No me vuelvas loca Capítulo 15
54%

Capítulo 15

La copa al final se la tomó conmigo y esa noche la pasamos en mi casa. Lo inquietante era la naturalidad con la que aquello empezaba a convertirse en una costumbre. Una costumbre que me gustaba demasiado.

El sábado por la mañana, Hugo estaba preparando café cuando le sonó el móvil.

—Mi abuela Inés —anunció al mirar la pantalla.

—¡Anda!

—Buenos días, abuela.

Me gustó escucharle hablar con Inés. Yo había perdido a mis abuelas siendo muy pequeña y me encantaba que Hugo todavía tuviera la suya.

Era otro punto a su favor.

Aunque no sabía qué hacía sumando puntos. Yo solo estaba viviendo noviembre como si no fuera a acabar nunca.

—Sí, abuela, estoy vivo. No, no me han secuestrado.

Me eché a reír.

—¿Cómo que dónde tengo la cabeza? Espera que lo compruebo… Voy a abrir el frigorífico.

Escuché las risas de Inés a través del teléfono mientras Hugo abría el armario en busca de las tazas.

—¿Mañana? —preguntó de pronto.

Se quedó inmóvil.

—La ópera.

Lo miré con interés.

—No, no me había olvidado —replicó llevándose la mano a la frente.

Levanté las cejas.

—Bueno, se me había olvidado un poco.

Las risas de Inés se escucharon de nuevo.

—Abuela, no hace falta que pongas en duda todo el amor que te tengo por un despiste.

Me tendió una taza y señaló el móvil con la cabeza, como si quisiera que comprendiera el calvario al que estaba siendo sometido.

—¿Mercedes? ¿Qué le pasa?

Escuchó unos segundos.

—Vaya, lo siento. Dale recuerdos de mi parte.

Hubo otra pausa.

—¿A Clara?

Me quedé con la taza a medio camino de la boca.

—Está aquí conmigo.

No sé qué le contestó Inés, pero Hugo sonrió.

—Se lo puedo preguntar. La tengo a mi lado. ¿Quieres que te la pase?

Negué con la cabeza de inmediato.

Él soltó una carcajada.

—No, no se ha escapado. Está aquí. Pero creo que le estás dando miedo.

Le di un golpe en el brazo.

—No me está dando miedo —protesté en voz baja.

—Dice que no le das miedo —informó Hugo—. Aunque todavía no te conoce.

Aquello debió de gustarle a su abuela.

—Vale, espera.

Tapó el micrófono.

—Mi abuela tiene una entrada libre para mañana. Hace días me dijo que tenía tres entradas para ver Las bodas de Fígaro en el Teatro Real, pero su amiga Mercedes se ha puesto enferma. Quiere saber si te apetece venir.

—¿A la ópera?

—Sí.

—¿Con tu abuela?

—Y conmigo, si no te importa.

Me hizo gracia la expresión que puso.

No había ido al Teatro Real en mi vida. Siempre había tenido ganas de ir, pero era una de esas cosas que, por vivir en Madrid y tenerlas tan cerca, siempre acababa dejando para otro día.

Así que ¿por qué no el domingo?

—Pues claro que me apetece.

—¿Seguro? —dijo tapando el micrófono.

—Hugo, me estás invitando al Teatro Real, no a una junta de vecinos.

Destapó el micrófono.

—Dice que sí.

La respuesta de Inés fue tan entusiasta que la oí perfectamente.

—¡Estupendo! ¡Qué alegría más grande!

Hugo cerró los ojos.

—Abuela…

La escuchó un momento más.

—Sí, mañana nos vemos. Y dale recuerdos a Mercedes.

Colgó y dejó el teléfono sobre la encimera.

—Bueno, pues ya tienes plan.

—¿Tu abuela es siempre así?

—No. Hoy ha estado bastante contenida.

—Es muy divertida.

—Lo es. Y muy lista. Demasiado, a veces.

—¿Y qué le pasa a su amiga?

—Por lo visto, tiene un virus.

