No me vuelvas loca Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Hay aviones.

—Lo sé. He cogido unos cuantos.

Hugo dejó de sonreír.

—Ya.

No hizo falta decir el nombre de Arman.

—No quiero volver a tener una relación a distancia —añadí—. No me apetece pasarme la vida calculando diferencias horarias, esperando llamadas y organizando mis vacaciones alrededor de otra persona.

—No te he pedido que hagas nada de eso.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué estamos hablando como si te lo hubiera pedido?

—Porque quizá deberíamos saber qué estamos haciendo.

—Pensaba que no querías que te preguntara qué hacemos ahora.

—No he dicho que no quiera hablarlo. He dicho que no espero que me preguntes nada.

—Ah. Perdona. Es un matiz importantísimo —ironizó.

—Lo es.

Hugo sonrió, pero enseguida recuperó la seriedad.

—Clara, lo que menos esperaba cuando vine a Madrid era que me pasara esto.

Lo miré por encima de la taza.

—¿El qué? ¿Conocer a Clara Cid?

—Entre otras cosas.

—Y ahora no sabes qué hacer con ella.

—Sí.

Me sorprendió la rapidez de su respuesta.

—¿Sí?

—Sí que sé lo que hacer con ella. Y se lo haría ahora mismo. ¿Hay otro almacén?

Me eché a reír.

—Te veo capaz.

—Estoy siendo sincero.

—Vale. Pero mejor esta noche.

Hugo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Esta noche?

—¿Quieres venir a mi casa? —le propuse, porque para qué andarse con tonterías.

—Sí.

—Qué poco te lo has pensado.

—No necesitaba pensarlo.

Le di un sorbo al café para disimular la sonrisa.

—¿Y si antes te invito a cenar? —me preguntó.

—También iría.

—¿Sin pensar en lo que viene después?

—Ya sé lo que viene después.

—El otro después.

—De momento iría a cenar contigo —respondí—. Y que conste que no te estoy pidiendo que me prometas nada. Apenas nos conocemos.

—Pero quieres saber si tengo hueco en mi vida para alguien.

—Estaría bien saberlo.

Hugo miró la taza antes de contestar.

—No sé si lo tenía antes de venir. Llevo años organizándolo todo alrededor de ALDA. Pero ahora quiero estar contigo. Eso sí lo sé.

No era una promesa. Tampoco era una respuesta completa.

Pero me pareció suficiente, de momento.

—Bueno —dije—. Pues esta noche cenamos.

—¿Charrúa?

—Vale. Si consigues reserva.

—No te preocupes. Y esto sí que no me lo creo. ¡Me estás dejando organizar algo!

—Fuera de Aristeo, todo lo que quieras.

—Perfecto.

—Siempre que no me cambies la reserva a última hora —le advertí.

—No pienso cambiar nada.

—Ni tampoco inventes en plan… ¡me saco un brunch de la manga!

—Voy a pasarme la vida pagando por aquel brunch , ¿verdad?

—No te haces una idea.

Se rio y en ese momento se abrió la puerta del almacén.

Bea salió primero y Pedro apareció detrás de ella.

No parecía que vinieran de acabar lo que habían empezado el sábado. Tampoco estaban discutiendo. Ni siquiera parecían enfadados. Pero Pedro tenía una expresión que no le había visto nunca.

Bea le dijo algo que no alcanzamos a escuchar.

Él asintió.

Después se pasó una mano por la cara y volvió detrás de la barra.

—Uf —murmuró Hugo.

—¿Qué?

—Eso no ha ido bien.

Bea regresó a nuestra mesa con cara de circunstancias y no pude evitar preguntar:

—¿Qué tal?

—Bien —respondió—. ¿Y tú?

—También.

Miré hacia Pedro. Estaba colocando unas tazas en una bandeja sin prestar demasiada atención a lo que hacía.

—¿Seguro?

—Luego te cuento.

Hugo consultó la hora y soltó al momento:

—Caray, cómo se nos ha ido el tiempo. Tengo la sesión a la una y quiero revisar un par de cosas antes.

Se levantó, dejó dinero para los cafés y se puso la chaqueta.

—Esta noche, entonces —me dijo.

—Esta noche. Luego, mándame un wasap con la hora exacta.

Se inclinó un poco hacia mí, como si fuera a darme un beso en los labios.

Yo lo miré espantada. Él sonrió y se enderezó.

—Hasta luego, chicas.

—Hasta luego.

Lo vi salir de la cafetería y, cuando me volví, Bea me estaba mirando.

—Tía. ¡Le has hecho una cobra!

—¿Qué?

—Que Hugo te iba a dar un beso y tú has puesto una cara como si fuera a matarte.

—¡Qué exagerada!

—No sé para qué te pones a disimular, si habéis quedado hasta para cenar.

—No estoy disimulando. Es que no proceden los besos en horario laboral.

—Ah, es por el horario —ironizó Bea.

Cogió su bolso, lo colgó en el respaldo y se acomodó mejor en la silla.

—Uf. Estamos buenas.

—¿Por qué hablas en plural? ¿Ha pasado algo con Pedro?

Respiró hondo.

—Le he dicho que no quiero seguir viéndolo.

Me quedé mirándola, perpleja:

—Pero ¿qué dices?

—Lo que oyes.

—¡Bea! ¡Si el sábado estabais estupendamente!

—Ya.

—¿Y qué ha ocurrido?

—Que lo he pensado y no puedo.

—¡Yo estaba convencida de que habías pensado y habías llegado a la conclusión contraria!

—No, tía.

—¿Pero por qué?

Bea miró hacia la barra. Pedro estaba atendiendo a un cliente. Y a mi amiga se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Porque es un chico estupendo, Clara. Y no se merece a alguien como yo.

