirección… No sé si me sigues.

—Tiene su empresa en Nueva York.

—Lo sé, hija. No pretendo que la abandone para abrir una mercería en la calle Serrano.

—Lo vas a tener complicado.

—Pero puede venir más a menudo —continuó—. Aquí tiene a su familia, a sus amigos… Y ahora te tiene a ti.

—Inés, nosotros apenas estamos empezando a conocernos.

—¡Pues por eso! Hay que empezar por algún sitio.

Me dio unas palmaditas en la mano.

—Tú no te preocupes. No voy a pedirte que lo convenzas de nada. Pero ya sabes lo que dicen del efecto mariposa: un simple aleteo puede acabar provocando un huracán al otro lado del mundo.

—Inés, no sé si quiero provocar un huracán.

—Pues empieza por una brisita, hija. Sóplale un poco detrás de la oreja.

—Una brisita.

—Eso es. Tú y yo vamos a hacer un equipo magnífico.

—Lo tendré en cuenta.

En ese momento vi que Hugo regresaba.

—Ni una palabra de lo que hemos hablado —me advirtió su abuela.

—Pero si no hemos hablado de nada.

—Lo estás haciendo genial. ¡Eres una chica lista!

Y volvió a coger su taza como si lleváramos diez minutos comentando el tiempo.

—¿De qué habláis? —preguntó Hugo al sentarse.

—Del brócoli. Se ha puesto por las nubes —respondió Inés.

—¿A cuánto está el brócoli? —inquirió Hugo.

—Intocable. Y también estábamos hablando de lo guapo que estás.

—Eso sí que es raro.

—Yo no he dicho que estés guapo. Lo decía Clarita. Es un tesoro de chica.

Lo de Inés era tremendo. Y la veía capaz de todo con tal de que el nieto se quedara en Madrid.

De momento, nos había invitado a la ópera y además pagó la merienda.

Luego nos fuimos caminando hasta el Teatro Real, que estaba precioso.

A mí siempre me había gustado aquel edificio, pero entrar vestida de Yves Saint Laurent, del brazo de Hugo y acompañada por su abuela era algo insuperable.

Inés parecía conocer a todo el mundo.

Saludó a un matrimonio, intercambió unas palabras con una señora que llevaba un abrigo rojo y se detuvo a hablar con un caballero que, según nos contó después, había sido amigo de su marido.

—¿Cuánta gente conoces? —le preguntó Hugo.

—La suficiente para no aburrirme. Y deja de hacer preguntas indiscretas.

Nos acomodamos en nuestras butacas.

Cuando empezó la música, me olvidé durante un rato de todo lo demás.

Adoraba esa ópera.

Fígaro y Susanna querían casarse, pero el conde de Almaviva tenía sus propios planes con la novia. La condesa intentaba recuperar la atención de su marido y, entre disfraces, cartas, encuentros secretos y malentendidos, todo el mundo parecía empeñado en complicar la vida de los demás.

Había celos, mentiras, sospechas y personas que no sabían muy bien qué hacer con sus sentimientos.

Esto último me resultó bastante familiar.

En un momento dado miré a Hugo, que seguía la representación con una sonrisa.

Yo no pude evitar pensar que, comparada con la de aquellos personajes, nuestra historia era sencillísima.

Solo había un pequeño inconveniente: Hugo vivía en Nueva York, su supuesta exnovia lo llamaba continuamente y su abuela acababa de decirme que aquella relación de cuatro años no computaba.

Por no hablar de que el hombre que tenía sentado a mi lado llevaba un traje que yo había comprado para otro que no se parecía en nada a él.

Hugo no era Arman.

Pero ¿qué era?

De momento, yo acababa de hacerme del mismo team que su abuela sin saber cómo.

Así que yo no era quién para juzgar a esos personajes. No estaba para dar lecciones a nadie.

Hugo debió de notar que lo miraba porque volvió la cabeza hacia mí.

