Capítulo 12
Cogimos un taxi y nos pasamos el trayecto cogidos de la mano, sin decir nada, mientras sonaba una lista de canciones románticas.
Él no podía vivir sin ella, ella sin él no era nada y, por debajo de la mesa, no dejaban de pasar cosas.
Era horrible.
Y, para colmo, fuera hacía frío, había empezado a chispear y solo daban ganas de acurrucarse contra el otro, cerrar los ojos y olvidarse de todo menos de esa cosa que se llamaba amor.
Aunque el tío que me llevaba cogida de la mano no fuera mi amor.
Hugo pagó la carrera y la cena también, a pesar de mi insistencia… y para qué voy a mentir: me encantó.
Con Arman siempre pagábamos a medias. Y con los otros siempre pagaba yo.
Así que aquello fue una novedad para mí.
Saqué la llave del portal. Entramos y el ascensor de mi edificio seguía siendo igual de pequeño.
Hugo entró detrás de mí con el traje y tuvo que colocarlo en vertical para que cupiéramos los dos sin aplastarlo.
—Este ascensor es tan romántico —comentó.
—¿Vas a besarme?
—Si me garantizas que no me voy a comer la percha…
—Tengo demasiadas ganas de besarte.
Lo miré. Estaba tan cerca que podía oler otra vez su perfume. Lo agarré de las solapas y lo besé.
Hugo soltó la funda para rodearme la cintura. Noté su sonrisa contra mi boca antes de que me devolviera el beso.
El ascensor se detuvo con una sacudida.
—Cuarto piso —murmuré.
—Se me ha pasado volando.
—Y a mí.
Nos besamos otra vez. Y abrí la puerta porque al ritmo que llevábamos íbamos a acabar haciéndolo ahí.
Salimos. Busqué las llaves en el bolso y tardé bastante más de lo habitual en encontrarlas.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó a mi espalda.
—Necesito que dejes de besarme el cuello.
—Eso sí que va a ser complicado.
Conseguí abrir.
Entramos prácticamente abrazados, y Hugo dejó la funda del traje junto al armario del recibidor.
—Por fin —dije.
—¿Qué?
—El traje. Ha llegado a casa.
—Me alegro de que hayas cumplido tu objetivo.
—Soy muy perseverante.
—Ya me he dado cuenta.
Nos quitamos los abrigos el uno al otro mientras no dejábamos de besarnos.
—¿Sabes una cosa? —murmuró pegado a mi boca.
—¿Qué?
—Llevaba toda la cena queriendo hacer esto.
—Pues menos mal que has tenido paciencia.
—Una virtud que no sueles reconocerme.
—No estropees el momento.
Colgó los abrigos en el perchero y avanzamos hacia el dormitorio entre besos, alguna carcajada y un par de tropiezos.
Cuando llegamos a la cama, Hugo me apartó el pelo de la cara.
—¿Estás bien?
—Muy bien.
—¿Segura?
—Yo sí. ¿Y tú?
—Me he dado un golpetazo en la espinilla con la esquina de tu cama.
—Eres el primer hombre que sube a casa con estas intenciones. Estará celosa.
—¿El primero? —preguntó mirándome extrañado.
—Nunca había invitado a nadie a quedarse conmigo.
—Te agradezco que me hayas invitado —replicó quebrándosele un poco la voz.
Y yo achaqué su cambio en la voz a una cosa:
—Espero que no te entre miedo ahora.
—¿Por qué?
—No sé. Hay hombres que oyen que son los primeros en algo y salen corriendo. Como si acabaran de adquirir una responsabilidad.
—¿Y he adquirido alguna?
—Ninguna. Puedes estar tranquilo. No pienso pedirte que dejes aquí un cepillo de dientes.
—Mañana cenamos con el grupo cerca de aquí. Si quieres, me vengo otra vez… pero con el cepillo de dientes.
—Lo digo en serio, Hugo.
—Y yo también.
