No me vuelvas loca Capítulo 14
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Capítulo 14

Aquella mañana llegué a Aristeo con el tiempo justo, algo que me habría parecido intolerable hasta hacía bien poco.

Lo preocupante era que no me importó demasiado.

Durante la jornada, Hugo y yo apenas tuvimos ocasión de hablar a solas. El programa estaba entrando en una fase exigente y teníamos que preparar varias sesiones, revisar las evaluaciones de los participantes y cerrar algunas cuestiones de organización.

Me gustaba trabajar con él.

Eso ya lo sabía.

Lo que empezaba a descubrir era que me gustaba incluso cuando no estábamos de acuerdo.

Hugo proponía, discutía y defendía sus ideas. Pero también escuchaba. Y, cuando yo tenía razón, no necesitaba darle tres vueltas al asunto para reconocerlo.

Aquello resultaba sorprendentemente descansado. No era el típico pelma que les daba la vuelta a mis argumentos para quedar siempre por encima.

A media tarde se acercó a mi mesa.

—¿Qué planes tienes esta noche?

—Volver a casa, cenar algo y dormir.

—¿Y entre cenar y dormir? ¿Tienes pensado algo?

—¿Tú has pensado algo?

—¿Y si vienes a la mía?

—A la Castellana.

—Concretamente a mi apartamento. Aunque podemos pasear por toda la Castellana si te hace ilusión.

—¿Quieres que vaya para hacer ejercicio antes de dormir? —pregunté mordaz.

—Para estar contigo.

Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un momento en contestar.

—Tengo que pasar por casa y coger algunas cosas. Y mañana madrugo.

—Yo también. Seré bueno.

—Eso no te lo crees ni tú.

—¿Vienes o no?

Pensé en mi cama, en mis rutinas y en lo cómodo que era saber dónde estaba cada cosa.

Después pensé en Hugo y me faltó tiempo para decir:

—Voy.

El apartamento de Castellana seguía pareciéndome demasiado grande para una persona que iba a quedarse en Madrid un mes.

Hugo había comprado algo para cenar y lo había dejado preparado en la cocina.

—¿Has cocinado? —pregunté.

—He abierto varios envases.

—Un talento extraordinario.

—Y he puesto la mesa.

—Estoy impresionada.

Y lo cierto era que lo estaba. No era ironía.

Cenamos hablando del trabajo, de una participante que llevaba tres días intentando convencer a todo el mundo de que su proyecto necesitaba una inversión millonaria y de lo complicado que resultaba encontrar a alguien dispuesto a decirle que quizá debía empezar por vender algo.

Después recogimos juntos.

Sin que yo tuviera que pedirle nada.

Sin que él me preguntara dónde se guardaban los platos tres veces.

Y sin que se me ocurriera supervisar cómo colocaba las cosas.

Lo observé mientras terminaba de ordenar la cocina. No estaba acostumbrada a aquello. A compartir una tarea sin tener que organizarla, repartirla o acabar haciéndola yo.

—¿Qué miras? —preguntó.

—Nada.

—Me estás examinando.

—Estoy valorando tu capacidad para realizar tareas domésticas básicas.

—¿Y qué nota llevo?

—Un notable.

—¿Solo?

—Todavía no te he visto poner una lavadora.

Se echó a reír.

Y yo también.

Lo curioso era que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía la sensación de estar ocupándome de alguien. Simplemente estaba con él.

Cuando fui al dormitorio a buscar el neceser, Hugo se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Has traído todo lo necesario?

—Por supuesto.

—¿También el cepillo?

Lo saqué del neceser y se lo enseñé.

—No pienso usar el tuyo.

—No era eso lo que preguntaba.

—Ya lo sé.

Sonrió.

—Puedes dejarlo aquí.

—No hace falta. Mañana me lo llevo.

—Como quieras.

Y no insistió.

Aquello también me gustó.

Hugo no parecía necesitar que yo hiciera las cosas a su manera.

Ni que cambiara mis costumbres para demostrarle nada.

Esa noche dormí en su cama. Bueno, lo de dormir es un decir. La mayor parte del tiempo nos la pasamos follando.

—Solo espero que no dejes de rendir por follar tanto —le dije cuando terminamos.

—Nosotros hacemos el amor.

—Ah, ¿sí?

—Esto no es solo sexo.

—¿Y qué más es?

—¿No me estás cogiendo cariño, Cecé?

—Como a mi peluche —bromeé.

—No tienes ningún peluche en casa. Supongo que los odias.

—Me encantaban. Pero dejé de pedir que me los regalaran cuando mis padres se divorciaron. Pedía libros, ropa o cosas para la casa.

—¿Con diez años cosas para la casa?