—¿Qué pasa? —susurró.

—Es una maravilla.

Me cogió discretamente de la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

Volví la vista al escenario.

Y seguí sonriendo.

Cuando terminó la función, Inés estaba encantada.

—Deliciosa —declaró mientras salíamos—. No me canso de verla.

—¿Cuántas veces has venido? —preguntó Hugo.

—Las necesarias para recordar que los hombres llevan siglos haciendo las mismas tonterías.

—¿Y las mujeres?

—Siempre intentando que no se note demasiado.

Me reí.

Hugo la ayudó a ponerse el abrigo.

—¿Te llevamos a casa?

—Por supuesto. ¿O pensabas abandonarme en la plaza de Oriente?

—Podría pedirte un taxi.

—Y yo podría desheredarte.

—No sabía que estuviera en el testamento.

—Precisamente por eso deberías tratarme mejor.

Cogimos un taxi y fuimos los tres hasta su casa en Chamberí.

Durante el trayecto, Inés me preguntó si me había gustado la ópera y me recomendó otras que, según ella, tenía que ver al menos una vez en la vida.

Cuando llegamos, insistió en que subiéramos a tomar una copa de champán.

—Abuela, mañana madrugamos.

—¿Y eso impide que tomemos champán?

Inés me miró.

—¿Ves? Antes era un niño encantador. Ahora se ha convertido en un hombre que me habla de horarios.

—Ya quedamos otro día.

Hugo salió del taxi para ayudar a su abuela y antes de que ella se apeara le dije:

—Ha sido un placer conocerte.

—Lo mismo digo, preciosa. Tenemos que repetirlo.

—Cuando quieras.

—No le digas eso —intervino Hugo—. Es capaz de organizarte la semana entera.

—Y bastante mejor que tú —replicó su abuela.

—Seguro que sí. Y muchas gracias por la invitación y por todo.

Inés se acercó a mi oído y cuchicheó:

—Recuerda que estamos en el mismo equipo.

Hugo acompañó a su abuela hasta la puerta de su casa y cuando volvió, pidió al taxista que nos dejara a pocos metros de su apartamento.

—¿Te parece bien? Como estamos más cerca de mi casa, pero si quieres…

—Quiero.

Cuando nos bajamos del taxi, Hugo me comentó:

—Le has encantado.

—Tu abuela es estupenda.

—Y una lianta. ¿De qué habéis hablado?

—Del brócoli.

Hugo me miró, se puso serio y me dijo:

—Muchas gracias por venir.

—Gracias a vosotros. Me lo he pasado genial.

Hacía frío, pero no demasiado. El suficiente para agradecer que Hugo me cogiera de la mano y me acercara a él mientras echábamos a andar.

Las luces de los coches se sucedían por la Castellana. De vez en cuando pasaba alguien a nuestro lado, abrigado hasta las orejas, y nosotros seguíamos caminando sin ninguna prisa.

Hablamos de la ópera, de las ocurrencias de Inés y de lo mucho que se había divertido Hugo viendo cómo su abuela y yo nos entendíamos desde el primer momento.

No le pregunté nada sobre Jacqueline.

Me había quedado con demasiadas dudas, pero aquella noche no quería convertirlas en un interrogatorio.

Prefería disfrutar de lo que tenía delante.

Hugo me pasó un brazo por los hombros y yo me arrimé un poco más.

Pensé en la primera vez que lo había recogido en Barajas, en su maleta perdida, en aquel traje que había tenido que prestarle y en lo mucho que había conseguido sacarme de quicio durante las primeras horas.

Ahora llevaba ese mismo traje y caminaba conmigo por Madrid después de presentarme a una de las personas más importantes de su vida.

Habían pasado apenas dos semanas.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

Seguimos caminando muy juntos, resguardándonos del frío.

Pero aquella noche me sentí más cerca de Hugo que nunca.

Y no fue solo porque camináramos abrazados.