Capítulo 11
Hugo ya estaba en Charrúa cuando llegué.
Puntual.
No a punto de llegar, ni aparcando, ni mandándome un mensaje para avisar de que se retrasaría cinco minutos que acabarían siendo quince. Estaba allí, esperándome, con una sonrisa y el traje enfundado apoyado junto a su silla.
Me gustó verlo.
Y me gustó todavía más que se levantara para recibirme y me diera un beso en la mejilla como si llevara haciéndolo toda la vida.
—Buenas noches, Cecé.
—Buenas noches.
—Estás guapísima.
—Y tú has llegado puntual.
—Veo que sabemos apreciar las virtudes del otro.
Me reí y señalé la funda.
—¿Has traído el traje?
—Espero que hoy no salgas también corriendo.
—Tranquilo. Hoy no tengo prisa.
—Menos mal. Porque la última vez me quedé con el traje y sin la chica.
Me ayudó a quitarme el abrigo y nos sentamos.
El restaurante estaba lleno. Había un murmullo agradable de conversaciones, copas que se entrechocaban y camareros que iban y venían entre las mesas.
Desde donde estábamos se veía parte de la parrilla, y el olor de la carne empezaba a recordarme que había almorzado deprisa y mal.
—Oye, ¿cómo has conseguido una mesa aquí de un día para otro? —pregunté—. Si es casi imposible reservar.
—Conozco a alguien.
—¿Tráfico de influencias?
—Contactillos.
—Ah, que tú no eres de los que hacen las reservas por teléfono.
—Yo llamo por teléfono.
—¿A quién?
—A alguien que conoce a alguien.
—¿Tan fácil?
—Es una de las razones por las que me pagan —bromeó.
Y mientras Hugo consultaba la carta, pensé que había algo muy atractivo en aquella manera suya de desenvolverse. No necesitaba presumir de sus contactos ni contarme lo importante que era. Simplemente había dicho que se encargaría de la cena y se había encargado.
Igual que había llegado puntual.
Igual que, durante la semana anterior, había demostrado que detrás de sus improvisaciones y sus ganas de tocarme las narices había un profesional extraordinario.
Hugo Alda podía cambiarme un ejercicio a última hora, perder una maleta y conseguir que yo deseara estrangularlo antes de las nueve de la mañana. Pero no era un irresponsable.
Y, sobre todo, no era un hombre al que hubiera que perseguir para que apareciera.
Aquello, por alguna razón, me gustaba mucho.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En que igual te estoy juzgando demasiado deprisa.
—¿Para bien o para mal?
—Todavía estoy reuniendo pruebas.
—Pues pide vino. Las pruebas suelen mejorar con vino.
Pedimos unas empanadas para empezar y compartimos una provoleta. Hugo se empeñó en que probara su carne cuando llegaron los platos, y tuve que reconocer que había elegido mejor que yo, algo que se tomó con una satisfacción francamente irritante.
—Te lo advertí.
—Pero el mío está delicioso.
—Sí, pero has dicho que mi plato está mejor.
—He dicho que está muy bueno.
—Has dicho que está mejor.
Le robé otro trozo de carne para castigarlo. Y porque no me gustaba perder ni al parchís.
Un poco después, mientras nos servían más vino, Hugo dejó los cubiertos y me preguntó:
—Oye, ¿qué pasó al final con Bea y Pedro?
Lo miré, resoplé y respondí:
—Lo han dejado.
—¿En serio?
Asentí.
—Bueno, ella es la que no quiere seguir conociéndolo.
—¿Y por qué?
—Porque cree que Pedro quiere algo que ella no puede darle. Él está muy ilusionado y ella no siente lo mismo.
Hugo frunció el ceño.
—Pues no me cuadra.
—¿Por qué?
—Porque el sábado parecían estar bien. A ver si es que el domingo pasó algo…
—Creo que lo que pasó fue que después del beso se lo pensó mucho y decidió no seguir. Bea ha sufrido mucho. Su matrimonio terminó fatal y le costó años volver a estar bien. No quiere pasar otra vez por lo mismo.
—Pero Pedro no es su exmarido.
—Es un chico adorable, pero las cosas no funcionan así, Hugo.
—¿Cómo funcionan?
—Cuando alguien te hace mucho daño, a veces te cuesta volver a confiar. Aunque la persona que tengas delante no haya hecho nada para merecer esa desconfianza.
Hugo se quedó pensativo.
—Ya. Pero el amor implica un riesgo, ¿no?
—Por supuesto.
—Pues entonces...
—Entonces nada. Bea ahora mismo no quiere correrlo.
—No parece una mujer que se achique ante los retos.
—Ante este sí. Tiene dudas y miedos.
—Pero es normal. En el amor no hay garantías de nada, Clara. Puedes conocer a alguien, enamorarte, hacer planes y que todo salga mal. Pero también puede salir bien.
—Eso es muy fácil decirlo cuando no eres tú quien tiene que recoger los pedazos.
—¿Y tú cómo sabes que yo no he tenido que recogerlos alguna vez?
Lo miré por encima de la copa.
—¿Los has recogido?
—Con Irina, mi primera novia. Me dejó por Jesús.
—¿Tu mejor amigo?
—Jesús de Nazaret. Se metió a monja.
Abrí los ojos muchísimo sin dar crédito.
—¿En serio?
—Sintió la llamada y me dejó por Él. Lo pasé fatal, porque la quería de verdad. No obstante, fue ella quien me animó a no perder la confianza en el amor. Y tenía razón. Aunque luego llegó ALDA y me quedé sin tiempo para casi nada. Pero sigue con Bea…
—No hay más. Bea lo ha dejado porque cree que no está tan enamorada como Pedro, aunque sospecho que también tiene miedo a sufrir.
