No me vuelvas loca Capítulo 10
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Capítulo 10

Lo reconozco, yo era capaz de enfrentarme a cuarenta y dos ejecutivos, resolver un brunch imposible en tres horas y salir airosa de situaciones que habrían provocado la dimisión de cualquier persona sensata.

Sin embargo, no sabía qué hacer con un mensaje de ocho palabras.

Esta noche te voy a echar de menos.

Lo había leído tantas veces que esa noche soñé con que la frase estaba escrita en todas las paredes de la ciudad.

Pero no era un sueño, porque cuando volví a encender el móvil, el mensaje seguía allí.

Y Hugo también.

A las ocho y veinte del lunes estaba en Aristeo, revisando el correo y tratando de convencerme de que tenía cosas mucho más importantes en las que pensar.

Y las tenía.

Para empezar, una de las participantes del programa había tenido que darse de baja por un problema familiar y habíamos ofrecido su plaza a Javier Salcedo, un directivo que llevaba semanas en lista de espera. Había aceptado el viernes por la tarde y esa mañana se incorporaba al grupo.

No era lo ideal entrar en un programa ejecutivo cuando los demás ya llevaban una semana de ventaja, pero tampoco íbamos a dejar una plaza vacía si había alguien dispuesto a aprovecharla.

Y Javier parecía estarlo. Me había enviado tres correos durante el fin de semana, dos de ellos para preguntarme si podía acceder a las grabaciones de las sesiones anteriores.

Le había contestado que sí.

Dos veces.

—Buenos días, Cecé.

Levanté la cabeza.

Hugo estaba delante de mi mesa con un café en la mano y esa sonrisa que empezaba a trastornarme considerablemente.

—Buenos días.

—¿Qué tal el resto del domingo?

—Muy bien. ¿El tuyo?

—Tranquilo.

—Me alegro.

—¿Dormiste bien?

—Fenomenal.

Mentira. Había dormido fatal.

Hugo me observó unos segundos.

—¿Todo bien?

—De maravilla.

—Estupendo.

No dijo nada más. Ni una palabra sobre el mensaje. Ni una insinuación sobre mi huida en el metro. Ni siquiera una broma sobre el traje que seguía en su poder.

Aquello me jodió un poco. O tal vez bastante.

Me había pasado media noche imaginando cómo iba a reaccionar al verme y la otra media soñando con su frasecita y el muy cabrito parecía dispuesto a comportarse como un adulto.

—Tengo que ir a recepción —anuncié.

—Vale.

Cogí la carpeta que había preparado para Javier Salcedo, rodeé la mesa y pasé junto a Hugo.

Pero me detuve porque yo también iba a comportarme como una adulta. Si quería jugar a eso, lo íbamos a hacer.

—Por cierto —dije.

—¿Sí?

Me volví hacia él.

—Yo también te he echado de menos.

Y me fui.

No esperé a ver qué cara ponía. Ni siquiera comprobé si había entendido bien lo que acababa de decirle. Seguí andando por el pasillo con la carpeta apretada contra el pecho y una satisfacción que tenía poco de adulta.

Solo me faltó decir: Ja, ja, piruli.

Lo importante es que yo había contestado.

Con retraso, pero había contestado. Y ahora el problema era suyo.

Javier Salcedo llegó a las nueve y diez.

Tenía cuarenta y tantos años, llevaba un traje azul oscuro y una mochila que parecía pesar más que él. Se disculpó por llegar un poco tarde, por haberme escrito durante el fin de semana y por necesitar que le explicara dónde estaba todo.

—No te preocupes —le dije—. Para eso estamos.

Le entregué la acreditación y el programa actualizado.

—Jana te ha dado acceso al campus virtual. Allí tienes las presentaciones y los materiales de trabajo de la semana pasada. Las grabaciones estarán disponibles a lo largo del día, en cuanto terminemos de comprobar los permisos.