—Pobrecilla.

Hugo miró el teléfono.

—Sí. Aunque es curioso.

—¿El qué?

—Mi abuela conoce a media ciudad. Si Mercedes no puede ir, tiene por lo menos ochenta amigas a las que llamar.

—Igual quería que fuera yo.

—Quiere que vayas tú. Te lo confirmo.

Aquella confirmación me hizo ilusión, pero lo disimulé como pude:

—Vale.

—Las bodas de Fígaro, de Mozart, es muy divertida. Va de gente que quiere acostarse con quien no debe, gente que quiere casarse con quien sí debe y gente que se dedica a impedirlo.

Me gustaba tanto esa ópera que empecé a tararear:

— Voi che sapete che cosa è amor…

—Joder, o sea que te pirra.

—La descubrí buscando música para animar a mi padre. Leí que era una de las mejores comedias que se han escrito y se la ponía. Se la ponía tanto que me la sé de memoria.

—Y la habrás visto muchas veces representada.

—En Italia. Pero no he ido nunca al Teatro Real.

—¿Y eso?

—Esas cosas que pasan cuando vives en Madrid. Hay algo bueno y como lo puedes ver más días, te esperas y cuando quieres comprar la entrada, ya no quedan.

—Pues mañana vas a ir… Y con mi abuela.

—Le estoy muy agradecida y estoy deseando conocerla. Solo por los gritos que ha pegado al saber que voy, ya la adoro.

—Ojalá pienses lo mismo después de una tarde de ópera.

Bebí un sorbo de café y entonces caí en la cuenta de un pequeño problema.

—No tengo nada que ponerme.

—Como todas las chicas que tienen el armario lleno.

—En serio, no tengo nada que ponerme para ir a la ópera.

—Tampoco tienes que ir con un vestido para los Oscar.

—Quiero un vestido para ir a la ópera con tu abuela.

—Y yo.

—Tú no eres el protagonista.

—Te hace más ilusión ir con mi abuela que conmigo.

—Lo vas pillando.

—Yo estoy feliz de ir con las dos. Y yo sí que tengo que ponerme: el traje.

—¿Qué traje?

—El Hugo Boss.

—¿Otra vez?

—¿Qué tiene de malo?

—Nada. Que últimamente sale más que yo.

—Es que me queda muy bien.

—Te recuerdo que es mío.

—Entonces deberías estar encantada de que lo saque a pasear.

Negué con la cabeza.

El traje que le había comprado a Arman y que nunca había llegado a regalarle se había convertido, por alguna extraña razón, en el uniforme oficial de Hugo Alda en Madrid. Lo había utilizado para trabajar, para cenar y ahora pretendía llevárselo al Teatro Real.

A ese paso iba a tener que empezar a cobrarle alquiler.

—Yo voy a ir a Malasaña —anuncié—. A ver si encuentro algo en alguna tienda vintage .

—Podemos ir juntos.

—¿No habías quedado con tus amigos para tomar el aperitivo?

—Sí, pero puedo decirles que llego más tarde.

—No hace falta. Ve con ellos.

—¿Seguro?

—Sí. Además, comprar ropa contigo sería un problema.

—¿Por qué?

—Porque cuando nos encierran en un espacio pequeño siempre acabamos besándonos.

—No me meto en el probador.

—Pero es que a lo mejor quiero que te metas. Así que mejor me voy con Bea…

Preferí que se fuera con sus amigos. Una cosa era que se hubiera instalado en mi casa y otra que empezáramos a ir juntos hasta a comprar bragas.

Me disponía a llamar a Bea cuando sonó mi teléfono.

Mi madre.

Era su llamada semanal. Desde que se había instalado en Menorca, los domingos se habían convertido en nuestro día habitual para ponernos al corriente, aunque a veces adelantaba la llamada si tenía algún plan.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. ¿Qué tal estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Pues regular. Llevo unos días con las cervicales que no veas. Debe de ser la humedad. Aquí está haciendo un tiempo rarísimo.

