Capítulo 13
El martes por la tarde, mientras terminaba de revisar unos documentos, recibí un mensaje de Hugo.
HUGO: ¿A qué hora es la cena?
CLARA: ¿No lo sabes?
HUGO: Sí. Solo era una excusa para preguntarte si me voy con el cepillo de dientes.
Sonreí mirando el móvil.
CLARA: Mi cepillo de dientes no tiene ningún problema con nadie.
HUGO: Estupendo. El mío está deseando conocer al tuyo.
CLARA : No sé si estoy preparada para semejante compromiso.
HUGO : Podemos presentarlos y dejar que decidan ellos.
Guardé el teléfono antes de que se me escapara una carcajada.
Lo peor era que me estaba acostumbrando a aquello. A sus mensajes, a sus bromas y a esa facilidad que tenía para conseguir que sonriera incluso cuando llevaba toda la tarde tratando de contactar con el ponente de marzo.
Y no estaba segura de que fuera una buena noticia.
La cena se había organizado para que los participantes del programa pudieran charlar con Hugo en un ambiente menos formal. En teoría, era una oportunidad para intercambiar impresiones, resolver dudas y establecer contactos.
Llegamos al restaurante por separado.
Hugo ya estaba allí, hablando con Álvaro y dos participantes del programa, con esa expresión de estar pasándoselo bien que le salía incluso cuando alguien le planteaba una cuestión complicada.
Me vio entrar y sonrió.
No hizo nada más.
Ni se acercó a besarme ni intentó llamar mi atención.
Y, sin embargo, tuve la sensación de que acabábamos de saludarnos de una manera que solo entendíamos nosotros.
—Buenas noches, Clara —dijo Marta, que apareció a mi lado.
—Hola, Marta.
—¿Qué tal va todo?
—Muy bien. ¿Y tú?
—Encantada con el programa. Hugo es extraordinario.
—Es un gran profesional —repliqué.
—Y muy atractivo.
La miré. Ella sonrió como si acabara de comentar que el restaurante tenía una iluminación agradable.
—Bueno, eso también —repuse.
—¿Está soltero?
Por un momento me quedé sin saber qué contestar, porque no tenía ninguna intención de explicarle mi vida sentimental a una participante del programa.
Me encogí de hombros y después respondí forzando la sonrisa:
—Tendrías que preguntárselo a él.
—Eso haré.
Y se fue tan contenta.
Estupendo.
No habíamos empezado a cenar y ya tenía ganas de volver a casa.
Bea llegó diez minutos después.
—Perdona, cariño. He salido tarde.
Me dio dos besos y echó un vistazo al restaurante.
—¿Dónde está nuestro hombre?
—¿Nuestro?
—El ponente estrella. No te pongas posesiva.
Señalé discretamente hacia el otro extremo del salón.
Hugo estaba escuchando a Marta, que se había colocado a su lado y le hablaba con bastante entusiasmo.
—Ahí lo tienes.
Bea siguió mi mirada.
—Vaya.
—¿Ves lo que yo? —murmuré.
—No quiero decir nada.
—Necesito que lo digas.
—A Marta le gusta Hugo —sentenció Bea.
—¡Exacto! No para de tontear descaradamente con él. Mira cómo se toquetea el pelo, cómo se pasa la lengua por los labios…
Bea, que tampoco le quitaba ojo, señaló:
—Y acaba de quitarle una pelusa del traje.
—¡De mi traje!
—Es de manual de lagarta.
—Tanto como lagarta… Ella no sabe lo que tengo con él. Me ha preguntado si estaba soltero.
—Ella no lo está.
La miré.
—¿Cómo lo sabes? ¿Le has cotilleado sus redes o algo?
—No me ha hecho falta. Me quedo con todas las caras. Su marido jugaba al pádel con José Luis.
—¿Tu José Luis?
—Mi ex José Luis. Y no era mío ni cuando estábamos casados.
—¿Estás segura?
—Yo no iba casi nunca a sus partidos. Me moría de aburrimiento, pero mira tú por dónde sí que fui a este que jugó con el marido de Marta.
Y me la presentaron. Creo que ni se acuerda de mí, por esa época yo era rubia y llevaba unas gafas de sol que me cubrían media cara.
Pero no le pienso recordar el momento. Quiero estar alejada de todo lo que me recuerde a José Luis.
—Aquello tuvo que ser hace algún tiempo. Igual se ha divorciado.