—Perfecto. Me preocupa no enterarme de nada los primeros días.

—No vas a estar perdido. Esta mañana tienes una sesión sobre modelos de crecimiento y, después del descanso, un taller de análisis de casos. Si necesitas ponerte al día con algún concepto, me escribes.

—¿Y las actividades de grupo?

—Te hemos asignado al equipo tres. Ya están avisados de que te incorporas hoy.

Javier sonrió, bastante más tranquilo.

—Muchas gracias, Clara. De verdad.

Lo acompañé hasta el aula, lo presenté a dos participantes y me aseguré de que tenía acceso a la red y a los documentos de trabajo.

Después fui a buscar a Jana, la técnica de Gestión Académica. Tenía veinticinco años, llevaba seis meses en Aristeo y ya parecía conocer todos sus entresijos.

—El nuevo ya está instalado.

—¿Qué tal?

—Muy educado. Y muy preocupado por perderse algo.

—Pues ha venido al sitio adecuado.

—¿Por?

—Porque aquí siempre hay alguien perdiéndose algo.

Me reí. Jana estaba revisando las evaluaciones de la semana anterior y me enseñó una de las respuestas.

—Mira esto.

Un participante había escrito que la sesión de Hugo había sido excelente, pero que le habría gustado disponer de más tiempo para las preguntas.

—Eso se lo comentamos —dije—. Que deje quince minutos al final.

—Díselo tú. A ti te hace caso.

La miré.

—¿Desde cuándo?

—Desde que ha llegado a Madrid. Aunque a veces disimula.

No respondí. Tenía demasiado trabajo para entrar en aquella conversación.

A las diez y media conseguí sentarme de nuevo ante el ordenador. Contesté dos correos, confirmé que el aula del taller de la tarde estaría preparada y revisé una propuesta para una sesión de febrero.

Hugo pasó por delante de mi despacho un par de veces.

La primera me saludó levantando la mano.

La segunda ni siquiera miró hacia dentro.

Empezaba a preguntarme si mi declaración de aquella mañana había sido tan poco memorable como para que la hubiera olvidado cuando apareció a las doce menos cinco.

—¿Tienes un rato? —me preguntó.

—Depende.

—¿De qué?

—De para qué lo quieras.

—Para tomar algo.

Miré la pantalla y me hice la interesante:

—Estoy liada.

—¿No tienes unos minutos para un café? Te espero. Mi siguiente sesión es a la una.

Guardé el documento. Me había puesto nerviosa, aunque no pensaba darle el gusto de que lo notara. Y como también era cierto que tenía un día de locos, le dije:

—Quince minutos.

—Veinte.

—Dieciocho.

—Hecho.

Cogí el móvil y salimos al pasillo. Allí nos encontramos con Bea, que nos preguntó con una sonrisita que no me gustó nada:

—¿Adónde vais?

—A tomar algo —respondió Hugo.

—Pues me apunto.

—¡Y cuándo no! —dije.

Bea se colocó a mi lado y Hugo se quedó atrás. Echamos a andar hacia la salida y ella me pidió:

—Vamos a la cafetería de Pedro.

—Como siempre. Menuda novedad.

—Ya, pero como viene Hugo, he pensado que igual querías llevarlo a un sitio más pintón.

—¿Pintón?

—Coqueto.

—Lo he pillado. Pero que no… Que no le voy a llevar a ningún sitio romántico y cuqui.

—¿Por qué has dicho romántico? —preguntó Bea, suspicaz.

—Es una frase hecha.

—No, no es una frase hecha. Te ha traicionado el inconsciente.

—¿Te quieres callar que este tío viene detrás?

—¡Ay, si no hay más que mirarte a la cara para ver lo que hay! —cuchicheó.

—Sueño.

—Yo veo otra cosa.

—¡Ni se te ocurra decirla!

