No me vuelvas loca Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Marta no va a decir nada por la cuenta que le tiene. Y él se portó de diez. Porque hay hombres que convierten una situación así en una exhibición de su irresistible atractivo.

—Hugo no hizo nada de eso.

—Y tú estás más loca todavía por él.

Sonreí.

—Oye, Bea, una cosa. No le cuentes nada a mi padre de lo de Hugo.

—No le voy a contar nada. Pero él se lo huele. Es que canta mucho, nena.

—De momento no le voy a decir nada porque…

Hubo un ruido extraño al otro lado de la línea, seguido de una exclamación de Bea que no llegué a entender.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. Nada, nada.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—Que… casi se cae una cosa.

—¿De la terraza?

—Sí, eso. Una maceta.

—Pídele a mi padre que te ayude con eso también.

—No te preocupes. Oye, cariño, que te dejo, ¿vale? Luego hablamos.

—Vale. Un beso.

Colgué sin darle más importancia.

Terminé de vestirme y salí de casa con Hugo, que tomó la dirección contraria para encontrarse con sus amigos.

Malasaña estaba animadísima. Las terrazas estaban llenas, había gente entrando y saliendo de las tiendas y personas capaces de llevar ropa de otra época y conseguir que pareciera la última moda.

Yo iba a intentarlo también. La cuestión era si conseguiría parecer moderna o una chica disfrazada de su abuela.

Entré en un par de tiendas sin encontrar nada que me convenciera. En una vi un vestido precioso, pero tan corto que habría tenido que pasarme la función pendiente de que no se me vieran las bragas. En otra encontré uno que parecía haber llevado alguien para entregar un TP de Oro a toda una vida.

Y entonces entré en una tienda de ropa vintage que no conocía.

No era muy grande. Tenía las prendas ordenadas por colores, un espejo enorme al fondo y ese olor particular de las tiendas de segunda mano donde las cosas parecían haber vivido más que sus futuros propietarios.

Lo vi casi enseguida.

Un conjunto negro de Yves Saint Laurent, con una chaqueta de terciopelo de corte impecable y unos pantalones de vestir que parecían hechos para alguien con bastante más presupuesto que yo.

La dependienta me aseguró que era auténtico y me enseñó la etiqueta.

—Es una fantasía —dijo—. Y está en perfecto estado.

—¿Puedo probármelo?

—Claro.

Entré en el probador convencida de que me quedaría mal. Pero en cuanto metí un brazo en la manga de la chaqueta me di cuenta de que estaba ahí para mí.

Lo sentí.

Tuve esa sensación de que la prenda me estaba esperando y, como no podía ser de otra manera, parecía hecha a medida.

La chaqueta se ajustaba a la cintura sin apretar, los hombros tenían la estructura justa y los pantalones caían perfectos.

Salí para verme en el espejo grande.

—Te hacen unas piernas que merecen una ovación —comentó la dependienta.

—Qué mona.

—En serio. Si estuvieras hecha un adefesio te lo diría.

—Pero cobras por vender ropa.

—No a cualquier precio, reina. Si te mando a las calles hecha una mamarracha, sé que no vas a volver. Y yo lo que quiero es que vuelvas.

—¿Cuánto cuesta?

—¿Cuánto estás dispuesta a pagar para sentirte una reina?

Me dijo el precio.

No era barato, pero tampoco tenía nada que ver con lo que habría costado una prenda semejante nueva. Además, estaba rebajado.

Volví a mirarme.

Pensé en el Teatro Real, en Hugo, en su abuela y en la posibilidad de pasar toda la tarde sintiéndome divina total.

—Nunca gasto tanto en ropa.

—Esto no es ropa. Es una declaración de intenciones. Es entrar en un sitio, pisar fuerte y que todo el mundo sepa que estás ahí.

Admiré su talento comercial. Había conseguido venderme un conjunto y hacerme creer que estaba invirtiendo en mí misma.

Salí de la tienda con la bolsa en la mano y esa satisfacción que solo produce encontrar una ganga de las que sabes que vas a conservar toda la vida.

Luego, quedé con Hugo para comer, nos fuimos a ver una peli a los cines Renoir de la plaza de los Cubos, después a cenar a un peruano y rematamos yendo al local que un amigo suyo había abierto dos semanas antes.

Un no parar.

Pero aun así todavía nos quedaron fuerzas para hacerlo en el ascensor de mi casa.

El domingo nos levantamos tardísimo y comimos las cuatro cosas que me quedaban en el frigorífico.

Un rato después, cuando Hugo apareció vestido con el traje Hugo Boss, tuve que reconocer que le quedaba mejor todavía.

—¿Qué? —preguntó al verme mirarlo.

—Esto es flipante.

—Estás admirando el traje.

—Cada vez te queda mejor.

—A lo mejor es que tú cada vez me ves con más buenos ojos.

—Es el traje. ¿Cuánto crees que podría sacar por él si lo vendiera en Wallapop?

—Ahora que lo he estrenado yo, bastante más.

—Qué modesto.

Se acercó y me besó.

—Estás guapísima.

—Gracias.

Me había recogido el pelo, me había puesto unos pendientes largos y había combinado el conjunto de terciopelo con unos zapatos de tacón que llevaba demasiado tiempo guardados.

—¿Nuevo? —preguntó, acariciando la solapa de la chaqueta.

— Vintage.

—¿Yves Saint Laurent?

Lo miré sorprendida.

—¿Sabes reconocerlo?

—Sé leer etiquetas.

Solté una carcajada.

—Por un momento había pensado que entendías de moda.

—Entiendo lo suficiente para saber que estás impresionante.

Me besó otra vez.

Y tuve que hacer un esfuerzo para recordar que habíamos quedado con su abuela.