Asentí y esa pregunta me removió por dentro. Hugo acababa de tocar una herida demasiado profunda. Y, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, respondí:

—Sí, por Reyes me pedí un robot de cocina. Mi padre no sabía ni freírse un huevo.

No entendía por qué estaba así. Tan sensible. Ya había hecho terapia, mi padre había aprendido a cocinar, había superado su divorcio y su depresión, y yo hacía mucho que había dejado de preocuparme por si tenía algo para cenar.

Hugo no dijo nada. Se limitó a abrazarme.

Y agradecí que no intentara explicarme lo que me pasaba ni decirme que ya era hora de superar aquello.

Me quedé dormida escuchando el latido de su corazón.

Y, a la mañana siguiente, guardé el cepillo en el neceser antes de salir.

El jueves transcurrió entre reuniones, llamadas y los últimos preparativos de la sesión del viernes.

Hugo intervino en una de las actividades de una forma que no habíamos previsto.

Por una vez, no me molestó.

Había detectado que varios participantes estaban interpretando mal un ejercicio y propuso cambiar el enfoque antes de que perdiéramos media mañana.

Funcionó.

Y, cuando terminó la sesión, me acerqué a él.

—Has estado muy bien.

—Gracias.

—Lo digo en serio.

—Yo también te doy las gracias en serio.

Me sonrió.

Me gustaba aquella seguridad suya.

No la de quien necesita demostrar que sabe más que los demás, sino la de alguien que conoce su trabajo y no tiene miedo de compartirlo.

A veces me preguntaba cómo sería tenerlo cerca de manera habitual.

No durante treinta días.

No mientras durara un programa.

Cerca de verdad. ¿Seguiría siendo igual o acabaría concluyendo que era un gilipollas?

No lo sabía, pero lo peor todavía era que estaba empezando a desear tener más que un mes de noviembre.

Aquella tarde volví a ir a su apartamento.

Ya ni siquiera tuvimos que organizarlo demasiado. Hugo me preguntó si quería cenar con él y yo le dije que sí. Pasé por casa a recoger unas cosas y acabé otra vez en Castellana.

Mi neceser volvió a ocupar un rincón del lavabo.

Y mi cepillo regresó a él cuando terminamos de lavarnos los dientes.

No lo dejé allí.

Me parecía importante.

Aunque empezaba a sospechar que no sabía explicar por qué.

Antes de dormir, Hugo recibió una llamada.

Miró la pantalla y sonrió.

—Es Jacqui.

—Contesta.

—¿No te importa?

—¿Por qué iba a importarme?

Salió al salón para hablar.

Yo me quedé en la cama, mirando el techo.

Jacqueline.

Cuatro años juntos, tres meses separados y seguían hablando varias veces al día. Y, por si fuera poco, vivían en la misma calle y él adoraba a su abuela.

Hugo me había dicho que con ella todo era fácil, que nunca le exigía nada y que era una de las personas más importantes de su vida.

Y ahora estaba allí, en la cama de Hugo, mientras él hablaba por teléfono con la mujer que, según sus propias palabras, era prácticamente perfecta.

Me habría gustado saber si de verdad había dejado de quererla y qué clase de relación mantenían ahora.

Pero no pensaba preguntárselo. Bastante tenía con ver a Marta persiguiendo a Hugo por los pasillos mientras yo hacía como que no sucedía nada.

No quería parecer una novia celosa. Porque no éramos nada. O casi nada.

Así que me quedé callada.

Hugo regresó unos minutos después.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí. Cosas de Nueva York.

Dejó el teléfono en la mesilla y se metió en la cama.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Me rodeó con un brazo y me acercó a él.

No pregunté nada más.

Nos besamos y esa noche Hugo me hizo el amor. No puedo decir que follamos porque no fue eso lo que hicimos.

Y tardé bastante en dormirme.

Llegó el viernes y todo discurrió como estaba previsto.

Hasta que pasó algo.

Marta esperó a que terminara la última sesión para acercarse a Hugo.

Yo estaba al otro lado de la sala, hablando con Lucía, cuando los vi junto a la puerta.

Marta sonreía.

Hugo la escuchaba con atención.

No me quedé mirando.

O eso intenté.

Tenía que recoger unos documentos y comprobar que la sala quedaba preparada para el lunes. No iba a dedicar mi tiempo a vigilar conversaciones ajenas.

Diez minutos después, Hugo apareció en mi despacho.

—¿Has terminado?

—Casi.

—¿Te ayudo?

—No hace falta. Estoy cerrando unas cosas.

Se sentó frente a mi mesa y me soltó sin más:

—Marta me ha invitado a cenar.

Levanté la vista.

—Ah.

—Le he dicho que no.