Me agarró del brazo, soltó una carcajada y exclamó:

—¡Gira para la izquierda que vamos donde Pedro!

No vi nada extraño en su tono. Tampoco en que sacara el móvil, consultara la pantalla y volviera a guardarlo sin escribir.

Solo pensé que estaría deseando verlo.

Y me alegré por ella. Se merecía que le estuvieran pasando cosas bonitas.

Llegamos al bar y cuando entramos, Pedro estaba detrás de la barra. Nos saludó con una sonrisa que se hizo más ancha cuando posó la mirada en Bea.

—¡Hola! —saludó ella, levantando una mano.

Pero, de pronto, Bea se puso seria y a Pedro se le borró la sonrisa.

—Hola.

Después nos miró a Hugo y a mí. Y, tras percatarse de que acababan de dejar una mesa libre, nos dijo:

—Coged la mesa. Que no nos quiten el sitio, por favor. Ahora voy, antes tengo que hablar una cosita con Pedro.

Hugo se fue hacia la mesa, pero yo me quedé en el sitio con la antena puesta a ver si me enteraba de qué cosita querían hablar.

No estaba bien. Y yo no era especialmente cotilla, pero la historia que estaba surgiendo entre mi amiga y Pedro me parecía tan mágica que me quedé ahí escuchando.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó Bea.

Pedro dejó el paño con el que estaba secando una taza.

—Sí, claro.

—¿Dónde?

—En el almacén estaremos más tranquilos.

Bea se dio cuenta de mi presencia y me repitió:

—Vete a la mesa. Pedid algo. Ahora vengo.

Bea seguía seria. Me imaginé que sería porque le iba a decir algo importante. Algo como que se había dado cuenta de que se estaba enamorando de él.

Joder, qué fantasía.

La vimos desaparecer por la puerta del fondo del local y se me escapó un suspirito tontorrón.

Hugo y yo nos sentamos junto a la ventana.

—¿Qué quieres? —me preguntó.

—Un café con leche.

—¿Nada más?

—Tengo que volver a trabajar.

—Yo también. ¿Cuántos minutos nos quedan?

Se acercó una camarera, pedimos y, cuando se marchó, Hugo miró hacia la puerta del almacén.

—¿Pasa algo entre ellos?

—No, pero va a pasar.

—Pedro tenía una cara rara.

—¿Cómo que una cara rara?

—Como de acojone.

—Será de enamorado.

—Esa cara la tenía al principio, pero luego le ha cambiado la expresión.

—Estará nervioso por lo que Bea tenga que decirle.

—Y no va a ser nada bueno.

—¿Qué dices? Creo que se ha puesto seria porque va a decirle algo importante. Como el sábado se quedaron a medias…

—¿Estás insinuando que se han ido al almacén a rematar lo del sábado?

—¡Qué romántico eres! —solté entre risas.

—Has sido tú la que has dicho que se quedaron a medias.

—Porque ella necesita su tiempo después de salir de un divorcio complicado. Pero creo que el domingo estuvo rumiándolo todo y hoy va a decirle que quiere seguir con lo que tienen. A su ritmo. Pero adelante.

La camarera nos trajo los cafés. Y en cuanto se fue, Hugo me preguntó:

—¿Y tú? ¿Qué quieres?

—¿De qué?

—Supongo que esperas que te pregunte qué hacemos ahora.

Dejé la cucharilla sobre el plato.

—No espero que me preguntes nada.

—¿No?

—No. Esta mañana te he dicho que también te había echado de menos. Eso es todo.

—¿Y todo sigue igual?

Pensé la respuesta, di un sorbo al café y respondí:

—No. Pero tampoco voy a hacer un drama.

—¿Un drama por qué?

—Hombre, Hugo. Te vuelves a Nueva York a final de mes.

—Tampoco me marcho al más allá.

—Casi.

Se echó a reír.

—¿Nueva York te parece el más allá?

—A efectos sentimentales, bastante.