Bea sacó el móvil, abrió su Instagram y me pidió los apellidos de Marta para buscarla.
Tardó medio minuto en encontrarla.
—Tiene el perfil abierto. De puta madre. Aquí la tienes. Una fotito del fin de semana con su marido sudoroso después de un partido de pádel.
—Joder. ¡Y cierra su perfil, no vaya a ser que te encuentres con José Luis!
—Me da lo mismo. Como si se la pica un pollo. Yo estoy en otra.
—¿En qué otra? ¿Te has pensado lo de Pedro?
—No tengo nada que pensarme. No es para mí. Es como cuando ves un vestido precioso y sabes que no es para ti porque te va a marcar la barriga. Pues eso. Aunque con la caña que me da tu padre la barriga me va a durar tres días.
—¿Qué caña?
—En el gimnasio. Y lo que te quería decir es que me da igual lo que haga mi ex. Eso sí, no quiero que sepa nada de mí por esta tía… Por eso no le he comentado que nos conocemos.
Bea guardó el teléfono. Y yo volví a mirar hacia Hugo.
Marta le estaba contando algo que debía de ser divertidísimo, porque se echó a reír y le tocó el brazo.
Hugo sonrió con educación.
Entonces levantó la vista. Y me encontró mirándolos.
Aparté los ojos tan deprisa que estuve a punto de darle un codazo a Bea.
—Disimula un poco —murmuró.
—No estoy haciendo nada.
—Solo pareces un búho.
—Estaba mirando hacia ese lado.
—Es muy interesante ese lado.
—Calla. No me pongas más nerviosa.
—Como quieras.
Y para que no siguiera haciendo el canelo, me cogió del brazo y nos acercamos al resto del grupo.
Después de un rato de conversación, pasamos al comedor, donde habían distribuido a los asistentes en varias mesas.
A nosotros nos tocó la principal. Hugo se sentó en el centro, flanqueado por Bea y por mí.
Durante la cena, Hugo se comportó exactamente como cabía esperar de él. Habló con todo el mundo, escuchó más de lo que yo habría supuesto unas semanas antes y consiguió que una conversación sobre financiación empresarial no terminara pareciéndose a una junta de accionistas.
Marta intervino varias veces.
Demasiadas, para mi gusto.
Aunque quizá el problema fuera precisamente mi gusto.
Porque no tenía ningún derecho a molestarme.
Hugo me había dicho que quería estar conmigo. Y yo había decidido que, de momento, aquello era suficiente. Pero una cosa era aceptarlo y otra muy distinta descubrir que no me hacía ninguna gracia que otra mujer coqueteara con él.
Eso sí, no pensaba convertirme en una mujer que vigilara con quién hablaba el hombre con el que se estaba acostando.
Ni siquiera aunque ese hombre tuviera unos ojos verdes que parecían creados para volverme loca.
Cuando llegó el postre, Bea se inclinó hacia mí.
—¿Vamos un momento al baño?
—¿Ahora?
—Sí. Es una tradición ancestral.
La seguí.
En cuanto entramos, se volvió hacia mí.
—Bueno.
—¿Bueno qué?
—Que me cuentes.
—¿El qué?
—Clara, por favor. Llevas toda la cena mirando a Hugo como si fuera el último hombre disponible en la Comunidad de Madrid.
—Eso es mentira.
—Vale. Como si fuera el penúltimo.
Me apoyé en el lavabo.
—Me gusta, qué quieres que te diga.
—Que estás enamorada. Te conozco y lo que te está pasando con este tío no es normal.
Aquello me desarmó un poco.
—Me gusta mucho.
—¿Y estás bien?
Asentí.
—Muy bien. Me gusta estar con él. No tengo que perseguirlo para que haga las cosas, no tengo que recordarle que existe un mundo fuera de sus problemas y no tengo que explicarle cómo se pone la vitrocerámica. Él solito se hizo la tortilla del desayuno.
—Vamos, que no es Vicente.
—No es Vicente.
—Genial. Sabe hacerse solo las tortillas.
—Pero puede acabar siendo otro Arman —admití, encogiéndome de hombros.
—¿Por Nueva York?
—Por Nueva York. Porque tiene allí su empresa, su vida y todo lo demás. Y porque yo tengo la mía aquí.
Bea me observó un momento y me preguntó mientras se retocaba el rímel:
—¿Y si no es otro Vicente ni otro Arman?
—¿Qué va a ser?
—No sé. Igual hay una tercera posibilidad.
—¿Cuál?