—Te lo he comentado porque soy muy celosa de mi intimidad. No suelo invitar a nadie.
—Me parece bien, si es lo que te gusta. Y se nota.
—Porque parece un museo —repliqué divertida.
Miró alrededor.
—Se está muy a gusto aquí.
—Porque la casa está ordenada.
—No solo por eso. Es tranquila. Se respira paz. Y tiene mucha personalidad.
—¿Personalidad?
—Sí. No parece una casa decorada para gustarle a todo el mundo. Parece una casa hecha para gustarte a ti.
Aquello me dejó sin respuesta.
—Y me gusta todo lo que veo —añadió.
—¿Todo?
Me miró.
—Todo.
Joder.
¿Por qué tenía que decir esas cosas?
Con lo fácil que habría sido que se burlara de mis cojines perfectamente colocados o me preguntara si también tenía ordenados los libros por tamaño.
Pero no. Tenía que decirme que se sentía a gusto en mi casa.
Y decirlo como si fuera la cosa más natural del mundo.
—¿Te sigue doliendo la pierna? —pregunté.
—Un poco.
—Pobrecito.
—No hace falta que te burles.
—No me burlo. Estoy preocupadísima.
—Ya lo veo.
Le desabroché la camisa. Él me quitó el vestido y al momento acabamos desnudos.
Era curioso. Me costaba desnudarme por dentro, pero por fuera no tenía problema en quedarme en bolas delante de él.
Ni él tampoco.
Lo miré y qué puedo decir… Con la luz anaranjada de mi habitación me pareció que estaba más bueno todavía.
Hugo se sentó en el borde de la cama. Me acerqué y me acomodé sobre sus piernas.
—¿Así te duele?
—Ahora mismo tengo otras preocupaciones.
—¿Cuáles?
—Por ejemplo, que me beses.
—¿Dónde?
Me rodeó la cintura con las manos y masculló:
—Donde te apetezca.
Lo atraje hacia mí.
Lo besé despacio, sin las prisas de la noche anterior, y él me devolvió el beso con una ternura que no esperaba. Le acaricié el pelo y me quedé un momento mirándolo.
—¿Qué? —preguntó.
—Tus ojos.
—¿Qué les pasa a mis ojos?
—Que ahora son más verdes.
—Hoy les tocará estar así.
—¿Funcionan como un semáforo? —bromeé.
—Más o menos.
—Entonces, ¿puedo pasar?
—Con precaución.
—¿Son peligrosos? —repliqué.
—No tanto como los tuyos. Tienes unos ojos preciosos, Cecé.
—Son marrones. Bastante corrientes.
—No he dicho que sean raros. He dicho que son preciosos.
—Ah.
—Y tienes una nariz muy bonita.
—¿Ahora vas a hacerme un inventario? —inquirí arqueando una ceja.
—Estoy pensando qué es lo que más me gusta.
—¿Y?
—La primera vez que te vi en la videollamada me gustaste.
—¿De verdad?
—Me encantó que tuvieras cara de saber exactamente lo que querías, tus pómulos, la nariz tan recta y esa manera de mirarme como si estuvieras a punto de ponerme una multa...
—Ese día todavía no tenía ganas de ponértela —admití, risueña.
—Sonreíste al momento, pero no perdiste tu aura de autoridad.
—Soy la coordinadora. Se tiene que notar.
—Para entonces ya solo podía fijarme en tu boca.
—¿Qué le pasa a mi boca?
—Que me cuesta muchísimo concentrarme cuando hablas —respondió con la vista puesta en mis labios.
Y yo ya no pude más. Lo agarré del cuello. Me apoderé de su boca. Y volví a besarlo.
Y esta vez no me conformé con su boca.
Seguí besándolo, primero en la boca y después por todo el cuerpo. Él hizo lo mismo conmigo, sin ninguna prisa.
Cuando volvimos a encontrarnos sobre la cama, Hugo se puso un preservativo y me senté a horcajadas sobre él.
Esta vez fui yo quien marcó el ritmo.