Inés nos esperaba en una cafetería cerca de la plaza de Oriente.

La reconocí antes de que Hugo la señalara.

Era una mujer elegante, de pelo blanco perfectamente peinado en un moño bajo, gafas redondas de pasta naranja, labios pintados de rojo, pendientes llamativos y un abrigo precioso rosa que llevaba abierto sobre un traje de chaqueta fucsia.

Tenía las uñas largas pintadas del mismo color que los labios, las pestañas larguísimas y una expresión de estar pasándoselo bastante bien incluso antes de que llegáramos.

Se levantó al vernos.

—¡Por fin!

Abrazó a Hugo y le dio dos besos.

—Estás guapísimo, Huguín.

—Gracias, abuela.

—Ese traje te sienta de maravilla.

—Es de Clara.

Inés me miró.

—Ah, ¿sí?

—Una larga historia —aclaré.

—Pues ya me la contaréis. A mi edad, las historias largas son las únicas que merecen la pena. Las cortas se acaban cuando empiezas a interesarte.

Me agarró por los hombros y me dio dos besos muy efusivos:

—¡Qué gusto conocerte, Clara!

—Encantada, Inés.

Se apartó un poco para observarme.

—Pero qué guapa eres.

—Muchas gracias.

—Y qué bien vestida. Hugo, hijo, te pasas el día hablándome de esta chica y no me habías dicho que tuviera tan buen gusto.

—Abuela…

—¿Qué? ¡Estas cosas también son importantes! Yo no podría estar con un señor que cena en pijama en Nochevieja. Estas cosas hay que saberlas lo antes posible.

Me reí.

Nos sentamos y un camarero se acercó a tomar nota.

—Yo quiero un café con leche —anunció Inés—. Y algo dulce.

—¿Qué te apetece? —preguntó Hugo.

—Todavía no lo sé. Para eso está la carta.

La abrió y empezó a estudiarla con la concentración de una persona que estuviera tomando una decisión importante.

—Tienen tarta de chocolate —observé.

—Ya la he visto, hija. Estoy intentando no precipitarme.

Hugo negó con la cabeza.

—Abuela, acabamos de comer.

—Tú acabas de comer. Yo estoy a punto de merendar.

—Son las cinco.

—Pues eso. Una hora magnífica para merendar.

Al final pidió una porción de tarta de chocolate. Yo elegí una pequeña tartaleta de limón y Hugo, que había asegurado que no quería nada, acabó robándonos un trozo a cada una.

—Eso es lo que tiene no pedir postre —comentó Inés—. Que luego se vive a costa de los demás.

—No he heredado esa costumbre de ti, desde luego.

—No. De mí has heredado el encanto. La falta de vergüenza viene por parte de tu abuelo.

Me atraganté de la risa.

Inés sonrió, satisfecha.

No tardé en comprender por qué Hugo la quería tanto.

Tenía una manera de hablar que convertía cualquier comentario en algo divertido. No necesitaba levantar la voz ni exagerar los gestos. Soltaba sus ocurrencias con una seriedad absoluta y esperaba a que los demás se dieran cuenta de lo que acababa de decir.

Me preguntó por mi trabajo, por la Fundación Aristeo y por cómo estaba siendo el programa.

—Así que tú eres la que mete en vereda a mi nieto para que no se desmande.

—Lo intento.

—Qué trabajo tan duro.

—Mucho —asentí.

—Y ya te digo yo que no tiene remedio.

—¡Abuela!

—Hijo, te conozco desde que naciste. No me obligues a presentar pruebas.

—¿Pruebas? ¡Sí, por favor!

—Tengo una foto de cuando se quedó dormido en un coche en Jávea y le tuvieron que sacar los bomberos para que no muriera de un golpe de calor. ¡Tenía dieciséis recién cumplidos y el coche era de su primo Víctor! ¿Te acuerdas?

—Te estás equivocando de nieto.

—Tengo varias fotos del momento. Pero no te preocupes, Huguín. Hoy no voy a humillarte delante de Clara.

Se inclinó hacia mí.

—Otro día, con más tiempo.

Nos echamos a reír los tres.

Después hablamos de la ópera.

Inés nos contó que había visto Las bodas de Fígaro incontables veces y que era una de sus óperas favoritas.

—Es una maravilla —aseguró—. Todo el mundo engañando a todo el mundo, todos escondiéndose y nadie enterándose de nada. Y al final, los que parecen más listos son los que más tonterías hacen.

—Como en la vida —comenté.

—Exactamente. Mozart entendía muy bien a las personas.

—Y a los hombres —añadió Hugo.

—A los hombres los tenía bien calados, Huguín. Por eso los dejaba hacer el ridículo.

Levanté mi taza para ocultar la sonrisa.

En algún momento, Hugo se disculpó para ir al baño.

Inés esperó a que se alejara y entonces se volvió hacia mí.

—Bueno, Clara, tengo que decirte que me alegro muchísimo de conocerte.

—Yo también, Inés.

—Y de que mi nieto esté saliendo con alguien.

Casi me atraganté con el café.

—Bueno, nosotros…

—No hace falta que me expliques nada, hija. Yo también he tenido tu edad, aunque ahora parezca imposible.

—No iba a decir eso.

—Más te vale.

Sonrió y cogió el tenedor.

—Además, a Hugo se le nota.

—¿El qué?

—Que bebe los vientos por ti.

—No sé yo.

—Se los bebe todos.

—¿Todos?

—Sí, hija, sí. Todos los vientos. Tú déjame a mí, que lo conozco desde que pesaba tres kilos y medio. A este chico no lo había visto así en la vida.

—Bueno, estuvo cuatro años con Jacqueline.