No me vuelvas loca Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—No. Pero conozco ese tipo de relaciones. Yo también tuve una antes de mi exmarido —contestó Bea—. A Vicente no le conocí, llegué después a la vida de Clara. A quien conocí fue al Ponepiños.

Hugo dejó el tenedor.

—¿Al qué?

—Arman —dije.

—Era un buen hombre —opinó mi padre—. Pero en cuanto me pasé toda una cena escuchándolo hablar de dientes, supe que tampoco iba a durar.

—Era dentista. ¿De qué quieres que hablara? —le pregunté a mi padre.

—¿Todo el rato? —repuso mi padre.

—Por eso le puse el Ponepiños. No tiene más universo que los dientes —dijo Bea.

Mi padre levantó la copa hacia ella.

—Muy bien puesto el mote.

—Sois unos exagerados. Arman tenía una conversación muy agradable.

—Tan agradable que te quedabas dormida al teléfono con él. Tú misma me lo contaste —apuntó Bea.

—¿Y tú, Hugo? —preguntó mi padre—. ¿Desde cuándo llevas con mi hija?

Casi me atraganté.

—¡No lleva nada conmigo!

Mi padre me miró.

—¿Cuánto es nada? ¿Unos días?

—Nada, es nada —respondí.

—Entonces ¿qué hace comiendo paella aquí?

—Le gusta.

—¿La paella o tú?

—Papá.

Hugo se limpió la boca con la servilleta y comentó:

—Las dos cosas están bastante bien.

Le di una patada por debajo de la mesa.

—¡Auch!

—¿Qué pasa? —inquirió mi padre.

—No pasa nada —contesté yo.

Mi padre bebió un poco de agua y después me preguntó:

—¿Me quieres decir entonces qué hace este señor aquí?

—En Aristeo tenemos la política de procurar que los colaboradores que vienen de fuera se sientan como en casa.

—Y por eso me trae a la de su padre —comentó Hugo, con cara de guasa.

—Yo estoy encantado de que estés aquí —aseguró mi padre—. Me gusta que mi hija traiga chicos a casa.

—Él no es un chico —maticé.

—¿Y qué es? —preguntó mi padre.

—Quiero decir una pareja. Y si no traigo a nadie es por tu culpa. No resulta especialmente agradable presentar a un ferretero que levanta pesas, es cinturón negro de judo y se entretiene echando pulsos.

—A mí Román no me intimida —dijo Hugo.

—Porque no has visto a mi padre en acción.

—Pues yo estoy segura de que si echamos un pulso, te gano. ¿Apostamos algo, Román? —soltó Bea, de repente.

Todos la miramos. Mi padre fue el primero en reaccionar.

—¿Quieres echar un pulso?

—¿Algún problema?

—No esperaba que te gustara.

Bea dejó la copa, se remangó y explicó:

—Soy la pequeña de cinco hermanos. Todos tíos. Me he pasado media vida echando pulsos.

—Y los últimos dos años apaleando muebles —añadí.

Nos reímos. Nos tomamos los postres. Y cuando acabamos, mi padre apartó platos y apoyó el codo sobre la mesa.

—Venga.

Yo no me lo podía creer. Incluso pensé que hasta lo había olvidado:

—¿Vais a echar un pulso?

—Voy a ganar a tu padre.

Bea apoyó el codo sobre la mesa y mi padre le agarró la mano con una sonrisa de suficiencia.

—¿Preparada?

—Cuando quieras.

Mi padre empezó a hacer fuerza y dejó de sonreír bastante antes de lo que esperaba.

—Coño.

—Si es que me encanta. José Luis lo odiaba —contó Bea.

—Eres buena.

—Cuando eres la pequeña de cinco hermanos tienes que aprender pronto a humillar hombres.

Mi padre soltó una carcajada, pero tuvo que apretar los dientes casi inmediatamente porque Bea consiguió inclinarle un poco el brazo.

—¡Vamos, Bea! —la animé.

Hugo se echó hacia delante, divertido.

—Román, como pierdas, esto no se te olvida en la vida.

—No voy a perder —aseguró mi padre, aunque por la cara que tenía ya no estaba tan convencido.

Yo estaba alucinada. Bea tenía los labios apretados y mi padre había dejado de hacer bromas. Durante unos segundos ninguno consiguió mover al otro.

Al final, mi padre hizo un último esfuerzo y consiguió bajarle la mano. Por muy poco.

—Joder —farfulló, soltando el aire—. Estás fuerte.

—Te he dejado ganar.

—Ya, ya.

Bea se apartó un mechón de pelo de la cara, aunque, que yo viera, no tenía ninguno que le molestara.

—Habrá revancha.

Mi padre sonrió.

—Cuando quieras.

—Pero la próxima vez no pienso tener piedad.

—Ni yo.

Hugo los miró a los dos con una sonrisilla que no supe a qué venía.

Me levanté a recoger y Bea me ayudó mientras mi padre hablaba con Hugo.

—Tía.

Bea cerró la puerta de la cocina con el pie mientras yo dejaba los platos en el fregadero.

—¿Qué?

—No he dicho nada a tu padre. Pero es que parecéis novios.

—¿Quiénes?

—Tú y Hugo.

Solté una carcajada.

—Anda, anda…

—Que sí. ¡Es impresionante! ¡Como si llevarais juntos toda la vida!

—Qué va. Y si te cuento lo nuevo de Jacqui…

—¿Qué ocurre con ella?

—Él pasó por Miu Miu y le compró unos vestidos porque se acordó de que es su marca favorita...

—Pero este vestido lo tienes tú. Y te queda de escándalo.

—Ese no es el tema. Esta mañana también me he enterado de que le ha comprado una muñeca a la abuela de Jacqui.

