Capítulo 11 #2
—Es un buen tío. Es divertido, cariñoso, muy sociable... Lo que pasa es que se tomaba la vida con una tranquilidad que a mí me sacaba de quicio.
—Y tú intentabas compensarlo.
—Exactamente. Me enamoré de él porque era muy distinto a mí. Yo no sabía vivir con esa cachaza y supongo que lo que me gustaba era que se permitía hacer todas esas cosas que yo no me permitía.
—¿Como cuáles?
—Improvisar. No preocuparse por todo. Dejar las cosas para mañana. Confiar en que alguien encontraría una solución.
—Y ese alguien eras tú.
—Normalmente.
Hugo negó con la cabeza, divertido.
—Pobre.
—No me tengas lástima. Yo también tenía lo mío. Me empeñaba en organizarle la vida aunque él no me lo pidiera.
—Eso me resulta familiar.
—Contigo tampoco es para tanto.
—¿Tú crees?
—Y todo es por Aristeo. No por ti. Aristeo es excelencia. Y yo tengo que darlo todo.
—Ah, ya.
—Pues sí.
—¿Y los que vinieron después de Vicente eran como él?
—Me temo que sí. Pero con los años me di cuenta de que aquello no era lo que quería —continué—. Me atraían los hombres despreocupados, pero luego me desesperaba tener que hacerme cargo de todo.
—Y después conociste a Arman.
—Sí. Y Arman era justo lo contrario. Responsable, trabajador, sensato. Tenía una vida hecha y sabía lo que quería.
—Pero tampoco funcionó.
—No. Ya sabes que ninguno quería mudarse. Nos queríamos, pero llega un momento en que las llamadas y los viajes no bastan. Yo quería tener a alguien con quien cenar un martes cualquiera. Poder hacer planes sin consultar primero el calendario de vuelos.
—Lo entiendo.
—Y tampoco quería pedirle que dejara su vida por mí.
Hugo asintió despacio.
—A veces querer a alguien no es suficiente.
—No siempre. Y tampoco sirve de mucho hablar de un futuro juntos si ninguno está dispuesto a dar un paso para conseguirlo.
Nos quedamos un momento callados.
—¿Y después de Arman? ¿Has estado con alguien?
Negué con la cabeza.
—Con nadie.
—¿Ninguna relación?
—Ni relación, ni citas, ni nada de nada.
Hugo levantó las cejas.
—¿En un año?
—¿Te parece mucho?
—Me parece que eres bastante selectiva.
—Eso es una manera elegante de decirlo.
—¿Y cuál es la poco elegante?
—Que no me apetecía aguantar tonterías.
Se echó a reír.
—Pues espero estar superando el proceso de selección.
—Todavía estás en período de prueba.
—¿Y cuándo termina?
—Depende de tu rendimiento.
—Voy a todo lo que da.
—No te confíes.
Sonrió de una manera que me hizo olvidar durante unos segundos lo que estábamos hablando.
—¿Y tú? —pregunté, recuperando la compostura—. ¿Siempre has sido tan independiente?
—Bastante.
—¿Desde pequeño?
—Mis padres se separaron cuando yo tenía doce años.
—No sabía que eras tan pequeño.
—Tampoco fue un drama. Mi madre se quedó viviendo al lado, seguía viendo a los dos a diario y nunca tuve la sensación de que ninguno hubiera desaparecido de mi vida.
—Eso está bien.
—Sí. Lo que no estaba tan bien era que mi padre quisiera decidir qué iba a hacer yo con la mía.
—¿Desde muy pronto quiso que siguieras sus pasos?
Asintió.
—Tenía clarísimo que acabaría trabajando con él. Era una buena oportunidad, según decía. Un negocio consolidado, contactos, dinero... Todo preparado.
—Y tú querías seguir tu propio camino.
—Yo quería hacer algo mío. Aunque saliera mal.
—¿Y cómo se lo tomó?
—Fatal al principio. Pensaba que estaba desperdiciando una oportunidad que otros habrían matado por tener.
—¿Y ahora?
—Ahora presume de mí a mis espaldas. Me entero por lo que me cuentan sus amigos. A mí nunca me ha dicho que esté orgulloso de mí ni nada parecido. Pero a sus amigos por lo visto les da la turra hablando de mí maravillas. O eso es lo que me cuentan.
—Bueno, algo es algo.
—Sí. Aunque sigue sin entender del todo por qué necesitaba hacerlo por mi cuenta.