—No tienes que darme explicaciones —dije intentando mantener el tipo.

—Ya lo sé.

Guardé unos papeles en una carpeta.

—Es una participante del programa. Supongo que quería comentar alguna cuestión profesional.

—Supones mal.

Por poco no se me cayó la carpeta de las manos.

—¿Qué?

—Me ha contado que las cosas con su marido no van demasiado bien.

—¿Se ha puesto a hablarte de su vida privada?

—Sí.

Y por supuesto que no le conté que le habíamos cotilleado el Instagram y la habíamos visto con su pobre marido.

—Pues vaya… —repliqué sin poder evitar que se me escapara la mala leche.

—¿Te molesta?

—Me preocupa que los participantes confundan la formación ejecutiva con una asesoría matrimonial.

—Me temo que no es eso lo que quiere. Después me ha propuesto ir a tomar una copa —continuó Hugo—. Para conocernos mejor.

—Ya —farfullé pensando en que esa tía no podía ser más zorrasca.

—Le he dicho que prefería no hacerlo.

—Muy considerado por tu parte.

Hugo me miró con una sonrisa.

—Cecé.

—¿Qué?

—¿Estás enfadada?

—No me cabreo porque una tía te invite a tomar una copa.

—¿Seguro?

—No puedo impedir que una mujer te encuentre atractivo.

—Eso es verdad, ¿qué culpa tengo de ser tan irresistible? —bromeó.

—Vete a la mierda.

Volví a los papeles, cabreada porque me daba rabia ponerme así, como si estuviera celosa.

—¿Te cuento todo lo que le he dicho?

—¿Hay más?

—Sí. Le he contado que no tenía interés en quedar con nadie.

—Ajá.

—Y que, además, tenía un cepillo de dientes en tu casa.

Dejé la carpeta sobre la mesa.

—¿Le has dicho eso?

—Sí.

—¿A Marta?

—¿Qué pasa con ella?

—Joder. Ahora sabe que estamos juntos.

—¿Y?

—Es una participante del programa.

—Lo sé —farfulló él.

—Y yo soy la coordinadora. No me gusta mezclar mi vida privada con el trabajo.

—No pretendía ponerte en una situación incómoda.

—Ya. Pero podrías haberte limitado a decirle que no.

—Podría.

—Y no habría pasado nada —repliqué.

—Probablemente.

Lo miré y me di cuenta de que no estaba discutiendo conmigo. Ni intentando demostrar que tenía razón. Simplemente me escuchaba y eso hacía bastante más difícil seguir enfadada.

—No quiero que todo el mundo empiece a hablar —admití.

—Lo entiendo.

—En Aristeo no está prohibido que dos personas tengan una relación, a no ser que haya un conflicto de intereses, que no es el caso, pero no me apetece que se convierta en un asunto de conversación.

—A mí tampoco.

—Pues ya me dirás.

Hugo se levantó y se acercó.

—Clara, Marta me ha contado que está casada, que su matrimonio va mal y que quería conocerme mejor. No me parecía bien dejarle ninguna duda.

—Podías haberle dicho que estabas viendo a alguien.

—Eso hice.

—Y lo del cepillo.

—Y lo del cepillo —repitió.

Suspiré.

—Te encanta ese cepillo.

—Muchísimo. Es una gran adquisición —dijo risueño.

No pude evitar sonreír.

—Eres idiota.

—Un poco.

Me acarició la mejilla.

—No creo que Marta tenga mucho interés en ir contando esa conversación.

—Eso espero.

—Y, si alguien pregunta, no tenemos por qué darle explicaciones.

Asentí.

—Vale.

—¿Vale de verdad?

—Sí.

Me dio un beso breve.

—Bien.

—Aunque podrías haber sido más discreto.

—Lo tendré en cuenta.

—Y no hace falta que vayas anunciando dónde tienes tus cosas.

—Perfecto. No hablaré de mis calcetines.

—Ni de tus calzoncillos.

Después me rodeó la cintura y me atrajo hacia él.

—Por cierto, hay algo que quiero que tengas claro.

—¿El qué?

—No tengo ningún interés en conocer a nadie más. Bastante tengo con conocerte a ti.

Trató el asunto sin solemnidad. Sin prometerme nada, pero con una sinceridad que me encantó.

Porque Hugo no estaba hablando de dentro de seis meses, ni de Nueva York, ni de cómo íbamos a resolver lo que todavía no sabíamos resolver.

Estaba hablando de nosotros.

De lo que quería ahora.

Y yo empezaba a descubrir que aquel presente se me estaba quedando peligrosamente pequeño.

Porque el problema ya no era que Hugo hubiera dejado un cepillo de dientes en mi baño.

El problema era que cada vez me gustaba más encontrarlo allí.