—No lo sabemos aún. Pero no puedes dar por imposible una historia antes de vivirla.
Me quedé callada.
Odiaba que Bea dijera cosas sensatas cuando yo necesitaba que me diera la razón.
—Por cierto —añadió—, ¿se lo has contado a tu madre?
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi madre empieza a preocuparse por las cosas antes de que ocurran. Prefiero contárselas cuando ya han pasado.
—Como esperes a que esto haya pasado, igual se entera cuando te haya puesto el anillo.
—No seas exagerada.
—Tu padre cree que ya estáis juntos.
—¿Tú le has contado algo?
Bea aprovechó para repasar el estado de su manicura:
—No. Ayer estuve en el gimnasio con él y hoy hemos estado hablando unas cuantas veces por la cosa de los muebles. Tu padre sabe tanto…
Pensé que se refería a los tornillos y las bisagras y no le di más importancia.
Tenía suficientes complicaciones sentimentales como para ocuparme también de los consejos de bricolaje que daba mi padre.
Cuando regresamos a la mesa, Hugo estaba hablando con Álvaro. Y Marta había cambiado de sitio y estaba en la otra punta.
Me alegré más de lo razonable.
Y eso que yo no era celosa.
La cena terminó cerca de las once y media.
Nos despedimos del grupo en la puerta. Marta se acercó a Hugo, le dio dos besos y le dijo que le había encantado hablar con él.
Yo fingí estar muy interesada en abrocharme el abrigo.
Cuando por fin nos quedamos solos, Hugo me miró.
—¿Qué tal la cena?
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien. ¿Y tú?
—También. Aunque he hablado tanto que necesito un rato de silencio.
—Eso sí que es una novedad.
Se echó a reír.
—¿Vamos?
—¿Adónde?
—A tu casa.
—Ah.
—Si sigue en pie la invitación.
Lo miré.
—No recuerdo haberte invitado hoy.
—Vengo con el cepillo de dientes.
—¿De verdad?
Levantó la mochila y respondió con una sonrisa lobuna:
—Por supuesto. También he metido un jersey de angora y unos pantalones chinos para ponerme mañana. Y luego está el traje…
Me quedé mirándolo.
—¿Qué pasa con él?
—Lo llevo puesto. Lo mejor es que vaya a tu casa y lo deje allí. Así otro día tengo la excusa perfecta para volver.
Sonreí sin reconocer que estaba encantada de que volviera.
Al llegar a casa, Hugo se quitó el traje y lo dejó en su funda en el armario del recibidor.
Lo puso al lado de mis cosas. Pero, aunque ese traje era mío, tuve la sensación de que cada vez lo era menos.
Y no me importaba que estuviera ahí. Al contrario.
Después fue al baño y dejó su cepillo junto al mío.
Los dos estaban allí, uno al lado del otro.
Era una tontería.
Un objeto de plástico que podía comprarse en cualquier supermercado.
Y, sin embargo, me quedé mirándolos más tiempo del necesario.
—¿Qué pasa? —preguntó Hugo a mi espalda.
—Nada.
Se asomó por encima de mi hombro.
—Hacen buena pareja.
—Son cepillos de dientes. Y no significa nada.
—Significa que podemos lavarnos los dientes sin discutir sobre el futuro.
Me eché a reír.
—Vale.
Y aquella noche, cuando nos metimos en la cama, no hablamos de Nueva York.
Ni de noviembre.
Ni de ninguna de las cosas que todavía no sabíamos resolver.
Pero follamos como dos salvajes y al día siguiente me desperté antes de que sonara la alarma.
Hugo seguía dormido.
Tenía un brazo por encima de la almohada y el pelo revuelto. Sin el traje, sin la sonrisa de empresario que sabía desenvolverse en cualquier reunión y sin ninguna intención aparente de levantarse antes de tiempo, parecía bastante menos peligroso.
Aunque solo lo parecía.
Me levanté con cuidado.
No lo conseguí.
—Cecé.
—¿Qué?
—¿Adónde vas?
—A hacer café.
—Vuelve.
—Son las siete.
—Es pronto.
—Tengo que ir a trabajar.
—Todavía no.
Me agarró de la mano y tiró suavemente de mí.
Volví a sentarme en la cama.
—Detestas madrugar.
—Lo que no quiero es que dejes mi cama.
—Es la mía.
—Es verdad.
Me besó.
Y nos liamos otra vez porque nos teníamos demasiadas ganas.