—Vaya.

—Y esta mañana me he levantado con la encía otra vez dando por saco. Debe de ser también por el estrés. Ahora estamos hasta arriba en la oficina.

—Puede ser.

—¿Y tú qué tal el trabajo?

—Muy bien. Estamos con un programa importante y ha venido un ponente de Nueva York que…

—Ay, hija, espera, que tengo que sacar la ropa de la lavadora. Como la deje mucho rato, se me arruga toda.

—Claro, mamá.

—Bueno, cariño, que tengas buena semana. Ya hablamos.

—Un beso.

Colgué.

Mi madre había conseguido hablarme de las cervicales, de la encía y del tiempo en Menorca sin enterarse de que aquel noviembre mi vida estaba cambiando bastante más de lo que yo había previsto.

En fin.

Busqué el número de Bea.

La llamé mientras terminaba de arreglarme.

Quería preguntarle si le apetecía venir a Malasaña conmigo y con Daniela. Su hija estaba con ella aquel fin de semana y pensé que las tres podíamos pasar un rato entretenido.

Respondió al cuarto tono.

—¡Hola, guapa!

—Hola. Oye, ¿qué hacéis Daniela y tú esta mañana?

—Pues estamos en casa.

Al fondo se oyó un golpe.

—¡Cuidado con eso! —exclamó una voz masculina que me sonó demasiado.

Fruncí el ceño.

—¿Ese es mi padre?

—Sí, hija, tu padre —respondió Bea.

—¿Qué hace ahí?

—Me está ayudando a montar un mueble para la habitación de Daniela. Es una cosa complicadísima.

Raro era el fin de semana que mi padre no estaba montando algún mueble a alguien. Tener una ferretería y ser bastante manitas lo convertía en una persona muy solicitada cuando había que colgar una estantería o enfrentarse a un armario de esos que venían acompañados de unas instrucciones imposibles.

—Pues te llamaba porque voy a Malasaña a buscar algo de ropa. Había pensado que podíamos ir las tres.

—Ay, Clara, me encantaría, pero estamos con esto y tenemos la habitación patas arriba.

—No pasa nada. Ya me voy yo sola.

—Otro día organizamos algo.

—Claro.

Oí de nuevo la voz de mi padre.

—Dice Román que te manda recuerdos.

—Dile que yo también.

—¡Y que tengas cuidado con lo que gastas! —gritó él desde el fondo.

—¡Que se preocupe por sus tornillos! —contesté.

Bea se rio.

—Oye, por cierto, ¿qué tal con Hugo?

—Bien. Precisamente necesito ropa porque mañana voy con él y con su abuela a la ópera.

—¿Con su abuela?

—Sí. Al Teatro Real.

—¡Pero bueno! Sí que va avanzada la relación.

—No hay nada.

—¿Cómo que nada?

—A ver, que no somos novios. Lo que pasa es que una amiga de la abuela se ha puesto enferma y voy a ir en su lugar.

—¿En calidad de?

—¿Por qué hay que ir en calidad de algo? ¡Y calla, que te va a oír mi padre!

—Me he salido a la terraza que se ha puesto con el taladro. ¿Tú dónde estás?

—En mi casa.

—¿Sola?

—Hugo está en el salón. Tampoco puedo hablar mucho.

—Y dices que no sois nada y dormís juntos todas las noches.

—A ver lo que se dice nada…

—Pero ¿qué tal con él?

—Ya te contaré con más calma, pero hubo una cosa de Hugo que me gustó mucho. Resulta que Marta le abordó el viernes al final del día y le propuso ir a tomar una copa para conocerse mejor.

—Joder, qué fuerte. ¿Y cómo lo supiste?

—Por él. Me lo contó con toda naturalidad. No intentó ponerme celosa ni presumir de que otra mujer estaba interesada en él. Simplemente me dijo lo que había pasado y que le había dicho que tenía un cepillo de dientes en mi casa.

—¡Eso está genial!

—No me mola nada que todo Aristeo sepa que estamos juntos.