—No digo que Bea tenga que seguir con Pedro —replicó—. Si no está enamorada, hace bien en dejarlo. Lo que me parece una pena es que renuncie a algo que quiere solo porque podría hacerle daño.
—Ella dice que no siente lo mismo.
—Ya.
Bebí un sorbo de vino.
—A veces protegerse es una decisión muy sensata —dije.
—Y a veces te acostumbras tanto a llevar la armadura puesta que se te olvida quitártela.
—¿Armadura?
—Coraza. Llámalo como quieras.
—Me gusta más coraza. Armadura suena a que tengo que ir por ahí con un caballo.
—Te pega bastante —opinó Hugo.
Me pregunté si no llevaría yo también una de esas corazas. Aunque la mía, en lugar de protegerme de los hombres, parecía diseñada para impedir que alguien me desorganizara la vida.
Pero ni de coña iba a sacar el tema y repliqué mordaz:
—¿El caballo?
—Mandar a un ejército.
Solté una carcajada.
—Pues podría hacerlo perfectamente.
—Y lo harías muy bien, además.
El camarero retiró los platos y nos preguntó si queríamos postre. Pedimos uno para compartir porque estábamos llenos.
—¿Eres de los que se comen la última cucharada sin preguntar? —quise saber.
—Depende.
—¿De qué?
—De si quiero volver a verte.
—¿Y quieres?
—Llevo toda la cena intentando causar buena impresión.
—Yo no.
—No sabes lo que me gusta —replicó él con una sonrisa lobuna.
—Vaya.
—¿Y tú? —preguntó de pronto—. ¿Siempre has sido así?
—¿Así cómo?
—Tan pendiente de tenerlo todo controlado.
—No lo tengo todo controlado.
Hugo me miró.
—Vale. Reformulo la pregunta. ¿Desde cuándo te molesta tanto no tenerlo todo controlado?
Me quedé unos segundos pensando mientras el camarero nos dejaba el helado sobre la mesa.
—Supongo que desde pequeña —respondí al fin.
—¿Por algo en particular?
Podría haberle dado una respuesta ligera. Decirle que había nacido con una agenda debajo del brazo o que mi primer juguete fue una calculadora.
Pero no me apeteció.
—Mis padres se separaron cuando yo tenía diez años —contesté.
Hugo asintió.
—Me contaste que tu madre quería vivir en una isla y tu padre no quería alejarse de la ferretería.
—Sí. Lo que no te conté es que mi padre lo pasó muy mal cuando ella se fue.
—¿Mal cómo?
—Tuvo una depresión bastante seria. Hubo una temporada en la que apenas tenía ganas de nada.
—Joder.
—Mi padre es un hombre estupendo. Ya lo conoces. Pero entonces estaba destrozado.
—Me lo imagino.
—Y yo era una niña que echaba muchísimo de menos a su madre. Solo que me daba pena decírselo porque bastante tenía él con lo suyo.
Hugo dejó la cucharilla sobre el plato mientras yo no paraba de comer.
—¿Y qué hacías?
—Lo que podía. Intentaba que estuviera contento. Que comiera, que saliera, que se distrajera. Me esforzaba por no darle problemas.
—Con diez años.
—Sí.
Me encogí de hombros.
—A esa edad no piensas que estás haciendo nada extraordinario.
Es tu padre, está triste y quieres que vuelva a sonreír.
Vas al supermercado, le cocinas cosas sencillas, le lavas la ropa, le pones su música favorita, le peinas, le haces reír, le quitas las zapatillas, le metes en la cama… Esas cosas.
—¿Y quién se ocupaba de ti?
La pregunta me sorprendió.
—Mi padre se ocupaba de mí, Hugo. No quiero que te lleves una impresión equivocada. Nunca me faltó cariño.
—No he dicho que te faltara.
—Es que no quiero que parezca que fue un mal padre.
—No lo parece.
Me sostuvo la mirada.
—Pero tú también eras una niña. ¿Y tu madre?
—Mi madre venía a verme un fin de semana al mes y luego se volvía a Menorca. Intentaba preocuparla lo menos posible.
No conté nada más y volví a meter la cuchara en lo poco que quedaba de helado.
Había pasado muchos años recordando aquella época como una sucesión de cosas que había conseguido hacer bien.
Cuidar de mi padre, sacar buenas notas, no preocupar a nadie y llevar la casa.
Era más sencillo pensar en todo aquello que en lo mucho que había echado de menos a mi madre y en tener a alguien que también me sostuviera a mí.
—Supongo que me acostumbré a ocuparme de las cosas —dije al fin.
—Y después llegó Vicente.
Me eché a reír.
—Veo que prestaste atención a la conversación de mi padre.
—Es difícil no prestar atención cuando un señor con brazos de levantador de pesas te cuenta la historia sentimental de la mujer con la que estás acostándote.
—Dicho así suena fatal.
—Con la mujer que sale corriendo en la boca del metro.
—Porque venía el metro. Y Vicente sigue siendo un gran amigo. Vive en Bruselas. Le encontré un trabajo estupendo y hace dos años conoció a su mujer.
—¿También se la presentaste tú?
—No, a Elena la conoció él solito.
—Ahora entiendo por qué tu padre dijo que parecías su hermana.
—Su hermana mayor, más bien. Porque estaba pendiente de que estudiara, de que aprobara las asignaturas, de que entregara los trabajos, de que buscara empleo cuando terminamos...
—¿Y él qué hacía?
—Pues vivir bastante tranquilo, la verdad.
Hugo soltó una carcajada.
—Qué bien montado lo tenía el tío.