—¿Cómo que alguien como tú?

—Alguien que duda. Que tiene miedo.

—Pero ¿de qué tienes miedo?

—De todo un poco.

—Eso no es una respuesta.

—Pues es la que tengo. No puedo estar con él cuando tengo la cabeza en otra parte.

—¿En qué parte?

—Pues… ¡en mis cosas!

Me crucé de brazos.

—No me lo puedo creer. ¿Cómo se lo ha tomado?

—Es un trozo de pan. Le ha jodido, pero respeta mi decisión.

—Qué triste.

—No hay otra. Él tiene treinta y un años, toda la vida por delante y unas ganas de empezar algo que yo no puedo corresponder.

—Tú también tienes toda la vida por delante.

—Tengo cincuenta y cuatro, Clara.

—Ya sé cuántos años tienes.

—Podría ser su madre.

—¡Tía, no! Eso no. No me vengas con esas.

—Es verdad. Ahí tienes razón. Los tíos no piensan eso. José Luis no piensa que podría ser el padre de Mandi, Trudi y Sandi.

—Exacto. Así que no vayas por ahí. Me cabrea que hables así de ti. Si no quieres seguir con Pedro, no sigas. Pero no me digas que no te lo mereces porque eres mayor que él.

—No he dicho que no me lo merezca.

—Casi.

Se quedó callada.

Yo también.

No quería presionarla. Bea había pasado dos años intentando reconstruir su vida después del divorcio y, aunque a veces me desesperaba, sabía que no todo era tan sencillo como yo pretendía.

—Pedro me ha dicho que le daba pena. Que pensaba que estábamos bien.

Miré hacia la barra y resoplé:

—Pobrecillo.

—Ya.

—Está hecho polvo.

—Lo sé.

Bea bajó los ojos.

—Por eso quería hablar con él cuanto antes. No me parece justo seguir viéndolo si yo no siento lo mismo.

Le cogí una mano.

—Bueno. Si es lo que quieres...

—Esto es una mierda.

La vi tan agobiada que decidí dejarlo estar.

—Pues ya está. No tienes que justificarte conmigo.

—Gracias.

Después Bea me señaló con un dedo.

—Y ahora tú.

—¿Yo qué?

—Hugo.

—¿Qué pasa con Hugo?

—No me hagas perder el tiempo, que te he visto la cara cuando se ha marchado. ¡Y habéis quedado a cenar! ¡Es estupendo!

Bajé la mirada hacia mi café.

—No sé si es estupendo. Lo que sé es que ayer me dijo que iba a echarme de menos y esta mañana he tenido que reconocer que yo también lo había echado de menos a él. Pero te repito que no quiero volver a pasar por lo mismo que con Arman.

—Hugo no es Arman.

—Ya. Pero vive en Nueva York.

—Eso tampoco lo convierte en Arman.

Suspiré.

—Lo sé.

—¿Y qué habéis decidido?

—Nada definitivo. Hemos hablado y... Bueno, queremos seguir viéndonos.

—Pues ya está.

—No es tan fácil.

—¿Por qué?

—Porque noviembre se acaba.

A esas alturas de mi vida tenía muy claro que no pensaba involucrarme con un hombre que no quisiera comprometerse. Ni citas, ni tonteos, ni aquello de «vamos viendo» que tanto se llevaba. Y las relaciones a distancia estaban completamente descartadas.

El problema era que Hugo no me había dicho que no quisiera comprometerse.

Al contrario.

Y, para terminar de complicarlo todo, me gustaba muchísimo.

Bea me miró con una expresión que no supe interpretar.

—Clara, llevas toda la vida organizándolo todo. El trabajo, las vacaciones, las compras, hasta el momento de poner la lavadora. Y está muy bien. Pero hay cosas que no se pueden planificar.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Porque en cuanto algo se sale del guion, te pones a buscar la manera de que vuelva a entrar.

—Es una habilidad muy útil.

—En Aristeo, seguro.

Me reí.

—¿Qué quieres que haga?

—Que te dejes llevar.

—Ya, pero es que me gusta mucho, Bea. Y si sigo viéndolo, me va a gustar más.

—Eso suele pasar.

—Y vive en Nueva York.

—También lo sabemos.

—Me ha dicho que su vida giraba alrededor de su empresa, pero ahora quiere estar conmigo.

—Pues eso es bueno, ¿no?

—Sí. ¡Ese es el problema! Que no me ha dado ninguna razón para salir corriendo.

—Pues no salgas.

—Pero tampoco puedo pedirle que se quede en Madrid después de conocernos una semana.

—Ni él te está pidiendo que te mudes a Nueva York.

—Ya, pero ¿y si me enamoro?

—¿Y si se enamora él?

Me quedé callada.

—Haz una cosa —continuó Bea—. Vive lo que tengas que vivir con Hugo como si noviembre no acabara nunca.

Me quedé pensando.

Como si noviembre no acabara nunca.

Sin contar los días que faltaban para que se marchara. Sin calcular cuántas noches podríamos pasar juntos ni cuántas mañanas me despertaría a su lado.

Sin convertir cada momento agradable en una despedida anticipada.

Era una idea completamente irresponsable.

Y me encantó.

—Pues mira —dije—. Igual te hago caso.

Bea sonrió.

—Alguna vez tenía que pasar.

Me terminé el café y cogí el bolso. Tenía que volver a Aristeo y todavía me quedaban varias cosas pendientes antes de acabar la jornada.

Pero mientras caminábamos hacia la fundación, por primera vez desde que Hugo había llegado a Madrid, no me puse a calcular cuánto faltaba para que terminara noviembre.

Me limité a pensar solo en la cena de aquella noche.