Y fue entonces cuando me di cuenta de cómo me miraba.
Sus ojos recorrían mi rostro, se detenían en mi boca, descendían hasta mis pechos y seguían bajando por mi cuerpo antes de volver a encontrarse con los míos.
Y yo no tenía dónde esconderme.
No es que quisiera hacerlo. Me encantaba cómo me miraba. Me hacía sentir guapa, deseada, absolutamente irresistible. Pero también había algo en aquella forma de observarme que me desarmaba.
Porque no apartaba los ojos de mí.
Sentía que me miraba con deseo infinito, pero también de una manera mucho más íntima.
Y cuando me inclinaba para besarlo, me acariciaba la cara con una ternura que contrastaba con todo lo que habíamos hecho antes.
Esta vez estaba completamente expuesta a su mirada, sin poder ocultarme detrás de la pasión atropellada de la primera noche.
Lo sorprendente fue que no sentí ninguna necesidad de recuperar el control.
Ni de bromear para quitarle importancia a lo que estaba pasando.
Aquella noche fue distinta. Más lenta, más nuestra. Y, por alguna razón, mucho más difícil de olvidar.
Porque la vez anterior habíamos descubierto lo bien que nos entendíamos en la cama.
En esta ocasión, por su mirada, por sus besos y por la forma en que acabamos corriéndonos casi a la vez, estaba empezando a sentir algo que no sabía cómo manejar y a descubrir lo mucho que me gustaba tenerlo cerca.
Y eso sí que era peligroso.
Luego, me tumbé a su lado, nos abrazamos, cerré los ojos y no pensé en la hora, ni en el trabajo del día siguiente, ni en lo que podía salir mal.
Solo en él.
Así me quedé dormida.
A la mañana siguiente me despertó el sonido de la ducha.
Abrí los ojos, miré el reloj y me incorporé de golpe.
—¡Coño!
Hugo apareció poco después con una toalla alrededor de la cintura.
—¡Buenos días!
—¿Has visto la hora?
—Sí.
—¿Y por qué estás tan tranquilo?
—Porque todavía llegamos bien.
—Tenemos que estar en Aristeo a las nueve.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a ponerte?
Hugo me miró con una sonrisa.
—Precisamente estaba pensando en eso.
Seguí la dirección de sus ojos hasta la funda que habíamos dejado la noche anterior junto al armario.
—No.
—¿No qué?
—No me digas que vas a ponerte el traje.
—¿Tienes alguna propuesta mejor?
—Tu ropa está en tu apartamento. Podemos pasar a recogerla.
—Y llegar tarde.
Lo odié un poquito por tener razón.
Hugo abrió la funda y sacó el Hugo Boss con la satisfacción de quien acaba de encontrar la solución perfecta a un problema que ni siquiera le preocupa.
—No me lo puedo creer —murmuré.
—¿Qué?
—Que hayas venido a devolvérmelo y te lo vayas a llevar otra vez.
—Técnicamente, te lo he devuelto.
—¿Cómo que técnicamente?
—Ha pasado toda la noche en tu casa.
—¡Hugo!
—Misión cumplida, Cecé. Y ahora déjame una camiseta grande que tengas por ahí. La más grande. La muda la traigo de casa. Lo he aprendido de ti.
Me reí, le di la camiseta pensando que iba a ser una mala idea y la verdad fue que con el traje le quedó perfecta. Le daba un aspecto de profesional innovador y creativo. Justo la imagen que debía proyectar.
—Creo que este traje se está convirtiendo en una especie de uniforme —comentó con guasa.
—Pero no lo es —le recordé.
—Me queda mejor que los que me he traído.
—Lo siento.
Se acercó y me dio un beso.
—El traje es tuyo, pero me da la sensación de que no quiere separarse de mí.
Lo miré, incapaz de contener la risa.
—Después me lo devuelves.
Hugo sonrió.
—Y te lo traigo a tu casa, aunque no me hago cargo de lo que vaya a pasar después.