—Hija, la tendrá cariño.

—La señora se llama Carmen y lo ha llamado esta mañana. Hugo me ha dicho que los domingos, siempre que pueden, comen con ella.

—¿Quiénes?

—Ellos. Hugo y Jacqui. Ha dicho «comemos». ¿Quiénes van a ser? Ellos. Siguen siendo nosotros. Este tío sigue pillado por ella.

—Tan pillado que folla contigo.

—Porque soy un pasatiempo.

—Y se viene a comer con tu padre.

—Tú también estás aquí y no pasa nada.

Bea se quedó callada. Solo un segundo y comentó risueña:

—Yo he venido por la paella.

—Y él también.

Bea cogió dos platos más y echó los restos en la basura:

—Por cierto, tengo que preguntarle a tu padre por unas cosas para el mueble de Pedro.

—¿Estás buscando una excusa para quedar con él? —repliqué divertida.

—¿Con quién? —preguntó Bea, un tanto nerviosa.

—¡Con Pedro!

—No. Es que le dije que le iba a reparar el mueble… Y yo soy una mujer de palabra.

—Ya, ya… No hace falta que disimules. Me encanta que quieras volver a verlo. Te mereces ser feliz, amiga. Pedro me parece un cielo de tío.

Media hora después, Bea se marchó con mi padre a la ferretería.

Al parecer necesitaba no sé qué producto, dos piezas metálicas y una herramienta cuyo nombre olvidé en cuanto lo dijeron. Y mi padre tan contento de ir a la ferretería.

Hugo y yo nos fuimos detrás de ellos. Cogí el traje otra vez y las flores con el jarrón y todo, porque eran mías, y nos echamos a andar hacia el metro.

A los pocos metros me quitó la funda del traje de la mano.

—Dame.

—Puedo llevarlo.

—Ya lo sé.

Se lo quedó de todas formas. Y caminamos un rato en silencio.

—Oye —dijo de pronto—. ¿A Bea le van las relaciones abiertas?

Giré la cabeza.

—¿Qué dices?

—Pregunto.

—¿De dónde sacas lo de las relaciones abiertas?

—Porque anoche la vi comiéndose la boca con Pedro y hoy he visto unas chispitas con tu padre.

Me paré.

—¿Qué chispitas?

—No sé. Chispitas.

—Estás fatal.

Seguimos andando.

—Cuando hemos llegado parecían una pareja recibiéndonos en su casa.

—Porque Bea es afable. A los diez minutos parece que vive en cualquier sitio.

—Luego el pulso. Se miraban, se daban la mano, se reían con complicidad…

—Era un pulso divertido.

—Parecía que estaban cómodos dándose la mano. Y ahora se han ido juntos.

—¡A la ferretería! Porque necesita cosas para los muebles de Pedro.

—Por eso te digo que si le gustan los dos.

—No digas estupideces. Bea está intentando algo con Pedro. Lo que pasa es que va despacio.

—Anoche no parecía ir muy despacio.

—Porque tú no sabes lo que pasó después.

—¿Qué pasó?

Negué con la cabeza porque no le iba a contar las intimidades de mi amiga:

—Vale —murmuró.

—Y mi padre pasa de las tías —le aclaré—. No le he conocido una novia desde mi madre. Su gran amor es la ferretería.

—Eso sí que parece una relación estable.

—Exactamente. Así que no hay chispitas. Lo siento. De talento sabes muchísimo. Lees una sala, sabes quién sirve para qué, conectas a la gente... Pero de amor estás pez.

—Lo he pillado.

—Bien.

Anduvimos unos metros más y de pronto él soltó:

—Había chispitas.

Hugo se rio y yo también.

Al poco, llegamos a la boca del metro y entonces ocurrió algo bastante más complicado que acostarme con él.

Tuvimos que despedirnos.

Me detuve delante de las escaleras.

Hugo también.

—Bueno —dije.

—Bueno.

No sabía qué se suponía que hacíamos ahora.

Dos besos me parecían ridículos después de todo lo que había pasado la noche anterior.

Un abrazo, peor.

Y un beso en la boca... Me daba miedo porque era reconocer que quería que volviera a pasar.

Yo estaba intentando convencerme de que lo de la noche anterior había sido sexo. De que desayunar juntos tampoco significaba nada y de que Hugo había venido a comer con mi padre porque le gustaba la paella.

Pero besarnos un domingo por la tarde, después de pasar medio día juntos y antes de que cada uno se fuera a su casa, tenía una connotación diferente.

Era dar un paso más. Subir de nivel.

Y Hugo iba a irse en unas semanas a comer fabada con Carmen y Jacqui a Nueva York, donde tenía esa vida que tanto adoraba y en la que yo no pintaba nada.

No podía haber beso.

Pero Hugo se acercó a mí para dármelo.

Y yo quería besarlo. Me moría de ganas. Incluso me incliné un poco hacia él, si bien en el último segundo me entró un ataque de cordura.

—Mi metro. Ya viene.

Hugo miró las escaleras extrañado.

—No puedes saber si viene.

—Lo noto.

Bajé dos peldaños.

—¿Lo notas?

No notaba una mierda, pero grité atacada:

—Ya viene. No quiero perderlo. ¡Adiós!

Y salí disparada escaleras abajo sin mirar atrás.

Tan solo escuché a Hugo exclamar:

—¡Nos vemos mañana, Cecé!

Me senté en un banco del andén y mi móvil vibró poco después. Tenía un mensaje de Hugo.

HUGO : Te has dejado el traje.

Antes de que se le ocurriera venir detrás de mí, le escribí:

CLARA: Ya me lo darás.

A lo que Hugo replicó:

HUGO: Esta noche te voy a echar de menos.

Y de los nervios, apagué el móvil.