Lo observé un momento.
—Me contaste que tu padre trabajaba muchísimo.
—Demasiado.
—Y que eso acabó afectando a su matrimonio.
Hugo asintió.
—Mi madre estaba harta de que siempre hubiera algo más importante. Una reunión, un viaje, un cliente...
—¿Y tú no haces lo mismo?
La pregunta se me escapó antes de poder suavizarla.
Hugo dejó la copa en la mesa.
—Puede ser.
Me sorprendió que no se defendiera.
—ALDA me ha ocupado prácticamente toda la vida adulta —reconoció—. Al principio porque no tenía más remedio. Después porque me gustaba. Y supongo que terminé acostumbrándome.
—Pero no querías parecerte a tu padre.
—No quería trabajar en su empresa. Que es distinto. Pero he acabado trabajando tanto como él.
—Esto del trabajo es complicado. Yo no quiero estar con alguien que tenga que elegir entre su vida y yo. Pero tampoco quiero una relación en la que cada uno vaya completamente por su lado.
—¿Y qué quieres?
La pregunta era sencilla.
La respuesta, bastante menos.
—Quiero compartir mi vida con alguien. No pasarme la vida intentando encontrar un hueco en la suya.
Hugo me miró con atención.
—Eso me parece razonable.
—Pues hay gente a la que le parece una exigencia enorme.
—¿Qué gente?
—La que quiere tener pareja sin dejar de comportarse como si estuviera soltera. Estar con alguien cuando apetece, desaparecer cuando no, no dar explicaciones de nada...
—Bueno, cada pareja se organiza como quiere.
—Por supuesto. Pero yo no quiero eso.
—Ya lo veo.
—No quiero ser un casi algo de nadie.
—Yo no quiero que seas mi casi algo.
Bajé la mirada hacia mi copa.
—Ya.
—Clara.
Volví a mirarlo y él me habló:
—Te dije esta mañana que quiero estar contigo. No te estoy proponiendo quedar cuando no tenga nada mejor que hacer.
—Vale.
—¿Vale?
—Que lo sé.
—No estoy seguro.
—Por lo que me has contado, tu última relación era así. De soltero en pareja.
—¿Lo dices por Jacqui?
Asentí.
—Con Jacqui era distinto —dijo.
—Distinto.
—Nos entendíamos muy bien. Cada uno tenía su vida, sus cosas. Nunca intentamos cambiar al otro.
—Suena comodísimo.
—Lo era.
—Ya.
Hugo me miró con curiosidad.
—¿Qué pasa?
—Nada. Que a mí me gustaría algo más que una relación cómoda.
—A mí también.
Lo dijo sin vacilar.
Y durante un momento no encontré ninguna réplica ingeniosa.
—Además —añadió—, contigo lo de estar cómodo lo llevo bastante mal.
—Ah, ¿sí?
—Me haces trabajar muchísimo.
—Pues vete acostumbrando.
—Eso intento.
Sonreí y él alargó la mano por encima de la mesa hasta encontrar la mía.
No había ninguna garantía de que aquello saliera bien.
Seguía viviendo en Nueva York. Seguía teniendo una empresa que ocupaba buena parte de su tiempo. Y yo seguía siendo la misma mujer que había decidido no volver a enamorarse de alguien que viviera a miles de kilómetros.
Pero también era el hombre que había llegado puntual, que había organizado una cena estupenda, que me escuchaba cuando hablaba y que no parecía tener ninguna intención de salir corriendo en cuanto la conversación se complicaba.
No sabía qué iba a pasar al terminar noviembre.
Aquella noche, sin embargo, empezaba a importarme bastante menos.
Después de que me comiera casi todo el postre, Hugo recogió el traje y me ayudó a ponerme el abrigo.
—Bueno —dije cuando estuvimos en la calle—. ¿Te vienes a mi casa?
Hugo sonrió.
—¿Me estás invitando?
—Sí. Así me aseguro de que el traje llega por fin a su destino.
Bajó la mirada hacia la funda.
—Y yo que pensaba que querías acostarte conmigo.
—Eso también. Pero lo del traje me preocupa bastante.
Se echó a reír.
—Me encanta saber cuáles son tus prioridades.
—Soy una mujer práctica.
—Eso ya lo sé.
Me besó antes de que pudiera añadir nada.
Y yo, que había pasado buena parte de la cena explicándole lo importante que era para mí tomar decisiones sensatas, decidí que aquella era una de las mejores que había tomado últimamente.